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La conquista del Mazenderán
Por Hyalmar Blixen

Como es sabido, en el mundo pasan cosas curiosas y una de ellas era la que ocurría con Kei-Kaus. Cada día se ponía menos loco, porque las muchas desgracias que le acontecieron le hicieron ganar en experiencia. Se dio cuenta que en vez de conquistar el mundo era mejor labrar la felicidad de su pueblo, impedir que hubiera hambre y hacer que todos sus súbditos fuesen lo más aventurosos dentro de lo posible. No vamos a creer que se volvió sabio, porque eso hubiera sido demasiado pedir, pero prudente, lo fue desde entonces. Decidió terminar rápidamente la guerra contra el país de los hechiceros y después dedicarse a gobernar bien a su pueblo.

Animado de estos propósitos, escribió una carta al rey del Mazenderán y envió por mensajero suyo a uno de sus vasallos, llamado Ferahd, que, si no mienten los poetas, "era señalado entre los grandes del país, activo, y nada temeroso de las fatigas". La carta fue escrita sobre seda blanca, porque todavía en Persia no se conocía el papel y en ella se mandaba al rey de los hechiceros que dejase sus crueldades y se hiciese súbdito suyo.

Cuando el rey del Mazenderán supo la llegada de Ferahd le envió a uno de los hombres más fuertes de su imperio, para hacer una broma al mensajero, que le revelase el vigor de sus súbditos. El gigante, porque lo era, llegó hasta Ferahd y a modo de saludo le apretó la mano para causarle dolor. Pero Ferahd no se preocupó lo más mínimo, ni emblanqueció ni se puso rojo y fue él quien a su vez apretó la mano del gigante hasta dejarle algunos huesos fracturados.

Al leer la carta, el rey del Mazenderán se rió estrepitosamente de las recomendaciones que Kei-Kaus le hacía:

-Nunca dejaré de ser lo que soy: un Div que gusta de la crueldad y de derramar la sangre de los persas, - gritaba en medio de grandes borracheras- e invitaba al rey persa a guerrear contra él. Todavía Kei-Kaus le envió a Rustem para convencer al jefe del Mazenderán de la necesidad de llevar una vida virtuosa, pero todo fue inútil y los dos reyes se dispusieron a librar una gran batalla.

Al fin, los dos ejércitos se hallaron frente a fremte y eran tantos los hombres, los caballos y los elefantes de combate, que, según dice el poeta:

"el aire se oscureció, la tierra se puso negra,
las espadas echaban fuego, las mazas resplandecían
como rayos brotando de las nubes oscuras;
el aire se hacía negro y luego, rojo y violado;
tantas eran las lanzas y banderas multicolores".

Y durante siete días de lucha tuvo un desenlace incierto. Por último, Rustem, pasando montando en Raksh por entre un ejército de elefantes que amenazaba a cada momento aplastarlos con sus formidables patas, llegó hasta donde estaba el rey del Mazenderán, rodeado de los más poderosos y aguerridos Divs. Al verse, se lanzaron uno contra el otro y parecían un león y un tigre combatiendo. Pero al fin, con un supremo esfuerzo de sus músculos, y su voluntad, Rustem dio tal golpe, que la coraza del rey del Mazenderán se rompió y la lanza del héroe lo hirió en la cintura. Pero cuando estaba a punto de sucumbir, el rey de los Divs, que era un gran mago, se transformó en una enorme piedra. Rustem quedó asombrado y aunque vencedor, no podía terminar con el malvado jefe enemigo, así es que fue a contarle el caso a Kei-Kaus.

Los Divs, sin embargo, al ver petrificado a su rey, se sintieron desamparados, y huyeron, dejando a los persas dueños del campo de batalla. Estos rodeaban la piedra y en vano intentaban levantarla, pues era grande su peso. Rustem volvió, cargó con ella y la llevó al campamento persa.

-Rey del Mazenderán, - le dijo al cabo -; renuncia a esta cobardía; si no lo haces, reduciré a pedazos esta piedra, aunque tenga que estropear muchas hachas.

Entonces el monarca vencido tomó su verdadera forma y todos se espantaron al ver cuán horrible era, pues tenía cabeza de jabalí, elevada estatura y expresión sumamente malvada. Kei-Kaus ordenó que se le castigara en pago de sus muchos crímenes, y luego, para que quedara cumplida la promesa de Rustem, se hizo a Aulad rey del Mazenderán, con lo que fueron retribuidos sus importantes servicios.

Y ya vencedores los persas y castigados los Divs, volvieron a su patria. Al llegar a la capital, Kei-Kaus repartió oro y piedras preciosas entre los más valientes guerreros, pero especialmente retribuyó a Rustem: le regaló un trono engarzado en turquesas, una corona real, rubíes, brillantes y perlas finísimas, cien caballos con gualdrapas de oro y plata, cien mulos de pelo negro con frenos de oro, una copa de rubí llena de almizcle puro, otra de turquesa con agua de rosa y una carta escrita sobre seda finísima, con tinta fabricada de una mezcla de almizcle, ámbar, vino y hollín, en la que se agradecía, para que eso se recordara siempre, el cúmulo de favores que había recibido de Rustem.

Después de esto obsequió a Raksh con una montura de piedras preciosas, riendas de oro labrado y un gran rubí, el mejor que halló en su joyero, para que adornara su frente.

Rustem y Raksh se despidieron del rey y se retiraron a Nimurz. Pero muchas más fueron las aventuras que jinete y caballo realizaron juntos sobre la tierra, para hacer el bien y la justicia, porque esos son los valores que debe tener siempre presente aquel que se considere un hombre, o por lo menos tal era lo que creía Ferdausí, el célebre poeta persa que cantó estas historias.

 

Hyalmar Blixen

Las aventuras de Rustem
Leyenda Persa
Adaptación libre de un episodio del "Libro de los Reyes" de Ferdausí.

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