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Oriente y Occidente en un libro de Hermann Hesse
Hyalmar Blixen

Hermann Hesse nació en Calw, una población pequeña, de bellas casas provistas de techos a dos aguas, junto a un río por el que hay que pasar a través de un puente de piedra. Hesse vio sin duda correr, de niño, muchas veces ese río, ese fluir de agua mansa, constante, y sin duda dicho recuerdo se hizo más persistente en él y luego se convirtió en uno de los símbolos más profundos de su literatura. Calw es una localidad de Wutenberg, en la Selva Negra. El abuelo materno de Hesse, Hermann Gundert, fue un misionero y un especialista en todo lo referente a la India, e influyó, con sus narraciones, en el nieto. La madre del novelista, María Gundert, nació en ese país de pensadores profundos cuyas tierras bañan el Indo y el Ganges. El padre del autor, Johannes Hesse, fue también misionero y colaborador de alguna publicación periódica. La influencia del Oriente se filtró, pues, en la imaginación y sensibilidad del novelista alemán de un modo más suave, como una lluvia mansa y persistente que fecunda una tierra fértil.

Por otro lado, Hermann Hesse era un rebelde a las disciplinas, a los sistemas rígidamente estructurados. "El hombre -señaló en alguna ocasión- no es algo firme, hecho y acabado, nada único y unívoco, sino algo en proceso de llegar a ser, un experimento, una intuición y futuro, proyección y nostalgia de la naturaleza hacia nuevas formas y posibilidades". Su individualismo y anti-doctrinarismo le valieron reprensiones de sus maestros; su sentido de la libertad le llevó a escaparse del seminario evangélico de Maulbronn, donde estudiaba. Por otra parte, su vocación literaria apareció muy pronto, como en casi todos los grandes artistas; hacia 1893 ya había decidido "ser escritor o nada". Algunos artículos publicados en revistas comenzaron a darle popularidad, incluso más que la que le proporcionaban sus primeros libros. Desempeñó varias actividades, viajó a Italia, se instaló en Suiza, donde trabajó como librero, mientras su espíritu bullía en búsquedas constantes. En 1902 el editor Grote publicó en Berlín sus "Poesías" (Gedichte); deseaba Hesse que su madre, que se hallaba gravemente enferma, y a la cual ellas iban dedicadas, viese la edición, pero María Gundert falleció poco antes de salir ese libro. Entre tanto Hesse observaba el espectáculo de todas las cosas y acontecimientos y sin erigirse en juez de los mismos. "No debemos buscar, sino encontrar -dice- no debemos juzgar, sino observar y comprender, inspirar y elaborar lo inspirado. Tenemos que sentir nuestra propia esencia integrada en el todo. Sólo entonces tendremos relaciones verdaderas con la naturaleza".

"Peter Camezind" de 1904, es la novela de un soñador que comprende al fin la necesidad de la vida íntima en medio de la naturaleza, libro de bello lirismo, obra de un individualista siempre a la defensiva de los esquemas.

Casado con María Bernoville, de una familia de profesores de Basilea, tuvo de ella tres hijos varones. Aparecen otros libros: "Bajo la rueda" (Unterm Rad), "Gertrudis" (Gertrud) por no citar sino algunos de esa época y emprende, en 1911, junto con un amigo suyo, el pintor Hans Sturzenegger, un viaje a la India, que le permitió escribir, dos años después, unos apuntes de esa peregrinación bajo el título "De la India" (Aus Indien), impreso en Berlín por Fischer, su más consecuente editor, libro lleno de sagaces observaciones. Cuando se produjo la primera guerra mundial, un tribunal médico lo consideró inapto para el servicio militar y se le destinó a la Legación alemana en Berna. Allí trabajó en un Servicio de ayuda a los prisioneros alemanes de guerra. Pero la hecatombe, la violencia desenfrenada, provocaron en Hesse una hondísima impresión, por lo que escribió protestando contra la idea de que los hombres no encuentran mejor solución que la de practicar el odio y la masacre. "Guerras hubo siempre -escribe en una carta- desde que sabemos de la existencia humana, y seguirá habiéndolas mientras la mayoría de los hombres no puedan convivir en el reino del espírirtu. A esos males espirituales se sumaron otros más: la enfermedad síquica de su esposa, la muerte de su padre y de su hijo menor; todo eso lo llevó a una postración nerviosa, de la que debió hacerlo reaccionar Lang, discípulo de Jung. Los lagos de Suiza le dieron el panorama de belleza y placidez exteriores que contribuyeron a la terapia del escritor. Y así se sucedieron nuevas creaciones que resultaron otros tantos éxitos: "Pequeño jardín" (Kleiner Garten); "Demián; "Leyendas" (Marchen); "Poemas de pintor" (Gedichte des Malers); "El último verano en Klingsor" (Klingsors letzter Sommer); "Peregrinación" (Wanderung). Y hacia 1922 apareció "Siddharta" en cuya obra nos detendremos y que junto con "El lobo estepario" (Der Steppenwolf), "Narciso y Goldmundo" (Narziss und Goldmund) y especialmente "El juego de abalorios" (Das Glasperlenspiel) constituyen las obras de mayor jerarquía, tal vez, del gran escritor, al que en 1946 se le otorgó el "Premio Goethe", conferido en Francfort del Mein, y más aún, el Premio Nobel.

¿Qué es, en fin, su gran novela Siddharta? Es una narración oriental, pero en cierto modo es también una reacción contra ciertas filosofías de la India, que lo obsesionaban. Es un libro lírico, filosófico, profundo hasta el punto de detener al lector en medio de preguntas que sugieren múltiples respuestas, rico de contenido, encantador en su armoniosa prosa, en el dominio de lo evocativo, de lo mágico, de lo existencial, de la teoría de los valores, de la simbología, de las correlaciones profundas entre lo temporal y lo eterno, entre lo que pasa o fluye, en la acepción de Heráclito, y lo que trata de asirse a algo, entre las polarizaciones de la individualidad frente a la disolución del ser en la Vida y en la Naturaleza, y, en último caso, una síntesis que va ganando terreno en el espíritu del hombre de fines del siglo XX entre los aportes orientales y occidentales, que quizá puedan integrarse en el hombre del siglo XXI.

El protagonista se llama Siddharta, lo que lleva por un momento a confusión, puesto que éste es también uno de los nombres de Buda (Buddha en las lenguas sánscrita y pali); en realidad son dos seres diferentes.

Siddharta, el protaginista de la novela, era hijo de un brahmán, o sea de un representante de la principal de las cuatro castas: la sacerdotal. La segunda es la de los guerreros, la tercera, la de los comerciantes y la cuarta, la de los agricultores. Más abajo están los sin casta, los parias. Siddharta creció, junto con su amigo Govinda, a orillas de un río. No se dice qué río es, ni si es alguno de los que van luego a desembocar en el gran río cuyo simbolismo preside la novela, y que bien pudiera geográficamente ubicarse en la Ganges, aunque la mención de esa particularidad se omite. Aprendió las enseñanzas de los brahmanes, los sacrificios rituales determinados por los Vedas, e incluso a pronunciar la palabra "Om", expresión mántrica, que, repetida al comienzo de cada himno, acerca el alma a la Sustancia universal. "En la mente del devoto, dice Turner en "The Sacred Books of the East", poseía varios significados, el supremo de los cuales era Brahma, esto es, la causa inteligente del Universo. Su repetición tenía lugar excelso en la meditación brahmánica. Por la sola palabra se revela la no-palabra. Dicha palabra es Om. Subiendo por ella (donde cesan todas las palabras y cuanto ellas significan) llega a la absorción de la no-palabra (Brahma). Este es el camino, éste es el inmortal, la unión, la bienaventuranza. Y como araña, subiendo por el hilo, gana espacio libre, así quien medita, subiendo por la sílaba Om, gana independencia". Siddharta había aprendido mucho, pero no lo esencial, lo último, y se llenaba de preguntas: "¿Es realmente Prajapati el creador de los mundos? ¿No es el "atman" (el "yo", el pensador de pensamientos y autor de nuestros actos) lo único, lo indivisible? ¿Acaso los dioses no son seres creados como yo, como tú, pasajeros súbditos del tiempo? ¿Tiene entonces sentido ofrecer sacrificio a los dioses? ¿Dónde late el corazón eterno? ¿Dónde, sino en el propio yo, en nuestro interior, en lo indestructible que cada uno lleva dentro de sí? Pero ¿dónde se halla ese yo? No es carne, ni hueso, ni pensamiento, ni conciencia".

Tras haber comprendido toda la ciencia de los brahmanes, advirtió que ésta carecía de valor si no llevaba al conocimiento del Eka (del Uno) actualmente encarnado en la forma de Brahma según algunos textos de los Vedas y del Manava Dharma Sastra. Decidió, pues, Siddharta, emprender otra experiencia y le propuso a su amigo Govinda unirse a los ascetas ("sramana" en sánscrito y "samana" en lengua "pali"). El padre le prohibió partir, pero Siddharta, en una obstinada y sumisa actitud, permaneció toda la noche inmóvil, con los brazos cruzados. El padre, de tanto en tanto, agitado cada vez más, se asomaba, y siempre veía a su hijo en la misma postura, presa de ese tremendo conflicto que se había planteado a sí mismo, entre la obediencia filial y la vocación. He aquí el diálogo, tenso en su extremo laconismo:

"-Siddharta ¿qué esperas?"

Y la respuesta del hijo:

"-Tu ya lo sabes".

"- Te quedarás siempre así, y aguardarás hasta que se haga de día, hasta el mediodía, hasta la noche?".

"-Me quedaré así y esperaré".

"- Te cansarás, Siddharta".

"-Me cansaré".

"-Te dormirás, Siddharta".

"-No me dormiré".

"-Te morirás, Siddharta".

"-Me moriré".

"-¿Y prefieres morir antes que obedecer a tu padre?"

"-Siddharta siempre ha obedecido a su padre".

Se fue el padre, y al volver vio que las rodillas de su hijo temblaban, comprendió que una fuerza hecha de vocaciones poderosas lo apartaban de su lado y así le dijo:

"-Irás al bosque y serás un samana. Si encuentras la bienaventuranza en el bosque, regresa y enséñamela. Si hallas el desengaño, vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los dioses".

Y así Siddharta y Govinda emprendieron la segunda experiencia, fueron en busca de los ascetas del bosque, que vivían entregados a las más duras austeridades en busca del desarrollo de las fuerzas de la mente y de la iluminación interior. Se vistieron con capas de color tierra (probablemente Hesse aludió aquí a las capas de las cortezas de los árboles, cosidas entre sí, que usaban los anacoretas). Llegaron junto a ellos a fin de lograr "el vacío interior" (y aquí hay también una reminiscencia del chino Lao Tzsé, que en su "Tao-teh-Ching" afirma que sólo lo que está vacío puede llenarse). Siddharta logró, bajo la dirección de los "samanas" detener los latidos de su corazón por medio de una orden del cerebro, y logró aún más, obtuvo la despersonalización. Vio volar una garza sobre el bosque y absorbió mentalmente a la garza en su alma; se sintió garza, comió peces, sufrió como ella, y como la garza, gritó. Y como esa, hizo otras experiencias en el camino de la despersonalización, hasta lograr abandonar su propio "yo", y permanecer horas y días en el "no-yo". Pero tras todas estas experiencias, Siddharta vio que regresaba siempre a la vana ilusión, que sólo había hallado una breve narcosis y que, por ese camino, nunca llegaría al Nirvana. En el fondo de estas experiencias, es Hesse el que está hablando por Siddharta y objetando sistemas religiosos de la India; los ama, pero no los acepta. Y el protagonista convence a Govinda de que lo siga para escuchar las palabras del Buddha, porque -dice- "aún no he conseguido entender que no se puede aprender nada. Creo que realmente no existe eso que nosotros llamamos "aprender". Sólo existe, amigo mío, un saber que está en todas partes, es decir, en el "atman". Este se halla en mí, en ti, en cada ser (También Sócrates creía que la verdad estaba dentro de nosotros, y que había que sacarla a la luz, hacerla nacer de si, como de la madre nace un niño).

Entonces viajan a la ciudad de Sravasti; allí, en el jardín de Jetavana, que había sido regalado al Buddha, esperaban oír su mensaje. Buddha vestía sencillamente, como cualquiera de sus centenares de discípulos (los "sravaka", en sánscrito, y "savaka" en pali); vestido de túnica amarilla, igual que todos, iba día a día, con su cuenco de madera, a pedir el arroz de la limosna. Buddha caminaba modestamente. "Su rostro sereno -dice Hesse- no era ni alegre ni triste; parecía sonreir levemente en su interior. Caminaba el Buddha con una sonrisa escondida, sosegada, tranquila, parecida a la de un niño sano"... "cada dedo de su mano hablaba de paz, de perfección"... "respiraba suavemente, con una luz imperecedera, con una paz intangible". Sin embargo, Siddharta no se quedó con el Buddha, como lo hizo Govinda. Comprendió que el Bhagavat (el bienaventurado) había alcanzado por sí mismo la perfección y Siddharta quiso buscar también la suya por sus propias experiencias en el bien y en el mal, en el pecado y en la luz. No deseó imitar a otro, por más sublime que fuese; no quiso ninguna doctrina prestada, sino lograr la penetración recóndita de sí mismo. Y así se alejó del lugar y llegó a un río, que atravesó. Realizó ahora otra clase de experiencia: las del amor carnal (pues se enamoró y disfrutó de la hetaira Kamala) y la de las riquezas, ya que aprendió a ganar dinero como ayudante del rico mercader Kmaswam. En esta sucesión de experiencias hay un cierto sutilísimo plan fáustico, realizado, desde luego en otros sentidos y con otros métodos. Cuando, hastiado, después de varios años de las experiencias de la carnalidad y el oro, abandonó todo, volvió hasta aquel río que separa el campo del puro ascetismo y la tierra donde lo mundanal tiene fuerza y brío. Y vio al mismo botero que lo hizo pasar una vez, al viejo Vasudeva. Al matar su "yo" es que lo halló nuevamente, siempre dispuesto a pasar a los viajeros de un lado al otro del río. Vasudeva es uno de los nombres de Vishnu, y sin duda Hermann Hesse no lo ha puesto por casualidad al botero. En la trinidad brahmánica, Brahma es el principio creador, y Shiva el destructor. En cambio Vishnu es la vida activa, la acción transformadora. Cuando el mundo necesita un salvador, Vishnu se reencarna en algún ser; en el Ramayana lo hace principalmente en Rama. En algunos cantares del ciclo de Krishna, éste es también una forma de Vishnu. Para Siddharta, pues, se ha transfigurado en ese anciano botero, que le enseñó a escuchar la voz del río. Un día y otro día, un año y otro año, Siddharta comprendió la larga lección de ese lento fluir de las cosas desde su naciemiento, desde las fuentes de los Himmalayas hasta el Océano. Ese río es la vida entera, con sus mil voces, es lo que siempre existe en movimiento, por eso es que está sutilmente identificado con Vishnu; el río como lo señaña T. ´Ziolkoswsky, es la anulación de las polaridades , la totalidad, el símbolo de la simultaneidad. Porque "acerca de cada verdad, el símbolo de la simultaneidad, pues de cada verdad puede decirse que su contradicción es igualmente verdadera". Pero todos esos valores están en estado fluído, cambiante, nunca se detienen en un punto, como el río, como nuestra personalidad, como nuestra mente, como el existir, como el devenir.

Y el alma humana puede escapar a la rueda de las muertes y las resurrecciones cuando comprenda la enseñanza simbólica del río, donde todas las cosas se dan, no consecutivamene, sino en su simultaneidad.

Pero Hesse, a pesar de estas apretadas observaciones, no fue ganado totalmente por las filosofías orientales, ya sean las de India o China. Hesse era un occidental, que no hizo su incursión filosófica por esos mundos de alto pensamiento, pero los complementó con formas occidentales de pensar y vivir. Unas y otras forman el río, la simultaneidad de la voz silenciosa y eterna.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

17 de Junio de 1979

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