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Serafín García
El escritor social de los lujos estilísticos
Hyalmar Blixen

Apenas había leído rápidamente unos poemas de Tacuruses en un libro prestado, cuando me encontré por casualidad con Serafín García en el primer patio del Vásquez Acevedo. Sería 1936 y era la primera vez que lo veía. No había leído crítica sobre su obra si es que ya había salido alguna. Sólo podía, pues, expresar mi personal asombro por el recio, directo, de tremenda fuerza de sus versos. Y le dije, en esa ocasional conversación: -“Usted es el único que ha logrado escribir un poemario de calidad comparable a “Paja Brava”. El hizo un gesto dubitativo y entonces agregué: -“Bueno... tal vez por ahora eso no lo sepamos sino usted y yo”. No sé si lo que le dije le pareció bien o mal, si era poco o era mucho. En cuanto a mí, no hacía un juicio de detalles, sino una valoración admirativa, porque considero a “Paja Brava” de “El Viejo Pancho”, una de las cumbres en su género. Pasó el tiempo y a pesar de vivir ahora en Montevideo, no tuvimos muchas ocasiones de conversar, cada uno embarcado en su actividad propia.

Había nacido Serafín García en 1905, en Treinta y Tres, y luego en el poblado de Vergara hizo sus estudios primarios. Hacia 1915 aproximadamente trabajó en una farmacia, luego como tipógrafo... Al perder a su padre cuando sólo contaba con catorce años, recorrió más los poblados campesinos comarcanos y captó los problemas, injusticias y durezas de la vida de esas gentes; formó parte de una pequeña banda de música, luego fue ayudante de rematador público, después empleado de una pequeña biblioteca del lugar. Todas esas variadas experiencias lo enriquecían social y culturalmente.

De la lectura de novelas de poco valor frecuentó a los narradores rusos Tolstoy, Dostoievski, Andreiev, Gorki... Quizá antes o después al escandinavo Knut Hamsun, de sensibilidad afín y muy leído entonces. Desde luego leyó literatura española, y dominó, a través de ella, el verso romance. De Vergara pasó a la capital del Departamento y obtuvo un cargo en la Jefatura de Policía. Era, por entonces, 1930, y algunos hechos, si se toman del lado del humor, pueden haber sido el comienzo de su creación de “Don Menchaca”.

En fin, tras casarse con Blanca Elma González y escribir “Tacuruses”, libro que salió prologado por Ledo Arroyo Torres, en 1936 se instaló en Montevideo. En “Tacuruses” todo es de excelente factura, pero en tren de ponerse a distinguir, me parece que habría que señalar “Ejemplo”, por la profunda comprensión humana del padre de la muchacha que ha quedado embarazada, y “Oración”, por su maniqueísmo, que obligaría, ese poema sólo, a un análisis metafísico, pues Serafín se inclina por la idea de la maldad de Dios.

Este problema había sido planteado por Epicuro, contestado por Lactancio y retomado por Voltaire y otros: “O Dios quiso quitar el mal del mundo y no pudo; o pudo y no quiso, o no quiso ni pudo; o quiso y pudo. Si quiso y no pudo es impotente, y esto es contrario a la naturaleza de Dios; si pudo y no quiso, es perverso y esto es contrario también a su naturaleza; si no quiso ni pudo, es al mismo tiempo perverso e impotente; si quiso y pudo, que son los dos partidos que convienen a Dios ¿por qué existe el mal en el mundo?”. Aclaremos que Voltaire, aunque anticlerical, era deista. En fin, en la línea de la lírica, a “Tacuruses” siguen los romances de “Tierra amarga” (1938) (“Romances chacareros” o “Romances campesinos”, “Romancillos”, “Romances del imaginero”). En “Tierra amarga” hay una mezcla muy lograda, de elementos narrativos y líricos, objetivos y sustantivos, porque sobre un tema crudamente real, el poeta recrea, incluso con lujos estilísticos, riqueza de epítesis y comparaciones que en nada aminoran su fuerza de poeta proletario.

Después, el “Romance de Dionisio Díaz” logra el contrapunto entre ambas manifestaciones (originaria desnudez del decir directo y ulterior esfuerzo por trabajar la forma) pues se unifican, agrandadas por la tragedia harto conocida de aquel ejemplo de ternura y heroicidad sin par.

Pero no debemos olvidar su narrativa: “En carne viva” (1937), “Burbujas” (1940), “Asfalto” (obra ésta de tema ciudadano), “Los partes de Don Menchaca” (1957) y sus dos series de “Cuentitos fogoneros”, éstas últimas, firmadas con el seudónimo de Don Suplicio Bobadillo, donde demuestra una expansión de su imaginería y ternura, que enriquece su literatura con un matiz nuevo: tal el caso de “Piquín y Chispita” (1968). También frecuenta la fábula: “Leyendas y supersticiones” (1968) y “La vuelta del camino” (1970).

Obtiene un reconocimiento general, no sólo del público, pues son muchas las ediciones de cada uno de sus libros sino de la crítica, ya que en los libros, artículos o prólogos, se ha ocupado de él, sin que haya, que yo sepa, una sola desfavorable. También ha sido galardonado con premios literarios, no sólo en los concursos organizados por el Ministerio de Cultura, sino por la Intendencia Municipal de Montevideo.

Dio una cantidad grande de conferencias. Incluso tomó parte en los entonces muy brillantes cursos de Vacaciones que organizaba el Instituto de Estudios Superiores, a los cuales asistían becarios de casi la totalidad de Sud América. Me parece que, en fin, su incursión por el ámbito de la novela basada en el mundo de la fábula (“Las aventuras de Don Juan el zorro”, reeditada recientemente por Kapeluz) culmina una larga tradición que se inicia en la India con el “Pancatantra”; (en esta obra los que mueven la acción son chacales, en vez de un zorro); al Pancatantra sigue otra colección algo más breve, el “Hltopadesa”, pero luego la narración fabulística renace en “Kalila y Dimna”, se adentra, por vía arábiga, en España, entre en la literatura de la Europa medioeval y da, en Francia “Le roman du Renart” y en Alemania “Reynke, de Vos”; tema que recoge Goethe en su sabroso relato “Relneckef Fuchs”. Estas narraciones son una parodia de la sociedad feudal vista por la burguesía incipiente.

En Serafín García el tema ancestral se retoma y se “aguacha”; el tigre es un estanciero politiquero; en las elecciones hace prevalecer su poder; el tatú es el bolichero; otros animales se inclinan, por conveniencia al bando del tigre. El zorro, Juan, es el astuto e ingenioso castigador, con la fecundidad de sus trapacerías, de la brutalidad estúpida de los poderosos y soberbios.

A Serafín García se le concedió, en el fin, el Gran Premio Nacional de Literatura que otorga el Ministerio de Educación y Cultura, y también el Gran Premio Municipal de Literatura José Enrique Rodó, lauro máximo del municipio capitalino, y en el caso de este autor, correspondiente al blendio 1980-1981. En esa ocasión vino a mi despacho en el Servicio de Artes y Letras, y como es natural, me alegré de volverlo a ver. –“Serafín: ¿Se acuerda que recién aparecido “Tacuruses” le dije que su libro era comparable en valor al de “El Viejo Pancho”?”. Se sonrió: -“Me acuerdo”. Nos dimos un apretón de manos y le alcancé la fotocopia de la Resolución de la homologación del Gran Premio. Lamentablemente fue la última vez que lo vi. Falleció tiempo después, en 1985. Nuestro pueblo lector no olvidará a quien ha dejado una huella tan notable en las letras y el sentimiento uruguayos.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

15 de enero de 1989

 

 

 

 

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