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Nataniel Aguirre: entre el romanticismo y el realismo
Hyalmar Blixen

Nataniel Aguirre

Es curioso lo poco que en general conocemos los hispanoamericanos de la cultura de nuestro propio continente, y desde luego de nuestra literatura. Cuando se dice que en 1942 se produjo el descubrimiento de América, y sin desmerecer la hazaña náutica y la importancia de la civilización española y luego europea en general, empezando por la unificación lingüística del continente hispanoamericano, cabe preguntarnos si el descubrimiento está concluido, es decir, si nos conocemos actualmente nosotros mismos. Si tomamos sólo el aspecto literario habría que reconocer, primeramente, que es poquísimo lo que sabemos de los textos precolombinos. Y es más: si preguntáramos a cada hombre de letras cuáles son los treinta o cuarenta escritores de relevancia de cada país de Hispanoamérica no ha acabado de descubrirse totalmente a sí misma y esto no es una crítica a nadie sino una exhortación a conocernos más, a ser mejores ciudadanos de la patria grande sin olvidar cada una de nuestras patrias individuales.

Un ejemplo de ese desconocimiento es el de Nataniel Aguirre, un buen escritor boliviano. Nació el 10 de octubre de 1843 en Cochabamba y murió el 11 de setiembre de 1888 en Montevideo, lo que vale decir que si lo evoco en esta nota no es sólo por su relevante personalidad, sino porque se cumple el centenario de su desaparición física, pues hay también otros bolivianos que podrían ser rememorados. El padre de Aguirre, criollo pero de ascendencia vasca, colaboró con Antonio José de

Sucre, el mariscal de Ayacucho, quien lo nombró ministro cuando aún tenía veintisiete años. La madre del escritor, María Manuela González Prada, que falleció cuando aquel tenía sólo tres años, era de una familia culta y emparentada con el poeta peruano Manuel González Prada, que nació un año después que Nataniel. Este cursó la enseñanza media en el colegio de “Junín” de Sucre y luego se doctoró en Derecho en la Universidad de San Simón, de Cochabamba. No ejerció la profesión, pero sí llegó a ser más adelante catedrático de tres asignaturas jurídicas: Constitucional, Civil e Internacional Público, lo que indica una extraordinaria vocación docente y una particular vocación por el Derecho, y en consecuencia por la Justicia.

En 1864 contrajo matrimonio con Margarita de Achá, de cuyo enlace nacieron nueve hijos, uno de ellos, José, también escritor. Nataniel adoraba a su esposa y le dedicó un sentido poema. 

LA POLÍTICA NACIONAL E INTERNACIONAL. 

El hecho de ser yerno del Presidente de Bolivia lo arrastró, quizá sin proponérselo, a la política, que era sumamente turbulenta, pues tras la independencia, muchas de las naciones hispanoamericanas, no siempre maduras para autogobernarse, se ensangrentaron en guerras civiles, donde más que la confrontación de serios programas de gobierno valían divisas y caudillismos.

Muchos ejemplos sangrientos presentan la de Bolivia, caso de la del general Mariano Melgarejo, que se alzó contra el presidente Achá y que gobernó despóticamente durante seis años, pues “queriendo conservar el poder a cualquier costa, no reparaba en medios para lograrlo”. En 1886 se alzó contra él el General Belzú, al que Melgarejo mató con sus propias manos.

Otros intentaron infructuosamente derrocarlo y al fin lo lograron en 1871, y posteriormente recibió la muerte dada por su propio yerno. Como hombre de derecho, Nataniel Aguirre quería encauzar a su patria por senderos de legalidad, pero en medio de esa furia de alzamientos sucesivos era una hoja en la tormenta. Cierto que no permaneció ajeno a tanto mal; en Cochabamba arriesgó su vida por la libertad, y contra Melgarejo y otros, levantó con sus propias manos, barricadas en las cuales estuvo a punto de perecer. También participó en el combate de Cuestas de la Cantería, donde Flores resistió a Melgarejo, que salió vencedor y fusiló a cantidad de adversarios, entre ellos el poeta Néstor Galindo (1830-1865), autor que colaboraba en periódicos y había escrito un poemario romántico “Lágrimas”, versos juveniles, por lo que es difícil hacer un juicio serio respecto de su capacidad lírica, ya que la muerte le impidió dar una obra de madurez. En fin, Nataniel Aguirre, tras la muerte violenta del dictador Agustín Morales, tomó parte en la Asamblea Constituyente de 1871 y participó de los debates suscitados entre los unitarios, encabezados por Evaristo del Valle, y los federales de Lucas Mendoza de la Tapia, tendencia que, tras dudar, pareció más justa a nuestro escritor, que era de ideas liberales.

Así, en 1877 publicó el trabajo “Unitarismo y Federalismo”. En cuanto a sus ideas sociales, eran avanzadas; defendió la necesidad de una gran reforma agraria y especialmente apoyó a los indígenas, tan desvalidos; suya es esta generosa frase: “Hagamos del pobre indio un ciudadano como nosotros”. Pero se produjo la guerra del Pacífico y Nataniel Aguirre, que era por entonces Prefecto de Cochabamba, abandonó su cargo, organizó grupos de combate, y arriesgó su vida en la guerra contra Chile que costó a Bolivia la salida al mar.  

SE AFIRMA SU PERSONALIDAD

Más adelante, escribió “Bolivia en la guerra del Pacífico”, obra de la que publicó sólo un primer volumen. Entusiasmado, además con la figura de Bolívar, en 1883 escribió un ensayo reivindicatorio del Libertador, defendiéndolo de injustas acusaciones que se le hacían. También puso su pluma justiciera al servicio de O‘Connor, irlandés que se unió a Bolívar en sus campañas y al que Melgarejo destituyó del escalafón militar, olvidando que había arriesgado su vida en las luchas por la independencia. Cuando se deprimía ante la vista de tanta sangre vertida se refugiaba en las letras y escribía poesías y también su “Juan de la Rosa”, novela en la que el romanticismo está más dosificado que el de otras narraciones de esa época, ya que tiene ciertos matices de realismo. Se trata de una novela histórica, que se centra en los primeros años de la guerra de independencia, con episodios de gran fuerza, como la matanza, en 1811, de las mujeres de Cochabamba en la Colina de San Sebastián, genocidio ordenado por Goyeneche. La novela está evocada por Juanito, niño nacido por la seducción de su madre, una trabajadora de encajes llamada Rosita, que se enamoró de un español de alcurnia. Detrás del fondo rigurosamente histórico se mueven los personajes de ficción: Arredondo, Teresa de Altamira, el herrero Alejo, el buen sacerdote revolucionario Fray Justo. Menéndez y Pelayo cree que “Juan de la Rosa” es la mejor novela hispanoamericana del siglo XIX. Es una opinión respetable. No cabe duda que se trata de una novela de indudable valor literario.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

15 de octubre de 1988

 

 

 

 

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