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Los pródromos de la Revolución Francesa
Hyalmar Blixen

Una revolución social y política no surge porque sí, sino que va creciendo, a veces durante varias generaciones, un descontento ante injusticia y privilegios que por ineptitud o dolo, o simplemente desidia no se sabe eliminar

Francia tuvo a través de su historia, experiencia en revueltas y guerras: pensemos en el desgaste que resultó de las Cruzadas, de las luchas entre los Capetos, y los Plantagenets, y la Guerra de los Cien Años, donde debe destacarse a dos figuras de excepción: Juana de Arco y Du Guesclin.

En el siglo XVI se vio envuelta en las guerras con Carlos V, quien apretaba a Francia entre los dos frentes: Alemania y España. El propio Francisco I fue prisionero de su cuñado Carlos V, durante bastante tiempo. En el siglo XVII, las guerras de religión entre católicos al frente de cuya Liga están los duques de Guisa, y los hugonotes o calvinistas, que tienen varios jefes como Coligny, Condé y Juana de Albert, culminan con la masacre de San Bartolomé, en la que se produce, durante una noche, el asesinato de todas las familias que practicaban la religión reformada.

La guerra de los tres Enriques (de Valois, de Guisa y de Navarra) lleva en una primera instancia a Enrique III a huir al castillo de Blois, pero seguido por Enrique de Guisa y a su hermano, el Cardenal de Lorena, en un corredor del castillo.

Pero a su vez Enrique III de Valois es asesinado y la guerra continúa, ahora entre el aspirante legítimo a la corona de Francia, Enrique IV de Borbón y el Duque de Mayena, que sigue al frente de la Liga. Enrique IV gobierna bien, con sentido de justicia, tolerancia y ecuanimidad, pero es asesinado por Ravalliac, que tendría cómplices que se ocultaban, porque el Palacio de Justicia se incendió, ¿casualmente?, y el expediente fue devorado de las llamas sin que hubiera demasiado interés en reconstruir dicho proceso. 

BAJO BORBONES 

Luis XIII, y especialmente Richeliev, avivan el fuego de la Guerra de los Treinta años, en la que intervienen varios naciones, pero que por hacerse especialmente en Alemania deja a ésta postrada. Durante la minoría de edad de Luis XIV comienza la revuelta de la Fronda. Ambos partidos dicen estar a favor del Rey, pero uno es el de los príncipes y el Parlamento y el otro es el del Ministro Mazzarino. Es evidente que cada vez Francia va madurando más hacia concepciones político sociales.

En el siglo XVII, bajo Luis XIV, la cultura está protegida por el Rey o por el Ministro Colbert: Molière, Boileau, Racine, La Fontaine y el músico Lulli son bien recibidos en la Corte y alentados a crear. No se ataca al Rey, pero Molière se burla muchas veces de los Marqueses, a quienes considera algo así como los bufones de esa época, y Luis XIV aplaude esas comedias e incluso apoya, contra el Arzobispo Peréfixe, la representación de Tartufo.

También lo mordaz estaba en la “fábula”, género que tenía una tradición antigua, pues se remontaba a los fabulistas Pilpay (hindú) y a Lokman (árabe). Cultivada por Esopo en Grecia y por Fedro en Roma, sin olvidar que, sin ser fábulas Horacio y Juvenalf habían escrito “sátiras”, todo ese elemento burlesco entró en Francia con “Le roman du Rénart” y allí tomó carta de ciudadanía.

Así, en el siglo XVII se desarrolla la sátira humorística de Bolieau, caso de “Le repas ridicule”, bien que tomado de Horacio, y “La nobleza”, en la que se desarrolla el tema siguiente: no puede hablarse de nobleza si se carece de méritos personales. Otra importante y del mismo autor es aquella que empieza así:

“De todos los animales que se elevan en el aire, que andan sobre la tierra o nadan en el mar de París a Perú, de Japón hasta Roma, el más tonto animal, me parece, es el hombre” (Sátira VIII).

Lesage ataca el tema social de la avaricia, raíz moral de su problema socio económico. Su pieza “Turcart” trata de un viejo avaro que se ha hecho financista hasta acumular una fortuna; cree que con dinero se puede comprar todo, y en su tacañería, mezquina lo necesario a su familia pero lo derrocha en una Baronesa, que se aprovecha de él. Como vemos aquí sale tan mal parada la aristocracia como la burguesía.

LA BURLA, LA CRITICA

En el siglo XVII la crítica se reviste de burla amable, y aparentemente la hace aparecer como menos seria, lo que es un error. En el plano religioso de la querella entre jesuitas y jansenistas, Pascal raya a gran altura con sus famosas “Cartas provinciales”. Una cantera, también de reflexiones sobre las costumbres del siglo XVII podemos hallarla asimismo en “Los caracteres” de La Bruyère. En cuanto a Bossuet, célebre por sus oraciones fúnebres, merece ser citado también como el autor del “Discurso sobre la Historia Universal”, donde si bien trata al principio temas históricos y luego religiosos, en la tercera parte comienza a tocar, cierto que todavía con timidez, el tema de las revoluciones. El propio Dios –dice- se ha servido de éstas para castigar a pueblos... No es todavía lo que se va a decir en el siglo siguiente, pero el tema ya se plantea.

Luis Boudaloue toca aspectos éticos en general, pero hace alusiones a casos particulares conocidos en aquel momento. En cuanto a Fenelon, autor del poema épico “La Telemaquia”, se discute si su burla no alcanza a Luis XIV mismo, pues la pintura de Seseostris, Rey demasiado fastuoso del Egipto faraónico o del aqueo Odomeneo parece en ciertas líneas, un retrato de Luis XIV. Claro que Fenelon se apresuró a desmentir el modelo, pero ¿qué otra cosa podía decir sin ir a la Bastilla?

En fin, ya ha asomado, y con calidad, un rico material satírico, que, burla burlando, anuncia descontento respecto de muchas instituciones y tipos humanos. Todavía no se ha entrado en el siglo XVII, el de la Revolución Francesa. Es que las ideas maduran poco a poco. Por ahora hay críticas disimuladas, descontento ante las fortunas demasiado fastuosas ganadas sin esfuerzo, el orgullo de los nobles, indiferentes a la manera de sentir de quienes están en un rango inferior. Siglo tumultuoso, como lo fueron los anteriores, empobrecidos por las guerras continuas y por los impuestos arbitrarios y los derechos feudales todavía latentes a pesar de haber desaparecido el feudalismo.

El siglo XVIII, el de la Revolución Francesa, cuyo Bicentenario se festejará en todo el mundo civilizado, planteará cada vez más directamente los temas, y cuestionará todo: serán los enciclopedistas los avanzados, y entre ellos, Diderot, Holbach, Voltaire, Rousseau, Montesquieu... y ya estallada la Revolución, surgirán los filósofos sociales del ideologismo: Cabanís, Desttut de Tracy, Sieyès y otros.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

3 de febrero de 1989

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