En torno al centenario de Gabriela Mistral. 
La poetisa del signo de fuego.
Hyalmar Blixen

 

Conocí a Gabriela Mistral en el acto en que, junto con Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, expusieron las tres el tema “Como compongo mis poemas”. Llegué muy temprano al Instituto Alfredo Vásquez Acevedo; el primer patio, lleno de sillas, estaba todavía vacío, y en mi entusiasmo por lo que iba a escuchar (creo que aun no era bachiller) me senté en la primera fila, lo que me valió que el portero me indicara que esa estaba reservada para las autoridades. Ocupé un lugar en la segunda y fue fortuna, pues un lapso después el patio estaba colmado de ávidos escuchas. Tras las respectivas disertaciones las tres poetisas fueron muy aplaudidas, pero más largamente Gabriela.

La segunda vez que la vi resultó de un encuentro ocasional en el Hotel Miramar, al cual había ido a ver a Esther de Cáceres a la que encontré hablando con Gabriela. Me la presentó y le dijo que yo escribía versos y estaba terminando una novela. Lo que no puedo olvidar fue la mirada de la insigne chilena, de una profundidad grave, pero curiosa, como si quisiera adivinar qué habría en el espíritu de ese jovencito tímido; era como si midiera o pesara mi alma. Me parece que tenía ojos verdosos. Recuerdo su cabellera peinada hacia atrás, un poco canosa, me parece. Había sido delgada según dicen los autores, pero en ese momento era algo más robusta, y su expresión daba la idea de una seguridad algo firme en su aplomo. Lo curioso es que cuando en esa época conocí  personalmente a Reyles y a Alfonsina Storni y se les dijo de mí más o menos lo mismo, me miraron también en silencio, con la misma curiosidad que parecía atravesarme el alma. Tres miradas inquisidoras y para mí inolvidables en su penetrante silencio. Quizá incluso en ellas se manifestaba una tolerante simpatía. ¿Cómo saberlo?

DE LUCILA GODOY A GABRIELA

Gabriela Mistral es un seudónimo que luego se hizo famoso. El padre, Jerónimo Godoy, de ascendencia vasca, maestro de escuela primaria, hacía a veces versos, era algo enamoradizo y andariego. Tal vez las mujeres de ahora le habrían dicho machista, con o sin razón. Dejaba a la madre de Lucila, llamada Petronila Alcayaga, para retornar por un tiempo e irse de nuevo. Un día no supieron más de él. La poetisa recibía en herencia sangres fuertes, pasionales, y además, por si alguien cree en los horóscopos, nació el 7 de abril de 1889, es decir, bajo el signo de Aries, que es de fuego.

La abuela de Lucila leía la Biblia; y Lucila escuchaba de ella los “Salmos”, “El cantar de los cantares” y “El libro de Job”; en la diversidad de estilos y temática, tres cumbres de la literatura hebrea. Se dice que de niña Lucila tenía ya gran amor por las flores, y hablaba con ellas, porque intuía, lo que después se comprobó por experimentos, que ellas poseen mucha sensibilidad. En materia de intuición, a veces los poetas y escritores se adelantan a los científicos, que, y es lo lógico, necesitan probar lo que afirman. En 1905 entró en la enseñanza primaria y al año siguiente ocurrió su romance con Romelio Ureta, quien envuelto injustamente por motivos que afectaban a su honor, se suicidó en 1909, en la localidad de Coquimbo. El tema de la muerte, presente en sus famosos sonetos y en otros versos más tuvo sin duda relación con este acontecimiento trágico. En 1911, la maestra rural era profesora de historia en Antofagasta. Su poesía, independizada ya de la influencia de Vargas  Villa y de Rubén Darío, se hizo cada vez más personal y en 1914, en los Juegos Florales celebrados en Santiago, obtuvo un resonante triunfo con sus “Sonetos de la Muerte”

SU ASCENSIÓN A LA CUMBRE

Directora de distintos Liceos, ya conocida en Chile, donde todavía, a la admiración de muchos se unía la mezquindad de aplausos de otros, conoció en 1922 al insigne mexicano José Vasconcelos, que le facilitó un viaje al país azteca. Allí se instaló la escuela “Gabriela Mistral”, escuela taller, para personas del sexo femenino, de quince a treinta años. Su fama crecía y el Instituto de Españas le solicitó poemas inéditos a fin de editarlos; de ahí nació su primer libro “Desolación”. En 1923, en México, escribió sus “croquis mexicanos”, y la Secretaría de Educación Pública de ese país le editó sus “Lecturas para mujeres”. 1924 es un año de viajes por Estados Unidos y Europa; allí conoció a escritores célebres en su momento, que estaban en todas las librerías de Montevideo; luego olvidados, lo que nos hace reflexionar sobre la fragilidad de los desmedidos aplausos fugaces, pues no son inferiores hoy a lo que eran antes.

En 1925 pasó por nuestra ciudad, pero fugazmente, aunque fue visitada por cantidad de intelectuales que la admiraban, porque hay que reconocer, y ella lo sabía muy bien, que Uruguay siempre le rindió culto a Gabriela. Ella, por otra parte, quería mucho a nuestro país, como lo atestiguan muchas de sus cartas. En 1927 participó en el Congreso de educadores de Locarno y en 1928, en el que organizó la Federación Internacional Universitaria de Madrid. Además, fue designada, por la Liga de las Naciones, para el desempeño de un importante cargo. Luego fue cónsul de Chile en Nápoles, Madrid, Petrópolis.

En 1938 participó en el encuentro ya referido, en Montevideo, con Juana y Alfonsina, y ese mismo año editó su segundo libro “Tala”. La Academia sueca le confirió el Premio Nobel de Literatura en 1945; era la primera vez que se le otorgaba a un hispanoamericano, pero antes ¿algún gobierno había tenido la sensibilidad del de Chile, para proponer al algún escritor que considerara digno de tal distinción? Porque ¿propusieron los uruguayos a Rodó, a Vaz Ferreira, a Florencio, a Horacio Quiroga, a Herrera y Reissig o a otros importantes?

El gobierno chileno tuvo conciencia de lo que valía Gabriela, la propuso, pagó los gastos de una edición francesa y de un prologuista, que al principio fue Paul Valéry, el más célebre poeta de ese momento, pero de una concepción lírica diametralmente opuesta a la de Gabriela.

A esta no le gustó el prólogo y entonces el encargado de hacerlo fue Françis de Miomandre, el director de “Nouvelles Littéraires”. La retraducción al sueco la efectuó el académico de esa nación, Hjalmar Guliberg, quien escribió, además, comentarios en la revista “Bonnier Littera Magasin”, sobre Gabriela.

Tras el Premio Nobel, los chilenos le confirieron el “Gran Premio Nacional de Literatura”. Luego de varios viajes dio ella a luz un nuevo suceso literario: “Lagar”, en 1954. Hemos dejado de lado problemas que más bien corresponden a la cátedra: el análisis estilístico, la variedad temática, las cuestiones referentes a su controvertida métrica, el tema de lo onírico en su lírica, su problemática religiosa y metafísica, su inconmensurable amor por los niños, su americanismo, su importante contribución a los problemas sociales del continente. Hay muchos libros que aclararían esto; por mi parte, sólo he querido recordarla en estas líneas donde mucho más es lo que no he podido expresar, que lo que hubiera querido hacer.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

24 de mayo de 1989

 

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