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La voz que nos llega desde las tablillas cuneiformes (II)
Hyalmar Blixen

En artículo anterior aludíamos a la aventura del hombre desde los tiempos remotos, por encontrar medios para fijar pensamientos que podían escapársele de la memoria. Y así se formaron cantares muy notables, algunos de los cuales ha sido necesario reconstruir pieza por pieza, pues muchas veces la tableta de arcilla aparece quebrada en la excavación, pero esa lengua se puede completar en ocasiones con el texto del mismo cantar aparecido en otros lugares. De la lectura de textos tan arcaicos llegamos a la conclusión siguiente: si bien el hombre de cincuenta siglos atrás era diferente en sus vestimentas, costumbres, creencias religiosas, ritos y poco conocimiento científico y geográfico, su corazón, sus sentimientos no difieren de los del hombre actual. Debemos, pues, sentir comprensión por sus alegrías porque siguen siendo las mismas que tenemos, y tender un puente de solidaridad intelectual a través de los siglos; no olvidarlos, leerlos porque ellos escribían también para la posteridad.

El cantar de Guilgamesh

El más célebre texto épico del Oriente cercano fue "El Cantar de Guilgamesh", nombre que le damos hoy, pues los pueblos de la antigua Mesopotamia titulaban sus libros por el verso inicial. En este caso era conocido por "Sha naqba imura", que significa "Aquel que ha visto el fondo de las cosas". Guilgamesh el rey de Uruk, una de las ciudades antidiluvianas, pues el diluvio existió en esa región cuando tremendas crecientes del Eufrates y el Tigris sumergieron las ciudades de las orillas, causando una mortandad de la que pocos escaparon. Todavía no se había inventado la escritura y la catástrofe se transmitía de generación en generación por tradición oral. Para ellos se había anegado la tierra, de la que tenían un concepto restringido a la zona en la que habitaban y la de los pueblos vecinos. Las generaciones actuales cayeron en el error de creer que se trataba de una inundación planetaria; a veces los antiguos no tienen culpa de las interpretaciones de las generaciones ulteriores.

Guilgamesh, hijo de un rey y de una diosa, abusa de sus enormes fuerzas y causa el descontento de la ciudad. Los habitantes solicitan de los dioses un castigo para ese rey que se comporta como un tirano. Anu, el dios principal, manda a Araru, la que moldeó al ser humano, de barro, que haga a un hombre de gran fortaleza física, capaz de castigar a Guilgamesh. Ella obedece y es formado Enkidu, que al principio vive entre las bestias del campo, ignorante, incluso de su condición humana. Guilgamesh tiene sueños premonitorios (lo onírico es elemento importantísimo en el Cantar) y por ellos sabe de la existencia de ese ser. Le envía, para debilitarlo por la magia sexual, a una "kadishtu", una prostituta sagrada del templo de Ishtar, diosa del amor y de la fecundidad. El acceso de Enkidu a la hieródula le hace comprender su condición humana. Enkidu va a Uruk y tiene un tremendo pugilato con Guilgamesh; el cantor anónimo dice que en la contienda rompían puertas y paredes. Cuando Guilgamesh pone una rodilla en tierra su ira se aplaca; ha encontrado su igual, un compañero que lo ayude a correr aventuras épicas. El mismo sentimiento de admiración siente por él Enkidu, y una fraternidad indestructible se produce entre estos dos héroes. Se dedican primero a cazar leones a flechazos, pero luego emprenden la hazaña de cortar cedros en una región montañosa que parece ser el Líbano. Esa selva está custodiada por Humbaba, una especie de gigante o cíclope, pues a veces se le representa en las estatuillas con un solo ojo. El viaje hasta la selva donde mora Humbaba es rico en episodios y en sueños premonitorios. Vencido y muerto éste, ocurre que la diosa Ishtar se enamora de Guilgamesh, pero el héroe la rechaza ofensivamente porque ella tenía, como la Circe homérica, la costumbre de convertir en bestias a sus amantes una vez que se hastiaba de ellos.

Despechada, Ishtar logra del gran dios Anu la creación de un Toro Celestial, cuya representación se ve a veces en paredes de templos de Mesopotamia. Pero ambos héroes vencen al Toro Celestial. Tantas hazañas atraen la "hyoris" y la Asamblea de los dioses resuelve castigar con la muerte a uno de ellos.

Se decide que muera Enkidu. Cuando este héroe enferma y fallece, Guilgamesh se entrega a grandes extremos de aflicción, comparables a los de a los de Aquiles ante la muerte de Patroclo.

La búsqueda de la inmortalidad

Al ver muerto a Enkidu, recién comprende Guilgamesh lo que significa la destrucción, pues la ve en un ser querido; antes le era indiferente, porque quienes caían eran adversarios.

Espantado de ver lo que la muerte decide buscar la inmortalidad. Sabe que Utnapishtim, el Noé de los relatos de Mesopotamia, la ha recibido de los dioses y mora en una isla del océano. En su búsqueda llega al País de los Hombres Escorpiones, baja por el túnel por donde los antiguos creían que Shamash, el Sol, descendía para volver a aparecer del lado de Oriente, llega al Jardín de las Delicias, donde la escanciadora Siduri le ofrece el vino, que da el olvido del dolor de existir; Guilgamesh lo rehusa y viaja, junto al barquero Urashunabi, hasta la isla donde está Utnapishtim.

Este le cuenta que los dioses lo salvaron del diluvio, del cual hace una descripción muy similar a la de la Biblia pero más dramática y literariamente superior. Luego, compadecido le indica que existe el arbusto de la inmortalidad y que está en el fondo del océano. Guilgamesh se ata una piedra a la cintura, desciende bajo el agua y corta una rama. Si hubiera comido de sus frutos enseguida habría logrado la vida imperecedera, pero quiere llevarla a Uruk, plantarla allí para que la humanidad sea inmortal, cosa que no permiten los dioses. Guilgamesh la ha merecido, pero el resto de los hombres no. Por eso se la roba una serpiente. Guilgamesh llora, pero al fin se consuela con la búsqueda de otra inmortalidad, la de la fama, para lo cual levanta las murallas de Uruk cuyas ruinas pueden aun ser apreciadas.

Otros cantares sumero - akkadios

El "Enuma elish", que significa "Cuando en la altura" porque así comienza el que a veces llamamos "Poema de la Creación", narra la lucha del dios Marduk, de Babilonia, para destruir al monstruo Tiamat, un demonio hembra que representa el Caos. Al vencerla, de sus partes hace el cielo, la tierra, y distintos elementos. Su pareja, el dios Kingu, es sacrificado, y con la sangre divina, pero culpable, es creado el hombre, que participa, pues, de esa doble condición.

Otro texto que vale la pena mencionar dentro de los grandes poemas es el "Descenso de Ishtar a los infiernos", del que hay varias versiones. La diosa va en busca de su amante, Dummuzi, que le pertenece durante ocho meses mientras los otros cuatro le corresponden a la hermana de Ishtar, llamada Preshkigaal, diosa infernal. A cada cámara, el portero infernal le quita la corona, joyas mágicas, ajorcas y por fin la túnica. En realidad el mito de la diosa desnuda simboliza el invierno. Intervienen los dioses, e Ishtar vuelve a la tierra dejando en rehén a Dummuzi. Su vuelta da por resultado la primavera. El poema es largo, hermoso y tiene una serie grande de peripecias. Podría ser emparentado con los relatos simbólicos de Deméter y Proserpina o el mito de Dionisos, pues todos ellos coinciden con la explicación de los cambios de las estaciones, que tanto impresionaban a los pueblos agrícolas primitivos.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

26 de diciembre de 1989

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