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Schiller, o la literatura al servicio de la libertad
Hyalmar Blixen

Juan Cristóbal Federico Schiller nació en 1759 en Marbach am Neckart (Wurtenberg). Era hijo de un militar, por lo que debió residir de niño en distintos lugares de Alemania, donde la actividad de su padre lo llevaba. Sus estudios fueron diversos; empezó por aprender latín, luego estudió en una escuela militar, pero la guerra no era su vocación. Pensó entonces que superior aventura intelectual era la búsqueda de Dios y se empeñó en hacer estudios de teología... Pero ¿y el Derecho? ¿Cuáles son las normas que deben regir a los hombres? ¿Es posible que un ciudadano ignore cuál es el orden jurídico normativo en el que debe moverse? Estudió, pues, Derecho. Luego fue tentado por los misterios de la medicina: ¿en qué consiste la máquina de carne y hueso que tiene por sede al espíritu? Estudió, entonces, algo de esa ciencia.

Dos maestros iniciales

En el fondo, todo, quizá sin saberlo, conducía a Schiller a la poesía: el “Sturm und Drang” había triunfado en el mundo literario germánico, y “La Mesíada” de Klopstock, leída con avidez, le hizo pensar que él también podía escribir versos. Sus lecturas se proyectaron entonces hacia dos vertientes: ¿quiénes fueron las grandes figuras de la antigüedad? Eso en parte se lo pudo responder la lectura de Plutarco, cuya obra le resultó base de ejemplos admirables. Había nacido este autor griego en Queronea, famosa por la batalla en la que Fillipo de Macedonia destruyó el poderío tebano, demolió a Tebas y sólo dejó en pie, por la admiración que le inspiraba, la casa donde había vivido el gran poeta lírico Píndaro. Plutarco enseñó la vida de los grandes hombres en sus famosas “Vidas paralelas” en donde, tras la biografía de un griego, le opone la de un romano y hace luego un paralelo entre ambos. Aunque Plutarco viajó por algunos lugares de Grecia, permaneció en Queronea, porque consideraba que la misión de un hombre nacido en una patria chica no es la de abandonarla, sino levantar el renombre de ella por medio de una obra que la haga ilustre. Era escritor de temperamento sereno, bondadoso, meditativo, cuya lectura fue fundamental a partir del Renacimiento. Plutarco influyó sobre Schiller en el gusto por la pintura de trágicas figuras históricas.

Pero el poeta alemán se interesaba especialmente por el mundo de su época y su polo de atención al respecto fue Rosseau, el autor de “El contrato social”, el “Discurso sobre la desigualdad entre los hombres”, “Emilio”, “La nueva Eloísa”, “Nostalgias de un paseante solitario”, que tanto influirían en la Revolución Francesa.

Nace el autor dramático

Se decidió, pues Schiller, a escribir y entre 1777 y 78 compuso “Los bandidos” (Die Räuben) que causó en Alemania una sensación casi igual a la producida por el “Werther” de Goethe.

Es una tragedia compuesta en cinco actos, como era  normativo en el siglo XVIII y fue representada por primera vez en 1782, en Mannheim, bajo la dirección del barón Von Dalberg. El protagonista, Carlos Moor, ha sido objeto de una intriga por parte de su hermano Franz. Desheredado de su padre, humillado, Carlos acepta la idea de ponerse al frente de un grupo de bandidos, pero no para expoliar a la gente, sino para combatir la violencia de los poderosos y abominar de las tiranías. Sin embargo surge en Carlos Moor un conflicto moral: ¿es posible que se mate indistintamente a los buenos y a los malos? Sin entrar en el fondo de la obra, debe señalarse el efecto que ésta logró en las juventudes románticas alemanas: muchos jóvenes consideraron que la solución era hacer lo mismo que Carlos Moor.

Como es natural, esta obra, que representaba la condena de todo lo que Schiller consideraba fruto de una sociedad degenerada y cínica, cayó pésimamente al duque Carlos Eugenio: Schiller fue primeramente amonestado y luego encarcelado en Stuttgart. Habiendo huido, compuso “La conjuración de Fiesco en Génova” basada en el tema de la ambición, en intrigas que despierta el poder, y luego “Intriga y amor” (Kabbale und Liebe) donde plantea el idealismo de dos jóvenes enamorados enfrentados a una serie de maquinaciones.

La tragedia “Don Carlos”

Por consejo de Wieland fue compuesta en versos yámbicos de cinco pies (y trabajada con lentitud y detenida a veces a causa de los amores que a Schiller le inspiraba Charlotte Von Kalb).

El fondo de esta tragedia es histórico y la acción se sitúa en la España de Felipe II, quien, por razones de Estado, para mitigar la rivalidad entre España y Francia, se casa con Isabel de Valois (hija de Enrique II y Catalina de Médicis). Pero Isabel estaba enamorada del Infante Don Carlos, hijo de Felipe II, que también amaba a la que es convertida en su madrastra. El marqués de Posa tiene los mismos ideales de libertad de Schiller, por lo que es asesinado por orden del rey, quien pone luego a su hijo en manos de la Inquisición.

Hay  una pintura magistral del hombre que en la cima del poder se siente a la vez temeroso y temido, tema que ha sido con posterioridad tratado por otros autores.

Tras otros amores inspirados por Enriqueta Von Armin, Schiller se encaminó a Weimar y en la casa de Frau Lengefeld conoció a Goethe. Este lo ayudó haciéndolo nombrar profesor de historia en la Universidad de Jena por cinco semestres para salir de la situación económica precaria de Schiller, luego de lo cual volvió a Weimar donde se casó con Charlotte von Lengefeld, recibiendo una pensión, como también se le había concedido a Goethe, por parte del duque Carlos Augusto, a fin de retener a ambos escritores en la corte ducal.

Diferencias y semejanzas

En filosofía, Goethe era partidario de Espinosa y Schiller, de Kant, pero esto en nada alteraba la amistad profunda que unía a estos dos colosos de la literatura romántica alemana. Cuando a Schiller le parecía que una idea podía ser mejor desarrollada por Goethe se la comunicaba y lo mismo hacía el autor del Fausto. Ambos colaboraron en la revista “Las Horas” (Die Horen) y en el “Almanaque de las Musas” (Musenalmanach) y los dos tuvieron la idea de escribir “baladas”, lo que estaba en boga a partir del Sturm und Drag. Beethoven y especialmente Schubert pusieron música a muchos “lieder” de ellos y hoy podemos escucharlos en todo su esplendor, en la voz del barítono Dietrich Fischer – Dieskau.

En cuanto al genio de Bonn, incluyó el texto de la “Oda a la alegría” de Schiller como terminación de su Novena Sinfonía.

Sus dramas históricos

Schiller se adentra en los dramas de tema histórico, aunque modifica aspectos e interpreta a menudo personajes de acuerdo a su sensibilidad. En 1791 comienza el plan de Wallenstein, que concluye en 1799, basado en episodios de la guerra de los treinta años, cuando varios estados: Bohemia, Dinamarca, Suecia y Francia, tomaron por campo de batalla religiosa y política a una Alemania descuartizada, al final de la cual quedó en una postración extrema.

Durante la Revolución Francesa, Schiller fue uno de los diecisiete extranjeros que recibió el título de ciudadano francés por sus esfuerzos en loor de la libertad. Aceptó dicha distinción, pero cuando a la Revolución sucedió el terror y la guillotina funcionaba día y noche, renunció indignado a esa distinción.

En 1800 publicó “María Stuart” con cierta influencia de Sófocles. Al año siguiente representó “La Doncella de Orleans” (Jungfrau von Orleans) inspirada en una versión algo libre de Juana de Arco. En 1804, “Guillermo Tell” (Wilhelm Tell) basada en  el episodio histórico del héroe de la liberación de suiza, al cual el tirano quiso castigar, haciéndole disparar con  su ballesta, contra una manzana colocada en la cabeza de su propio hijo, lo que el padre logró. Hay en esta obra una apología de la libertad.

Goethe y Schiller se veían casi a diario. Y sin embargo, después de una corta enfermedad en la que ambos sufrieron, pero se repusieron, Goethe tenía el presentimiento de que uno de los dos iba a morir. El 9 de marzo de 1805, Cristina Vulpius, junto con los de la casa, no sabían cómo confirmar la triste noticia a Goethe. Al fin, ella entró en la habitación de él, que estaba todavía en el lecho, lo miró y por toda explicación se puso a llorar. Goethe adivinó la tragedia: -“¡Ha muerto Schiller¡” –exclamó desesperado el autor del Fausto. Cristina Vulpius asintió con la cabeza sin poder responder una palabra. Efectivamente, Goethe había perdido a su hermano en la literatura y en la gloria.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

22 de enero de 1990

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