Los Iporas
Hyalmar Blixen

Prefacio

Los pueblos indígenas de América tuvieron desniveles muy grandes desde el punto de vista de la cultura. Los hubo incipientes, como los waraníes, los pampas o los nuestros; pero también podemos citar algunos que alcanzaron un muy alto grado de civilización.

La conquista no respetó ni a unos ni a otros. El español, altivo, heroico, noble, pero fanático en su religión y en sus costumbres, derramó quijotescamente su sangre en esta tierra; pero, al crear un nuevo orden de cosas, derrumbó el antiguo, y al transplantar aquí una gran civilización exterminó a la ya existente, que en muchas regiones (náhatl, fohébecha, mayas, quechuas) tenían notable valor.

Fueron quemados los libros que por millares poseía la literatura náhuatl; fué perseguida la civilización maya, creadora del Popol Vuh y el Chilán Balám, del Rabinal Achí y de notables anales e igual suerte corrió el Tahuantinsuyo o imperio de los Incas, ya que se han perdido casi todas las obras de sus harahuis o poetas líricos y de sus amautas o sabios.

Pero poco a poco, muy lentamente, al pío horror de los conquistadores, ha ido sucediendo la curiosidad cada vez mayor por lo que hoy constituye el florklore americano, hasta tal punto, que es fácil suponer que nuestra literatura va hacia un renacimiento de la literatura prehispánica.

Colaborador obscuro, pero valiente, de este gran movimiento literario de reivindicación del indígena es este libro. En él he tratado de pintar los rasgos predominantes de los charrúas: su valor y su fuerza; su dulzura y su melancolía; su asombro de niño frente a los fenómenos de la naturaleza, que la impulsaban a explicaciones maravillosas, y también su estocismo. En "Los iporas" busco, por lo tanto, lo que alguien ha llamado "el alma mágica de los pueblos primitivos", con toda su superstición y con toda su poesía.

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He querido renacer al charrúa viva su vida, independiente de la influencia española. Verlo en sus selvas indígenas, en los campamentos rondados por las fieras, bajo la protección de sus posibles dioses.

No es este un libro histórico, aun cuando pinto en él las costumbres de las tribus; sus funerales, la ceremonia de la hospitalidad, la táctica militar, las luchas por la posesión del mando en el Consejo de las Tribus, y he hecho pequeños cuadros de la vida de los paraderos, teniendo que poner en todo esto mucho de imaginación y en ocasiones, tal vez de adivinación.

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Los tipos están sin embargo idealizados, aunque corresponden a una base real; la trama, enriquecida con leyendas de dioses o iporas, algunos de los cuales no eran en verdad charrúas, sino waranies. Pero debo agregar que esta ilusión de divinidades en el panorama charrúa no es en realidad una cosa que deba rechazar el crítico, puesto que la obra no es, como ya lo dije, histórica. Pero, por otra parte, que nuestros aborígenes tenían creencias en un más allá y en ciertos genios mitológicos, es indudable. Sus funerales lo atestiguan. El que los yaros dijeron a los misioneros: "¡No queremos vuestros dioses, porque saben todo cuanto pensamos en secreto!", ¿no parecería indicar que ellos también poseían sus dioses? ¿Y no se ha descubierto, en territotio chaná, un ídolo de piedra?

Generalmente se atribuye a los charrúas la creencia en dos divinidades: una, Tunpa, el dios bueno, y la otra, Añang, el dios malo.

El General Díaz dice que creían en un espíritu del mal llamado Gualiche, y Eduardo Acevedo Díaz supone que ese vocablo debió de ser corrupción de Walichú, dios de los habitantes de las pampas. Pero puedo citar también algo que tal vez no pase de una coincidencia asombrosa. En el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, en el artículo "Charrúas", se supone que éstos tenían, aunque vagamente, cierta creencia supersticiosa en el Sol y en la Luna. Por otro lado, Bauzá, que es un historiador digno de crédito, sostiene que los charrúas llamaban a la Luna, Yasí. ¡Cuál no sería mi asombro cuando supe que Yací es, en la mitología waraní, el dios de la Luna, protector de los heridos y de los tristes! Pero también se llamaba Zobá

Y algo parecido podemos decir de Payé, dios de los amuletos. Nuestros gauchos, que hablan de los payés, ¿de dónde pueden haber tomado este término, si no es de los indígenas nuestros? Y Payé es el dios de los amuletos de la mitología waraní.

Y si fuera verdad que las tribus uruguayas hubieran coincidido con las brasileñas en la existencia de estos dioses, ¿no podrían coincidir en la existencia de otros? Pero me apresuro a declarar que estas sugerencias que hago, no las formulo con la finalidad de sustentar ningún precepto, ya que no estoy capacitado para ello, puesto que no soy historiador sino simple curioso de nuestras cosas. Sólo he querido decir que no es tan disparatada la inclusión de algunos dioses de la mitología waraní en esta leyenda, ya que hay opiniones de historiadores en las que me escudo.

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El argumento de la obra se basa en una realidad: la guerra charrúa-waranítica, que se produjo antes de la llegada de los españoles.

Cuenta Bauzá que los tupíes y los carios, indígenas antropófagos que vivían sobre el mar Caribe, invadieron el Brasil, donde moraban tribus waraní. La raza conquistadora se mezcló con la vencida, y los tupí-waraníes, nueva raza surgida del cruzamiento de las otras dos, invadieron luego las tierras rioplatenses, trabándose una extenuante guerra entre ellos y nuestras tribus confederadas, hasta que los invasores del norte fueron rechazados sobre la Laguna Merim. Pues bien: es sobre esta base real que he edificado mi leyenda.

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Hay quien dice que los charrúas eran waraníes de anteriores invasiones; el documento de Vilardebó -que contiene vocabulario de unas cincuenta palabras, aproximadamente- echaría por tierra esta hipótesis, aun cuando he comprobado que una de las palabras del mismo, que se considera charrúa (chibi, que significa gato), tiene el mismo significado entre los waraníes. Otros sostienen que los charrúas y otras tribus de nuestro suelo eran bilingües; y que si bien poseían un lenguaje propio, utilizaban el waraní, que estaba enormemente difundido, cuando se ponían en contacto con otras tribus, ya fuese para comerciar o para efectuar alianzas o declarar treguas, y tal vez resulte esto lo más plausible.

Invocación

Para cantar el yarabí charrúa, roba el aire sus suspiros, ¡oh dulce Mimby! Toma el suave bramido del guasubirá, y el sereno ensueño de Hum, el poderoso río.

Que el charrúa taciturno te haga sonar su voz clara desde el fondo de los bosques, a los que se asoma Guidri, la blanca Luna, ipora de los tristes.

Que el alma del guerrero que duerme el sueño frío, mandado por Hallen, la muerte, te arranque notas más desoladoras que las del viento, más frías que las de las serpientes mboichiní, más suaves que las del urutaú, el ave que llora; y si supieses de notas más tristes aún -para cantar el yarabí charrúa- lánzalas al aire, ¡oh dulce Mimby!.

Entonces se hará una luz, y las almas de los guerreros que vagan en el Añaretá, el país doloroso -buscando el árbol que ha de servirles de morada eterna-, se agolparán alrededor de ella, aullando largamente como fieras. El recuerdo de las hazañas de sus tribus las llenará de orgullo y les dará nuevas fuerzas para combatir a Añang, genio del Mal.

Por eso, canta, ¡oh dulce Mimby!, y roba su bramido al guasubirá, su llanto al urutaú y sus notas de desolación al viento.

Canto I


En un calvero rodeado por un bosque de ceibos, algarrobos y yabíes, los guerreros se desplomaron jadeantes. Sus miembros, paralizados por la fatiga, o mordidos por las flechas y las lanzas del enemigo, se negaban a arrastrarlos más lejos, a pesar de que el peligro de la persecución no había desaparecido completamente. Donde cayeron, allí quedaron sin moverse, mientras sus cuerpos bailaban penosamente la danza del cansancio. Eran los charrúas, los hijos de Ñorairó, la guerra.

Sus cuerpos ostentaban heridas y cicatrices, en las que se leía la historia de esa raza andariega; las armas de los hombres y las garras de las fieras, habían grabado una epopeya sobre sus pieles.

El cansancio y el estupor los tenían embargados. ¡Volvían vencidos de la lucha! Ellos, que no recordaban haber cedido nunca el campo al enemigo y que habían conquistado el país de los gigantes por mandato de las deidades buenas, a pesar de la fuerza de Setebos, protegidos por los dioses del mal, sufrían ahora el dolor de una inesperada derrota. Numerosas hordas de pueblos desconocidos, después de clavar una lanza en los bosques charrúas, yaros, aran-chané y otros, como declaración de guerra, osaron encender allí sus fuegos. Venían dispuestas a cazar en nuevos territorios, a pescar en nuevos ríos, y a arrebatar a la gran tribu del Para -ana -guasú, sus mujeres de lacias cabelleras...

Transcurrió media luna. Y los charrúas y sus aliados, después de convocarse por medio de grandes fogatas que encendieron en la cumbre de las lomas, lanzando salvajes alaridos, se abatieron sobre los invasores, a pesar de ser inferiores en número. Lucharon con la ferocidad de la hembra del yagauareté, cuando defiende su cubil, hasta que vieron, mudos de asombro, en medio de la espantosa confusión de la matanza, entre los desconocidos gritos de victoria de sus enemigos y el estertor de los moribundos, desplomarse pesadamente a Abareitá, al Wineno gran jefe que los guiaba a las victorias, y al que los charrúas creían invencible. Y cuando esto contemplaron, se quebró la resistencia heroica.

-¡Añang y los Espíritus Malos que obedecen a Hallen, la muerte, combaten contra nosotros! -gritaron-. Entonces, en el fondo de sus almas, el instinto de conservación luchó sordamente contra el orgullo de la raza. No conocían el miedo; pero ese vago instinto, semejante al de las fieras, se apoderó de sus pechos, heló su entusiasmo, y, por primera vez, los charrúas huyeron de una batalla.

Entonces sobrevino el desastre. Los tupí-guaraníes les hicieron gran matanza durante la fuga. Muchísimas mujeres charrúas, que habían estado ocultas en los bosques mientras se desarrollaba la lucha, cayeron en poder del enemigo. Dioi - Latar apagó la hoguera que había encendido sobre las altas rocas de las nubes, y así, protegidos por la obscuridad de la noche, franquearon los fugitivos lomas y campiñas, hasta que las fuerzas huyeron de sus músculos.

Ahora, ya lejos del enemigo, desparramados sobre el calvero que formaba el bosque de ceibos, algarrobos y yabíes, adivinaban, en sus espíritus embrutecidos por el cansancio, que esa raza desconocida y numerosa podría aniquilar a la suya; sin embargo, sus bocas no exhalaban ni una queja. Mudos, huraños, se miraban los unos a los otros, mientras el frío de la noche mordía sus carnes. Algunos se apretaron los quillapíes contra el cuerpo, con movimientos casi maquinales, mientras otros, para calentarse, comenzaron a encender hogueras. Sin cambiar entre ellos una sola palabra, todos sabían de antemano lo que iban a hacer; el enemigo antropófago, no cazaría en las campiñas del charrúa ni en los bosques del Hum, sin ser continuamente hostilizado, hasta que Añang arrebatase el espíritu al último defensor de estos territorios.

Dos cosas amaban sobre todas las otras: la libertad, y el suelo natal. Y, cuando después de las pasadas angustias, comprendieron que podían perderlas, frente al poderoso invasor, el furor adormecido durante la huída, volvió a arder en sus pechos, aunque se manifestaba frío y cauteloso, como el del yaguareté.

Las fogatas, que en los espacios sin árboles habían encendido, enrojecían el aire con sus resplandores, y en derredor de ellas, los guerreros se apeñuscaban, para poder calentarse. Los charrúas, demasiado fatigados, no quisieron salir de caza, aun cuando les faltaban los víveres, y el bosque, hasta la ribera del río, se poblaba por momentos de rumores. Y las demás tribus aliadas ¿hacia dónde se habían dispersado?

Las fieras rondaban alrededor del campamento, y algunas asomaban su cabeza por entre los arbustos; aunque, a causa del fuego, no osaban acercarse.

Sin embargo, un puma, más audaz que los otros, avanzó temerariamente hasta muy cerca de los charrúas. Constituía un magnífico ejemplar de la raza, y era ya raro encontrarlo tan al sur. Se hallaba en la plenitud de sus fuerzas. Golpeaba nerviosamente los flancos con su cola, y sus ojos se encendían en chispas verdes; pero estaba perplejo, porque adivinaba un enemigo muy superior a sus fuerzas. Su instinto le decía que era imposible luchar contra los guerreros y sólo el hambre lo hacía mantener en acecho. Dió unas vueltas alrededor del campamento, y a la rojiza luz de las hogueras pudieron distinguirse mejor aún su musculatura nerviosa y esbelta, y su cabeza pequeña, en relación al cuerpo. Sin embargo, los fatigados combatientes apenas si repararon en él. De cuando en cuando, el felino se detenía un momento, para olfatear el aire; luego, lanzando a intervalos rugidos amenazadores, comenzó a alejarse, volviendo repetidas veces sus miradas hacia los charrúas, como si no se resolviera a abandonar la presa. A medida que se alejaba de las fogatas, su cuerpo se hacía cada vez más negro, hasta que, por fin, lo tragó la obscuridad del bosque.

Los centinelas ocupaban ya puestos, y escudriñaban la penumbra de los árboles, vigilantes como el chajá. Los demás guerreros de espaldas a la tierra, empezaban a amodorrarse lentamente, dispuesto a los hombres por Diabum, el dios que hace dormir, mientras escuchaban el ruido que hacía el guasuí al huir en la obscuridad, o el maullido destemplado de los yaguatincas. Muy lejos, del otro lado del río, volvió a rugir el puma. Su voz estaba ahora henchida de salvaje triunfo.

Y así, mientras los charrúas dormían protegidos por su número, que los hacía temibles, y por las hogueras, semejantes a inmensos y temblorosos penachos de tutuncá,y más por Diabun, el señor del sueño, fuera del campamento, pesaba inexorable la ley de la selva, sobre los seres que no habían recibido de las deidades, ni largas y afiladas garras, ni colmillos agudos, ni burladoras alas.

Algunos ñacurutús, desde las ramas de los árboles, dando vueltas a sus cabezas, contemplaban las escenas del bosque, con sus ojos llenos de enorme asombro.

De pronto, un charrúa se incorporó, y paseó su mirada por el campamento. Alzó los brazos, en los que empuñaba el gran arco de urunday, con el que sabía disparar a la distancia las flechas de plumas de cuervo, y lanzó un grito para llamar a sus compañeros. Estos reconocieron a su anciano machí, y lo rodearon.

No tenía el guerrero estatura muy alta, pero su cuerpo era flexible como el bambú y duro como el algarrobo. Llevaba muchas incisiones en la cara; una por cada combatiente muerto a sus manos. Cubría la cabeza y la cintura con plumas de ñandú, sujetas con tiras de cuero de serpiente. Como emblema de su poder mágico, llevaba alrededor del cuello, un collar de plumas de caburé. El abatá -signo del guerrero- le atravesaba el labio inferior.

El anciano machí era muy querido entre los charrúas, porque lo sabían hábil en estratagemas frente al enemigo, y también valiente luchador. Cuando tomaba la palabra en el Consejo de las Tribus para proponer un cambio de paradero, una alianza o una guerra, lo escuchaban todos con el mayor respeto. Pero entre los charrúas, eran muchos los que dudaban del poder mágico de quienes precedían.

Llamábanle Tesayá, y su prestigio se extendía más allá de los dominios charrúas. Por eso, cuando anunció a las tribus que iba a preguntar a Iporambae, el genio de los augurios, la suerte que les estaba reservada en las próximas batallas contra los invasores, los guerreros se colocaron en cuclillas, rodeándolo y dejando un espacio circular. Y tal era el respeto que sabía inspirar con su palabra y con sus gestos, que aún los que sólo veían en él a un guerrero valiente, se acercaron también a escucharlo. En derredor de una de las hogueras -que había quedado dentro de ese círculo formado por los charrúas- el abaré comenzó a girar y dar saltos. Arrojó el penacho de plumas con el que durante el día sujetaba los cabellos; su quillapí de piel de guasubirá, que el viento ondulaba, cayó de sus hombros. Entonces levantó los brazos, y sin dejar la danza salvaje, comenzó a invocar a Iporambaé.

Al principio, las palabras nacieron en su boca dulces y suaves; pero, a medida que los saltos fueron más grandes y rápidos, su voz se tornó también más firme.

El curtido cuerpo -primeramente seco como el del yacaré- comenzó a cubrirse de sudor, y sus músculos se amontonaron y crecieron, cual si quisiesen romper la elástica piel de bronce que los ceñía.

De cuando en cuando, Tesayá se detenía un momento, y hacía mágicos signos con las armas; luego, golpeándose el pecho y profiriendo fuertes alaridos, proseguía sus evoluciones alrededor de la hoguera.

Poco a poco, la danza del machí fué haciéndose arrebatada, hasta convertirse en frenética; mas, cuando llegó al paroxismo de su ímpetu salvaje, empezó a decrecer lentamente, y los saltos se tornaron cada vez más torpes. La invisible culebra de la debilidad se deslizó por los músculos del charrúa en cerrado abrazo, y éste, cayendo de rodillas al lado de la fogata, comenzó a inclinarse soñolientamente hacia adelante, como si su cuerpo hubiese bebido la sombra venenosa del ahué. Dejó de lanzar invocaciones y gritos, y un estremecimiento rapido y frío recorrió todo su ser.

Cundió entonces, entre los que creían en su poder mágico, una gran inquietud. ¡El abaré se iba a comunicar con Udimar! ¿Podría éste impedir la destrucción de los charrúas? Y contrastaban singularmente, los rostros febriles de unos, con la impasibilidad de los otros.

Tesayá parecía escuchar las remotas palabras que le dictaba el ipora. Su mirada adquirió espantadora fijeza, como si una visión sobrenatural pasara ante él, y luego, con monótona y lejana voz, comenzó a profetizar de esta manera:

-¡Cuántos guerreros mueren, bajo los cielos de ceniza! ¡Cuántos charrúas se retuercen entre las matas, roncando de dolor, mientras muerden rabiosamente los verdes tallos! La sangre de las heridas se oculta en la tierra, porque teme a las fieras y a las voraces aves. Nuestras mujeres gimen bajo los guarapás del enemigo, que las maltrata, y sus lamentos mueren en los bosques húmedos donde cazaron los charrúas, y el eco de ellos, anida en las lejanas lomas... Junto a nosotros, combaten los minuanos, los yaros, los ara - chané, los guenoas y los mbohanes, pero el enemigo, más numeroso, va conquistado poco a poco nuestras tierras.

Con voz de desaliento agregó Tesayá:

-Ahora veo sólo sangre; tanta sangre que forma sobre la tierra charcos violetas.

Abrumado por la fatiga, el abaré hizo una pausa más larga. Tuvo algunas convulsiones, y pareció un instante salir de su letargo, porque sus ojos adquirieron momentánea vida, y sus músculos se levantaron nuevamente bajo la piel morena, pero las fuerzas volvieron a abandonarlo, y quedó otra vez desfalleciente. Su alma volvió a rasgar la noche del futuro, donde moraban sus visiones.

Los charrúas no temblaban, porque no conocían el miedo; sin embargo, una mortal angustia se dibujaba en sus rostros, al pensar en la extinción de la raza. Aún los que no creían en el poder sobrenatural de Tesayá, al oir las calamidades anunciadas, parecían fieras acorraladas en sus guaridas.

Y continuó el viejo visionero:

-Etriek, el dios de la Verdad me ha anunciado: Tupá quiere obtener el payé de piedra que se halla no lejos de los bosques del Hum de verde seno, en la gruta que llamamos Hek-Hum, porque ciertamente es una Roca de Negrura. Dueño de él, ahuyentaría a su enemigo Añang. Pero Tupá, el Latar, sabe qua a él le está vedado conquistar ese amuleto, a pesar de ser un dios de inmenso poder y que es a un guerrero charrúa, protegido por los iporas, a quien está reservada esta hazaña. A aquel que le entregue el payé, Tupá le dará en cambio su lanza invencible. Con ella, el guerrero guiará a nuestras tribus a la victoria, y arrojará al enemigo de estas tierras.

Aquí enmudeció Tesayá. Cuando salió de su letargo, no recordaba ninguna de las palabras pronunciadas; mas no ignoraba que había transmitido a los charrúas, augurios, porque los hombres, olvidando las pasadas fatigas giraban ahora alrededor de las hogueras, en salvaje y victoriosa danza.

Es que aún a los incrédulos, entusiasmaba la idea de que después de la larga guerra que sobrevendría, el triunfo final fuera de ellos; por eso, los terribles alaridos de venganza se extendieron a través de la temblorosa selva, hasta desvanecerse en el aire, más allá de los árboles y de las lomas.

Canto II

Los invasores habían venido desde muy lejos, de las grandes selvas del norte, donde libran la yarará y la musarana sus mortales combates; donde moran el tapire, el ñurumí y el gigantesco yacaré; donde acechaban al cazador los árboles carniceros, dispuestos a atraparlo, al más leve descuido, con sus ramas abrazadoras como tentáculos. Venían llamados por Añang y todos los Tau o espíritus del mal, para desgracia de la raza charrúa.

Los tupíes y los waraíes formaban los dos grandes grupos de invasores. Contaban los viejos abarés, que estas dos tribus fueron fundadas por dos guerreros hermanos, que llegaron de lejanas tierras, de la región en que Dioi, el Sol, se oculta. Llamábanse Wuaraní y Tupí. Sus familias se hicieron numerosas y se convirtieron en tribus, pero éstas tuvieron que separarse, porque las mujeres de ambos hermanos se pelearon por la posesión de un loro que hablaba maravillosamente. 

Opauaima, el Tiempo seguía mientras tanto, volando de luna en luna, con sus alas eternas, hasta que los descendientes de Tupí y de Waraní, olvidados los viejos resentimientos, hicieron estrecha alianza, y, siguiendo la corriente de los grandes ríos: el Paraná, el Uruguay y el Hum, intentaron apoderarse de nuevas tierras.

De los waraníes, los carios constituían el grupo más numeroso y bestial. Eran atropófagos, y devoraban a los integrantes de sus mismas tribus. Rendían culto a la fealdad, y por eso deformaban más todavía sus rostros repugnantes. Su jefe era Karapé. Con ellos, venían otras tribus, entre las que sobresalían algunas de gran valentía.

Los tupíes obedecían al fiero Samoú, al que habían elegido tubichá, todas las tribus invasoras, por encima de los que cada una de ellas poseía en particular.

Tenía éste baja estatura, y anchas y encorvadas espaldas. Su mirada brillaba como la piedra de cuarzo; ningún guerrero tupí osaba ponerse frente a él.

A los charrúas se unieron los minuanos, los yaros, los chané, los mbohanes y los guenoas, para oponerse, todos juntos, al formidable enemigo.

El astuto charrúa Arandú -que cargaba sobre sus hombros incontables lunas- fue tubichá de esta segunda confederación. El consejo de las Tribus le confirió el poder, no porque sus brazos encerraran considerables fuerzas, ni porque fuera hábil ñangará, o resultara infatigable en la carrera como los jóvenes, sino porque era capaz en el mando y tenía grandes cualidades de jefe.

Viendo que en los combates grandes el número daba la victoria a los invasores, ideó el tubichá una guerra de escaramuzas; de ataques rapidísimos y sorpresivos.

Por eso, cuando los tupí-waraní vadeaban algún río, los charrúas o sus aliados aparecían de pronto en la orilla opuesta, y en medio de enorme gritería, lanzaban sobre los invasores sus pesadas bolas arrojadizas y sus flechas de plumas de cuervos o de águilas. Entonces, ¡a cuántos tupí-waraníes Diabun los invitaba a dormir el sueño frío, y cuántos cuerpos se hundían en las aguas heladas que les servían de tumba!

Los atacantes se dispersaban en seguida -rápidos en la carrera como el guasubirá- y los enemigos no osaban perseguirlos, pues hubieran tenido que dividirse también, y sabían que sólo la unión les daba la victoria. La amarga experiencia les revelaba que si se separaban los unos de los otros en pequeños grupos, los charrúas, más rápidos en la carrera y mejores conocedores de esas campiñas, caerían sorpresivamente sobre ellos, y los irían aniquilando uno tras otro.

Así, en la espera del gran combate que no se les presentaba, los enemigos antropófagos sufrían grandes males, y el asombro y el desconcierto se apoderaban cada vez más de sus espíritus de niebla. Los charrúas, mientras tanto, les ahuyentaban la caza con sus gritos salvajes; el hambre, los padecimientos y la impotencia en que se debatían, hacían asomar la locura a sus ojos de fieras y una angustia honda y brutal roía sus pechos.

Esa táctica de combate había dado a Arandú, el astuto guerrero, enorme prestigio entre los charrúas y sus aliados. No dudaban éstos que pronto el enemigo sería aniquilado, y por eso se preparaban para tomar sobre él, pavorosa venganza, y, engañados con los pequeños triunfos de la guerra de escaramuzas, los charrúas olvidaban la profecía de Tesayá. 

Esta forma de combatir era repudiada solamente por uno de ellos. Por eso éste habíase retirado, junto con su familia, del lugar de la lucha, y, solitario, cazaba en lo frondoso de los bosques; atrapaba a los peces que se adormecían en la superficie de las aguas, enlazándolos por medio de un nudo corredizo fabricado con plumas, o daba muerte al águila con las agudas flechas. Pero como no era obligatorio ir al combate, nadie lo molestaba, a pesar de que se censurara su actitud.

Llamábase Amapitumbí.

Jamás huía del enemigo; éste tenía que perecer o aniquilarlo. Era como los cerros de cumbres de piedra, que prefieren hacerse polvo lentamente, carcomidos por las aguas y las tormenatas, antes que retroceder un paso. Por eso decían los charrúas, que Amapitumbí tenía alma de risco.

Tamó, ipora de la Esperanza, lo amaba más que a ningún otro guerrero. Cuando Tamó penetraba hasta el fondo del alma de los hombres, con su mirada astral, las iluminaba de alegría, y la idea de victorias y de hazañas se apoderaba de ellas. Tamó había hecho de Amapitumbí, un guerrero ávido de conquistas; era quien lo llevaba a combatir, tanto al temible yacaré de los ríos, como a los enemigos de tórax resistentes como el itatí o el cuarzo. Era también Tamó, quien lo animaba a conquistar el payé de piedra, para obtener, a cambio de éste, la lanza de Dioi - Latar.

Y tal admiración tenían por él sus compañeros, que se preguntaban:

-¿Quién podrá darnos la lanza, si Amapitumbí no la trae?

Añang conocía el valor del gran guerrero, y por eso lo consideraba su enemigo mortal. No dudaba que era capaz de apoderarse del payé, ante el que era impotente el poder maléfico, cumpliendo así los deseos de la gran divinidad.

Entonces meditó la destrucción de Amapitumbí, y, dirigiéndose a los charrúas, bajó la figura de un guerrero minuano, los incitó, con astutas palabras, a que desoyaran los consejos de Arandú, y librasen con el enemigo una gran batalla. 

Su oculto pensamiento, era éste: cuando los charrúas sufieran la derrota, Amapitumbí no abandonaría el campo, porque no sabía huir.

Los charrúas, cautivados por las palabras de Añang, que tenían la elocuencia del mal, llamaron a Amapitumbí, para que reemplazase a Arandú en el mando.

Ordenó el nuevo tubichá, que en las cumbres de los cerros y las lomas, se encendiesen las fogatas de la guerra para convocar a las tribus dispersas que hostilizaban al enemigo; y, cuando éstas consideraron que el número era suficiente, se abatieron sobre aquél, profiriendo alaridos y deformándose el rostro con horribles muecas para causarle terror. Aun cuando los tupí-waraníes eran numéricamente muy superiores, lucharon cohibidos ante el formidable empuje de los charrúas. La batalla se desarrolló en las faldas del Arequita, cuyas cumbres eran morada de águilas.

Tamó, la Esperanza, combatía al lado de Amapitumbí; y, animado con sus ojos estelares a los charrúas, los hacía luchar con más valor aún.

Los tupí-waraníes vieron quebradas sus filas; el desánimo paralizó sus músculos y nubló sus almas; pero Añang, y asimismo Waliche, su aliado que desde la cumbre del Arequita contemplaba la lucha, tomaron parte en ella, provistos de sus temibles armas. ¿Quién podía oponerse a Añang, sin ser fulminado por un golpe de su lanza? El ímpetu de los charrúas fue dominado, pues ante el ipora cayeron poderosos combatientes. Tamó huyó al divisar a Añang, y entonces, los charrúas, yaros, minuanos, mbohanes, chanes, guenoas, en loca confusión, comenzaron a dispersarse, perseguidos por los waraníes.

Amapitumbí luchó desesperadamente. Una rabia salvaje y devoradora estalló en su alma. Dando alaridos pavorosos, detuvo a golpes a los fugitivos, y, rechazando a gran cantidad de ellos con sus brazos de fuerzas sobrehumanas, los obligó a entrar nuevamente en el combate. A su alrededor se formó entonces un compacto grupo de charrúas, que creció cada vez más, hasta que Añang cayó sobre él. El grupo de guerreros se disolvió entonces -como la helada de las mañanas crudísimas de invierno ante los rayos de Dioi, el Sol-. y en vano Amapitumbí intentó reunirlo nuevamente.

El tubichá, invadida su alma por un vértigo terrible, no reconocía ya a los amigos de los contrarios, y derribaba a los guerreros de ambos bandos, hasta que Añang logró herirlo en el hombro. Entonces, seguido de dos charrúas, abandonó el combate y escaló el Arequita.

Algunos tupí-waraníes quisieron perseguirlo, pero lo perdieron de vista entre los matorrales del voraginoso cerro.

Desde la cumbre, Amapitumbí pudo comprender mejor aún, la magnitud del desastre. Apoyó primeramente una rodilla en la tierra; luego, una mano, y quedó inerte, abrumado por el cansancio y la desesperación. Meditó. El odio de los charrúas lo perseguiría aún después de muerto, por haberlos incitado siempre a dar la batalla, y sus mujeres, burlonamente, lo llamarían inepto para el Consejo y para el mando. Y al pensar esto, su espíritu, que jamás había tolerado una ofensa, se rebelaba, como un mar bramador.

Los dos sombríos charrúas que lo acompañaban, adivinaban los pensamientos del tubichá.

-Los tupíes van a descubrirnos, si no nos alejamos -le previno uno de ellos.

El tubichá, con su mirada de águila, observó que muchos tupí-waraníes iban subiendo el cerro; y volviéndose a los dos guerreros: 

-Id solos a reuniros con vuestras tribus -dijo-. ¿Cómo ha de huir Amapitumbí, el alma del risco?

Uno de los charrúas, que mantenía estrecha y antigua amistad con él, queriendo salvarlo de la muerte, le preguntó:

-¿Qué dirá de esto Arapora, tu mujer la de frente luminosa como el día?

Amapitumbí bajó lentamente la cabeza. Recordó los innumerables triunfos que había obtenido, y los trofeos que adornaban su garupá. Cerró los ojos, y la luz de las hogueras del campamento parecióle más brillante aún, y su llama más caliente. Y alumbrada por los fuegos danzadores, evocó a su mujer, Arapora; que aunque de origen waraní, al ser cautivada por él, lo amó profundamente, la de cabellos más lacios que las lluvias.

A esta suave visión, se aflojaron un momento las hoscas facciones del guerrero; la rebeldía de la vida brilló anhelosamente en sus ojos.

El deseo de volver a ver a Arapora, y huir con ella y con el pequeño Yapacaní, que así lo llamaba su esposa, aunque él le decía "Aguila" en lengua charrúa, es decir Tawató, hasta donde no pudieran verlo los más andariegos charrúas, atravesó su alma, semejante al fugitivo ñandú, cuando cruza la campiña, en medio de su vertiginosa carrera.

Eso fué sólo un instante, pues en seguida, la humillación y la amargura de la derrota volvieron a arremolinarse dentro de su espíritu, y el orgullo ardió en él, como una inmensa hoguera.

-¡Decid a Arapora, que para Amapitumbí ya no hay lugar entre los charrúas! -exclamó bruscamente el guerrero.

Partieron los dos compañeros. Los carios divisaron al tubichá, y avanzaron hacia él, silenciosos como las serpientes, y éste, introduciéndose entre las peñas del cerro, se encaminó a una gruta cuya existencia conocía. Se introdujo en ella, agachándose, y apoyando las manos en la tierra, porque la entrada era muy pequeña. Allí esperaría al enemigo, y se defendería hasta morir.

No tardaron los carios en divisar la caverna; y, sospechando que podía dar asilo al tubichá, quisieron penetrar en ella; pero desde la oscuridad de la gruta salió una flecha, y uno de ellos, lanzando un alarido, cayó al suelo. Su cuerpo dió dos o tres vueltas sobre el polvo, y quedó inerte.

Sus compañeros retrocedieron y comenzaron a discurrir medios para atrapar al charrúa. Pronto adoptaron una resolución. Puesto que el refugio era muy difícil de tomar, esperarían a que el tubichá, hostigado por el hambre, se decidiera a salir. Varios quedaron vigilando la caverna, y entre ellos estaban Samoú, Karapé y el gigantesco Yuracaba. El resto de los tupí-waraníes vagaba por el campo de batalla, haciendo gran matanza de los heridos enemigos.

Así transcurrieron dos soles. Y cuando cayó la tercera noche, se oyó en el interior de la caverna un gemido. Fué un lamento desfalleciente y prolongado, semejante al de una fiera herida, como si el tubichá hubiese encerrado en esa sola queja, todo el dolor que soportaba en silencio.

Acercándose a la boca de la gruta, los sitiadoares pudieron verlo, a la luz de las antorchas. Sus ojos, hundidos y enormes, destilaban luz, como los del cureá. La fiebre le secaba los labios, y acariciaba el cuerpo charrúa, con sus manos invisibles y heladas, y éste temblaba y se estremecía, como el agua de los bañados. 

Los enemigos retrocedieron y conversaron en voz baja. Esperarían a que el atrapado se volviese loco, y entonces, pinchándolo con sus armas, se divertirían al contemplar sus gestos y escuchar sus destemplados gritos.

Durante toda la noche Amapitumbí no volvió a lanzar un solo gemido; era un charrúa y su raza no se lamentaba jamás.

Pero, apenas apareció la mañana, los tupí-waraníes oyeron dentro de la gruta un alarido salvaje, que fué repetido varias veces. ¡Ahú! ¡Ahú! Era el grito de matanza de los charrúas.

Al oirlo, los sitiadores corrieron a la entrada de la gruta, desde cuyo fondo partía la voz de Amapitumbí, que los llamaba. Los enemigos dudaron un momento, temiendo una celada, hasta que el tupí Samoú entró decididamente en la oscuridad. Luego se introdujo Nouk-Coara, tubichá de los botocudos; después Mboreví, el más hábil de los flechadores, a cuya voz obedecían los tapes y a éstos, siguieron otros poderosos guerreros.

Entonces, los ojos rasgados de los indígenas, a la luz de las antorchas, se redondearon de asombro. Porque los poderosos iporas protectores de Amapitumbí, no pudiendo salvarlo de la muerte que él mismo buscaba, habían hecho surgir en el interior de la gruta una profunda ciénaga, para defender el cuerpo del guerrero de la voracidad de los carios antropófagos. En medio de ella se había arrojado el taita.

Se hundía rápidamente en el barro, y al cabo de unos instantes, desaparecía por completo. Sus ojos brillaban con fulgores de fiera; su risa era burlona y salvaje como la de Añang.

Cuando de Amapitumbí quedaron fuera solamente la cabeza y los hombros, lanzó por última vez el alarido charrúa y gritó a sus perseguidores, a modo de desafío:

-¡Si los carios quieren devorar mi cadáver, que lo busquen en el fondo de la ciénaga!

Entonces la cabeza comenzó a desaparecer también, y el barro se cerró sobre ella.

Aún flotaron un momento los largos cabellos y la mata de plumas salvajes. Después, éstos desaparecieron también, y el guerrero descendió lentamente hasta el fondo de la devoradora ciénaga.

Los tupíes siguieron silenciosos a su alrededor; y en sus almas primitivas de niebla y de cieno, sintieron una extraña sacudida que los llenó de asombro. ¡Ninguno de ellos arrancaría a Amapitumbí la negra cabellera! ¡Nadie iba a devorar aquel cuerpo que resistió a las furias de los hombres y que combatió a Añang, ipora del Mal! ¡Nadie podría despojarlo de su quillapí de pieles, ni llevaría como trofeos a su toldo, sus dientes de itatí! Centinela del valor, el charrúa quedaría de pie en su inmensa tumba, empuñando las armas.

Y uno a uno, los estremecidos enemigos salieron de la caverna. Amapitumbí sería para ellos terrible avigurú, si deseaba tomar venganza.

Y cuando cayó la dolorosa noche, Tamó, desesperado, desfalleciente, moribundo, vagó alrededor de la tumba del charrúa. Sus ojos habían perdido el resplandor astral. ¿A quién alentaría ahora para conquistar el payé y la lanza de Tupá, si Amapitumbí había muerto? Alrededor del guerrero y del ipora todo pareció entonces conmoverse: bosques, ríos, cielos, gruta; sólo Opauayma, el Tiempo, indiferente y frío, siguió volando de luna en luna, con sus alas eternas.

Canto III

Después de la derrota sufrida en Arequita, los charrúas volvieron a utilizar la táctica de escaramuzas. El consejo de las Tribus reeligió taita o tubichá a Asurúa, el gran destructor, y éste se esforzó por hacer que las tribus confederadas de Paranaguasú recuperaran su antigua confianza. El abaré Tesayá, también los exhortaba a que resistieran valerosamente hasta que alguno de ellos obtuviera la lanza de Tupá, pero los charrúas no necesitaban escuchar, para ir al combate, ni al tubichá, ni al abaré, porque la rebeldía de la raza y el amor a su propio suelo, latían rabiosamenate en sus almas.

Sin embargo, debilitados por el duro contraste, desangrándose en muchos combates pequeños, ora vencedores, ora vencidos, fueron poco a poco rechazados hacia el lugar en que el río Uruguay entra en el Paranaguasú. Allí, ocultos en los montes y viéndose arrinconados, se prepararon para librar una última batalla.

El tubichá propuso entonces, ante el Consejo de las Tribus, que se enviara un parehero a los tupíes para solicitar una tregua. De esa manera, los charrúas y sus aliados podrían rehacerse y recibir los refuerzos que los querandíes y minuanos habían prometido enviarles desde el otro lado del Uruguay. El Consejo aprobó la proposición de Asurúa y envió como parehero a Tesayá, el abaré de ojos despiertos, quien obtuvo de los fatigados enemigos, una tregua de cuatro lunas.

Y durante todo ese tiempo, las dos confederaciones hicieron los mayores esfuerzos para acumular armas y obtener alianzas ventajosas, porque no iba solamente en ello la conquista o la pérdida de estos territorios, sino la supremacía de dos razas.

***

El Paranaguasú lame con sus aguas los bordes de las arenosas playas. Tras ellas crece la selva indígena, donde nace el yabí, de recio tronco, donde las ramas del algarrobo crecen en zig-zag, como el relámpago, donde da el arazá su azucarado fruto, y el guayacán enano, abre sus flores, blancas como lunas.

Allí lanza la yacú su lastimera queja, y en lo más intrincado de las ramas el pájaro de fuego, el churriche o uru-tatá construye su morada rústica.

De confín a confín, flotaba la noche azul... El yaguaré, lleno de astucia, asomaba su puntiagudo hocico desde la boca de su madriguera, esperando que pasara alguna presa. La hembra del yaguareté junto con sus cachorros, bebía en la ribera del anchuroso río, agigantado por el plenilunio; y los pumas, con los ojos bien despiertos, y los oídos agudamente desarrollados, se movían, más amenazadores, cuanto más silenciosos.

En los claros del bosque, brillaban las fogatas del vasto campamento charrúa, y sobre los cerros y las lomas que a lo lejos se divisaban, flameaban las hogueras de la guerra.

Ya estaban apostados los centinelas. Indayé, vigilaba la dilatada campiña, desde un pequeño bosque, donde los talas nacían entre las piedras. Abaguairú, junto a dos compañeros, ocultos en un barranco, clavaban sus pupilas, afiladas por el uso, en los arbustos que la noche teñía de negro.

Más lejos, el gigante Popenó vigilaba desde la cumbre de una loma, y muchos otros guerreros estaban apostados entre los árboles o en la campiña.

En el bosque de arazás, velaba Yapacaní al que su padre llamaba Tawató. Veinte tiempos de soles largos (así llamaban los waraníes al verano) habían clavado en su cuerpo sus dentelladas de fuego. Era hijo de Amapitumbí, el guerrero de alma de risco, que se había dejado morir sin retroceder en el fondo del Arequita, y de Arapora, la de frente luminosa, como el día. Y cuando el tubichá, desde el fondo de la devoradora ciénaga, que para él hizo Udimar, el dios que libera, pasó a la Región de los Espíritus, Arapora escogió como marido a Amaberá, y llevó al toldo de éste, el pequeño Yapacaní, cuyo padre llamaba Tawató.

Creció, pues, el joven guerrero en la toldería del viejo Amaberá, y con él aprendió a manejar el hacha, a esgrimir la lanza, y a reconocer el peligro. El le enseñó a atrapar al quiyá, y a vencer al yacaré, cuyas mandíbulas rehuían los pumas.

Pero también, desde edad temprana, sintió Tawató profunda curiosidad por todo lo que pasaba a su alrededor. Abandonaba sus juegos infantiles, para escuchar, absorto, el silbido de los espíritus invisibles que corren locamente en el torbellino de los vientos, o por contemplar cómo la planta que vive, de esta manera denominaban a la planta llamada "carnicera" devora a los insectos, o ver bailar al alma roja por ese nombre conocían al fuego fatuo, su danza extravagante.

Ahora, la confianza de las tribus, descasaba en él, pues elegido añangarecora, tenía que vigilar entre el arazatí. No había, sin embargo, peligro de ningún ataque. El enemigo no rompería la tregua que había pactado, hasta que dejaran de brillar las lunas. Por otra parte, tampoco las fieras se acercaban al campamento, porque instintivamente huían del fuego.

Poco a poco, mientras hacía la guardia fué invadido por una modorra lenta. El silencio se acentuó sobre los bosques y la campiña, y hasta el Tiempo, pareció inmovilizarse. A largos intervalos, se oía el silbido de una víbora, ya en las espadañas, ya en los secos y amarillos pajonales. Tawató observó atentamente su brazo nervudo. En él había recibido una herida pequeña, pero que le molestaba a pesar de ello. El centinela extendió entonces su brazo, fuera de la sombra del arazá y sobre él cayó Guidri deidad de la luna, el ipora protector de los heridos y de los tristes. Los rayos benéficos de Guidri fueron poco a poco dulcificando la herida, y el guerrero centinela salió entonces de la sombra del árbol, y contempló el cielo, el Iporaima, el Vacío interminable. En él, brillaban las pálidas hogueras de los astros, las que él y otros llamaban Inou-it, porque les parecían los ojos del fuego que desde lo altísimo lo contemplaban.

Para Tawató, ellas eran los fuegos de un campamento inmenso y lejano. A él iban, sin duda, los espíritus de los muertos, a vivir la otra vida de la que hablaban los viejos abarés.

Tesayá sostenía que el espíritu de los guerreros cuyos cuerpos dormían el sueño frío, erraba por los bosques del Añaretá hasta encontrar el árbol que sería su morada eterna. Tawató no osaba contradecir abiertamente al más prestigioso de los abarés, pero creía que los muertos iban a las tolderías invisibles, cuyas hogueras se encendían de noche. ¡Cómo brillaban esos amarillentos fuegos, mientras rodeaban a Guidri! En ese campamento, estaba sin duda Abaraitá, aquel a quien los charrúas creyeron invencible, hasta que Samoú, tubichá de los tupíes, lo abatió con sus armas. En aquel fuego brillante y lejano, quizás velaría Amapitumbí. Tal vez en aquel otro, estuviese Amortarey antiguo jefe de los ara-chane. ¿Cuál alumbraría el toldo de Caburé, el guerrero que estaba más allá de los hombres?

Y pareció que una voz lejanísima, verdad o ilusión, quizá la de Oyedan, la Memoria, se acercó hasta él y le dijo:

-Y tú lejísimo antepasado, Madram ¿en cuál de ellas estará?

-Su duda es la más grande de las nuestras. Porque ¿qué hazaña no hizo? -recordó Tawató.

Pero, de pronto, refugente como el pez de las lagunas, cruzó el espacio una estrella errante. El jovén la reconoció al momento: era el yaguabebé, el jaguar que vuela. Habría estado agazapado muy lejos, probablemente en medio de una selva obscura de nubes, hasta dar de pronto, su salto formidable. Y ahora, hambriento y lleno de saña, cruzaba inmenso campamento, del que sólo se distinguían las hogueras.

Tawató no temblaba jamás, pero sintió que una angustia honda le oprimía el pecho. ¿No arrastraría la fiera tras de sí, a alguno de los guerreros que velaban allá lejos? El charrúa no pudo decirlo. Creció la selva de nubes, ocultando las peripecias de la cacería astral, y el guerrero siguió aún durante largo rato, tratando de descubrir al yaguareté.

Entonces, de entre la penumbra que formaban los árboles del bosque, apareció Tamó.

Tawató, presa de inmenso asombro al ver al ipora, al que, sin embargo, no conocía, se levantó del lecho de hierbas que su cuerpo había aplastado con el peso. Temiendo que fuese enemigo, empuñó rápidamente su lanza de punta de sílex, y se disponía a llamar a sus dormidos compañeros, pero Tamó lo detuvo con un gesto y le dijo:

-¿Ya no sabes distinguir a los amigos de los contrarios? ¿Tu inteligencia se ha oscurecido, como se ennegrecen los cielos por la noche?

El guerrero lanzó sobre él, una mirada interrogante, a la que contestó el ipora:

-Yo soy quien armo los brazos de los hombres; yo, quien los hago hablar sagazmente en el Consejo. Cuando, herido por la flecha de asta de guaviyú y de punta de sílex o de pórfido, va a expirar el guerrero, y ya sus ojos empiezan a perder el dominio de las cosas, sólo yo sigo alentándolo. Y cuando Añang ruge rabiosamente en el fondo de la selva, y a su alrededor estalla la tormenta, es porque siente que yo le falto.

-Entonces eres Tamó, la Esperanza -replicó el guerrero.

Sonrióse el ipora y, acercándose más aún al joven le dijo:

-Tú conquistarás el payé, y Tupá, por él, te dará su lanza. Así lo ha declarado el genio de los augurios. Quizá Madram, tu lejanto antepasado lo ha solicitado a los dioses justos y bondadosos. Yo, Tamó, seré tu guía, y te conduciré por entre los enemigos, hasta las selvas del Hum, en las cuales se halla el payé que teme Añang. Y cuando se lo ofrendes a Tupá a cambio de su lanza, el enemigo hurá a la vista de ella, como el guasubirá ante el yaguareté o el puma.

El estupor se apoderó del guerrero al oir esta revelación, y Tamó, mirándolo fijamente, comenzó a iluminarle el alma. La luz de la esperanza penetró en ella, primeramente débil e indecisa, cual la del fuego fatuo; después, creciendo, alcanzó brillo deslumbrante, como la luz de Dioi, el Latar.

Luego, el ipora se alejó, con su andar misterioso, hasta desvanecerse tras los árboles, como un sueño.

El guerrero tendió entonces su vista hacia el apartado campamento, cuyos fuegos iluminaban las riberas del Uruguay. Allí estaba Ivaga, la virgen de larga y reluciente cabellera. Su boca tenía la frescura del arazá, y su mirada, la profundidad de los ríos. Mboraihú dios del amor, se sentía orgulloso de ella, porque era esbelta, graciosa y ágil. Era Ivaga, hija de Asurúa, a quien el Consejo había nombrado tubichá, en reermplazo de Amapitumbí.

Asurúa odiaba al enemigo, como jamás lo había odiado ningún charrúa. Varias de sus mujeres pertenecían ahora a guerreros tupíes o carios, y de sus hijos varones, sólo Indayé sobrevivía a la interminable guerra. Por eso, soñaba el tubichá con el aniquilamiento de los invasores, y en su espíritu amontonaba ideas de venganza, y prometía a su hija, Ivaga, como premio a quien le trajese la cabellera de tubichá enemigo.

Tawató desvió su vista del campamento, y la tendió en dirección al lugar donde debía hallarse el payé. ¿Estaría reservada para él, su conquista? Tendría, en tal caso, que enfrentar a Añang.

En ese momento resonó, muy cercano, el grito estridente del chajá. El centinela levantó la cabeza, y se ahuyentaron todos sus sueños. En seguida se agachó, y escuchó atentamente, con su oido pegado a la tierra... Ningún ruido turbaba la tranquilidad del bosque. El enemigo estaba muy lejos, encerrado en su campamento, más allá de las colinas, y no rompería la tregua.

-El chajá vigila por Tawató -pensó el guerrero.

Y entonces, su imaginación, más nómade que el viento, volvió a correr al campamento charrúa, donde estaba Ivaga; y luego se deslizó hasta las selvas del Hum, donde el payé dormía su sueño interminable, para seguir después a Tamó, el ipora de la Esperanza, en su marcha de misterio, a través de los árboles.

Su espíritu -semejante al viento andariego- vislumbraba el triunfo de su raza, a la que el alma de Tupá haría invencible. El bosque callaba, como un desierto...

Y el chajá, vagando, ya entre los árboles, ya entre las breñas, a ratos en los barrancos escondidos o entre los amarillos pajonales, tomando a su cuidado la protección del campamento, lanzaba su grito de alerta, a la más leve apariencia de peligro.

Pero Añang, desde muy lejos, desde la cumbre de una loma, reía con la risa del mal, diciendo:

-Engáñese ahora Tawató, pensando en lo que no ha de obtener jamás. ¡Ya caerá Añang sobre él, y sus sueños se harán polvo, como su lanza!

El guerrero, sin embargo, no escuchaba la voz de las lomas, donde resonaban las amenazadoras palabras del ipora, y sólo pensaba en la promesa de Tamó.

Canto IV

Concentrados en el vasto campamento, las diversas tribus aborígenes se preparaban para librar la última batalla. El coraje crecía y se amontonaba más aún en sus indómitos pechos, como se juntan las nubes antes de estallar la tormenta. Y en aquellos instantes decisivos, muy pocos tenían ya esperanzas en que uno de ellos pudiera conquistar el payé. Por eso, Tesayá había perdido gran parte de su antiguo prestigio, y sufría crueles burlas.

Ninguno igualaba en osadía a Abaguairú. A menudo, éste se dirigía al toldo del abaré, y, simulando respeto y profunda curiosidad, le preguntaba cuándo obtendría la gran lanza, el guerrero protegido por los iporas.

Una mañana, fingiendo gran exitación, le anunció que un charrúa, que hacía varios soles había partido en busca del arma, acababa de regresar con ella.

El viejo Tesayá, seguro de que tarde o temprano se cumpliría su profecía, creyó cuanto le dijo Abaguairú, y salió temblorosamente de su garupá; pero, varios charrúas que lo esperaban fuera de él, le dirigieron amargas y mortificantes palabras.

Abaguairú, en el fondo de su salvaje espíritu, reconocía en Tesayá a un hombre superior; y si lo zahería cuando pasaba a su lado o en el Consejo de las Tribus, era porque deseaba rebajar, ante los ojos de los demás, a aquel que se sentía tan poderoso, como para comprender la palabra del Iporambaé, el genio de los augurios.

Pero Abaguairú era mal mirado entre las tribus, por su carácter siempre dispuesto a mofarse, y tal vez por eso es que aun cuando tenía grandes cualidades para el mando, y era uno de los más valerosos charrúas, no había sido jamás elegido tubichá por el Consejo de las Tribus. Este se conformaba con la promesa de Asurúa, de aniquilar a las grandes tribus enemigas, y lo mantenía en el mando.

El tubichá, deslumbrado con la idea de una venganza aterradora, daba órdenes a los guerreros del campamento, para que se preparasen a la batalla próxima, pues ahora, arrinconados ante el Paranaguasú, no tenían otra persepectiva que la de combatir o atravesar el río hacia la región de los querandíes,y abandonar estos territorios.

Se habían decidido por la batalla, y Asurúa enviaba pareheros en rápidas piraguas a todas las tribus que moraban del otro lado del Uruguay, exhortándolos a que acudiesen con todos sus guerreros.

Una tarde, Tawató, junto con el viejo Amaberá, fue a observar los preparativos bélicos. Como apenas conocía a los grandes jefes, porque éstos, volviendo a la táctica de las guerrillas, no se habían reunido desde la batalla en que los dirigió Amapitumbí, y en aquel tiempo, Tawató era demasiado joven para juntarse con ellos e ir al combate, Amaberá se los iba señalando, y contándole algunas de sus hazañas.

Muchos de ellos eran ya muy viejos, y, sin embargo, conservaban casi intactas las fuerzas de antaño.

De alta estatura y de esbeltas proporciones, los aborígenes habitantes de la zona entre el Uruguay y el Paraguay se distinguían de las demás tribus por su cutis más claro, casi amarillento, pero todos miraban con pupilas negras, tan negras, como el alón del uribú, el ave merodeadora de los campos de batalla.

Y Amaberá, señalando a un guerrero, dijo:

-Aquel que está probando la elasticidad de su arco, es Ñá, el más valiente de los mbohanes. Antes de la invasión de los tupí-waraníes, sus tribus lo eligieron tubichá, en una guerra sostenída contra los wenoas. Conserva una larga y profunda cicatriz, que la lanza de Samoú le ha hecho en la frente.

Los dos guerreros pasaron por delante de él. Era alto y recio, y sus fuerzas sobrepasaban a las de sus compañeros de tribu. A su alrededor, varias de sus mujeres preparaban pinturas, triturando tierras gredas o experimentando hierbas tintóreas, y, como la mayoría de los aborígenes de la región, ellas preferían, a todas las otras coloraciones, la amarilla, la roja y la azul.

Un poco más lejos, bajo su toldería de varas de junco y pieles de puma, un guerrero chaná dormía tranquilamente, de espaldas a la tierra.

-Este otro -continuó Amaberá- es ya tan viejo, que el tiempo ha logrado al fin ablandar sus músculos y emblanquecer su pelo. En el Consejo de las Tribus, es siempre escuchado con interés, porque ha visitado muchas tierras lejanas, a donde pocos chanás han ido. Su nombre es Niná y recuerda a menudo las grandes hazañas del antiguo jefe de esas tribus, el invencible Maiwalve, que combatió a los gigantes que poblaron este suelo antes de ganarlo nosotros.

A su lado, con sueño tan tranquilo como el del chaná reposaban sus armas. Los dos guerreros las contemplaron un instante, y el espíritu del viejo Amaberá se llenó de recuerdos. Debido a ellas, el sueño frío se había apoderado de Chuña, cuyo cuerpo era tan duro, que parecía tallado en sílex. Comandando a los agaces, había bajado en sus piraguas hasta las islas del Paraná. Los ara-chané combatieron contra ellos, llamados por los guerreros minuanos, hasta que Niná, de un flechazo, hirió a Chuña en el pecho. Por el agujero de la herida, Añang introdujo rápidamente a los Malos Espíritus, y en vano los abarés trataron de arrojarlos, chupando el cuerpo del guerrero. Los agaces se retiraron en sus piraguas frágiles, y durante incontables lunas no volvieron a merodear por el bajo Paraná.

Pora, la más hermosa de las hijas de Niná, velaba el sueño del guerrero, y el sueño de las armas. Como ya le había pintado en la frente las tres rayas azules, varios aborígenes deseaban tomarla por mujer. Abaguairú y Popenó disputaban frecuentemente por esa causa, y también la pretendía el viejo Ibitú, cuyo toldo estaba lleno de trofeos de enemigos vencidos. Confiaba éste, que Pora lo eligiese a él, pues era astuto cazador y en su hogar jamás faltaban víveres; pero ignoraba que ya Añang lo había señalado con su mano helada, y que un yaguareté le arrancaría la vida.

La hija de Niná cosía lentamente un viejo y agujereado quillapí. Utilizaba para esto, un punzón de hueso, con el que iba perforando el borde de los blandos cueros, para unirlos después por medio de filamentos vegetales.

Tawató le preguntó:

-Hermosa, dicen que tu padre procede de las regiones del río Pilcomayo, desde donde muchos ara-chané han venido hasta aquí. Pero ¿hay alguna más hermosa que tú? Eres la hija menor de Niná y sin duda la más bella.

-Quizá no hayas mirado bien. Creo que tus ojos van más vece s hacia otra que hacia mi. Los dioses sabrán cuál ha de ser tu mujer, pues son muy sabios.

Miró distraída hacia el Sol Poniente, pues su alma estaba llena de tristes presentimientos. Antes de dos lunas, ella sería quizás la cautiva de algún repugnante cario, y, viviendo una vida llena de miserias, contemplaría el exterminio de su raza. Un silencioso suspiro nació en su pecho de virgen, pero éste fué tan débil, que apenas pudo ser percibido por los dos caminantes.

Amberá y Tawató siguiron su camino y contemplaron numerosos guerreros, entregados casi todos a la tarea de proveerse de armas.

De pronto, tras la humareda de varias fogatas que entorpecían la vista, vieron a un grupo de mujeres puestas en cuclillas, muy juntas unas de las otras, y hacia ellas se dirigieron. Su número era mayor a tres veces dos manos. Allí había charrúas, minuanas, mbohanes, guenoas y también algunas arrebatadas al enemigo. Tenían grandes yapepós de barro, y en ellos fabricaban los licores fermentados, que tanto gustaban a los guerreros. Casi todas eran ya viejas; y, sin embargo, enmarañadas cabelleras les caían sobre los hombros, como el follaje que bordea los ríos.

Con el fruto de la palma yataí, preparaban una bebida alcohólica. Otras elaboraban jugos con las frutas del guabiyú y del ñangapiré.

Acurrucadas silenciosamente delante de los yapepós, cuidaban que ninguno se acercara a arrebatárselos, mientras una modorra lenta y pesada iba envolviendo sus espíritus. Cuando las mieles estuviesen fermentadas, los hombres se embriagarían en medio de alegres gritos y bailes; ellas, en cambio, no podían beber más que agua.

Una fuerte gritería atrajo de pronto la atención del campamento. Algo apartados, y rodeados de un grupo de charrúas, luchaban dos guerreros. Ambos creían tener derechos sobre una misma presa, a la que habían derribado hacía unos instantes, no lejos del lugar donde ahora se hallaban. Por eso, siguiendo la costumbre charrúa, decidieron dejar las armas en el suelo, y atacarse, golpeándose con los puños, porque, como eran de una misma raza, no debían jamás luchar con armas.

Amaberá mantenía firme amistad con uno de ellos. Llamábase Cusubí, y fue quien, junto con Ibitú y Tubayuca, formó la embajada destinada a obtener la alianza de los minuanos.

El otro, era un charrúa muy joven, al que llamaban Catupirí.

La lucha entre ambos guerreros debía de prolongarse hasta que uno de ellos se considerase vencido. Pero ambos eran iguales en astucia y agilidad, aunque Cusubí resultaba algo más fuerte.

Muchos eran los que, alrededor de los dos luchadores, observaban curiosamente el combate. Aun cuando las pendencias abundaban mucho entre ellos, jamás se cansaban de contemplarlas, porque esto les resultaba una diversión, en medio de aquella vida siempre monótona, a pesar de las guerras y las cacerías.

Los ocasionales adversarios luchaban en absoluto silencio, y se daban fuertes golpes, generalmente dirigidos a la nariz. A medida que se prolongaba la contienda, se iba acentuando el dominio de Cusubí. Su antagonista, sangrando por la nariz y los labios, se mantenía sin embargo firme, porque su orgullo no le permitía ceder ante el contrario, hasta quedar exhausto.

Entonces, de este grupo de aborígenes que contemplaban la pelea, surgió Tesayá. El abaré avanzó lentamente hacia los dos luchadores; sus hombros aparecieron más encorvados, y su frente, más huraña y sombría. Su espíritu -más allá del de los demás hombres- le hacía ver que las rivalidades serían desastrosas en aquellos momentos. Ambos eran fuertes guerreros, y tenían numerosos amigos; por eso, Tesayá quería impedir que el odio los dividiese.

Como había salvado la vida a Cusibí, cuando el cario Yuracaba, en medio de un combate, estuvo a punto de arráncarsela, se dirigió a él; el guerrero se detuvo al escuchar la voz del abaré, y Catupirí retrocedió unos pasos.

Y el viejo Tesayá, encorvado por el peso de las lunas dijo:

-¿Han olvidado acaso los guerreros que el enemigo va a volver a atacarnos? Si dos charrúas se pelean, ¿cómo podremos hacer que las distintas tribus mantengan la amistad entre sí?

Ambos luchadores permanecieron callados, sabiendo que Tesayá tenía razón; pero sus semblantes hoscos, revelaban el fatidio que sentían al ser reprendidos. Entre los demás indígenas se produjo un largo silencio, hasta que el abaré se dirigió a todos ellos:

-Cuando se cumpla la profecía de Iporambaé, el gran dios cuyas anuncios son siempre verdaderos, el guerrero poseedor de la lanza de Tupá, querrá dirigir a guerreros, que, olvidando rencores y rivalidades, busquen sólo la destrucción del enemigo.

Callóse Tesayá, el abaré de larga vida. Y Abaguairú, lanzando sobre él su escrutadora mirada, semejante a la de Guidri, la luna, cuando escudriña curiosamente la profundidad de la selva, le dijo con voz burlona.

-Tesayá se engaña, si cree que puede transmitir a los hombres, órdenes de Iporambaé. Ha tenido un sueño, o algún espíritu malo bailó sobre su cabeza la danza de la fiebre. Jamás veremos a ese guerrero, a no ser que sea el poderoso Tesayá quien llegue a conquistar la lanza.

Y una mueca siniestra de burla, animó el rostro de Abaguairú.

El abaré clavó su vista en él, y un extraño fulgor renació en su mirada cansada y turbia. El pecho, encorvado y escuálido, se irgió imponente, y en sus blandos músculos, crecieron endurecidos nudos.

Avanzó hacia Abaguairí, y su mirada fué tan severa, que el guerrero retrocedió unos pasos, y apretó instintivamente su dardo, de punta de pórdido.

-¡Abaguairú tiene demasiado rápida la lengua! -exclamó el abaré-. Tesayá es mucho más viejo que él, y conoce muchas más cosas. Es un poderoso abaré, aun cuando hoy sus oídos y su vista se debiliten y las fuerzas se le duerman en sus músculos. Si al conjuro del que está más allá de los hombres, los malos espíritus se apoderan del guerrero, ¿de qué le vale a éste tener infatigable el cuerpo, y el espíritu rebelde como las tormentas?

Abaguairú era de un valor extraordinario; pero, al ver que una fuerza inmensa vigorizaba el cuerpo de Tesayá, comprendió que se hallaba ante un poder singularmente extraño, y por un momento creyó en las facultades sobrenaturales del abaré. Se escabulló, pues, entre los asombrados hombres, como se oculta el sol entre las nubes.

Tesayá se dirigió lentamente a su toldería; pero, al llegar a ésta, fatigado por aquel esfuerzo, se dejó caer sobre las pieles de pumas y de nutrias que le servían de lecho.

El grupo de guerreros se disolvió; ambos contendores, ya reconciliados, se repartieron los despojos de la fiera, y, al lado de cada una de las tolderías, las mujeres comenzaron a encender fogatas, para asar la carne de guasuí, de tatú o de capibá, que traerían los cazadores.

Para ello, ya éstos se habían lanzado, armados de sus arcos de urunday y de sus lanzas de puntas de pórfido y granito, a vagar por los bosques de algarrobos y yabíes, donde el mburucuyá se cubre de flores amarillas como estrellas, y los jacarandáes de flores lilas, y donde abre el ñangapiré sus frutos, rojos, como la sangre regalada a la tierra por los que antes la pisaron, gigantes tremendos que en algún momento hicieron temblar a los dioses.

Indayé, Asurúa y el wenoa Kaiguá, fueron a cazar a la campiña, poblada de ñandúes y de guasubirás. El gigantesco y taciturno Popenó comenzó a vagar solo, como siempre, sin tener preferencia por ningún cazadero, pues ora daba muerte a la yacú en los montes, ora acechaba al carpincho en los ríos, o al ñurumí entre las matas.

Pero la mayoría de los guerreros se dirigieron a la campiña abierta.

Canto V

Y a la vez que las mujeres prendían los fuegos en los toldos, Tupá, el Latar, el iluminador del mundo, fatigado empezó a encender la hoguera del Poniente, mientras el cielo, por el extremo opuesto, se fue tiñendo de un triste gris azulado. El bosque comenzó a iluminarse de anaranjada luz; y a esta señal, que revelaba la aproximación de la noche, el ipecú dejó de golpear en los troncos; la taimada micuré se ocultó en su madriguera, y el pájaro de fuego ganó las altas ramas de los árboles.

Las últimas bandadas de torcazas abandonaron la campiña y los barrancos, y en las lagunas, la garza rosada se inmovilizó sobre una de sus patas zancudas.

Entonces los Espíritus de las Sombras, los Tau, soplaron sobre la inmensa hoguera del Poniente, obedeciendo al mandato de Añang, y la luz se evaporó de la tierra, y jugueteó un momento entre las nubes de amatista y cuarzo. Después se fué diluyendo paulatinamente, y con las primeras sombras azules aparecieron los mbopíes, que comenzaron a ejecutar locos vuelos.

Había llegado el momento en que el ñacurutú pasea su mirada llena de asombro por el bosque, y en el que Añang suelta los Espíritus del Mal.

Bajo los árboles, tres cazadores estaban en acecho. Eran Ibitú, Tawató y Tubayuca, el matador.

-Cacemos a orillas del río -propuso Tawató. Entonces, los tres guerreros comenzaron a hundirse en la selva. Avanzaban silenciosos, sin dejar de mirar cuidadosamente las enredaderas, los arbustos y la tierra que iban pisando, para evitar la picadura de las víboras y de las gigantescas y venenosas arañas, de ojos saltones.

El cocuyo comenzó a guiñar su ojo de luz y gran cantidad de insectos, ocultos en las matas, o entre los amarillos pajonales, afilaron sus voces monótonas.

Por último, tras una vorágine de molles, semejantes a colas de aguaráes, de sarandíes luminosos, de virarós, de espinillos y de ceibos, divisaron al anchuroso y encrespado río, que levantaba sus anillos de culebra, y donde Guidri, la luna, había posado su mirada blanca.

El follaje que bordeaba el río era semejante a la lacia cabellera de Ivaga. Por eso, el guerrero evocó a la joven charrúa y la imagen de ésta se presentó ante él, ya jugando a esconderse entre los matorrales o en los barrancos, con otras muchachas ya sentada a la lumbre de las fogatas, que teñían su cuerpo con reflejos rojos o amarillentos.

Muchos hombres deseaban tomarla por mujer, y llevarla a sus garupáes o tolderías de pieles. Pero Asurúa, su padre, sólo la entregaría a quien le trajese la cabellera del tubichá tupí-waraní.

Tawató a causa de su extrema juventud, no había podido combatir en ninguna de las grandes batallas, tomando solamente parte en la guerra de escaramuzas que continuó después de la derrota de Amapitubí, su padre; pero ahora que los guerreros se preparaban para librar una, buscaría a Samoú en medio de sus tribus y con su lanza le arrancaría la vida de su pecho y con el hacha de piedra, lo despojaría de su sangrante cabellera. 

Y al pensar esto, el pecho del guerrero se dilataba, bajo la mirada de nieve de Guidri, ipora de los tristes.

Pero, de pronto, los cazadores se enderezaron sobre sí mismos, y se miraron unos a otros, porque el viento trajo hasta ellos el olor del yaguareté, al principio débil, pero en seguida más perceptible.

-El yaguareté viene a beber en el río -anunció Tubayuca.

Con sus ojos rasgados, perforaban los cazadores la penumbra de la selva, mientras sus manos apretaban nerviosamente las flechas, y probaban la elasticidad de los arcos.

Tubayuca extendió bruscamente su lanza, y su compañeros, siguiendo la dirección que ésta señalaba, distinguieron, a través de los árboles, en un claro iluminado por la luna, cómo se recortaba la sinuosa y furtiva silueta del yaguareté.

Los charrúas no podían distinguir su color amarillo rojizo ni sus manchas negras, pero lo reconocían por sus movimientos sigilosos y suaves, y por sus dimensiones superiores a las del puma.

La fiera se movía silenciosa, como los espíritus malignos, cuando, obedeciendo al mandato de Añang, se deslizan entre los árboles, en busca de alguien sobre quien descargar sus furias volcánicas. Con la cabeza baja, olfateaba los débiles y casi borrados rastros de los animales, y sus elásticas y poderosas patas se apoyaban en la tierra con tal cautela, que no crujía ni una sola rama, ni tropezaba con las enredaderas que encontraba a su paso. Imprimía un ligero vaivén a su cola, cuya extremidad se retorcía con movimientos espasmódicos, como los de una serpiente moribunda.

El yaguareté no podía distinguir a los cazadores porque éstos se hallaban ocultos tras unos tupidos arbustos. Por otra parte, el viento, que soplaba de la fiera a los charrúas, no permitía a aquélla olfatear el peligro.

Se hallaba a más de dos tiros de flecha, cuando llegó al río, y los charrúas le perdieron de vista, debido a la densa vegetación que crecía en la orilla.

Tubayuca se dirigió a sus compañeros y les preguntó en voz baja:

-¿Esconderemos el valor de nuestros pechos, y fuerza y resistencia de los brazos en el momento de combatir?

Entonces dijo el viejo Ibitú, lleno de prudencia:

-El yaguareté tiene poderosos colmillos, y bien armadas zarpas. Con ellas abrirá nuestra carne y triturará nuestros huesos. Para defender el suelo charrúa, se necesitan muchos guerreros valientes y por eso, no debemos luchar con la fiera, mientras podamos retirarnos sin ser vistos.

Pero al oir las palabras de Ibitú, Tawató clavó en él, su mirada de tormenta:

-¡Un hijo de Amapitumbí no puede temer las garras de las fieras ni las armas de los hombres! -exclamó-. Mi cuerpo tiene la dureza del yabí y la agilidad del guasubirá, cuando corre en la campiña, aterrado por el silbar de nuestros saiusams. Si Ibitú no tiene fuerzas para combatir, que vuelva solo al campamento.

Los ojos de éste se encendieron como brasas, al mirar a Tawató; pero se sobrepuso, y las palabras se adormecieron en sus labios.

Cuando los cazadores avanzaron hacia la fiera, Ibitú no se separó de ellos; pero ignoraba que Añang, oculto tras las ramas de un árbol lo señalaba -con sus manos finísimas- a los Malos Espíritus que tenía a su alrededor. Era fría y burlona la risa de Añang, pero los charrúas no alcanzaban a oirla.

Caminaron un corto espacio entre los árboles, y divisaron entonces al yaguareté. Este, con sus oídos agudos, había sentido los pasos de los guerreros, y avanzaba hacia ellos.

Al verlos, se detuvo, y los charrúas hicieron lo mismo.

Cuando se enfrentó a sus enemigos, la fiera no atacó inmediatamente, sino que hizo un pequeño rodeo. Sin duda conocía por experiencia, lo peligrosos que eran los cazadores, que sabían herir a la distancia con sus palitos voladores.

Por otra parte, no eran de carne sabrosa como la del guasubirá, a quien hubiera preferido.

Tenía fijos en los guerreros sus ojos amarilloverdosos, y comenzó a rugir en una forma que era casi un maullido. Su cuerpo y sus músculos se encogieron; bajó la cabeza, y mostró los enormes y afilados colmillos.

Los charrúas observaban atentamente los movimientos de su cola; sabían que ésta les delataría el instante del ataque.

El yaguareté, dudando todavía, lanzó una mirada de relámpago a la penumbra de los árboles, buscando una presa más de su gusto. Pero la selva estaba desierta, lejana la campiña y el hambre torturaba sus entrañas.

Su cola empezó a dar más rápidos y nerviosos latigazos, y a esta señal los charrúas fueron levantando sus arcos.

De pronto, la fiera lanzó un maullido agudo, y dió un primer salto hacia los charrúas. Y en seguida, su cola se puso erecta, y el animal emprendió tan rápida arremetida, que parecía que sus pies no tocaban el suelo.

Entonces los cazadores soltaron las cuerdas de sus arcos. Una flecha le hirió una pata; otra, le rozó un flanco, pero el yaguareté continuó embistiendo. Era difícil el manejo de las armas, en medio de los matorrales.

Ibitú no había arrojado aún su flecha, y se adelantó unos pasos, para tomar puntería con más facilidad. La saeta, dirigida por sus hábiles brazos, voló, más veloz que el águila, y se enterró entre la paleta de la fiera. Esta vaciló, a causa del dolor; se retorció enloquecida, lanzando un aullido pavoroso, y dentro de su ser estalló el vértigo de la destrucción.

Saltó de nuevo hacia los flechadores, e Ibitú, empuñando su formidable hacha de piedra, le salió al encuentro. La blandió en el aire, ejecutando un pequeño molinete, y la abatió con fuerza sobre el yaguareté. Pensaba abrirle el hocico, y romperle los incisivos colmillos, pero la fiera saltó sobre él, irresistible.

El charrúa perdió el equilibrio y cayó de espaldas, mientras la bestia, ebria de furor, le abrió a zarpazos el pecho y el vientre.

Tubayaca y Tawató, con su lanzas, acosaron al yaguareté por ambos flancos. Un relámpago de odio brotó de los verdes ojos de la fiera, al lanzarse sobre el hijo de Amapitumbí, pero éste la hirió con su lanza en el cuello, y Tubayaca le introdujo la suya en el blanco vientre.

Entonces la fiera lanzó una queja desesperada; sus patas se paralizaron y se aflojaron los poderosos resortes de sus músculos, mientras los guerreros volvieron a hundir en ella las puntas de sus lanzas, triangulares y planas, como cabezas de serpiente.

El yaguareté quedó inmóvil, la cabeza apoyada en la tierra, y extendido largamente su gracioso y manchado cuerpo, que la noche de luna redonda había tornado celeste.

Jadeaba con ronca respiración y la sangre de sus heridas caía sobre la tierra, culebreando en diminutos ríos; la flecha introducida entre la paleta, se sacudía temblorosa, a cada movimiento del animal.

Los dos charrúas se acercaron al guerrero moribundo. Este, después de observar la victoria de sus compañeros, se sentía vengado.

Miró fijamente a Tawató y quiso decirle algo, pero las palabras no subieron hasta su boca; entonces, hizo girar penosamente la cabeza y contempló al yaguareté un breve instante. Apretó sus mandíbulas, para no lanzar un solo gemido. Luego, su cuerpo se retorció como la llama de la hoguera y el guerrero quedó rígido.

Tawató inclinó confusamente la cabeza sobre el pecho, mientras golpeaba con la punta de su lanza las raíces de un fuerte y añoso árbol, que asomaban a la superficie de la tierra, como las patas de una araña inmóvil y monstruosa. Una ola de sombríos pensamientos barrió todo su ser, y el remordimiento -como un cuervo maldito- pasó graznando lúgubremente, en los cielos nublados de dolor, de su alma.

El viejo Ibitú, le había enseñado a él, joven charrúa, el valor de la cautela, y cómo debía morirse sin retroceder un paso y sin lanzar un gemido.

Cuando vieron que ya nada podían hacer por Ibitú, se acercaron a la moribunda fiera. Esta, al verlos venir, levantó la cabeza con inquietud; sus ojos se iluminaron de angustia e intentó hacer un movimiento para huir.

Al ver esto, Tawató sintió que su pecho se endurecía, y que el desprecio y la cólera entraban en él. Agitó con rabioso frenesí su hacha de piedra y la abatió con fuerza sobre el yaguareté, al mismo tiempo que gritaba:

-¡Que aprenda a morir como un charrúa!

La fiera lanzó un aullido agudo y desesperado; su vientre se abrió y salieron por él, las rojizas y azuladas entrañas.

Movimientos espasmódicos, cada vez más débiles, convulsionaron todo su cuerpo; luego, la luz de sus ojos comenzó a helarse y éstos se volvieron opacos.

Tubayuca se adelantó hacia Tawató, preguntándole:

-¿A quién corresponden los despojos de la fiera?

El hijo de Amapitumbí tendió su brazo armado del hacha en dirección a Ibitú, y le contestó:

-Cuando aquel guerrero duerma su sueño frío en la cumbre de algún cerro, rodeado de vasijas con alimentos y de armas para defenderse en la otra vida, ceñiremos a su cuerpo, la piel del yaguareté.

Tubayuca asintió con un gesto a las palabras de Tawató, y dirigiéndose a donde estaba el cadáver, lo colocó sobre sus hombros, mientras el hijo de Amapitumbí comenzó a arrastrar el cuerpo de la fiera. Y así, marchando calladamente a través de los árboles, y siguiendo la orilla del encrespado río, se encaminaron al campamento.

Durante el camino, los charrúas pensaron en su victoria, obtenida sobre tan temible animal. Pero cuando Tawató divisó a las gigantescas y suplicantes fogatas, que desde las lomas convocaban a los últimos charrúas, lamentó en silencio su imprudencia, y en vano trató de disipar sus tristes pensamientos, tomando parte en un simulacro de combate alrededor de las hogueras y embriagándose con licores de plumas y ñangapirés, en medio de una orgía salvaje.

Canto VI

Guidri, la luna envejecía noche a noche en el fondo del cielo, y su cuerpo, antes lleno de vida y de luz, se encorvaba cada vez más, como el de los viejos y enjutos charrúas, de voces apagadas, y de ademanes temblorosos y lánguidos. Cuando se eclipsara su última lívida palidez, y el cielo se hiciera negro, como una tumba gigantesca, terminaría la tregua pactada por ambos bandos.

Los charrúas y sus aliados, después de reunir numerosos contingentes, esperaban todavía el refuerzo de nuevas tribus. La excitación del gran combate próximo, chispeaba en sus ojos, escrutadores como los del águila, y el odio ahondaba en sus almas, sus raíces gigantescas.

Esperarían al enemigo, para caer sobre él, cuando vadease algún arroyo, de taciturnas aguas, o atravesase los bosques de talas y algarrobos, o la campiña abierta, y luchar sin retroceder un paso, como resisten los árboles a la tempestad.

La fiebre del combate los devoraba. Unos afilaban las puntas de hueso o de piedra de sus flechas, o el pórfido de las tajantes hachas. Otros, construían cuchillos, o fabricaban puntas de lanzas, rompecabezas, o redondeaban las piedras para que les sirvieran de saiusáms. Los tubichás, recorriendo el vasto campamento, animaban a los hombres, relatándoles hazañas de sus antepasados, o recordándoles el valor con que habían resistido a ese mismo enemigo en anteriores encuentros; los centinelas escudriñaban ahora atentamente la lejanía; los pareheros, recorrían otras tribus, exhortándolas a la alianza contra los tupí-waraníes; los abarés, preparaban hierbas medicinales o consultaban a los iporas.

Entre las tolderías del campamento, vagaba Tawató, meditando la conquista del payé, a cambio del cual, Tupá le daría su lanza.

Le había revelado Tesayá, que aquel que lo quisiese obtener, tendría que retenerlo entre sus manos -a pesar de que éstas se le cubrirían de espantosas llagas, y los brazos parecerían secarse como las ramas muertas- hasta que el payé, vencido, perdiese su ígneo poder. Recién entonces podría ser utilizado contra Añang.

Tawató quería partir a las selvas del Hum, cuando el Poniente se encendiese en llamas, para atravesar por la noche las tierras ocupadas por el enemigo, pero antes deseaba ver una vez más a Ivaga, y por eso se encaminó a la toldería del viejo tubichá Asurúa; mas, al llegar a ésta la encontró desierta, y entonces el guerrero, indeciso, buscó alguien a quien preguntar por su amada.

Un poco más lejos, se levantaba el toldo del yaro Popenó, bajo el cual se hallaba la hermosa Mbaeté, de voz arrulladora como la de la paloma, y de andar sonámbulo, como el de un avigurú. El gigantesco tubichá de los yaros la había arrebatado a los agaces, cuando éstos bajaron furtivamente por las aguas del Panamá -hacía ya de esto incontables lunas- y ahora, ella curtía las pieles bajo su toldo, y le daba hijos que serían temibles guerreros.

Cuando el charrúa se dirigió hacia Mbaeté, ella fabricaba un yapepó de barro mezclado con caolín. Luego, dibujaría en él líneas quebradas de algún vistoso color, y allí bebería Popenó hasta embriagarse, los jugos de las palmas, las mieles del mamangá, y el licor que desprende el algarrobo.

-¿No sabe, Mbaeté, dónde se halla la hija de Asurúa? -le preguntó Tawató.

La joven levantó la cabeza, en la que una pluma de ñandú se movía torpemente, como un guerrero ebrio, y le respondió:

-Mbiyuí, la hija de Arandú, la llevó a su toldo, para hacerle admirar los tipoys de pieles, que ella misma ha cosido con el punzón de hueso, y para mostrarle también las pieles de animales que su padre cazó en los bosques.

Tawató se alejó en dirección al toldo del tubichá; pero, apenas había andado unos pasos, cuando sintió que lo llamaban.

Volvióse el guerrero, y distinguió a Indayé, que le hacía señas para que se acercase. Este se hallaba rodeado de varios hombres que estaban absortos en el juego del saiusám.

En una pequeña explanada que dejaban los toldos, habían clavado una estaca; y puestos los guerreros a más de treinta pasos de distancia, arrojaban sobre ella, sus saiusáms. Sería declarado vencedor, quien lo ciñese más ajustadamente. Este ejercicio los hacía aún más diestros cazadores y constituía, junto con los frecuentes y largos baños que tomaban en la época de soles largos, cuando las tribus bajaban hasta el océano, o bien en los ríos, en la época fría, las dos grandes diversiones de esos pueblos.

Tawató se acercó al grupo de guerreros.

Cusubí, considerado el más hábil de todos en el manejo del saiusám, había sido, sin embargo, aquella mañana, derrotado repetidas veces. En cambio, Indayé demostraba suma destreza en los tiros, y por eso llamaba a los guerreros para que lo admirasen, y poseído por ingenua alegría, se jactaba de ser hábil como ninguno.

-¿Quién se atreve a competir con Indayé? -clamaba-. Apostaré pieles de fieras, puntas de lanzas, o cambuchíes de decorados bordes.

Cusubí estaba confuso y no comprendía cómo él, que en ese juego era siempre el primero, se encontraba ahora torpe.

-Tupá está descontento con él -explicaba Acahé, la arrugada y flaca hechicera.

Entonces se adelantó el jefe de los yaros, hombre muy alto y fuerte, y dijo a Indayé:

-Popenó maneja desde pequeño las boleadoras, tan hábilmente como el hacha, la lanza o la maza de piedra. ¿Cómo ha de desoir el desafío de Indayé?

La silenciosa risa apareció en el rostro del charrúa; la confianza hinchaba su vasto pecho. Por eso, respondió, mostrando un quillapí:

-La joven Tabey fué quien hizo este quillapí, curtiendo con manteca de pescado las pieles de animales que Indayé cazó en los bosques. ¿Cuál de las jóvenes sabe, como Tabey, coser fuertemente las pieles y darles hermosos coloridos? Si Popenó venciera, abrigará con él su cuerpo, cuando llegue la época de los fríos.

Los demás jugadores miraron el largo quillapí, extendido en el suelo. Estaba formado por trozos de piel de guasubirá, los cuales conservaban el pelo sedoso. En él habían sido pintados toscamente, aunque con cierto gusto, cuadrados, triángulos y líneas de variados colores.

En seguida Popenó mostró un largo collar de dientes humanos con el que adornaba su pecho y su cuello, y exclamó, lleno de orgullo:

-Dientes de guaraníes valerosos forman este collar, y no los de aquellos que recibieron muerte por la espalda, huyendo como la garza o el ñandú. En él están los colmillos de fiera de Iyaguarava, temible guerrero de las tribus tapés, y también los de Ibiraguasú, el hombre de piel de tortuga, que fué tubichá de los carios. Si Indayé consigue vencer, recibirá el collar.

Colocóse el gigante Popenó a la distancia convenida; levantó su brazo armado de las bolas de piedra, y, después de revolverlas un momento en el aire, las arrojó sobre la estaca. Estas se ciñeron tan ajustadamente, que era imposible sobrepasar el tiro.

Luego Indayé arrojó las suyas, y aun cuando lo hizo hábilmente, fué vencido por Popenó. La cólera y el despecho relampaguearon en el fondo de su ser, pero no se asomaron a su rostro impasible. Se acercó al gigantesco guerrero yaro, y, después de tenderle el quillapí de pieles suavísimas, se separó de los guerreros, sin pronunciar una sola palabra.

Entonces Tawató, que había estado observando atentamente la escena, distinguió a la hija de Asurúa, en medio de un grupo de jóvenes. Se hallaban éstas bajo el toldo de Arandú, el antiguo tubichá.

Casi todas las mujeres que formaban el grupo, tenían aún muy frescas las rayas celestes de la frente y eran muchos los guerreros que se detenían para escuchar sus voces suavísimas, y contemplar sus jóvenes cuerpos que copiaban los tímidos movimientos del guasubirá.

Al verse objeto de la atención de los guerreros, se miraban las unas a las otras, con sus miradas hurañas y asustadizas; abatían las cabezas y hablaban entre sí en voz más baja.

Quejábase Pora, con su sonrisa más triste que las lunas:

-El enemigo es tan numeroso, que al fin logrará aniquilarnos. ¿No habrá un guerrero capaz de conquistar el payé? Ya lo intentaron Amaberá, Ibitú, Cusubí, y muchos otros. ¿Tendremos que curtir las pieles y fermentar la miel del camoatí, bajo los toldos de los tupíes o los carios?

La quejumbrosa voz expiró en los labios de Pora, y el desánimo abatió a las vírgenes charrúas, que inclinaron aún más sus lacias cabelleras de lluvia.

Entonces se adelantó Tawató y, deteniéndose cerca de donde estaba su amada, la llamó por su nombre. Volvióse Ivaga, y al verlo, levantándose ágilmente, se dirigió hacia él. El guerrero posó en ella su mirada, y le dijo:

-¡Hija de Asurúa! Quiero partir en busca de la lanza de Tupá. Para eso, deberé atravesar ríos y campiñas, donde ahora pescan y cazan las tribus enemigas, y burlar la acechanza de las fieras que caerán sobre mí, al verme solo, y aun vencer las añagazas de Añang. Pero, si después de tantos peligros obtengo la lanza, arrancaré a Samoú la cabellera en medio de sus tribus, y la entregaré a Asurúa, para que tu me pertenezcas. ¿Entonces se alegrará tu alma al acatar lo dispuesto por tu padre?

Respondióle la joven charrúa:

-¡No fatigues el ánimo, Tawató, ahora que vas a luchar por el payé! Ivaga no pertenecerá a ningún otro hombre, porque ¿quién será capaz de derribar a Samoú, que combate rodeado de tantos guerreros adictos? Solo tú, si conquistas la gran arma. Y si los contrarios obtuvieran la victoria, me hundiría en el pecho un cuchillo sílex, o el asta de una de las flechas, de punta de hueso, antes de ser la cautiva del enemigo, a quien odio. ¡Abre las alas de tu ánimo, Tawató, si quieres despertar al payé de su profundo sueño!

El guerrero irguió aún más su orgullosa cabeza, en la que ondeaba el penacho altivo, y respondió a la bella joven, con alegre voz:

-Para ti he de arrancar la dentada cornamenta al guasubirá; acecharé a la nutria, eterna moradora de los ríos, y quitaré a la garza taciturna las plumas de sus alas, que tienen el color de las auroras. Me introduciré en la espesura de los bosques, para tomar del guayacán, las flores más grandes y más blancas, y del ñangapiré los dulces frutos, y al puma, nocturno merodeador de los campamentos, arrancaré su tibia piel, que tiene el colorido de las lunas.

Luego, volviéndose en dirección al lugar donde debía hallarse el payé, exclamó:

-Me va a acompañar un guía al cual no detienen los peligros, ni la furia de los guerreros más temibles. Es un ipora lleno de poder, y todos los hombres quieren tenerlo a su lado. Él es quien conduce a los guerreros hasta donde se halla el payé; él, quien aumenta sus fuerzas, para combatir a Añang. Mi guia será Tamó, la Esperanza. 

Ivaga contempló al charrúa, y su mirada se hizo honda, bajo las pestañas negras.

-Quizás tengas, Tawató, por compañero, un ipora más poderoso aún que Tamó -dijo-. En medio de los bosques, donde se abren las flores de fuego de los ceibos, donde crece la planta que hace dormir, la amapola, y fabrica el camoatí su miel más amarilla que los soles, vaga, constantemente solo, el ipora del Amor. Lo llaman Mboraihú, y aunque jamás se le ha visto esgrimir un arma, es poderoso como nadie, porque blande en sus manos la antorcha del fuego mágico. Con ella enciende, en el alma de los hombres, la hoguera que devora, pero que no se ve. Él es quien hace que las aves se atraigan con sus cantos, y que esparzan las flores el polen amarillo; y cuando un guerrero es tocado con la antorcha, su valor y su fuerza son tan irresistibles, que los propios iporas le ceden el paso. Esta noche llamaré a Mboraihú, y le pediré que te proteja, cuando vayas a combatir por el payé y la lanza de Tupá.

El charrúa tomó un largo collar fabricado con los dientes de las fieras que derribara tras penosos combates; colmillos de pumas, de yaguaretés, de gatos monteses y de terribles serpientes -que en otro tiempo se habían empozoñado de veneno- y lo colocó, lleno de orgullo y de ternura, en el suave cuello de la muchacha a la que tanto amaba.

Contemplóla una vez más, y su mirada profunda acarició el alma de la jóven; y en seguida se encaminó a su garupá, para hacer más cortantes sus formidables armas, pues estarían en guerra con las fieras, con los guerreros y con Añang, cuando, bajo la pálida faz de Guidri, protectora de los heridos y de los tristes, abandonase el abigarrado campamento.

Al día siguiente, Dioi-Yara, el Sol apareció luminoso y los guerreros creyeron que la bondad de la deidad solar los invitaba a ir a combatir contra los invasores y que esta vez la victoria sería de ellos.

El abaré movió la cabeza y dijo:

-He oído a Akanguapí, la Prudencia que me ha aconsejado esperar. Conversó en mis sueños mágicos con Oyedan, la memoria, y me ha hecho recordar cómo ante el número inmenso de quienes nos invaden debiamos esperar la ocasión propicia, y más aun con Etriek, la verdad, que me ha enseñado que no hay que enfrentar lo que es imposible. Hay que esperar la ocasión que se presentará; tal vez sea la conquista de la lanza mágica de Tupá. Son nuestros dioses y tenemos que acatar su consejo. Cuando alguien obtenga esa lanza, se alejará de nosotros Hallen, la muerte, que tanto se empeña en causarnos el mal.

-¿Y todos esos dioses hablan contigo? -le preguntó socarronamente Popenó.- a mí no me han dicho nada. ¿Por qué obedecerte?

-Porque sólo tienes la fuerza que hay en tus brazos, pero ¿dónde está lo que tendrías que pensar? Allí, en el Ivaga se asoma Guidri, la deidad de la Luna. Mira cuan delgada está ¿combatirá ella ahora? No. Observa los árboles que nos rodean ¿ves que se mueva alguna hoja? No lo verás porque Ibitú el dios del viento descansa. Iporambae, el dios de las profecías no se te ha anunciado; ¿crees que te hace caso?

-¿Y qué sabes tu, hechicero? Mira el Iporaima, el vacío sin límites. Vete a dormir y deja que yo convoque a la guerra, que es lo que sé hacer.

-Si Aratiri, el señor del rayo te regalara uno para que lo arrojes contra los enemigos, entonces te creería, pero por ahora, calla y obedéceme, Popenó, y guarda las fuerzas que se que tienes para cuando Dioi-Latar el señor Bueno, nos de la seguridad de vencer.

Los hombres comprendieron las razones del Tesayá, el gran hechicero que hablaba con los dioses según se decía. Querían combatir, pero ¿cómo hacerlo si Tesayá decía que no era el momento?

Tawató, algo apartado, había oido la discusión y pensaba:

-Dioses, dejadme a mi intentar la hazaña o matadme. Os lo ruego en nombre de mi padre el gran Amapitumbí, descendiente del invencible Madram, lejano antepasado, pero no olvidado.

Canto VII


Tubayuca y Yapacaní arrastraban sus canoas -curvas como la luna semi escondida- sobre las arenosas riberas del Paranaguasú, para botarlas en las aguas ennegrecidas del río. No se escuchaba más que el roce de la madera sobre la arena; el campamento estaba dormido. Los oñangarecovas, mudos, ocultos estratégicamente en barrancos, lomas y apartados montículos, eran los únicos que velaban.

Las tribus dormían bajo los garupás de varas de junco, tendidas sobre pieles de pumas, de aguarás, de yaguarés o yaguanticas y envueltas en los quillapíes, para protegerse del frío nocturno. Algunos, sin embargo, se acostaban sobre hamacas trenzadas con tiras de cuero o con cuerdas de cipó, que colgaban de las ramas de los árboles más corpulentos.

El sueño iba también invadiendo a las fogatas, y éstas se amodorraban sobre el lecho gris de las cenizas. La suave brisa que llegaba desde el río grande como el mar, se mezclaba al perfume de la selva umbría, en la que vagabundeaban los rayos de Guidri la deidad lunar.

¿Por qué Tubayuca dejaba también el resguardado campamento? ¿Por qué seguía al hijo de Amapitumbí? Las indiferentes tribus no se lo habían preguntado y Tawató, apenas prestó atención a las palabras de su compañero, cuando éste le explicó el motivo por el cual iba a partir con él.

Tal vez lo supieran los ríos, o las nubes, o los bosques... Quizás lo hubiera escuchado el ñacurutú, ave agorrera, o la yacú, selvática y huraña.

Los guerreros depositaron sus armas sobre las canoas, y luego saltaron sobre ellas, ágiles y livianos como las micurés. Los remos hendieron las aguas del gran río; los charrúas se alejaron remando y remando y los hocicos de las barcas dividieron la superficie líquida.

Desde las canoas, las pocas fogatas que aún iluminaban los hogares, parecían arder sobre el agua, a la que encendían con reflejos amarillentos, y hacia allí iba, engañado el pez que celebra sus nupcias a la luz de la luna.

Las hogueras se empequeñecieron desde el horizonte, hasta perderse a lo lejos, y después de largo rato, las piraguas entraron en el río de los pájaros pintados. Tubayuca iba adelante, y, como a una distancia de dos canoas, avanzaba Tawató. Las dos embarcaciones se deslizaban cerca de la costa yara, poblada de bosques, y a intervalos se escuchaba el chapotear del yacaré, y el ruido que hacía el carpincho al arrojarse al agua.

-¡Cómo bailan y se acrecientan las olas! -exclamó Tubayuca-. El más ágil de los charrúas no sabría imitarlas.

Pero Tawató no se preocupaba del yacaré, ni del carpincho, ni del baile de las olas, y no contestó a su compañero. Sus anhelosos ojos se fijaban en la costa y creían adivinar, en la penumbra; la borrada figura de Tamó, la Esperanza, que le iba marcando el derrotero con sus armas. Por eso, el taciturno charrúa no separaba su vista de la enmarañada orilla, mientras, distraidamente, iba masticando el sisí.

La luna continuó -con paso inválido- su larga caminata y los dos charrúas, siempre aguas arriba, fueron dejando atrás los últimos arbustos de la costa yara.

Y así, la aurora los sorprendió en el río, que empezó a teñirse de un gris azulado, como los cielos, como el aire y como la esfumada selva.

Entonces dijo Tubayuca, extendiendo sus brazos en dirección a la costa:

-Dejaré mi piragua atada a los arbustos que bordean los labios del mar, y atravesaré la selva, para llegar a aquella lejana loma, límite de mi viaje.

En seguida se puso a remar hacia la ribera y se despidió de Tawató, con lacónicas palabras:

-Tubayuca confía que tu fuerza y tu astucia te hagan poseedor del payé, y que traigas para nosotros la gran lanza de Tupá.

-Y yo espero que la venida de Tubayuca a ese lejano cerro sea beneficiosa -le contestó el hijo de Amapitumbí.

Cuando Tubayuca saltó sobre la ribera, se volvió hacia donde estaba su compañero, al cual contempló alejarse remando, hasta perderlo de vista.

Volvió en seguida sus espaldas al caudaloso río y se hundió en la selva, donde el gran urunday, el algarrobo, el ñadubay y el yabí ahogan la maraña de espinillos y chircas, donde entablan la guerra por la luz y el espacio, los sarandíes, los ceibos, los virarós y los molles, y donde, algo más apartado de los demás, algún ahué -árbol aliado de Añang- derrama sobre la tierra su sombra, que produce venenoso sueño.

Al paso del charrúa, se levantaban entre los árboles, nubes de pájaros de todos colores, cuyo piar poblaba la espesísima selva.

Allí vió el guerrero al tutuncá rojo y al tutuncá amarillo, al pitagüá, de cejas negras, la sabiá, al chuña, a la suave picuí, al terú-terú y al camazaraguá, pájaro músico.

Bajo un cielo invadido de nubes, Tubayuca atravesó la selva, ahuyentando a la astuta micuré, al pequeño y tímido apeará y también al sanguinario yaguatinca, que maullaba oculto en la intrincada maleza, mientras miraba al intruso, con sus ojos verdes, como dos luces. Este, tras franquear luego la campiña, llegó al pie de una loma, en cuya cumbre los hombres habían amontonado piedra sobre piedra, hasta formar un parapeto de cuatro paredes. Después de subir hasta lo alto, el charrúa se introdujo en él, por una abertura que dejaran sus rudimentarios constructores.

Allí debía permanecer Tubayuca -sometido al ayuno y a la flagelación- hasta que, debilitado su cuerpo, en estado de éxtasis se apareciera en su alma la figura de algún ser, que resultaría desde entonces para él como un genio protector, al que debía invocarse en los momentos de peligro, como si fuera un ipora.

El charrúa comenzó por quedarse inmóvil durante un largo rato, para ser poco a poco invadido por una extraña nerviosidad. Abrió desmesuradamente sus ojos -esos ojos para los que no existía la noche- y, con las uñas afiladísimas, se empezó a desgarrar el pecho, sin que pareciera sentir dolor.

Con una flecha de sándalo negro y un cuchillo de sílex, se hirió repetidas veces la bronceada piel, hasta llenarse ésta de puntos sangrientos, que, al secarse luego, la dejarían manchada como la del yaguareté.

De cuando en cuando, Tubayuca lanzaba débiles, pero prolongados aullidos, semejantes a los de un animal enfermo. Nada más lúgubre, nada más imponente que esa súplica, en la que parecía que el charrúa iba a dejar su alma. Sin temor a la probable aparición de un enemigo, ora arrodillado o en cuclillas, ora levantándose alelado, ora revolviéndose sobre sí mismo, como si ya sintiera la proximidad de las visiones, continuó durante todo el día, hiriéndose el ensangrentado cuerpo y manteniéndose en ayuno.

Lleno de nerviosidad, anudaba una tras otra incoherentes frases, mezcladas con gritos extraños:

-¡Que venga! ¡Ya lo siento! ¡Ya lo siento!... Uru-Aguará y Añang lo acechan y no lo dejan llegar a mi lado. Pero mis brazos se estiran como las ramas de un árbol malo y van a atraparlo. ¡Cómo huyen los espíritus negros! ¡Cómo se eriza el aguará en sus antros! ¡Cómo se repliega aterrada la serpiente, silbando, silbando!...

El alma del charrúa, sensibilizada por el ayuno y las heridas, se poblaba de rumores. Ya vislumbraba vaguísimas formas; pero, a pesar del éxtasis que por momentos se apoderaba de él, aquéllas volvían a esfumarse, sin que Tubayuca lograra dominarlas.

Entonces Pughayé, la noche, obscureció un cielo sin lunas, cuyas nubes lloraron sobre el charrúa, frías, muy frías. Esto lo hizo reaccionar; pero una vez que cesó la lluvia, Tubayuca se sumió de nuevo en su sopor de fiebre.

Y así, volvió a brotar la luz, para esconderse de nuevo bajo la tierra, y él continuó su ayuno y su mortificación. Y durante toda la nueva noche, exclamó, con voz cada vez más débil:

-¡Ya llega! ¡Ya lo siento! ¡Avigurú! Mi vista se ahonda para recibirte. ¡Avigurú! ¡Avigurú!

Y su cuerpo se adormecía, como si la sombra del ahué lo envenenara, y sólo velaban -como oñangarecovas- sus ojos, sus oídos y su voz.

Pasó la noche, y otra aurora emblanqueció el Levante, hasta que el Sol, ya subido sobre el cielo, asomándose un momento entre las nubes de color, pizarra y cuarzo, iluminó, con un haz de rayos, la frente trastornada de Tubayuca. Este levantó entonces la cabeza, al sentir la tibia luz, con su espíritu rayano en la locura, lleno de estupor ante el prodigio, divisó a la triunfal figura de Dioyara, ipora del Sol, que, envuelta en el haz luminoso, extendía hacia él su protectora lanza.

Canto VIII

La piedra resonaba sobre la piedra. El sílex, el pórfido y el granito, sufrían la implacable carcoma de los alisadores, y, tomando variadas formas, se convertían, por la experta mano de los hombres en yunques, en morteros, en cuchillos, en punzones, en saiusáms silbadores, como el ofidio, en puntas de flechas, en rompecabezas puntiagudos, y en lanzas que penetrarían en la carne, como el rayo de los astros en la voraginosa selva.

Las astas de madera nueva, se endurecían al fuego. Cuando éstas hubieran adquirido la elasticidad y la resistencia necesarias, los guerreros les aplicarían cuerdas, ya de cuero o de entrañas de animales, ya trenzadas con hierbas, y así fabricarían sus arcos, curvos como una delgada luna.

Unos ponían en el extremo de las flechas, las plumas de águilas o de cuervos, otros, construían las aljabas de pieles, y, aquellos que ya tenían completo su arsenal de armas, conversaban en voz baja alrededor de las hogueras, o se tendían bajo los garupás, bebiendo a lentos sorbos las mieles del camoatí, fermentadas en agua, o los jugos de palmas y ñangapirés.

El frío daba profundas dentelladas en los muslos de los guerreros, durísimos como el yabí, y en sus anchas y poderosas espaldas, a las que trataban de proteger los quillapíes de pieles Cuarahug cazaba en el cielo, pero sin que nadie pudiera divisarlo, porque lo hacía más allá de la selva de nubes.

Sobre las brasas de las fogatas moribundas, aún se notaban los restos de las carnes de tatú, de guasubirá y de ñurumí, que habían servido de banquete a los hombres y las mujeres.

Asurúa caminaba lentamente entre las tolderías del campamento, y con él iban, Arandú, el astuto guerrero, que había tenido el mando de las tribus en otro tiempo, y también Tesayá, el abaré de ojos despiertos.

Discutían los tres las tácticas bélicas que deberían exponer luego ante el Consejo, cuando Asurúa divisó a Ivaga, la que, entretenida en jugar con Caarú, su pequeña hermana, olvidaba la parte de trabajo que le correspondía.

Al ver esto, se tornaron severas las facciones del tubichá, el que, dirigiéndose a su hija, le dijo:

-¿Por qué tienes Ivaga, el alma atolondrada, como la de un pájaro? ¿Por qué dejas sin concluir el yapepó de barro? ¿Cuándo construirás un collar con los dientes de fieras que te dí? Pora, en cambio, sabe bien cuál es su trabajo y no necesita que se lo indiquen.

Levantó la joven hacia el tubichá sus ojos asustadizos, como los del ciervo, y soltó inmediatamente a su pequeña hermana Caarú.

Entonces, Asurúa, Arandú y Tesayá, cuya alma se elevaba más allá de las de los hombres, se perdieron entre los distintos grupos.

Ivaga miró entonces a Pora, que se hallaba en una toldería cercana. Modelaba la hija de Niná, una figura de barro, y muchas mujeres, a las que Tupá había dado tosquedad en las manos, iban a contemplarla con curiosidad.

Había recogido Pora la tierra arcillosa de las barrancas, y, lentamente, íbale dando la forma que deseaba, con la ayuda de dos utensilios: un cincel de terminación afilada y curva, y otro agudo, para los trazos profundos.

Una cabeza de yaguareté iba saliendo de aquella pequeña masa de barro. Y las muchachas con sus pupilas chispeantes de alegría infantil, veían dibujarse poco a poco los ojos, las orejas y el hocico de la fiera.

Ivaga tomó entonces el yapepó de barro que ella misma había construído mezclando arcilla con arenas cuarzosas y al que el fuego había dado ya un grado de cocción conveniente.

La hija de Asurúa, era la más hábil de todas las charrúas en el arte de la cerámica. Nadie como ella sabía darle más vistosos colores al yapepó de barro e imprimirle rasgos llenos de gracia con el cincel de hueso.

Los charrúas y los chané eran los mejores alfareros, y la rivalidad que entre ellos existía, alcanzaba a Pora e Ivaga. Una gran diferencia había entre ambas. Ivaga tenía en el alma la risa de la aurora; la hija de Niná era triste y gustaba de la soledad.

Ivaga deseaba siempre distinguirse de las demás muchachas; por eso, era frecuente verla colocarse en la cabeza una pluma de garza, ya rosada, ya blanca, en vez de la de ñandú. Y la piel que usaba ceñida a la cintura y que le cubría los muslos hasta casi las rodillas, era de nutria o de yaguareté.

Tanto Pora, como Ivaga, sabían tallar en la piedra o modelar en el barro, cabezas de yacarés, de pájaros o de pumas; y en los guarupás, tenían gran cantidad de ellas.

Ivaga barnizaba ahora lentamente la superficie exterior del yapeyó, con un pincel construído con plumas de aves, siendo el barniz fabricado con el limo ocre tomado de la costa de un río.

Y mientras el pincel se deslizaba sobre el barro, guiado por la experta mano de la joven, ésta seguía con el pensamiento al guerrero que, el día anterior, partiera a conquistar el payé, y depositaba en él, más confianza que la que se tenía el propio Tawató.

Durante la pasada noche, ella alejóse sigilosamente del campamento y se introdujo en el bosque, para llamar a Mborahiú, con su más suave voz, y rogarle que protegiese a Tawató en su lucha contra Añang. No dudaba Ivaga que el ipora del Amor la había escuchado, y por eso esperaba tranquila la vuelta del guerrero.

Cuando hubo terminado también de barnizar la superficie interna, comenzó a decorar el borde exterior del yapepó, con líneas de colores amarillos, azules y rojos.

Pero el cielo se obscureció más aún; la lluvia, que comenzó a caer al principio suave, se tornó más fuerte, y las muchachas guardaron bajo los garupás, las obras no concluídas.

Tornaron las verdinegras nubes; y entonces, los hombres, llenos de superstición, dirigieron sus miradas al abaré, que había detenido su paso pesado.

-¡La cólera de Tupá! -exclamó el que estaba más allá de los hombres, señalando los cielos, con su mano afilada por el tiempo.

-¿Por qué Tupá muestra su ira? -le preguntó una temerosa anciana.

Tesayá, clavando su mirada de abaré en las nubes, parecía querer atravesarlas, como si aquélla tuviera más poder que el Sol. Entonces dijo:

-La traición se cierne sobre nosotros, y a causa de ella brama Tupá, ipora del Bien. Los guerreros se miraron unos a otros, llenos de sorpresa, y aún no se había extinguido el eco de las palabras del abaré, cuando de entre los árboles del bosque apareció Abaguairú, que estaba de centinela.

-Pareheros tupí-guaraníes vienen a hablar contigo -dijo a Asurúa.

El tubichá frunció su altivo ceño, meditó un instante y respondió al guerrero:

-Condúcelos hasta aquí, mientras yo reúno al consejo de las Tribus.

Partió Abaguairú, y Asurúa, levantando su maza, llamó a grandes gritos a los guerreros.

Cuando llegaron los emisarios, se encontraron ante un número de enemigos inferior al que habían supuesto, pues, con la guerra de escaramuzas que participaban los charrúas y sus aliados, aquél parecía ser mayor.

Y Yuracaba, Mboreví y Nouk-Coara, los tres emisarios tupí-guaraníes, atravesaron el vasto campamento y llegaron a donde estaba Asurúa.

Tenían los rostros sombríos y burlones, y escudriñaban atentamente a sus contrarios, para ver si sus almas encerraban valor.

Asurúa los observaba con su mirada de dureza granítica.

-¿Qué quieren los pareheros? -preguntó a Nouk-Coara.

Las miradas de ambos chocaron como dos hachas. La nariz aplastada de Nouk-Coara pareció ensancharse más aún; se enderezó luego el guerrero sobre sí mismo, como la serpiente que va a saltar, y por fin habló. Sus palabras parecían las de Añang.

-Samoú no quiere extinguir vuestra raza, que es valiente -dijo-. Pero quiere cazar en estos territorios, que son ondulados, que están cortados por suaves arroyos y rodeados de bosques donde abunda la caza. Si los charrúas y sus aliados se retiran de estas tierras y cruzan el río Uruguay, no volverán a ser atacados por nuestras tribus, ni en el momento en que se ocupen en los preparativos para la partida, ni después, cuando se hayan establecido en las nuevas tierras.

El abaré adivinó que el enemigo deseaba atacarlos, cuando los encontrara desprevenidos, en el momento de la partida, para poder exterminarlos más fácilmente, y por eso, acercándose a Asurúa, le dijo en voz baja:

-Ahí está la traición.

Asurúa sonrió, asintiendo con la cabeza, y junto con la mueca burlona que apareció en su rostro, surgieron sus dientes, semejantes a colmillos de puma.

-¿Tenéis algo más que decir, pareheros? -preguntó a tubichá.

Nouk-Coara hizo un gesto negativo y Asurúa dijo entonces:

-¿Qué hace el yaguareté, cuando, en medio de los bosques, es perseguido por un grupo numeroso de cazadores? Ante el número superior del enemigo, rehuye el combate y trata de darles caza uno a uno. Pero, si se ve rodeado por un círculo de hachas y de lanzas, entonces hace frente, desgarra, ruge, muerde, hasta caer sin vida, o atravesar el compacto grupo de cazadores, para seguir nuevamente la lucha. Decid a vuestro tubichá, que los charrúas han aprendido de las fieras el modo de combatir.

Los emisarios ya se retiraban, cuando oyeron entre los hombres, una fuerte gritería. No todos los guerreros que escucharon a Asurúa, se conformaron con sus palabras. Había muchos que pertenecían a tribus más débiles, como los mbohanes y guenoas. Y éstos, al oir las palabras del emisario, protestaron, creyendo que podrían vivir tranquilamente del otro lado del Uruguay, pues tenían fe en que el enemigo cumpliría la promesa de dejarlos preparar para la partida, sin molestarlos. Añang los había colocado en mayoría en el Consejo, haciendo que en ese momento faltaran muchos charrúas y minuanos, a quienes concitió a cazar en la campiña y en el bosque.

Y algunos hombres, que no habían recibido de Tupá ni músculos elásticos, ni tórax de piedra, se envalentonaron, al verse apoyados por el número.

Los emisarios sonrieron para dentro, al ver el poco ánimo del enemigo.

Mientras tanto, la lluvia había cesado de caer, y Cuarahug, el Sol, desde el ocaso, asomó su faz redonda y amarilla entre las nubes, y asimismo Yíi, el Arco Iris de Tupa, de magníficos colores, cruzó, de un extremo a otro, el vasto cielo.

Al divisarlo, Tesayá, el viejo y reposado abaré, exclamó, señalando a Yíi, con su mano temblorosa como una rama:

-¿Por qué sentís temor, si para daros confianza Tupá os muestra su arco desde el cielo?

Los guerreros levantaron atónitos su vista y los emisarios se miraron unos a otros, llenos de miedo y de sorpresa.

Asurúa, aprovechando la indecisión de las tribus, les preguntó entonces:

-¿Hay alguno que quiera huir? La canoa lo espera en la playa.

Pero ninguno se animó a hablar; y entonces, el tubichá dirigióse a los emisarios, diciéndoles:

-Id al bosque de talas que crece en la falda de aquel cerro y esperad a que mañana, después de haber convocado al Consejo, uno de nuestros guerreros vaya a llevarles la respuesta.

Los tres emisarios se alejaron, y sus recias siluetas se fueron borrando entre los árboles, mientras se apagaba lentamente el moribundo día.

Canto IX

Dioiyara el Señor del Sol había salido ya de la negra y lejana cueva del horizonte, para encender, con su pecho cubierto de plumas de fuego, la hoguera del Levante, que era límite del poderío de las tribus.

Los cielos se hicieron celestes y diáfanos; los lagos y los ríos irradiaron una suave claridad, y la ondulada campiña recobró su luminoso verdor.

Entonces la calandria rasgó los aires, y, perdida en la inmensidad del azul, donde no podrían alcanzarla las miradas de los hombres, cantó la alegría de la aurora nueva. Comenzaron sus arrullos las torcazas entre el ramaje perfumado y umbrío; el carpincho y la nutria se introdujeron en las aguas; la serpiente se desplazó de su nocturna somnolencia, y el yaguareté, el aguará, y la taimada micuré, invadieron, seguidos de sus crías, los intrincados caminos naturales de la selva.

También apareció sobre la faz de la tierra, el lagarto -cuyo verde quillapí tornaba brillante el rocío- y comenzó a buscar huevos de aves y mieles de lechiguanas.

El bosque y la campiña resucitaron, cuando la poderosa luz cayó sobre ellos, y se abrieron las flores de suaves perfumes, y las hojas brillaron, con el verde más nuevo.

Los hombres y aun antes, las mujeres fueron también, lentamente, despertando de la modorra que entorpecía sus miembros y sus espíritus astutos como el aguará.

Un hálito vital sopló sobre los campos y los bosques, y a su influjo, en ansia de vivir, se estremeció el abigarrado campamento.

Entonces Asurúa, el viejo tubichá, deseando reunir el Consejo, para discutir la respuesta que debía de darse a los emisarios, ciñóse el cinturón de plumas de ñandú, adornó su cuello con un collar de dientes de fieras y ajustóse en el hombro un quillapí de piel de guasubirá, pintado con triángulos rojos y cuadrados amarillos y grises. Se colocó luego en la cabeza las plumas danzadoras y altivas, y, después de armarse de una lanza y un hacha, y tomar la macana de piedra, que era también símbolo de mando, salió de su garupá de pieles.

A su paso por el campamento, los hombres fueron agrupándose a su alrededor. Condújolos el taita a un vasto calvero en medio del bosque; y una vez reunidos, agitó la temible y pesada macana de piedra en señal de mando e impuso silencio.

Los guerreros se colocaron en cuclillas a su alrededor, y el tubichá, elevando los brazos hacia el luminoso azul, exclamó:

-¡Vosotros, pueblos charrúa y chaná! ¡Vosotros pueblos yaro y mbohan! ¡Guerreros que cazáis en los bosques que bordean al río de los ensueños de colores! ¡Tribus canoeras que habitáis las islas! Grandes persecuciones sufre hoy nuestra raza. Sólo podemos intentar una última batalla, cuyo resultado es difícil, o abandonar, para siempre, estas tierras que conquistaron nuestros antepasados cuando, enviados por los dioses para destruir el mundo de los gigantes que obedecían a Setebos, se lanzaron desde el Caribe hasta aquí, en luchas difíciles, incluso al cruzar el país de las Aikeambenanas. ¿Os habéis olvidado de Madram, que logró armas mágicas tras hazañas incontables? ¿Y de los demás Wimen? Recordad a Trofoni, el gran yaro, que creó las boleadoras mágicas que inmovilizaron a Setebos, y que decir de Maiwalve el invencible gran jefe chaná. ¿Están en el mundo de Pitungui, le tiniebea? Tal vez pero temed que sus ojos os miren. Vinieron de allá lejos -y señaló al norte-. ¿Qué deseáis ahora? ¿Alimenta aún Tamó en vuestros espíritus, las brasas de la esperanza?

Entre los indígenas se produjo un murmullo de indecisión, semejante al de las abejas que bullen alrededor de la colmena, hasta que tomó la palabra Cusubí.

-Asurúa nos ha prometido la más roja de todas las venganzas, y sabrá cumplirla, -dijo-. Por eso, debemos rechazar las falsas promesas de los tupí-guaraníes. ¿No habéis escuchado -cuando las noches son tempestuosas y amenazadoras, y suenan en la selva extrañas voces- la queja de los avigurúes? Son las almas de los guerreros muertos en esta guerra, que llegan hasta nosotros pidiendo venganza.

Los charrúas aprobaron estas palabras; pero ignoraban que las demás tribus, excepto la de los chane, tanto los de las islas y los del amanecer, como se habían complotado durante la noche, para pedir, en medio del turbulento Consejo, que se quitase el mando a Asurúa, por haber perdido la confianza de ellas. Por eso, entre los yaros, los mbohanes y los guenoas, comenzaron a aclamar al gigante Popenó, solicitando que los dirigiera en la próxima contienda.

Y el yaro Popenó, irguió entonces su cabeza, de nariz aplastada y ojos de iribú, y levantó los brazos, para apagar con un gesto la gritería. Su inmensa musculatura resaltaba bajo la luz del sol; su pecho ensanchábase ante las miradas llenas de asombro de los demás guerreros, cuando, paseando arrogantemente sus miradas por todo el Consejo, comenzó a decir:

-¿Por qué ha de ser Asurúa, quien mande a las tribus aliadas, cuando tantos lo superan en destreza y valor? Si hubiésemos tenido un tubichá poderoso y astuto, el enemigo ya h