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Kei-Kaus decide conquistar el mundo
Por Hyalmar Blixen

A causa de la lección que le dieron los buitres, Kei-Kaus pareció durante un tiempo curado de su manía de aventuras disparatadas, y toda la gente medianamente prudente se alegró mucho de ello. Pero cuando uno es un poco loco, a veces vuelve a las andadas. Así, poco a poco empezó a abrigar otra idea tan peligrosa como las anteriores. Pensó que le sería fácil convertirse en rey del mundo entero.

-¿Y por qué no? - se preguntaba -. Los persas han nacido para ser los señores de todos los pueblos. Así es que conquistaré, hacia el oriente, la India y la China, y hacia el occidente, el imperio Romano. Es muy fácil, - agregaba -. Y cuando estos estados hayan sido vencidos, todos los reyes vendrán a arrodillarse ante mi trono.

-¿Y para qué quieres ser rey del mundo? - le preguntaban

¿Vivirás es por eso mejor de lo que vives?

Kei-Kaus pensó un rato y no supo contestar para qué le serviría, verdaderamente, ser rey del mundo, pero el caso es que quería serlo, y cuando se le ponía una cosa en la cabeza no había fuerza humana capaz de hacerle cambiar de idea. Para ir a la India tenía que conquistar primero el Mazenderán, país habitado por genios y encantadores poderosísimos, y además muy perversos, llamados Divs.

Apoderarse del Mazenderán era cosa más fácil de decir que hacer, pero Kei-Kaus preparó, con buen ánimo, su ejército y marchó a conquistar el país mágico. Se metió en las tierras del Mazenderán, hasta que un día tuvo delante de si a un ejército de hechiceros y magos. El ejército persa quedó inmovilizado por arte mágica y las armas de los guerreros se cayeron de las manos. Y el Div blanco, el cruel jefe enemigo, hizo prisionero a Kei-Kaus y a algunos de sus vasallos y con un hechizo lo dejó ciego y lo encerró en la caverna de una montaña altísima.

Lloraba el rey persa día y noche, junto con algunos de sus amigos que habían sido capturados, y juraba no ser nunca más imprudente y dedicar su vida al servicio del pueblo, pero de nada le valían lamentaciones ni lágrimas. Se le traía agua y pan por única bebida y comida y se le tenía encadenado con hierros a la pared. El Div banco venía a veces a reírse de él, y de noche, la risa del jefe de los Divs era tan estrepitosa, que no parecían sino que era la propia montaña la que se reía.

Pero un pajarillo se apiadó del desventurado Kei-Kaus, y se puso a cantar la triste historia del rey persa, que teniendo tanto poder, lo había perdido todo a causa de su mala cabeza. Otro pajarillo oyó más lejos la canción y la cantó a su vez y luego otro, y otro más, y todos narraban la historia de Kei-Kaus. Y así llegó la noticia a todas partes del mundo, y naturalmente, también a Rustem.

Este gran guerrero seguía en esa época escondido entre los turanios, junto a la bella Theminé, de la cual estaba cada día más enamorado. Ella había puesto a todos sus servidores leales en la búsqueda de Raksh y al fin Rustem, lleno de alegría, pudo encontrar a su caballo, al cual, por un momento creyó que no vería nunca más.

-Tal vez Alá lo escondió rodeándolo de niebla para que nadie lo viese, como se cuenta en antiguas leyendas, y yo encontraba la felicidad con Theminé. Así son de curiosas las cosas que suceden en el mundo.

Pero cuando Rustem oyó hablar de la triste historia de Kei-Kaus, comprendió que aunque era muy merecido el castigo por tanta tontería hecha por el rey, también resultaba vergüenza para los persas el dejarlo prisionero en manos de los genios malvados. Porque éstos cometían toda clase de brutalidades, incluso contra las propias gentes del Mazenderán, el reino de esos jefes poderosos.

Rustem se despidió, pues, suspirando, de su amada Theminé, y montando en el veloz e inteligente Raksh, que siempre lo acompañaba en todas sus hazañas y aventuras, se puso en camino, hacia el misterioso y espantable país de los Divs del Mazenderán.

Hyalmar Blixen

Las aventuras de Rustem
Leyenda Persa
Adaptación libre de un episodio del "Libro de los Reyes" de Ferdausí.

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