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“Ismael” cumple cien años, el difícil oficio del novelista uruguayo
Hyalmar Blixen

Eduardo Acevedo Díaz perteneció a una familia de abogados,  historiadores y escritores: era nieto del jurista español José Acevedo, sobrino del codificador Eduardo Acevedo y primo del historiador Eduardo Acevedo, uno de los reivindicadores de Artigas. Provenía pues, de un hogar que siempre rindió culto al difícil arte de investigar y escribir, pues por parte de madre descendía también de Antonio Díaz, que creó una fuente de conocimientos históricos de suma utilidad.

Además de esto que se podría llamar entorno familiar, Acevedo Díaz sirvió en las revoluciones que ensangrentaron lamentablemente en el siglo pasado el suelo patrio con dolorosas consecuencias. Pero esa experiencia le dio la posibilidad de trasladar escenas de combates, de largas marchas a caballo y de visiones de guerra gaucha vividas por él, el ámbito de las guerras de la independencia, y crear así el telón de fondo épico delante del cual se mueven los personajes de ficción. La reacción contra las soluciones bélicas, y la necesidad de oponerles el desarrollo de virtudes cívicas, y la reconciliación de los partidos políticos, le hizo colaborar en el periodismo: en La República, La Democracia, El Constitucionalista, desde donde polemizó con Julio Herrera y Obes, y más tarde, en fin, en El Nacional, en cuyas columnas fue impresa su dura campaña contra Idiarte Borda. Luego se sucede en su  vida el largo período de actividad diplomática, como representante de Uruguay ante varias naciones amigas. 

Romanticismo y realismo 

Pero lo que ha dado fama a este autor ha sido su notable obra literaria, es decir, sus novelas “Brenda” (1886) “Ismael” (1888), “Nativa” (1890), “Grito de Gloria” (1893), “Soledad” (1894), “Minés” (1907), “Lanza y sable” (1914), así como el cuento “El combate de la tapera”, sin duda lo más fuerte y rico de su narrativa. El Uruguay necesitaba que alguien comenzara a dar la visión, bien que literaria, de su pasado, como la poseen todos los pueblos que han formado sus epopeyas primitivas, y las novelas históricas de Acevedo Díaz llenan parte de ese vacío que falta aún colmar. El pueblo en armas que realizaba la revolución emancipadora no era homogéneo ni social ni étnicamente, y el autor se preocupaba de mostrarlo en todas sus diferenciaciones. Todos esos tipos humanos, tan diferentes entre sí, como al hacendado Robledo y sus dos hijas, la china Sinforosa, el gaucho Ismael, el negro Esteban, el Indio Cuaró y tantas más están diseñadas con maestría dentro de tramas en que las pinceladas descriptivas se alternan a la narración, a menudo épica, de gran aliento en varios pasajes.

No siempre estamos ante la descripción de una batalla, aunque resulta notable la de Las Piedras, por ejemplo, y más aún la desesperada emprendida por un puñado de patriotas en movimientos de un realismo quizá no visto en nuestra literatura, con escenas de tal heroicidad y rudeza que difícilmente se hallarán en otra obra uruguaya.

Acevedo Díaz ha querido señalar principalmente la viril rudeza del gaucho, cuyo esfuerzo noble lleno de altivez logró, con su sangre, hacer la patria.

Hay, sin embargo, como lo señala Zum Felde, un equilibrio entre romanticismo y realismo en sus novelas, porque a sus cualidades de observador de la naturaleza y del alma, una cierta fuerza de emociones y sentimientos que proceden de la escuela literaria anterior. Salvó esa dificultad exitosamente, por su maestría.  

La imaginación creadora 

“Ismael” de cuya primera edición se cumple este año el centenario, enfrenta el duro desafío de conciliar la imaginación creadora del novelista con los límites y vallas insalvables que le opone la realidad: lugar geográfico, caracteres étnicos, época, niveles culturales de los porcentajes, costumbres, sentimientos dados en un momento y espacio determinados; sólo dentro de esos límites es lícito que el escritor ponga en juego la facultad de inventar. El protagonista, Ismael Velarde, recién aparece en el capítulo VIII de la novela, y el lector lo ve tan pronto rudo y hosco, como de pronto tierno ante la culebra inofensiva pisada por su caballo; es uno de los tantos gauchos desgraciados que huyen de la autoridad hispánica. Se deduce que es mestizo, pues a pesar de sus rasgos aindiados tiene ojos azules y cabello ondeado.

En cuanto a la descripción del bosque del río Negro, refugio de un grupo de gauchos, que luego serán células de la revolución emancipadora, es de gran riqueza, visualidad y precisión no exenta de poesía. Acevedo Díaz, que no sigue una trama exclusivamente lineal, hace retroceder al lector, en el capítulo X, a la época en que florecía la estancia de la viuda de don Alvar Fuentes, descrita con realismo y captación de vívidos detalles. Allí vemos diseñarse algunas figuras protagónicas; Elisa, nieta de la dueña de la estancia y Jorge Almagro, primo de ésta y encargado de la administración de ese campo. 

El dominio de lo descriptivo 

Ismael es allí un simple peón, pero Felisa ha puesto sus ojos en él; Almagro, que ve con celos y envidia el sentimiento de la muchacha por el gaucho, tiende a éste una trampa en la que estuvo a punto de morir entre las garras de un yaguareté hembra. Más adelante, entre ambos hombres se produce un duelo criollo del que Ismael cree haber muerto al mayordomo, por lo que gana las lomas; se ha convertido en un gaucho “desgraciado”.

Muchos episodios más están narrados con gran propiedad en la novela: la vida de los matreros, la llegada de Pedro José Viera, precursora del grito de Asencio, el salvataje tan oportuno de Aldama, amigo y compañero de Ismael, que estaba a punto de sucumbir, envuelto por orden de la autoridad en un cuero mojado que se resecaba hasta ahogarlo; la pintura de Sinforosa, prototipo de esas mujeres bravías que acompañaban a sus parejas en las luchas por la independencia, y antes aún la caída de Ismael en una ciénaga en la que se hundía y hubiera perecido sin remedio, si el charrúa Tacuabé no lo hubiera ayudado a salir de ella. En fin: el cuadro de la batalla de “Las Piedras”, que da un remate épico a toda esta notable acción, con la figura de Artigas perfilándose apenas en medio de ese ir y venir del combate.

En resumen resalta la fuerza expresiva del narrador en ésta y otras novelas, así como el dominio de lo descriptivo, que se acentúa especialmente en Nativa, de menor acción que Ismael, pero de pintura rica en matices delicados, de la narrativa uruguaya, naturaleza animada por la presencia de otros personajes: Luis María Berón, montevideano que se había incorporado a la patriada del capitán Olivera, durante la dominación lusitana y que actúa acompañado del Indio Cuaró y del negro Esteban: simbolismo de tres tipos raciales hermanados por un mismo ideal de independencia  y libertad. Releamos con detalle la literatura autóctona, que sin ser inferior a la que nos llega del extranjero, es además, expresión de lo nuestro.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo
4 de Setiembre de 1988

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