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La poesía existencial de los aztecas
Hyalmar Blixen

Los nahuas en general concebían al mundo como un proceso dinámico logrado por la lucha de tremendas fuerzas cósmicas, fuerzas encarnadas por dioses; ese antagonismo, esos combates fabulosos, producían la actividad del universo. En la raíz de la creación, en el momento en que nada estaba formado, sólo existía por sí mismo -"sólo se mantenía en pie"- decían los cantares aztecas, -la divinidad llamada "Huehuetéotl" (dios viejo) la que se diversificaba en dos seres: masculino y femenino. En el primer aspecto se le designaba "Ometéotl" (Señor de la Dualidad) y en el segundo "Omecíhuatl" (Señora de la Dualidad). También recibía otros nombres según se refiriera a unos u otros elementos y actividades; así, esta pareja se llamaba también "Citlallatonac" (Estrella que hace lucir el día) y "Citlalinicue" (Falda de estrellas); dichas designaciones parecen referirse a la divinidad como dueña del espacio. Aún por otro nombre, Ometéotl era llamado "Xiuhtoctli" (de "Xihuitl", hierba o año) a cuya designación se anteponía la palabra "Tetl" (fuego) por lo que significaba: "El fuego, señor de la vegetación (o señor del año)". Y en relación con la creación de la vida, especialmente la humana, la pareja divina era invocada como "Tonacateuctli" y "Tonacacihuatl" (señor y señora respectivamente de nuestra vida o mismo de nuestra carne) ya que "Tonacáytl" significa vida.

En la mitología azteca esa deidad suprema pasa, de una etapa inicial de reposo o sueño, a otra actividad o creación. Para ello se diversifica en cuatro dioses, rectores de los cuatro puntos cardinales y de las cuatro edades del mundo anteriores a la quinta y última en la cual, según ellos vivimos: esos cuatro dioses son las fuerzas activas del cosmos. Son los cuatro Tezcatlipocas: el primero rojo, dominaba el este, la región llamada Tlapallan (o "País del rojo color"); también llamado Tlatloc, era dios de las lluvias. El segundo Tezcatlipoca era negro. Terrible y poderoso, gobernaba el norte, o sea el País de los muertos. Estaba identificado con Mictlanteuctli (o Señor del Mictlán): así se llamaba la región de la muerte. El tercer Tezcatlipoca era blanco y reinaba en el oeste, lugar de regalo, abundancia y vida. Estaba identificado con Quetzalcóatl (Serpiente emplumada de quetzal). Era un dios civilizador. El cuarto Tezcatlipoca era azul y ejercía en el sur su preponderancia. Se le llamó de varias maneras y los aztecas lo asimilaron a Huitzilopochtli ("Colibrí hechicero").

Estos desdoblamientos de dioses tienen un fondo filosófico notable y revelan una curiosa concepción del universo expresada en rutilante simbolismo, no inferior a la de los antiguos pueblos de Oriente. Además, los mitos en los que se narran las luchas cósmicas entre estas divinidades son de una maravillosa poesía, deslumbrante y terrible e indican un esfuerzo considerable por explicarse, de algún modo coherente, el misterio de la existencia. Pero, por otra parte, son centenares de dioses, muchedumbre de dioses los que pulularon en la imaginación de aquel pueblo, subordinados unos a los otros, hipóstasis o manifestaciones de cierta actividad secundaria de alguna deidad principal. Todo ese intrincado tejido de mitos debía pesar sobre el hombre del México prehispánico y más si se recuerdan los cultos sangrientos, tales como la muerte de cautivos en lo alto de los "teocallis" o el "sacrificio gladiatorio" por el que el prisionero tenía derecho -si era un héroe- a morir combatiendo, así como también la institución de la "xochiyáyotl" ("guerra florida") torneo reglamentado que tenía por objeto capturar prisioneros cuyos corazones fueran luego ofrecidos a las deidades.

El hombre que estaba sometido al poder de estos ritos, o mitos debía sentir el fatalismo avasallante de esa construcción mental en la que se había enredado hasta hacerse una simple pieza dócil de esa maquinaria ideológica; pero la persona de pensamiento independiente, que existió en todos los pueblos, bajo todos los regímenes políticos y sociales y bajo todas las religiones, ¿qué sintió? ¿Cómo trató de escapar a esa trampa poderosa de mitos, torturantes las más veces? Cuando un lector de hoy lee superficialmente acerca de la religión de un pueblo primitivo, tiene una tendencia a simplificar, suponiendo que todos creían en tales o cuales dioses, pero un estudio más profundo le revela las grandes dudas que por lo menos muchos de aquellos hombres tenían acerca de sus propias representaciones filosófico-religiosas. Pasajes de Confucio en la China, fragmentos del Ramayana en la India, poemas de Omar Al Khayyam en Persia y la obra de tantos pensadores de occidente nos revelan la existencia de dudas o de negaciones ante esos sistemas demasiado cerrados, ante esas construcciones teológicas que están comprometidas con mitos antiguos, que les pesan y de los que no les es posible desprenderse.

El pensador de México precolombino se halló también ante la puerta cerrada de los grandes misterios y comprendió que el engranaje de los hermosos y rutilantes cantares cosmogónicos no resistía a un análisis severo de la mente. Y así nació una corriente de poesía llena de dolor y de escepticismo, plena de angustia existencial, poesía filosófica que surgió del naufragio de una caduca concepción del mundo, aunque aún sostenida por el prestigio y el aparato oficiales. Si nos acercamos más a la manera de pensar del hombre precortesiano, vemos que en sus ideas religiosas no siguió una dirección única. Como lo señala Caso, las clases incultas del imperio azteca tenían una inclinación a exagerar el politeísmo, separando dioses que en la mente de los sacerdotes eran hipóstasis de deidades superiores. Por otro lado había también otra tendencia, hacia el monoteísmo, en una minoría de filósofos como el famoso Netzahualcóyotl, que adoraban a la divinidad invisible, ubicua, eterna, llamada Tloque Nahuaque o también Ipalnemohua, al cual dedicaron hermosos himnos, joyas de aquella poesía lírica.

No obstante otros pensadores tenían una concepción más trágica de la existencia, una concepción de la vida vista como una cosa dolorosamente fugitiva, como un estado de sueño que se disuelve tal vez en un no ser, no pensar, no sentir. Este breve poema filosófico que citamos a continuación, traducido del náhuatl, como los demás, luego citados por Angel María Garibay K., nos presenta a un hombre asido a la existencia, pero con la conciencia de lo efímera que es su vida:

"Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar.

no es verdad; no es verdad que venimos a vivir en la tierra.

En hierba de primavera venimos a convertirnos;

llegan a reverdecer, llegan a abrir sus corolas nuestros corazones;

es una flor nuestro cuerpo; da algunas flores y se seca".

Ningún consuelo o esperanza del más allá aparece en el poema; sólo la lamentación de la brevedad de la vida, que es como un sueño y del hombre, que es como una flor que inmediatamente se marchita. Y eso porque sólo en la vida terrenal pone todo el valor y toda la fe. Los goces de la existencia son hermosos, pero dolientemente fugitivos. ¡Qué pequeño es el instante que vivimos y cuán enormes los arcos del tiempo! Nada subsiste; la muerte no respeta ni lo fuerte ni lo hermoso; de ahí nuestro entristecimiento al contemplar ese pequeño rayo de sol que día a día abandona nuestro cuerpo. Así, otro poeta azteca canta:

"¿Acaso es verdad que se vive en la tierra?

¿Acaso para siempre es la tierra?

¡Sólo un breve instante (estaremos) aquí !

Hasta las piedras finas se resquebrajan,

hasta el oro se destroza, hasta las plumas preciosas se desgarran.

¿Acaso para siempre es la tierra?

¡Sólo un breve instante (estaremos) aquí !

La tristeza de morir, la melancolía de desaparecer totalmente, llevó a ese sector de poetas precortesianos a buscar, como una compensación, el placer y especialmente la gloria terrenal, por considerar a ésta, única cosa que tiene cierta apariencia de inmortalidad, única esencia que si también se disuelve, lo hace más lentamente, más dulcemente. Así señala otro poema:

"¿Conque he de irme, como las flores que perecen?

¿Nada será mi nombre algún día?

¿Nada será mi fama en la tierra?

¡Al menos, flores, al menos, cantos!

¿Cómo hará mi corazón (para sobrevivir)?

¡Ay! ¡En vano pasamos sobre la tierra!"

En otro cantar el poeta anónimo se hace las grandes preguntas misteriosas. Inquiere sobre la vida y la muerte; la vida le parece una mezcla de bien y mal; ni uno ni otro están presentes en el hombre en estado de pureza. En tales condiciones, ¿vale la pena elevar un canto? Igualmente el poeta irá a reposar bajo la tierra. Entonces, por una rápida transición, se pregunta: "demos créditos al corazón: ¿es acaso nuestra morada la tierra?" ¿O es que habremos de vivir nuevamente y volverán nuestros padres a nacer y engendrarnos? Así, exclama:

"¿Acaso por segunda vez

habré de sembrar mi carne

en mi padre y en mi madre?

¿Acaso echarán nuevos brotes

volverán a engendrar hijos

otra vez sobre la tierra?

Y con esto suelto el llanto:

nadie ignora que en la tierra

ellos nos dejaron huérfanos".

Al poeta le han enseñado que existe una región del más allá, que hay trece cielos y nueve infiernos, pero su inteligencia le dice que no hay camino alguno que lleve a ellos, aunque su corazón tenga esperanza y así, entre estas dos posibilidades se pregunta:

"¿En dónde está el sendero

hacia la región de la muerte?

¿Por dónde se baja

hacia la mansión de los muertos?

¿Se vive acaso, en verdad,

allí, donde ellos se han congregado?

¿Hay que creer a nuestro corazón

que los que se van de entre nosotros

son alojados y revestidos en la Casa de la Luz

por el Vivificador?

¿Acaso allí los veré?

¿He de fijar la mirada

en el rostro de mi padre y de mi madre?

¿Vendrán ellos acaso a ofrecerme

su cántico y su palabra,

esa palabra que acá busco?

Nadie ignora que en la tierra

ellos nos dejaron huérfanos".

El deseo de volver a ver a sus padres muertos hace más triste esta meditación filosófica, arroja una nota de consternación en la encendida desesperanza de este poema, hecho exclusivamente de preguntas que quedan en el aire, sin respuesta, y que se disuelven y renacen, según los avatares que la esperanza sufre en nuestro corazón. Poema de los acasos, su autor anónimo ha enfrentado los mitos de las muertes y las resurrecciones, para hacer una sóla afirmación: la de que somos una humanidad de huérfanos, que ninguna cosa puede esperar con seguridad, salvo su propia disolución indudable, probada por la fatal muerte de los antepasados, cuya vida es solamente ahora recuerdo y niebla de sueño.

El escepticismo azteca no es, sin embargo, ateo; no concibe una casualidad que haga y deshaga los mundos. Cree en un dios que nos forma, pero que nos destruye cuando se hastía de nosotros, un dios que se sonríe ante nuestros sufrimientos y que no nos estima en nada. Cuando llega a este grado de meditación, la poesía azteca se hace más hondamente patética, porque, si concibe a la divinidad, es para acusarla de tanto dolor como hay en el mundo. Así se dice en otro poema dirigido al Dador de la Vida, como se le llama y en el que se alude al destino de los hombres:

"Tú los vas destrozando como a las esmeraldas

y también, como a las pinturas, los vas borrando tú.

Todos se van unidos al Reino de los Muertos

allí, en donde está el sitio en el que todos nos perdemos.

¿En qué nos avaloras, oh dios?

Así vivimos y así también morimos.

¿A dónde vamos a perdernos nosotros, tus vasallos?

¿Dónde iremos al fin?

Lloro, pues cuando tienes hastío, Dador de la Vida,

las esmeraldas se quiebran, las plumas finas se desgarran.

¡Tú, te estás mofando! ¡Nada somos, en nada nos estimas

y nos destruyes aquí!"

Domina, pues, en este tipo de poesía -el icnocuícatl- la idea de que la vida es una cosa hecha para nutrir a la muerte. Pero la muerte es una cosa misteriosa, silenciosa, infranqueable para el que ha traspasado ya sus límites y quiere volver, infinita, una oscura disolución de los colores, de las formas, de las risas, de las flores, de las esmeraldas, símbolos éstas de la existencia. ¿Disolución para renacer? No lo afirmaban ellos más de lo que podemos afirmarlo nosotros. Planteaban el problema y lloraban ante la Esfinge que devora.

 

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

21 de Junio de 1964

 

 

 

 

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