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La historia de Sinue; cuento egipcio
Hyalmar Blixen

Preponderante es el lugar que ocupa, en la literatura egipcia del Imperio Medio, la "Historia de Sinué", en función, no sólo de la calidad del relato en sí, sino también del hecho de que ha llegado hasta nosotros una buena cantidad de copias, muchas de las cuales se conservan completas. No todos los cuentos elaborados por el pueblo del Nilo han tenido esa suerte; así, "El rey Keops y los magos", "El viaje de Unamún" y otros, nos han llegado fragmentariamente.

Durante el Imperio Medio, como lo señala Drioton, textos antiguos se copiaron continuamente, no sólo sobre papiro, sino sobre trozos de caliza llamado "estraka" y se piensa que esta profusión de copias se deba a que eran utilizados en las escuelas de escribas y bibliotecarios. La literatura del Imperio Medio cuenta, aparte de los textos didácticos, que son importantes y reflejan la mentalidad del egipcio de aquella época, textos proféticos, como el de los "Vaticinios de Neferti" que tienen semejanza con los hebraicos.

Hoy dedicaremos atención a uno de los cuentos, género que en Egipto  adquirió un desarrollo curioso y llegó al nivel de obra de arte. A veces compuso aquel pueblo el cuento de tipo fantástico, cuya expresión más acabada está en el de "Anub y Bata" (o "Los dos hermanos") a veces el de manifestación realista de la vida, como el de "Las quejas del fellah", del que ya nos hemos ocupado en este Suplemento (ver número de noviembre 10 de 1963) y la "Historia de Sinué"de la que trataremos hoy; esta última procede de un papiro descubierto por Chabás, el famoso egiptólogo, en 1863.

La "Historia de Sinué" tiene una fácil ubicación histórica; se desarrolla durante el reinado de un faraón de la dinastía XII. Sinué, el protagonista del cuento, narra él mismo sus aventuras; el relato, en primera persona, tiene así un marcado carácter subjetivo, que de otro modo quizá no hubiera llegado a poseer.

Sinué es un noble importante de la corte, un administrador de dominios de Amenemhat I, el faraón fundador de la dinastía XII. Este estableció su palacio y pirámide en Ittaui, una región del Norte, entre Menfis y el Fayum (gran oasis artificial logrado por obturación de uno de los brazos del delta del Nilo). Amenemhat I fue un monarca activo y buen administrador, que organizó, entre otras cosas, las potestades y límites de los "nomos", o reparticiones administrativas del antiguo Egipto. No obstante, parece que al final de su vida fue amenazado por algunas conspiraciones de palacio y hay sospechas para suponer que en una de ellas pereció.

En el cuento, Sinué no narra estos antecedentes, quizá porque ya eran conocidos o tal vez porque el autor anónimo no quiere comprometerse; simplemente dice:

"El año 30, el día noveno del tercer mes de la inundación entró el rey en su horizonte; el rey Amenemhat se lanzó al cielo, se unió con el sol y su "sahu" (cuerpo divino) quedó absorto en aquel que lo había creado".

Quizá Sinué sabía mucho de esta conspiración palaciega, aunque es evidente que no estaba involucrado en la misma; su mismo cargo de servidor de la princesa Nefru, hermana y esposa del sucesor del trono, Sesostris I, le daba acceso a todos los rumores del palacio. El príncipe heredero, Sesostris, no estaba entonces en Ittaui, la capital, sino que conforme al plan elaborado por su padre, guerreaba en Nubia, a fin de ensanchar la dominación egipcia. Es de notar que la polítca de los faraones de la dinastía XII fue de simple contención y amistad para con los pueblos del Asia, pero expansionista en Africa. Sesostris había obtenido en Nubia algunas victorias; cuando recibió el mensaje de la muerte de su padre, se dirigió a la capital con su séquito.

Entre tanto Sinué cuenta la consternación que reinaba en el palacio lleno de silencio:

"Las dos grandes puertas permanecían cerradas. Los cortesanos estaban en cuclillas, con la cabeza sobre las rodillas. El pueblo se lamentaba amargamente".

Descripción, ésta llena de colorido; entrevemos por ella antiguos ceremoniales funerarios.

La inmovilidad, el anonadamiento de la corte, contrastan con la celeridad de Sesostris, a quien el autor del cuento compara con un halcón. Pero también se adivinan maniobras de otros cortesanos, interesados en otros candidatos a la sucesión del trono vacante, quizá los mismos que asesinaron a Amenemhat I; éstos envían emisarios a diversos hijos del faraón muerto y la confusión y el riesgo de una guerra civil y de venganzas cunde en el palacio. Más adelante trata de explicar el extraño temor que sintió entonces y dice:

"La fuga... no fue intencionada; no estaba en mi corazón y no la premedité. No sé lo que me arrancó de donde estaba. Fue como un sueño, como si un hombre del Delta se viese de pronto en Elefantina o un hombre de los pantanos, en Nubia. Nada tenía que temer; no se me perseguía, no había oído nada malo de mí, ni mi nombre andaba en lenguas de las gentes. Ocurrió que se estremeció mi cuerpo, se impacientaron mis pies, me guió mi corazón y el dios que me predestinó a la fuga me arrastró".

Es un pasaje que valdría la pena analizar desde el punto de vista psicológico para entender algo del alma egipcia en relación con todo lo que significara poder establecido. Además, el cuentista nos deja bien en la sombra la íntima motivación de la fuga. ¿Es que Sinué, sin participar en la conjura, sabía cosas que debió decir? ¿Es que tuvo miedo, simplemente, de que se le creyera conocedor de las mismas? Pero, ¡si el cuento ni siquiera habla de dicha conjura! Este texto, uno de los más venerables de la literatura, nos aclara, un poco más adelante, la causa de ese temor: imagina Sinué que estallará la guerra civil y que perderá la vida en las luchas que van a seguir. Sin embargo, Sinué no es un cobarde, como lo vemos más adelante y esto da más interés al pánico del protagonista, similar al miedo sorpresivo de otros héroes de la narración antigua: caso de Guilgamesh ante el cadáver de Enkidu (Epopeya de Guilgamesh).  Sinué se esconde, fuera de la ciudad, entre algunas matas, apartado del camino, luego se va hacia el sur y el cuentista nos detalla todo el itinerario del fugitivo, lugar por lugar, con una prolijidad detallista. Al fin, tras encaminarse de nuevo hacia el norte, en una larga parábola, atraviesa las fortificaciones que los egipcios tenían en Asia para contener las tribus de los beduinos y se interna en el país de estos.

Desesperado por la sed, Sinué se arroja al suelo, desfalleciente, mientras murmura: "Este es el sabor de la muerte". Pero es socorrido por los beduinos, cuyo jeque le da agua y leche y en cuya tribu vive algún tiempo. Luego pasa a otra región y de una en otra llega hasta Byblos; de allí a Kademi, donde reside seis meses y desde ese lugar se encamina a la región del Retenu superior, gobernada por el príncipe Nenschi, en cuya corte halla a muchos egipcios, lo que demuestra las buenas relaciones que con los faraones mantenía dicho jefe.

Sinué explica al jefe Nenschi cómo al faraón Amenemhat I ha sucedido Sesostris y luego hace el elogio de este último; en esta parte, la prosa cede lugar al verso. De la misma manera que en el "Libro de Job", bíblico, o en el "Diálogo del cansado de la vida y su alma", egipcio, las partes de mayor emoción lírica no están en prosa, sino en verso. En este poema se exalta casi únicamente la virtud guerrera de Sesostris; apenas un par de versos tienen un contenido diferente y son éstos:

            "Es el muy amado, el lleno de dulzura

            y a muchos ha conquistado por el amor".

Sinué queda en la región del Retenu; se casa con la hija mayor del jeque y obtiene buenas tierras donde crecen los higos, la viña, las aceitunas, la avena y el trigo, donde la miel es abundante y los ganados innumerables. Es interesante el cotraste existente entre esta forma de vida, sencilla, por medio de la Naturaleza, de cierta rusticidad, como la del Pentateuco, con la otra vida dejada por Sinué en el palacio real de Egipto, donde todo era lujo, pero también temor. El protagonista lleva, pues, una vida sin ruido, pero no desprovista de emociones fuertes, pues las pasiones de esos hombres están a flor de alma; así, nos habla de las luchas de tribus; cuenta que durante años fue jefe de las huestes del jeque Nenschi y que atacaba a los grupos rivales, quitándoles, en aquellos desiertos, los pastos y los pozos, los ganados y los esclavos. Las pasiones son , pues, duras; un fondo de egoísmo domina el cuadro, en el que los intereses materiales están en el primer plano. El amor no juega un papel preponderante, no hay el menor atisbo de romanticismo; Sinué se ha casado con la mujer que le han dado y con ella tiene hijos, pero el sentimiento no aparece por ningún lado en este cuento tan arcaico. La hospitalidad, sí, es un elemento valioso, una hermosa flor que crece en ese yermo; así cuenta Sinué:

"Los mensajeros que caminaban hacia el Norte o iban al Sur, hacia Egipto, se hospedaban en mi casa, pues yo practicaba la hospitalidad con todo el mundo, dando de beber al sediento, enseñándole el camino al extraviado y salvando al que había sido robado".

Este principio moral, tan caro a los pueblos antiguos, presente en la "Epopeya de Guilgamesh", la Biblia y los poemas homéricos, también está vivo en la literatura egipcia y especialmente en este cuento.

La prosperidad de Sinué levanta la envidia de un hombre fuerte del país de Retenu. El autor anónimo no nos dice el nombre de este hombre, sólo nos señala que era un héroe sin igual, que había vencido a todos los de Retenu. Sinué acepta el desafío y dice a su suegro: "No conozco a ese hombre, pero actúa por envidia". Y también se jacta: "Yo soy como un novillo forastero". A la mañana siguiente tiene lugar el combate singular; colocados ambos contenedores uno frente al otro, se disparan sus flechas hasta que Month, el dios de la guerra, da la victoria a Sinué. Este agrega: "Y ocurrió que me llevé los bienes del vencido y sus rebaños. Lo que él pensaba hacerme se lo hice yo. Cogí cuanto había en su tienda y entregué al pillaje su campamento. Con esto me engrandecí, aumentaron mis tesoros y se enriquecieron mis rebaños".

Sin embargo, a partir de este momento, Sinué comienza a sentir la nostalgia de la patria lejana, el valle del Nilo, con sus templos, pirámides y remansos donde crece el papiro. Y más aún que el sentimiento de patria se abre en el alma de Sinué la necesidad de prepararse para el gran viaje de la muerte, idea tan cara a los egipcios. Así pasa el tiempo entre dicha añoranza, en medio de esta necesidad tremenda que el hombre de aquellas tierras sentía de no morir, sino de resucitar delante del trono de Osiris. Para el egipcio, ya lo señalamos en otro artículo de este Suplemento, dedicado al célebre "Libro de los Muertos", la parte espiritual del ser debía, tras la muerte, encaminarse hacia Occidente, atravesando todos los peligros del mundo subterráneo, hasta presentarse delante de Osiris, dios de la muerte y la resurrección, en la sala de la doble Maat (la Verdad y la Justicia). Allí tenía lugar el juicio, de resultas del cual el alma recibía un cuerpo y vivía eternamente o era devorada por Ammit, en caso de haber llevado el difunto una vida reprobable. Pero en todo este problema que torturaba el alma egipcia era fundamental que con el cadáver se cumplieran los ritos fúnebres, embalsamamiento especialmente. Todo esto se hacía solamente en Egipto y por eso Sinué teme la imposibilidad de una resurrección, puesto que se halla lejos de ese país. Así dice:

¡Qué rejuvenezca mi cuerpo, pues ha hallado a la vejez y la ha alcanzado el mal. Mis ojos se han hecho pesados, penden mis brazos, mis pies se niegan a seguir mis deseos. Mi corazón está ya cansado y la muerte se acerca a mí. Que me conduzcan a las ciudades de la eternidad".

Por ello Sinué gestiona ante el faraón permiso para regresar a Egipto. Sesostri le contesta lleno de benevolencia: "¿Qué has hecho para que se te pueda hacer algo?No has maldecido de modo que hubiera que oponerse a tus palabras, ni has suscitado tampoco contradicción en la deliberación de los consejeros... Ven a Egipto para que veas el palacio en que has crecido, para que beses, prosternado, la tierra ante las dos puertas y puedas mezclarte con los cortesanos. Hoy has empezado a envejecer, has perdido tu potencia viril y has pensado en el día del embalsamamiento en que seas conducido a la eterna bienaventuranza. Te será consagrada una noche con aceite de cedro y las manos de Tait (diosa del arte de tejer) te colocarán las cintas. Se te hará tu comitiva el día de tu entierro; tu envoltura de momia será de oro, la cabeza de lapislázuli y habrá sobre ti un baldaquino. Será puesto en el sarcófago, tirarán de ti unos bueyes, te precederán cantores, se ejecutarán las danzas rituales; a la puerta de tu sepultura se recitarán las invocaciones de sacrificio y se matarán para ti, víctimas. Las pilastras de tu sepulcro serán de piedras blancas y estarán en el recinto de tu sepulcro los hijos del rey. No morirás en tierra extranjera, no te enterrarán los asiáticos ni serás metido en una piel de carnero. Cuida pues, de tu cadáver y ven".

He citado estos párrafos porque tienen un colorido local notable, porque están llenos de preciosos datos acerca de los ritos funerarios y porque son típicos del antiguo pensamiento egipcio. Llenos de visualidad, nos permiten acercarnos a aquel modo de pensar, tan extraño para nosotros, tan lleno de esperanza en medio de su inocencia primitiva.

Sinué, pues, reparte sus tierras entre sus hijos y se embarca para Egipto. Toca con la frente el suelo ante las esfinges y en fin, llega a la presencia del faraón, que parece un dios sobre la tierra. El cuento concluye con una descripción que el protagonista hace de la vida que nuevamente lleva en Egipto, vida que contrasta, por su refinamiento, con la rústica que por tantos años llevó en el desierto.

Este cuento es, en fin, notable por la facilidad de la narrativa, por la pintura de las costumbres, no sólo de Egipto sino de las tierras de los beduinos, por la exaltación de los sentimientos caros al hombre del Nilo, por la afluencia de lo maravilloso, por la plasticidad de las escenas evocadas. Mika Waltari, en su "Sinué, el egipcio", se ha inspirado en este viejo cuento, aunque radicándolo en otra época, la de Amononfis IV y dándole otro carácter y acción. Desiertos, mares, costumbres, razas, tiempo, nos separan del espíritu de este cuento, pero hay cosas que son eternas: el amor a la patria, el anhelo de no morir, la hospitalidad, el aferrarse a los bienes de la tierra, que nos revelan que el corazón captado por aquellos jeroglíficos sobre papiros tenía también algo de lo que aún tiene ahora nuestro corazón, cierta sed de la que no ha podido saciarse la humanidad a través de los tiempos escurridizos y sin regreso.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

9 de Enero de 1969

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