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Paco Espínola en el recuerdo
“No, Doña Josefina, yo tomo mate...”
Hyalmar Blixen

Hay una serie de trabajos relativos a la obra de Francisco Espínola y todos ellos aportan algo interesante, pues son observaciones sobre uno de los más notables narradores del continente. Nació en San José de Mayo el 4 de octubre de 1901; cursó la enseñanza primaria y la secundaria en su ciudad natal y luego, en Montevideo, optó por realizar estudios de Medicina en la Sección Preparatorios, que después abandonó para dedicarse a la literatura. Así, en setiembre de 1926, editó los cuentos de “Raza ciega”. Este adjetivo es rico en sugestiones y quizá permita varias hipótesis. El libro está impreso en Comunidad del sur y precedido de un prólogo muy laudatorio de Pedro Leandro Ipuche. Se trata de nueve cuentos fuertes, vigorosos, donde si bien hay una anécdota, ésta no es lo más importante, sino los caracteres –las almas diría Zum Felde- y además, la notable técnica narrativa y el sobrevuelo de la imaginación. Con este libro, Paco Espínola entró con todo derecho en la literatura uruguaya. A pesar de su crudeza y de utilizar un humor acre, o si se quiere negro, y usar con lucidez perfecta lo insólito, como en el cuento titulado “María del Carmen”, en Paco Espínola existe, y se acentúa en los cuentos posteriores, el ser emocional, que se suma al dominador eximio de técnicas depuradas. 

Un criollo de pura cepa

Yo lo conocí más o menos en la década del 30, una tarde en la que Alfredo y Esther de Cáceres lo trajeron al apartamento donde residía mi familia. Llegó Paco, con su traje rigurosamente negro, su cuello palomita, su corbata de moñita oscura, sus gruesos lentes de intelectual, su cabello negro con pequeñas entradas, peinado para atrás. Cuando mi madre le iba a servir el té, él le dijo más o menos esto: “-No, doña Josefina, yo tomo mate; no se preocupe, traje todo lo necesario; sólo preciso un poco de agua caliente”. Palabras más, palabras menos, ese fue el sentido. Al rato le hicimos contar alguno de sus cuentos. En otras ocasiones los leía y a veces narraba alguno no escrito aún, pues recuerdo que una vez expresó: “-Sólo me falta escribirlo”. A mí me parecía que eso sería lo más difícil, pero tal vez no lo fuera; además, ponía tanta vida en su narración, en las modulaciones de su voz, fuese “Rancho en la noche”, “¡Qué lástima!” o “El milagro del hermano Simplicio”, que escritos o a medio escribir, resulta cosa difícil desentrañar el misterio de su creación “contrapuntística”. Si apenas uno puede vislumbrar algo de su propio misterio...

En 1930 publicó su delicioso relato para niños, “Saltoncito”, un clásico de la literatura infantil, y en 1933 su densa novela “Sombras sobre la tierra”. Paco había tenido en su niñez una tremenda experiencia; una sirvienta había quemado con agua hirviendo a dos ratas caídas en una trampa, experiencia que narró luego con detalles. Yo también tuve una, no tan horrible; una sirvienta tomó a un ratoncito caído en una trampa y lo arrojó en un balde con agua. Lo vi nadar desesperadamente hasta que se ahogó. Tendría yo tres o cuatro años y nunca me olvidé de eso. Pero creo que el título de la novela de Espínola, se debió a una segunda visión, naturalmente superpuesta a la primera: veía a veces las ratas que corrían, y a la luz de un farol hacían su sombra sobre la claridad de la pared. Y hay seres que huyen o se esconden y son ratas o sombras sobre la tierra. Libro tremendo, de gran impacto social y sicológico, y un fuerte sentido de conmiseración por los seres marginados, los vencidos de la vida, todo ello expresado con maestría indiscutible. El mundo del “bajo” de San José, sus personajes que no pueden salir a la superficie de una vida mejor, la crudeza de algunas escenas y pinturas, desde luego de mano maestra, causaron sensación. Esta novela está dedicada a Carlos Reyles, por cuyo don narrativo Espínola sentía muy alta estima.

Anécdotas maragatas

Una vez contó Paco una anécdota, para mí elocuente de la admiración que su narrativa causaba entre sus paisanos.

Estaba en un cafetín de San José y a veces allí escribía algo o tomaba algún apunte, sentado en un rincón, ante una mesita. En eso se le acercaron dos humildes parroquianos algo cohibidos; uno tenía el sombrero entre las manos y lo hacía dar vueltas despacio, tímidamente. –“Venimos a pedirle un favor”... Pero no decían más que eso. Paco supuso que le solicitarían una limosna, pero resultó que ese no era el motivo. –“¿Y cuál?” –“Querríamos aparecer en alguno de sus cuentos... si se puede”. Me lo contó Espínola mismo, entre sonriente y emocionado. Supongo que los habrá hecho figurar. Y a propósito de “Sombras sobre la tierra” ocurrió que siendo yo funcionario único, el más modesto, de la Biblioteca del Prado (ahora Aurelia Viera) por atender fichas, inventarios, lectores, estadísticas, me robaron dicha obra. Muy disgustado busqué comprarla, pero estaba agotada. Entonces recurrí a Paco, le conté el hecho y le pedí que me regalara un ejemplar para sustituir al prófugo. Ya no le quedaba ninguno sobrante, pero me parece que le plugo el hecho, y para consolarme me dio esta explicación conciliatoria: “Y... a veces ocurre que un libro les gusta... y lo pelan”. Sí; la explicación podía ser buena para el autor, pero pésima para el bibliotecario.

La sinceridad

Espínola mismo confiesa en su “Discurso en San José de Mayo” su sentido de la compasión, de la ternura... Podría –pienso- llamársela cristiana...  Claro que el cristianismo no tiene el monopolio de ese sentimiento. Me parece que a veces creía un poco en Dios y a veces no creía. Pienso que eso debe ocurrirle a todo ser profundo. Meditaba hondamente sobre temas trascendentales, y a veces, honradamente, confesaba: -“Estoy muy embarullado”. Y creo que todos estamos muy embarullados si trascendemos a ciertos temas, pero no tenemos la sinceridad de Paco para decirlo. Era por otra parte, un hombre de gran cultura, un excelente profesor, de captación muy fina de los temas literarios y que sabía enfrentarlos ante el público. Cuando se representó ante una sala llena su drama-pantomimia “La fuga en el espejo”, terminado todo se puso una silla sobre el escenario en la que se sentó Espínola y tras hacer breves explicaciones, contestó a las preguntas que el público le formulaba. Yo estaba en la tercera o cuarta fila y algo nervioso, porque alguien podría expresarse de modo agresivo o incorrecto, lo que no ocurrió. El drama fue luego editado con un prólogo del poeta Roberto Ibáñez.

Tampoco debemos olvidar su diálogo “Milón o el ser del circo”, que versa sobre temas de estética, puestos en boca de tres personajes griegos: Helena, Néstor e Hipólito, y precedido de un valioso prólogo de Esther de Cáceres. En fin: “Don Juan el zorro”; en 1968 se editó una parte de esa obra estupenda por diversos motivos. Debe ser de lo mejor de Espínola. Yo era Jurado en el Concurso Literario del Ministerio y propuse su premio.

Había otros libros buenos, pero eran tres premios y el de Espínola me parecía el mejor. No obtuvo sino mi voto. De la discusión hago gracia al público. Por otra parte, Espínola no precisaba ni ese premio ni ningún otro para ser uno de los narradores más notables del continente hispanoamericano. Aunque rabiando, me consolé al recordar esta frase célebre de Herrera y Reissig: “Los saludo hasta la historia”.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

26 de diciembre de 1988

 

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