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Florencio Sánchez
Martirio y gloria de un escritor
Hyalmar Blixen

Sánchez nació en Montevideo, el 17 de enero de 1875, pero tanto su niñez como su juventud fueron desarrollándose primero en Treinta y Tres y luego en Lavalleja; allí, logró captar, como otros lo hicieron, la psicología del hombre de campo, al que dio vida en algunos de sus dramas rurales. Los estudios regulares no fueron muchos, pero el libro de la vida le abrió todas sus páginas, trágicas algunas, las de las revoluciones, que llevaron, con desencanto, pues era un gran corazón, a escribir sus “Cartas a un flojo”. Tuvo algunos puestos públicos, que tanto su bohemia, como su aspiración a desempeñarse a donde pudiera desarrollar su mucho talento, le hicieron dejar, para buscar otras rutas.

Escribió en “El Siglo” y “La Razón”, como tantos otros que se abrieron camino en las letras. Practicó muy sinceramente ese anarquismo romántico que vivieron casi todos los intelectuales sensibles a los problemas sociales de la época, y entre tanto, se afirmaba, poco a poco, y con gran éxito, su producción teatral. Hispanoamérica es fecunda en poetas, narradores y mismo ensayistas, pero es escaso el número de sus dramaturgos, y Florencio fue el mejor, en ese género, de todo el continente sur. Aplaudido sucesivamente en ambas orillas del Plata, pues ni el público porteño ni el montevideano le escatimaron entonces laureles y palmas, Florencio se convirtió en un creador dramático comparable, en su técnica, recursos y profunda raigambre social, a los grandes de la Europa de su época. “M´hijo el dotor”, “La gringa”, “Cédulas de San Juan”, “Gente pobre”, “Barranca abajo”, “Mano santa”, “La familia”, “Los Muertos”, “Moneda falsa”, “Nuestros hijos”, “Los derechos de la salud” jalonan su notable, única en nuestro medio, producción, donde pone la nota de protesta ante el desamparo moral o social en el que viven seres que nos son familiares en ambas orillas del Plata.

Se casó con la argentina Catalina Raventos a la que llamaba cariñosamente “Catita” en sus cartas.

EN EUROPA

Aquejado de un mal pulmonar, pasó un tiempo en Florida; esperaba que el aire de campo lo mejorase. Entre tanto, acariciaba, como tantos otros, su viaje a Europa, para dar a conocer su obra. Este le fue concedido; en 1909 el Presidente Claudio Williman lo designó Comisionado Oficial para informar sobre la concurrencia del Uruguay a la Exposición Artística de Roma. Florencio fue muy cálidamente despedido en Buenos Aires y luego en Montevideo. Desembarcó a mediados de octubre en Génova, y comenzaron a llegar sus cartas, donde se puede leer la evolución de sus sentimientos. Su vida en Milán le vinculó al mundo teatral. Allí se produjo su encuentro con José Batlle y Ordóñez, que admiraba la ternura y el espíritu de justicia y libertad de Florencio. Coincidían tanto, que Batlle confesó al dramaturgo que lo iba a necesitar. Lamentablemente se acentuó su mal, que en medio de aquel mundo bello lo acechaba implacablemente. Enfermedad, entonces, casi siempre incurable. Fue recogido en el Hospital de Caridad “Fate bene, fratelli” de una comunidad de monjas. Días después murió, el 7 de setiembre de 1910, el mismo año que Julio Herrera y Reissig.

Ese muchachón  algo pálido, casi imberbe, reconcentrado como todo creador, aparentaba, sí, aire indiferente; es que un escritor dialoga mucho consigo mismo. “Converso con el hombre que siempre va conmigo” dice en “Retrato” Antonio Machado.

Pero eso no le impedía a Sánchez ser cordial, afable; jamás tenía un gesto de desdén. Y esta actitud de soliloquio fundamental se relaciona con la elaboración de sus dramas. La ideación silenciosa, dentro de sí mismo, duraba bastante tiempo.

A veces se piensa que un escritor no está trabajando, pero eso es un error. Acontece que con frecuencia acumula en su mente cantidad de elementos, y eso debe valer como trabajo; de pronto se decide a escribir, y la obra sale en unos tres días. Quien observa eso desde afuera puede pensar que la obra literaria sale como por prestidigitación, por arte de magia, como un sombrero del que se saca un conejo. Pero es que no saben de la lenta ideación previa, que puede ser de toda la obra o de una parte considerable de  la misma y ya en la fragua mental, se completa, ente chispas de genio, la creación.

LOS DRAMAS

El teatro de Florencio Sánchez tiene evidente dimensión de universalidad; sus personajes son verdaderos, son seres de carne y hueso, porque lo rioplatense que hay en ellos no los excluye de ser hombres de todos los lugares y tiempos. En sus obras trasciende su espíritu de simpatía, no sólo hacia los buenos y honestos; a veces, como tiene suficiente alma como para comprender los flacos de conciencia, se compadece de eso que considera una debilidad y no los ataca de modo demasiado cruel. Queda al público el derecho de indignarse contra ellos. En realidad, en el teatro de Florencio los personajes tienen pasiones, prejuicios, abulias o están inmersos en un mundo de fuerzas que ignoran.

En cuanto a su técnica, puede decirse que generalmente sus dramas constan de tres actos, salvo excepciones. En el acto I realiza casi siempre un planteo brillante, de estupenda concisión. El acto II lo dedica, como era corriente entonces, al desarrollo de la trama y mantiene al público a la expectativa; éste vacila entre uno y otro posible desenlace que le dará el dramaturgo. Lo disímil de los caracteres que a menudo se contraponen y la problemática estallan en el acto III, casi siempre de gran fuerza dramática.

EL DRAMA PERSONAL

Hay una carta que transcribe García Esteban y de la cual tomo este fragmento que revela cómo se empieza a gestar en el drama personal de la conciencia del propio Sánchez. Tras otras de diversa índole se acentúa la idea de su propia muerte o enfermedad cuando está pensando poco antes en su gloria y en su amor.

Ahora escribe: “Estoy desconsolado y con ganas de dejarme morir. Quizá sea la fiebre, o una reacción de la intensa, enorme alegría que experimenté al llegar, pero me siento deprimido, triste, compungido, con ganas de llorar. Cada vez que escupo sangre se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Este viaje a la celebridad que me puede resultar un viaje a la tuberculosis! ¡Me resulta espantoso! ¿Sería una injusticia, verdad?”. Pero luego se rehace en otras cartas, trata sus asuntos; en fin, lentamente se hace más desesperado su deseo de vivir, su rebeldía heroica a aceptar ese destino. Porque no hay un ruego blanco a la Suprema Matadora, como en el “Romance del enamorado y la muerte”.

Su vida se extinguió, pues, como se había expresado anteriormente. Y diez años después, lo recuerda Julio Imbert en su medular libro sobre el dramaturgo, Baltasar Brum, entonces Presidente, tomó disposiciones para que los restos mortales de Florencio fueran devueltos a Uruguay y llevados al Panteón Nacional. Embarcados en el “Principessa Mafalda” llegaron a Montevideo el 21 de enero de 1921. Todos podemos acercarnos reverentes a meditar ante esas cenizas gloriosas. Pero eso no basta: se debe representar año tras año, aunque sea una sola de sus obras. Y no sólo las de Sánchez, sino las de otros muy buenos dramaturgos uruguayos; estos necesitan del escenario y de los intérpretes que den vida y matiz a los diálogos. No basta el entierro de lujo y silencio de hacerlos figurar sólo en el nomenclátor de la ciudad. Necesitan la reiteración de vida que da la escena, y más Florencio, que era la vida misma.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

13 de enero de 1989

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