Sea socio fundador de la Asociación de Amigos de Letras-Uruguay

 

Fantasía y lirismo en los cuentos de Andersen
Hyalmar Blixen

Al buscar otro tema en homenaje recordatorio del cincuentenario de la fundación del Club Escandinavo en el Uruguay, que nuclea a cinco colonias de esas nacionalidades establecidas en nuestro suelo, un nombre salta al recuerdo de hombres y niños: el de Hans Christian Andersen, tan ligado afectivamente a lecturas de nuestra primera edad, uno de los cuentistas más diáfanos, de prosa fina, imaginación sorprendente, ternura y gracia pocas veces alcanzadas. Nació en Odense, isla de Dinamarca (Danmark) el 2 de abril de 1805. Su padre, de ascendencia alemana, ejercía un oficio humilde, pero deseaba que su vástago llegara a ser lo que él no pudo; por eso le leía "Las mil y una noches" y también cuentos y leyendas populares. La madre del futuro escritor era de origen más humilde aún, tanto que de niña se vio obligada a pedir limosna. El padre falleció en 1816, la madre se casó de nuevo y mejoró su condición económica, pero Hans Christian deseaba ser actor, y pidió a su progenitora permiso para ir a probar fortuna en Copenhague (Kobenhavn). Ella se lo negaba, pero como era supersticiosa, decidió consultar a una adivina, y por suerte ésta afirmó que el niño sería una gloria de Dinamarca. Su juicio adelantó a la madre que, aunque llorando, lo dejó partir.

COPENHAGUE; SUS PRIMEROS PASOS

El solo hecho de atravesar el mar, que nunca había visto, lo maravilló, y más aun su arribo a la capital. Alquiló una pieza y lleno de ensueños fue a ver el edificio del Teatro, pero sin animarse a entrar en él. Al segundo día se decidió, burló la vigilancia del portero y llegó, todo rotoso y remendado, hasta el Director, que lo recibió fríamente: "Está usted demasiado flaco para ser actor" – le dijo. Andersen le contestó: "Por eso no se preocupe. Señáleme un sueldo de cien escudos y verá qué bien engordo". –"Está usted mal vestido, remendado. Su habla además, no es cuidadosa".

Salió humillado; probó ser bailarín. Inútil. Pero recordó que tenía linda voz, y decidió, tras estos y otros fracasos, encaminarse al Teatro Escuela de Música que dirigía el italiano Siboni.

Este se hallaba de banquetes con otros artistas, entre ellos el compositor Weyse y el poeta Baggensen. Se le dijo a Andersen que esperara, que al fin del almuerzo se le recibiría. Tras esto, se le hizo pasar. El jovencito, anhelante, entre alegre y temeroso, empezó a cantar lo mejor que pudo, pero le traicionó la emoción y de pronto rompió en llanto. Eso conmovió a los presentes, que aplaudieron al chico. Siboni decidió darle clases de canto a ese desamparado de 14 o 15 años, al cual la vida trataba tan mal. Estudiaba con ahínco, pero contrajo una afección a las cuerdas vocales y el médico comunicó a Siboni que su pupilo no podía cantar más. Desesperado escribió una tragedia, se la enseñó al preboste Gutfeldt y éste lo recomendó al Consejero Jonás Collin quien hizo que el chico residiera en su casa y al que trató como si fuera su padre. Luego lo presentó al rey Federico VI, que era suavemente bondadoso, llano y amigo de ayudar. El monarca lo hizo entrar en el Colegio de Slagelse, pero a causa de sus escasos conocimientos se puso a Andersen entre los niños, lo que hacía que estos se mofaran de él. Avanzó en sus estudios y luego, como sufría mucho en ese colegio, aun cuando usufructuaba una pensión del rey para estudiar, el Consejero Collin le pagó un maestro particular y residió en casa de esa familia tan generosa. Un compañero lo invitó a pasar las vacaciones en una localidad junto al mar y Andersen se enamoró de la hermana de su amigo. Ella sentía alguna atracción por él y estaban continuamente hablando de música, poesía y teatro. Gustaba mucho de ella, que tenía ojos castaños, que contrastaban con los celestes de las demás. El hermano, discretamente, le dijo que la muchacha estaba comprometida con el hijo del boticario del pueblo, por lo que Andersen, desolado, se retiró de allí y compuso varias poesías, y especialmente la titulada "Los ojos castaños".

Volvió a vivir en la casa del Consejero Collin pero a poco se enamoró de la hija menor de éste. María Luisa, que si bien le tenía mucho aprecio, no lo amaba. La hermana mayor, entonces, para alejarlo, le mintió al poeta, explicándole que María Luisa estaba comprometida. Fue Andersen a ver al rey, le obsequió con algunos de sus primeros libros y le rogó que le concediera una pensión para viajar por Europa durante dos años, cosa que obtuvo del bondadoso monarca.

SUS VIAJES Y COMIENZOS DE ÉXITO

En Alemania leyó bien a Goethe, Schiller y Heine y trabó amistad con Tieck y Chamiso. Estos y otros contactos importantes permitieron que sus libros se tradujeran al alemán, lengua mucho más difundida que el danés, y que su obra tuviera, por lo tanto, mayor difusión. Viajó también por Francia y conoció a Víctor Hugo; por Austria, Suiza, Italia, España, Portugal. Los altibajos de su vida eran grandes, pero ascendía a través de una obra constante. Una vez oyó cantar en el teatro real a una jovencita tímida y bella: era Jenny Lind, apodada "El Ruiseñor de Suecia". Imaginativo y enamoradizo, comenzó a salir con ella, a recitarle y cantarle y a hablar de arte. Era tratado muy afectuosamente por la muchacha que apreciaba su carácter espontáneo, fino, romántico y alegre, pero tampoco se enamoró de Hans Christian; se casó con un pianista.

Andersen viajó a las Islas Británicas; había leído a Shakespeare y a Walter Scott, pero quería conocer personalmente a Dickens, de quien se consideraba espíritu muy afín, porque poseían el mismo tipo de sensibilidad. En efecto, dice Andersen: "Desde el momento en que nos estrechamos la mano, nos comprendimos".

La vida de Andersen resultó económicamente holgada, pues desde su novela "El Improvisador" (1835), el rey le concedió una pensión anual que le puso a cubierto de toda contingencia desagradable.

SU OBRA LITERARIA

Fue poeta, novelista y autor dramático, y en ninguno de esos géneros desentonó, pero fueron sus cuentos los que le dieron su fama. Romántico, pues dicha escuela había entrado en Dinamarca a partir de la visita de Federico Klopstock, poeta admirado por el propio Goethe, Andersen se acercó también a la corriente "costumbrista". Además había leído en Alemania la colección de cuentos infantiles de los hermanos Jacobo y Wilhaim Grimm.

Lo que resulta particular en Andersen es que gusta por igual a niños y a mayores. Este hecho es determinante. Si el niño no alcanza, por su edad o menor desarrollo intelectual momentáneo, a entender dicho cuento, pueden los padres, contárselo a fragmentos y "alcanzárselo" y luego el chico quizá llegue hasta apasionarse por esa misma narración. Desde luego no captará todo el fondo, incluso filosófico de "El patito feo", que es autobiográfico y hasta de una dulce ironía, pues Andersen, desde su soledad y dolor iniciales, se va remontando hasta alcanzar el vuelo del cisne.

Otra ironía: los patitos de ese cuento, al romper el cascarón, exclaman:

-"¡Qué grande es el mundo!".

Porque lo comparan con la estrechez del huevo. Y nosotros ¿sabemos cuán grande es? No más que el patito, pues el espacio y el tiempo son inaprensibles.

A Andersen le gustaban los inventos, se extasiaba ante la locomotora, el alumbrado a gas, el submarino, la navegación a vapor. Discutía con los retrógrados que pensaban que los tiempos antiguos eran mejores. Ese tema aparece en una de las aventuras de "Los chanclos de la Fortuna".

Esta, desafiando los consejos de la Prudencia, ha dejado unos chanclos mágicos; aquel que los calce alrededor de sus zapatos, verá de pronto colmado sus sueños. Y así el Consejero Knapp, por ejemplo, que salía de una reunión de amigos, y discutía que hubiera sido mejor vivir en la Edad Media, al calzar por confusión los chanclos de la Fortuna, se encuentra de noche en una calle barrosa, sin luz, sin puente para atravesar el río, y le ocurren mil visicitudes de las que reniega, sin comprender que inadvertidamente había estado en la misma Edad Media que alababa.

Cuando le sacan los chanclos, piensa que ha sufrido una horrible pesadilla por haber tomado ponche, bebida que según piensa, le hace mal.

Obtuvo Andersen todo, menos el amor. Pero no decía su casi contemporáneo Soren Kierkegaard: "Amar a quien nos hace felices es un amor insuficiente; amar a quien por maldad nos hace desgraciados, es una virtud; amar a quien por mal entendido amor es causa de nuestra desventura es el verdadero amor".

Sea como fuere, Andersen resultó una de las glorias de Dinamarca y su muerte, en 1866 fue un duelo general. Claro que Andersen, en el mundo del arte sigue viviendo.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

29 de octubre de 1988

 

 

 

 

Ir a página inicio

 

Ir a índice de Ensayo

 

Ir a índice de Blixen, Hyalmar

 

Ir a índice de autores