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Los Iporas |
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Prefacio Los pueblos indígenas de América tuvieron desniveles muy grandes desde el punto de vista de la cultura. Los hubo incipientes, como los waraníes, los pampas o los nuestros; pero también podemos citar algunos que alcanzaron un muy alto grado de civilización. La conquista no respetó ni a unos ni a otros. El español, altivo, heroico, noble, pero fanático en su religión y en sus costumbres, derramó quijotescamente su sangre en esta tierra; pero, al crear un nuevo orden de cosas, derrumbó el antiguo, y al transplantar aquí una gran civilización exterminó a la ya existente, que en muchas regiones (náhatl, fohébecha, mayas, quechuas) tenían notable valor. Fueron quemados los libros que por millares poseía la literatura náhuatl; fué perseguida la civilización maya, creadora del Popol Vuh y el Chilán Balám, del Rabinal Achí y de notables anales e igual suerte corrió el Tahuantinsuyo o imperio de los Incas, ya que se han perdido casi todas las obras de sus harahuis o poetas líricos y de sus amautas o sabios. Pero poco a poco, muy lentamente, al pío horror de los conquistadores, ha ido sucediendo la curiosidad cada vez mayor por lo que hoy constituye el florklore americano, hasta tal punto, que es fácil suponer que nuestra literatura va hacia un renacimiento de la literatura prehispánica. Colaborador obscuro, pero valiente, de este gran movimiento literario de reivindicación del indígena es este libro. En él he tratado de pintar los rasgos predominantes de los charrúas: su valor y su fuerza; su dulzura y su melancolía; su asombro de niño frente a los fenómenos de la naturaleza, que la impulsaban a explicaciones maravillosas, y también su estocismo. En "Los iporas" busco, por lo tanto, lo que alguien ha llamado "el alma mágica de los pueblos primitivos", con toda su superstición y con toda su poesía. *** He querido renacer al charrúa viva su vida, independiente de la influencia española. Verlo en sus selvas indígenas, en los campamentos rondados por las fieras, bajo la protección de sus posibles dioses. No es este un libro histórico, aun cuando pinto en él las costumbres de las tribus; sus funerales, la ceremonia de la hospitalidad, la táctica militar, las luchas por la posesión del mando en el Consejo de las Tribus, y he hecho pequeños cuadros de la vida de los paraderos, teniendo que poner en todo esto mucho de imaginación y en ocasiones, tal vez de adivinación. *** Los tipos están sin embargo idealizados, aunque corresponden a una base real; la trama, enriquecida con leyendas de dioses o iporas, algunos de los cuales no eran en verdad charrúas, sino waranies. Pero debo agregar que esta ilusión de divinidades en el panorama charrúa no es en realidad una cosa que deba rechazar el crítico, puesto que la obra no es, como ya lo dije, histórica. Pero, por otra parte, que nuestros aborígenes tenían creencias en un más allá y en ciertos genios mitológicos, es indudable. Sus funerales lo atestiguan. El que los yaros dijeron a los misioneros: "¡No queremos vuestros dioses, porque saben todo cuanto pensamos en secreto!", ¿no parecería indicar que ellos también poseían sus dioses? ¿Y no se ha descubierto, en territotio chaná, un ídolo de piedra? Generalmente se atribuye a los charrúas la creencia en dos divinidades: una, Tunpa, el dios bueno, y la otra, Añang, el dios malo. El General Díaz dice que creían en un espíritu del mal llamado Gualiche, y Eduardo Acevedo Díaz supone que ese vocablo debió de ser corrupción de Walichú, dios de los habitantes de las pampas. Pero puedo citar también algo que tal vez no pase de una coincidencia asombrosa. En el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, en el artículo "Charrúas", se supone que éstos tenían, aunque vagamente, cierta creencia supersticiosa en el Sol y en la Luna. Por otro lado, Bauzá, que es un historiador digno de crédito, sostiene que los charrúas llamaban a la Luna, Yasí. ¡Cuál no sería mi asombro cuando supe que Yací es, en la mitología waraní, el dios de la Luna, protector de los heridos y de los tristes! Pero también se llamaba Zobá Y algo parecido podemos decir de Payé, dios de los amuletos. Nuestros gauchos, que hablan de los payés, ¿de dónde pueden haber tomado este término, si no es de los indígenas nuestros? Y Payé es el dios de los amuletos de la mitología waraní. Y si fuera verdad que las tribus uruguayas hubieran coincidido con las brasileñas en la existencia de estos dioses, ¿no podrían coincidir en la existencia de otros? Pero me apresuro a declarar que estas sugerencias que hago, no las formulo con la finalidad de sustentar ningún precepto, ya que no estoy capacitado para ello, puesto que no soy historiador sino simple curioso de nuestras cosas. Sólo he querido decir que no es tan disparatada la inclusión de algunos dioses de la mitología waraní en esta leyenda, ya que hay opiniones de historiadores en las que me escudo. *** El argumento de la obra se basa en una realidad: la guerra charrúa-waranítica, que se produjo antes de la llegada de los españoles. Cuenta Bauzá que los tupíes y los carios, indígenas antropófagos que vivían sobre el mar Caribe, invadieron el Brasil, donde moraban tribus waraní. La raza conquistadora se mezcló con la vencida, y los tupí-waraníes, nueva raza surgida del cruzamiento de las otras dos, invadieron luego las tierras rioplatenses, trabándose una extenuante guerra entre ellos y nuestras tribus confederadas, hasta que los invasores del norte fueron rechazados sobre la Laguna Merim. Pues bien: es sobre esta base real que he edificado mi leyenda. *** Hay quien dice que los charrúas eran waraníes de anteriores invasiones; el documento de Vilardebó -que contiene vocabulario de unas cincuenta palabras, aproximadamente- echaría por tierra esta hipótesis, aun cuando he comprobado que una de las palabras del mismo, que se considera charrúa (chibi, que significa gato), tiene el mismo significado entre los waraníes. Otros sostienen que los charrúas y otras tribus de nuestro suelo eran bilingües; y que si bien poseían un lenguaje propio, utilizaban el waraní, que estaba enormemente difundido, cuando se ponían en contacto con otras tribus, ya fuese para comerciar o para efectuar alianzas o declarar treguas, y tal vez resulte esto lo más plausible. |
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Invocación |
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Canto I |
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Canto II |
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Canto III *** El Paranaguasú lame con sus aguas los bordes de las arenosas playas. Tras ellas crece la selva indígena, donde nace el yabí, de recio tronco, donde las ramas del algarrobo crecen en zig-zag, como el relámpago, donde da el arazá su azucarado fruto, y el guayacán enano, abre sus flores, blancas como lunas. |
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Canto IV |
| Canto V Y a la vez que las mujeres prendían los fuegos en los toldos, Tupá, el Latar, el iluminador del mundo, fatigado empezó a encender la hoguera del Poniente, mientras el cielo, por el extremo opuesto, se fue tiñendo de un triste gris azulado. El bosque comenzó a iluminarse de anaranjada luz; y a esta señal, que revelaba la aproximación de la noche, el ipecú dejó de golpear en los troncos; la taimada micuré se ocultó en su madriguera, y el pájaro de fuego ganó las altas ramas de los árboles. Las últimas bandadas de torcazas abandonaron la campiña y los barrancos, y en las lagunas, la garza rosada se inmovilizó sobre una de sus patas zancudas. Entonces los Espíritus de las Sombras, los Tau, soplaron sobre la inmensa hoguera del Poniente, obedeciendo al mandato de Añang, y la luz se evaporó de la tierra, y jugueteó un momento entre las nubes de amatista y cuarzo. Después se fué diluyendo paulatinamente, y con las primeras sombras azules aparecieron los mbopíes, que comenzaron a ejecutar locos vuelos. Había llegado el momento en que el ñacurutú pasea su mirada llena de asombro por el bosque, y en el que Añang suelta los Espíritus del Mal. Bajo los árboles, tres cazadores estaban en acecho. Eran Ibitú, Tawató y Tubayuca, el matador. -Cacemos a orillas del río -propuso Tawató. Entonces, los tres guerreros comenzaron a hundirse en la selva. Avanzaban silenciosos, sin dejar de mirar cuidadosamente las enredaderas, los arbustos y la tierra que iban pisando, para evitar la picadura de las víboras y de las gigantescas y venenosas arañas, de ojos saltones. El cocuyo comenzó a guiñar su ojo de luz y gran cantidad de insectos, ocultos en las matas, o entre los amarillos pajonales, afilaron sus voces monótonas. Por último, tras una vorágine de molles, semejantes a colas de aguaráes, de sarandíes luminosos, de virarós, de espinillos y de ceibos, divisaron al anchuroso y encrespado río, que levantaba sus anillos de culebra, y donde Guidri, la luna, había posado su mirada blanca. El follaje que bordeaba el río era semejante a la lacia cabellera de Ivaga. Por eso, el guerrero evocó a la joven charrúa y la imagen de ésta se presentó ante él, ya jugando a esconderse entre los matorrales o en los barrancos, con otras muchachas ya sentada a la lumbre de las fogatas, que teñían su cuerpo con reflejos rojos o amarillentos. Muchos hombres deseaban tomarla por mujer, y llevarla a sus garupáes o tolderías de pieles. Pero Asurúa, su padre, sólo la entregaría a quien le trajese la cabellera del tubichá tupí-waraní. Tawató a causa de su extrema juventud, no había podido combatir en ninguna de las grandes batallas, tomando solamente parte en la guerra de escaramuzas que continuó después de la derrota de Amapitubí, su padre; pero ahora que los guerreros se preparaban para librar una, buscaría a Samoú en medio de sus tribus y con su lanza le arrancaría la vida de su pecho y con el hacha de piedra, lo despojaría de su sangrante cabellera. Y al pensar esto, el pecho del guerrero se dilataba, bajo la mirada de nieve de Guidri, ipora de los tristes. Pero, de pronto, los cazadores se enderezaron sobre sí mismos, y se miraron unos a otros, porque el viento trajo hasta ellos el olor del yaguareté, al principio débil, pero en seguida más perceptible. -El yaguareté viene a beber en el río -anunció Tubayuca. Con sus ojos rasgados, perforaban los cazadores la penumbra de la selva, mientras sus manos apretaban nerviosamente las flechas, y probaban la elasticidad de los arcos. Tubayuca extendió bruscamente su lanza, y su compañeros, siguiendo la dirección que ésta señalaba, distinguieron, a través de los árboles, en un claro iluminado por la luna, cómo se recortaba la sinuosa y furtiva silueta del yaguareté. Los charrúas no podían distinguir su color amarillo rojizo ni sus manchas negras, pero lo reconocían por sus movimientos sigilosos y suaves, y por sus dimensiones superiores a las del puma. La fiera se movía silenciosa, como los espíritus malignos, cuando, obedeciendo al mandato de Añang, se deslizan entre los árboles, en busca de alguien sobre quien descargar sus furias volcánicas. Con la cabeza baja, olfateaba los débiles y casi borrados rastros de los animales, y sus elásticas y poderosas patas se apoyaban en la tierra con tal cautela, que no crujía ni una sola rama, ni tropezaba con las enredaderas que encontraba a su paso. Imprimía un ligero vaivén a su cola, cuya extremidad se retorcía con movimientos espasmódicos, como los de una serpiente moribunda. El yaguareté no podía distinguir a los cazadores porque éstos se hallaban ocultos tras unos tupidos arbustos. Por otra parte, el viento, que soplaba de la fiera a los charrúas, no permitía a aquélla olfatear el peligro. Se hallaba a más de dos tiros de flecha, cuando llegó al río, y los charrúas le perdieron de vista, debido a la densa vegetación que crecía en la orilla. Tubayuca se dirigió a sus compañeros y les preguntó en voz baja: -¿Esconderemos el valor de nuestros pechos, y fuerza y resistencia de los brazos en el momento de combatir? Entonces dijo el viejo Ibitú, lleno de prudencia: -El yaguareté tiene poderosos colmillos, y bien armadas zarpas. Con ellas abrirá nuestra carne y triturará nuestros huesos. Para defender el suelo charrúa, se necesitan muchos guerreros valientes y por eso, no debemos luchar con la fiera, mientras podamos retirarnos sin ser vistos. Pero al oir las palabras de Ibitú, Tawató clavó en él, su mirada de tormenta: -¡Un hijo de Amapitumbí no puede temer las garras de las fieras ni las armas de los hombres! -exclamó-. Mi cuerpo tiene la dureza del yabí y la agilidad del guasubirá, cuando corre en la campiña, aterrado por el silbar de nuestros saiusams. Si Ibitú no tiene fuerzas para combatir, que vuelva solo al campamento. Los ojos de éste se encendieron como brasas, al mirar a Tawató; pero se sobrepuso, y las palabras se adormecieron en sus labios. Cuando los cazadores avanzaron hacia la fiera, Ibitú no se separó de ellos; pero ignoraba que Añang, oculto tras las ramas de un árbol lo señalaba -con sus manos finísimas- a los Malos Espíritus que tenía a su alrededor. Era fría y burlona la risa de Añang, pero los charrúas no alcanzaban a oirla. Caminaron un corto espacio entre los árboles, y divisaron entonces al yaguareté. Este, con sus oídos agudos, había sentido los pasos de los guerreros, y avanzaba hacia ellos. Al verlos, se detuvo, y los charrúas hicieron lo mismo. Cuando se enfrentó a sus enemigos, la fiera no atacó inmediatamente, sino que hizo un pequeño rodeo. Sin duda conocía por experiencia, lo peligrosos que eran los cazadores, que sabían herir a la distancia con sus palitos voladores. Por otra parte, no eran de carne sabrosa como la del guasubirá, a quien hubiera preferido. Tenía fijos en los guerreros sus ojos amarilloverdosos, y comenzó a rugir en una forma que era casi un maullido. Su cuerpo y sus músculos se encogieron; bajó la cabeza, y mostró los enormes y afilados colmillos. Los charrúas observaban atentamente los movimientos de su cola; sabían que ésta les delataría el instante del ataque. El yaguareté, dudando todavía, lanzó una mirada de relámpago a la penumbra de los árboles, buscando una presa más de su gusto. Pero la selva estaba desierta, lejana la campiña y el hambre torturaba sus entrañas. Su cola empezó a dar más rápidos y nerviosos latigazos, y a esta señal los charrúas fueron levantando sus arcos. De pronto, la fiera lanzó un maullido agudo, y dió un primer salto hacia los charrúas. Y en seguida, su cola se puso erecta, y el animal emprendió tan rápida arremetida, que parecía que sus pies no tocaban el suelo. Entonces los cazadores soltaron las cuerdas de sus arcos. Una flecha le hirió una pata; otra, le rozó un flanco, pero el yaguareté continuó embistiendo. Era difícil el manejo de las armas, en medio de los matorrales. Ibitú no había arrojado aún su flecha, y se adelantó unos pasos, para tomar puntería con más facilidad. La saeta, dirigida por sus hábiles brazos, voló, más veloz que el águila, y se enterró entre la paleta de la fiera. Esta vaciló, a causa del dolor; se retorció enloquecida, lanzando un aullido pavoroso, y dentro de su ser estalló el vértigo de la destrucción. Saltó de nuevo hacia los flechadores, e Ibitú, empuñando su formidable hacha de piedra, le salió al encuentro. La blandió en el aire, ejecutando un pequeño molinete, y la abatió con fuerza sobre el yaguareté. Pensaba abrirle el hocico, y romperle los incisivos colmillos, pero la fiera saltó sobre él, irresistible. El charrúa perdió el equilibrio y cayó de espaldas, mientras la bestia, ebria de furor, le abrió a zarpazos el pecho y el vientre. Tubayaca y Tawató, con su lanzas, acosaron al yaguareté por ambos flancos. Un relámpago de odio brotó de los verdes ojos de la fiera, al lanzarse sobre el hijo de Amapitumbí, pero éste la hirió con su lanza en el cuello, y Tubayaca le introdujo la suya en el blanco vientre. Entonces la fiera lanzó una queja desesperada; sus patas se paralizaron y se aflojaron los poderosos resortes de sus músculos, mientras los guerreros volvieron a hundir en ella las puntas de sus lanzas, triangulares y planas, como cabezas de serpiente. El yaguareté quedó inmóvil, la cabeza apoyada en la tierra, y extendido largamente su gracioso y manchado cuerpo, que la noche de luna redonda había tornado celeste. Jadeaba con ronca respiración y la sangre de sus heridas caía sobre la tierra, culebreando en diminutos ríos; la flecha introducida entre la paleta, se sacudía temblorosa, a cada movimiento del animal. Los dos charrúas se acercaron al guerrero moribundo. Este, después de observar la victoria de sus compañeros, se sentía vengado. Miró fijamente a Tawató y quiso decirle algo, pero las palabras no subieron hasta su boca; entonces, hizo girar penosamente la cabeza y contempló al yaguareté un breve instante. Apretó sus mandíbulas, para no lanzar un solo gemido. Luego, su cuerpo se retorció como la llama de la hoguera y el guerrero quedó rígido. Tawató inclinó confusamente la cabeza sobre el pecho, mientras golpeaba con la punta de su lanza las raíces de un fuerte y añoso árbol, que asomaban a la superficie de la tierra, como las patas de una araña inmóvil y monstruosa. Una ola de sombríos pensamientos barrió todo su ser, y el remordimiento -como un cuervo maldito- pasó graznando lúgubremente, en los cielos nublados de dolor, de su alma. El viejo Ibitú, le había enseñado a él, joven charrúa, el valor de la cautela, y cómo debía morirse sin retroceder un paso y sin lanzar un gemido. Cuando vieron que ya nada podían hacer por Ibitú, se acercaron a la moribunda fiera. Esta, al verlos venir, levantó la cabeza con inquietud; sus ojos se iluminaron de angustia e intentó hacer un movimiento para huir. Al ver esto, Tawató sintió que su pecho se endurecía, y que el desprecio y la cólera entraban en él. Agitó con rabioso frenesí su hacha de piedra y la abatió con fuerza sobre el yaguareté, al mismo tiempo que gritaba: -¡Que aprenda a morir como un charrúa! La fiera lanzó un aullido agudo y desesperado; su vientre se abrió y salieron por él, las rojizas y azuladas entrañas. Movimientos espasmódicos, cada vez más débiles, convulsionaron todo su cuerpo; luego, la luz de sus ojos comenzó a helarse y éstos se volvieron opacos. Tubayuca se adelantó hacia Tawató, preguntándole: -¿A quién corresponden los despojos de la fiera? El hijo de Amapitumbí tendió su brazo armado del hacha en dirección a Ibitú, y le contestó: -Cuando aquel guerrero duerma su sueño frío en la cumbre de algún cerro, rodeado de vasijas con alimentos y de armas para defenderse en la otra vida, ceñiremos a su cuerpo, la piel del yaguareté. Tubayuca asintió con un gesto a las palabras de Tawató, y dirigiéndose a donde estaba el cadáver, lo colocó sobre sus hombros, mientras el hijo de Amapitumbí comenzó a arrastrar el cuerpo de la fiera. Y así, marchando calladamente a través de los árboles, y siguiendo la orilla del encrespado río, se encaminaron al campamento. Durante el camino, los charrúas pensaron en su victoria, obtenida sobre tan temible animal. Pero cuando Tawató divisó a las gigantescas y suplicantes fogatas, que desde las lomas convocaban a los últimos charrúas, lamentó en silencio su imprudencia, y en vano trató de disipar sus tristes pensamientos, tomando parte en un simulacro de combate alrededor de las hogueras y embriagándose con licores de plumas y ñangapirés, en medio de una orgía salvaje. |
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Canto VI |
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Canto VII |
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Canto VIII -Pareheros tupí-guaraníes vienen a hablar contigo -dijo a Asurúa. |
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Canto IX |