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Figari en la aventura de las letras
Hyalmar Blixen

Hace cincuenta años, el 24 de julio de 1938, el mundo intelectual del país fue conmovido por un doble y deplorable acontecimiento: el fallecimiento de Carlos Reyles, el novelista de "El terruño", "El gaucho florido", "El embrujo de Sevilla" y los tres cuentos de la serie de las "Academias"... Pero ese día luctuoso moría también Figari, uno de nuestros valores más notables, un ser polifacético, que en toda obra que emprendió rayó a gran altura. Fernán Silva Valdés, que quería mucho a ambos, escribió un romance a propósito de este doble luto. Ese romance empieza con los siguientes octasilábicos:

"Carlos Reyles y Figari

murieron el mismo día

Pedro Figari el pintor

y Reyles el novelista".

Según propias palabras de Silva Valdés, el romance no tuvo la acogida que esperaba en ninguna de las dos familias de duelo. Desconcertado, me dijo "No comprendo... ¡Y pensar que yo lo escribí llorando!". La verdad, en el plano del sentimiento, por lo menos, la tenía el poeta nativista, porque la intelectualidad, salvo raras excepciones, iba, acongojaba, de un velatorio al otro.

Yo estuve presente y observé verdadera consternación entre los admiradores de ambos difuntos ilustres.

Un texto extraordinario

Pero aquí voy a referirme a Figari. En cierta ocasión, mi abuelo materno, el Dr. Andrés Lerena, hizo una primera referencia a Figari. Resulta que éste se le había quejado de una indiferencia con que sus libros eran acogidos por la prensa del Uruguay y agregaba: "¡Qué país es éste! Nadie comenta ningún libro. ¡Que me critiquen, que me discutan, que me nieguen, pero que digan algo!". Cuando escuché esto, medio me sonreí, porque pensé, con mi lógica juvenil: "Y... para que lo critiquen, es mejor que no digan nada". Ahora creo que la razón la tenía Figari, por lo menos en aquel entonces, porque en el momento actual los diarios tienen las buenas páginas literarias. Lo sustancial es que ante Figari nos hallamos en presencia de un talento extraordinario. Si ha sido un pintor eximio, su obra plástica no debería oscurecer el resto de su labor. Desde luego, aquélla es la más conocida, y con razón, porque Figari es una de las cumbres de la plástica uruguaya y mundialmente reconocido. Pintó desde joven, pero sin decidirse entonces, de un modo exclusivo, por la pintura.

Es que su talento se aplicaba a cantidad de otras actividades.

También en Figari latía el jurista, pues fue un abogado ilustre que defendió algunas causas en materia penal, una en especial, célebre: la defensa de un inocente acusado de homicidio, allá, a fines del siglo pasado. Era Figari, por otra parte "Defensor de Pobres en lo Civil y Criminal". Un día tuve la posibilidad de verlo personalmente. Se encontró con mi abuelo y se pusieron a hablar. Me mantuve alejado unos pasos -era una época en que se respetaba mucho a las personas mayores-. Pienso que hablarían quizá de algún caso jurídico... Yo fotografiaba a Figari con mis ojos y puedo asegurar que aún veo su expresión de gran inteligencia, con su barba inconfundible y sus ademanes que indicaban el acompañamiento de ideas, que, fuesen las que fuesen, manifestaban profunda convicción.

El hombre público

Cuando Figari salió electo diputado por el Partido Colorado resultó uno de los más sagaces defensores de la abolición de la pena de muerte, problema que Batlle venía planteando en artículos publicados en "La Razón" y luego en "El Día". El futuro pintor dedicó a ese tema mucho tiempo de trabajo paciente, escribió sobre el mismo y dio conferencias en distintos lugares, y desde luego en "El Ateneo", cuya presidencia ejerció de 1901 a 1905. Asimismo en la Cámara le acuciaban también otros temas: los de la libertad, las cuestiones educativas y sociales y todo lo que tuviera un matiz humanitario. También estaba sensibilizado por otros problemas de trabajo: la necesidad de capacitar la mano de obra; pensaba que era cosa fundamental que hubiera buenos artesanos. No todo estudio debía terminar en un doctorado universitario, por más jerarquía que poseyeran esos grados. Y especialmente el problema era el de ilustrar y, por lo tanto, dignificar el trabajo manual. Y así Figari fue de 1910 a 1916, Director de la entonces "Escuela Nacional de Artes y Oficios", y a partir de esa fecha, Director General de Enseñanza Industrial.

Pero detengámonos en su labor filosófica, Figari era un pensador profundo: en 1912 publicó su ensayo "Arte, estética, ideal". Efectivamente, cayó en el más absoluto silencio. Y eso me hacer parafrasear unas palabras de ironía amarga de Larra, a propósito de la poca resonancia de cierto libro: "fue un secreto que todo el mundo me guardó". Pero, cuando en 1926 salió la segunda edición con el título de "Essai de philosophie Biologique" con un prólogo del conocido profesor Desiré Roustan, la obra fue mirada de otra manera. Arturo Ardao ha hecho importantes estudios a propósito de la filosofía en el Uruguay, y al capítulo que dedica a Figari como pensador debería ser remitido, aparte de la lectura directa, quien quisiera penetrar más profundamente en este tema. También vale la pena leer el ensayo de Angel Rama "La aventura intelectual de Figari" y su prólogo a una selección de diez cuentos, editados en 1965. Figari comenzó en la línea spenceriana, que era la de la Universidad por aquel tiempo, enseñanza de tal manera dogmática, que según confesaba Vaz Ferreira, en Filosofía sólo se hacía leer directamente a Spencer, de quien, se suponía resuelto todos los problemas. Los demás filósofos sólo se estudiaban en resúmenes.

Posición filosófica y humana

Figari se independizó en buena parte al alcanzar un materialismo, impregnado, no obstante, de cierta concepción panteísta, ya que consideró que la Sustancia era Inteligente por sí misma, algo así como si la divinidad no estuviera fuera de ella, sino inmersa en todo lo que tiene existencia. Por otra parte, objetaba la tajante división entre ciencia y arte, pues si aparentemente parecen muy distintas, coinciden en poseer una comunidad de fines; tanto el arte como la ciencia tienen por función servir a la humanidad. La ciencia es fundamental al ser humano, pero a medida que éste se supera ¿no es lo necesario del arte? Respecto de la moral, Figari la basaba en aspectos biológicos y sociales, es decir: ella no debía nunca dar la espalda a la naturaleza.

De Figari como pintor no es necesario decir nada; mucho se ha escrito y, además, lo fundamental es ir a los museos y aprender a mirar cuadros, cosa que no es tan fácil como podría pensarse. Cualquiera puede ver en nuestras salas sus matronas, negros, candombes, festivales, salones, potros, generalmente pintados con alegría y cierto matiz zumbón, gracia, frescura ¿y por qué no? una nostalgia que a veces matiza sus evocaciones de un pasado que tal vez añoraba, y que lo resolvió en sus cartones, más en color que en forma, con nerviosas pinceladas de estirpe impresionista, donde los colores son casi manchas, porque esos colores borran los contornos. Me quedo, en fin, con estas palabras de García Esteban: "Fue uno de los coloristas más notables de la pintura universal".

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

2 de octubre de 1988

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