A ciento cincuenta años de la muerte de Franz Schubert
Hyalmar Blixen

 

"Franz Schubert tocando el piano", cuadro de Julius Schmid

Dice Hermann Hesse que el arte es "la contemplación del mundo en estado de gracia". Afirma también que "el comienzo de todo arte es el amor". Pocas veces se puede expresar, de modo más alado, más bello en su síntesis misteriosa, esa aproximación de elementos y estados espirituales, que de la manera como lo hace el gran novelista de "El lobo estepario", "Siddharta" y "Narciso y Goldmundo". ¡Y cuán verdaderamente rica es esta aseveración, si la aplicamos a Franz Schubert, cuya muerte, hace ciento cincuenta años, será recordada por todos los seres que aman la música y todos los centros en los que se le rinde culto.

Cuando las ideas se hacen tan abstrusas, tan hondas, que no hay palabras en el pobre lenguaje que usamos, para expresarlas, o cuando nos brotan sentimientos misteriosos que parecen asomarse un momento y hundirse nuevamente en nuestro magma fermental, la música se manifiesta aún, altísima, y sugiere paisajes anímicos de extrañas luces interiores.

Aunque Austria se gloríe, y con justo título, de ser la cuna de Schubert, sabemos que éste tiene una ciudadanía universal. Este hombre, alegre a veces (recordemos las "schubertianas", en compañía de sus jóvenes amigos, músicos, poetas y algunas lindas y finas muchachas, y en las que se cantaba, recitaba y bailaba), en otras ocasiones melancólico, de una tristeza suave, soñadora, profunda, como la magistralmente expresada en "El viaje invernal" (Die Winterrise), sobre textos de Wilhelm Muller, no inventó, ciertamente, el lied, pero sí lo elevó a una jerarquía que muy difícilmente pueda ser superada. Alrededor de seiscientos lieder, sin contar toda su otra producción (obras orquestales, música de cámara, o para piano, o religiosa, obras corales e incluso algunas óperas y operetas) demuestran una riqueza que llega hasta el pasmo, si se considera lo corto de su vida, y hacen pensar en esos predestinados que vienen a dar al mundo un regalo precioso, regalo que éste sólo aprecia mucho después, en su verdadera y justa magnitud.

Schubert dio gracia y luz, e incluso una riqueza insospechada a la ya indudablemente bella de por sí, poesía del romanticismo germánico. Aunque su maestro, Antón Salieri, le aconsejaba con frecuencia que pusiera música a los versos de los poetas de Italia, cosa a la que en algunas ocasiones Schubert accedió (recordemos que musicó unos dieciséis poemas de Metastasio, que en el siglo XVIII gozó de bastante prestigio) la verdad es que casi siempre prefirió, y no porque no supiera italiano, poner música a canciones y baladas de autores alemanes.

Desde luego que Goethe, la cumbre de esta poesía, recibió el máximo homenaje de Schubert. Y quizá el más hermoso de todos los que al genio de Weimar le fueron conferidos, está constituido por esos setenta lieder de Schubert sobre textos de Goethe. El número de poesías de éste es menor, ya que el genio de Lichtenthal puso a veces tres o cuatro o más músicas distintas a una misma canción de Goethe, como es el caso del poema "Mignon" por ejemplo.

"Margarita a la rueca" inició la serie goetheana en 1814 y al año siguiente, Schubert puso música a unos treinta textos del mismo poeta. Aún cuando Goethe escribió sobre temas muy diversos y con estados de ánimo los más diferentes, Schubert supo hermanar de modo maravilloso su música a las variaciones sentimentales, filosóficas y hasta panteístas del gran lírico. A veces es la ensoñación vaga de un amor ideal, que no puede ser destruido y que se concentra en el símbolo de la copa que al rey de Thule dio su amada antes de morir y en la cual, con los ojos humedecidos por el recuerdo, bebió siempre el fiel monarca, hasta el momento en que, sintiéndose desfallecer, sorbió por última vez y la arrojó al mar. (Der Konig in Thule) de 1816. A veces es el dramatismo creciente, palpitante y angustioso de "El rey de los Alisos" (Erlkonig) compuesto el año anterior, pero de cuya balada hizo cuatro versiones musicales distintas. De una a otra forma hay una gama finísima de emociones diversas, como las de "El matador de ratas", "El pescador", "Anhelo", "Canción nocturna del viajero", "El rosal silvestre", "Saludo del Espíritu" y tantos otros que podrían citarse, sin olvidar los fragmentos del "Prometeo". En algunos casos, la nota grave, sombría, se aúna de paso, en un mismo lied, a frases que contrastan por ser justamente expresiones antagónicas, como en el poema, también de Goethe, "Al postillón Cronos" (An Schwager Kronos) de 1816. Allí -expresa Theodore Gerold- "hallamos una nueva nota; el tono lúgubre que predomina en los dos trozos precedentes ha dado pasos a motivos plenos de una alegre audacia y de una sana energía. Nuevamente el papel descriptivo de la música está aquí reciamente acentuado. La idea fundamental del poema: el deseo de efectuar rápida y enérgicamente la carrera al abismo, hacia el cual nos arrastra el Tiempo, está expresada mediante ritmos plásticos. El motivo del "trote ruidoso" predomina durante toda la primera parte y retorna dos veces todavía, enlazándose, al final, al del cornetín del postillón. La estrofa idílica y lírica del medio forma un encantador contraste con el principio y el fin del trozo, más rudos y más realistas. Creo que domina, en canciones de este tipo, algo de la tremenda ironía de algunos grabados de Holbein, que una vez vistos no pueden ser olvidados.

Muchos poemas de Schiller, Heine, Ruckert, Klopstock, Kosegarten, Matthisson, Mayrhofe, Matías Claudius, Novalis y otros líricos, se vieron como perfumados y hasta encantados, por obra de la magia de Schubert. Y lo mismo podría decirse de tres poemas de Shakesperare, nueve de Ossian y de algunos de Walter Scott.

Dedico un párrafo aparte al hechizo que la música de Schubert obró en la poesía de Wilhelm Muller. Muller no puede compararse ni con Schiller ni con Heine, ni menos aún con Goethe, pero sería injusto restarle mérito. Tradujo el "Fausto" de Marlowe, fue profesor de lenguas antiguas y escribió muchas poesías, dentro de las líneas de la escuela romántica, que se había abierto paso en Alemania a través del Sturm und Drang. Muller estaba especialmente dotado para el lied y había dejado escrito que esperaba que un día, un alma gemela a la suya, pusiera música a sus versos. Su vida fue corta, como la de tantos románticos, estrellas que se quemaron demasiado rápidamente.

En el libro de Imre Gyoami y Stéphane Manier, "Schubert, el eterno apasionado", se cuenta que el músico se hallaba, en cierta ocasión, en el despacho del conde Szechenyi, conversando con el secretario de éste, que entonces era Randhartinger, un gran pianista de aquella época. De improviso, el conde mandó llamar a su secretario, y Schubert quedó un rato solo. Tomó al acaso, un volúmen de poesías y se puso a leerlas. Eran de Muller. Y de súbito, entusiasmado, arrebatado por las fuerzas de la inspiración, el músico colocó el libro bajo un brazo y huyó del escritorio. Muller había encontrado su alma gemela. Schubert se pasó la noche componiendo lieder, sobre textos del poeta romántico y cuando al día siguiente el pianista fue a reclamarle el libro y a reconvenirlo amistosamente, Schubert se sentó al piano y a modo de magnifica justificación, cantó los lieder que había compuesto. Eran parte de lo que iba a ser "La hermosa molinera" (Die schone Mullerin). Tal vez sedujo a Schubert la frescura del texto, su sentido humano, a flor de alma, y su ingenuidad cautivante. No siempre el mejor poema es el más apto para musicar. Además, los versos de este ciclo sirven para expresar emociones de la naturaleza, a la que Schubert amaba profundamente.

"El viaje invernal" (Winterreise) está integrado por veinticuatro lieder y es muy diverso en sentimiento al anterior, dado el tono sombrío que domina en las expresiones del músico, su visión del amor que se desvanece, la pintura de la naturaleza en invierno, poéticamente nevada, con ramas fantasmales. Hay una coloración gris que rodea a la imagen de la amada inconstante. "Buenas noches", "La veleta", "El tilo", "El cartero", "La corneja", "Mañana tormentosa", "Valor"... ¿Cuál de esos lieder preferir? Todos dejan al espíritu lleno de una melancolía misteriosa, de una indecible impresión de desamparo del hombre, marchando siempre, ¿hacia dónde? sin amor, sin amigos, sin la naturaleza vivificante... Y sin embargo, rebosante de una oscura melodía, la caja de música de su corazón.

¿Quién inspiraba ese desamparo en el alma del creador de tanta belleza? Varias amadas de Schubert pueden haber dado, al final de la vida del músico, esa nota de pesimismo. No debe haber sido Teresa Grob. Schubert la amó mucho y ella lo esperó unos tres años. Pero ¿cuánto tiempo podía aguardar a un artista que no conseguía un cargo oficial y que incluso frecuentemente regalaba sus composiciones a sus amigos y luego no recordaba a quiénes se las había obsequiado? Un día, estando Schubert en otro lugar a causa de su actividad, en ese momento, docente, hubo una pequeña conspiración contra esos amores. La madre de la muchacha aprovechó una carta insidiosa en la que se criticaba a Schubert. Teresa Grob decidió casarse con otro, con un hombre que la quería, es cierto, pero que era uno de esos seres terriblemente corrientes, como hay tantos, y renunció a Schubert. Se le escribió al músico la novedad dolorosa y éste abandonó todo y viajó al encuentro de su dolor. Logró sobreponerse y llegar hasta la iglesia donde su novia se casaba. El ambiente era de alegría; sólo él tenía humedecidos los ojos. Detrás de un pilar oyó el "sí" de ella, que los separaba para siempre. Después el músico se colocó en primera fila al pasar el cortejo, para que ella captara su mirada de reproche. Teresa lo vio, se crispó su brazo sobre el de su recién desposado y se puso blanca como su traje de bodas.

Pero no es ése el amor que prefuma de melancolía "El viaje invernal". Sin duda fue el que le inspiró la condesita Carolina Esterhazy, a la que, junto con su hermana, el músico daba clases en el castillo de esa familia señorial. Allí se hacían tertulias musicales; algunos invitados, especialmente el conde Schoenstein, que tenía una voz magnífica, aunque, a causa de su título nobiliario no cantaba en público, gustaban, en esas pequeñas veladas, entonar los lieder de Schubert. Todo era propenso al romance. Pero ¿cómo el pobre músico, aún con sorprendente talento, podía hablarle de amor a la condesita? Las distancias sociales eran entonces inmensas. Schubert pensaba en ella y también en su "Sinfonía en si menor" (la inconclusa). Amor trunco, sinfonía trunca, también. ¿Hay alguna relación entre estos dos aspectos? ¿No la hay? Una vez, durante un paseo a caballo, ella, que se había mostrado muy retraída, y antes de partir él para otro destino, le preguntó de pronto -"¿Por qué, señor Schubert, dedica su música a todo el mundo y nada me ha dedicado a mí?"

Schubert la miró dolorosa y tímidamente y le respondió con voz suave:

-"Pero, condesa... ¡si os he dedicado mi obra entera!.

Pero esa obra estaba dedicada sólo dentro de su corazón. Y ella ¿lo amaba? ¿O por lo menos algo grande, serio, sentía por él? Se cuenta que tras la muerte de Schubert, ella se casó muy tarde, y también que juntó con gran cuidado, muchas de las composiciones del músico.

Sí, Schubert era tímido. O por lo menos era tímido a ocasiones, cuando amaba o admiraba mucho, lo que constituye una calidad muy sutil de la timidez. La de Dante, y quizá la de Petrarca.

Fue tímido con Beethoven. Vivían en Viena muy cerca uno del otro. Tenía pasión por las creaciones del genio de Bonn. Y un día decidió hablarle, interceptarlo en su camino, y decirle que él también era músico, que era Schubert. Se le acercó un atardecer, mientras Beethoven caminaba. Intentó detener al creador de las nueve sinfonías, pero quedó inmóvil; sólo un tibio ademán de ir a quitarse el sombrero, que no llegó a concretarse. Beethoven pasó por delante de él sin comprender la muda admiración del otro. Cuando unos meses después fue a verlo, ya era tarde. Beethoven estaba moribundo. Se dice que Schubert logró, a fuerza de insistencia, entrar en la habitación. Y allí vio, en la misma cámara donde agonizaba aquél, algunas de las partituras que él mismo enviara poco tiempo antes. Y pensó que tal vez Beethoven las hubiese ejecutado al piano y que el genio tan admirado hubiera un momento gustado de su música. Se miraron, pero Beethoven no le pudo decir nada ya, aunque quizá sus ojos hayan sido muy elocuentes. Cuando salió le preguntaron sus amigos -¿Te dijo algo? Schubert contestó con un pensamiento mortal: - Me llamó -¿Te llamó? -Si, allá arriba donde pronto nos encontraremos.

Schubert fue de los que acompañó al cortejo de Beethoven llevando una antorcha funeraria.

Por lo menos se han encontrado juntos en el corazón de todos los seres de sensibilidad artística que hay en el mundo. Y también en otra forma: la tumba de Schubert fue colocada al lado de la de Beethoven.

La obra de este músico que evocamos estaba nimbada de amor, amor a los genios, a sus semejantes y amor romántico, hecho de ternuras profundas. Basta escuchar sus melodías para comprenderlo. ¡Qué bien, pues, dijo Hermann Hesse!: "el comienzo de todo arte es el amor"

Schubert Marche Militaire D 733 No. 1 (pacausa)

Schubert Rosamunde Abertura Zubin Mehta & IPO

Publicado el 13 ene. 2013

Schubert: Rosamunde Abertura pela Orquestra Filarmônica de Israel, regida pelo Maestro Zubin Mehta

 

Shubert Sinfonía no.8 inacabada D.759

Publicado el 26 feb. 2014

14.02.2014
Orquestra Simfònica del Conservatori del Liceu

Sinfonía en si menor, D. 759, de Franz Schubert (1r moviment)

 

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

7 de Mayo de 1978

 

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