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Estilo y forma de la oratoria de Batlle y Ordóñez
Hyalmar Blixen

I - La elocuencia clásica

La poesía, el teatro, la oratoria son géneros literarios que requieren el acompañamiento de la voz humana y difícilmente son arte para leer. Cualquier librero dirá que lo que se solicita especialmente es la narrativa (novela o cuento) y el ensayo (literario, filosófico, sociológico, histórico) arrancando desde los comienzos de este arte, muy pocos leen ahora, de la literatura griega, el estupendo "Discurso de la Corona", de Demóstenes, en contestación al elocuente ataque de Esquines.

Sus críticas al imperialismo macedónico, concretadas especialmente en las "Filípicas" y el ulterior alzamiento de Atenas tras la muerte de Alejandro Magno, movimiento de liberación en el que tomó parte Demóstenes, le valieron la prisión al orador, el cual se suicidó ingiriendo un veneno.

Roma tuvo también grandes cultores de la elocuencia y entre ellos descuella Cicerón, recuérdese "La Oración Pro- Milón" donde plantea, quizá por primera vez, el tema de la legítima defensa, o "La Oración Pro- Murena", y asimismo sus discursos contra Marco Antonio, que, aliado a Cleopatra, amenazaba dividir el Imperio Romano. Cuando Antonio y Octavio hicieron la precaria paz de brindis, el primero exigió, entre sus condiciones, la cabeza de Cicerón. Tras tres días de discusiones cedió Octavio (el futuro Augusto) en aras de un bien superior, como lo era el de evitar la guerra civil.

Marco Antonio envió hombres para que asesinaran al orador, al que alcanzaron en su morada campestre. Sus esclavos quisieron defenderlo, pero noblemente Cicerón los detuvo con estas palabras: "No se derrame otra sangre que la que permiten los dioses". Y dirigiéndose al centurión encargado de ejecutarlo, levantó la cabeza y le dijo: "Veterano: demuéstrame cómo sabes herir". Marco Antonio colocó la cabeza de Cicerón sobre la tribuna de las arengas y dijo al pueblo, al señalársela: "Para escarnio de los que piensan". Con estas palabras terminó la República Romana. Y es bueno recordar esto, porque la oratoria es un género literario riesgoso, en el cual puede perderse la vida, porque ¿qué les ocurrió a Camille Desmulins, Saint- Just, Marat, Dantón y Robespierre, que terminaron casi todos gillotinándose unos a otros cuando la indudablemente gloriosa Revolución Francesa perdió el contralor de sí misma y concluyó en un baño de sangre?

La antigua oratoria clásica contenía un orden temático muy notable: comenzaba con un exordio, de carácter suave, amable, de frases cadenciosas, para predisponer al auditorio; luego seguía la narración de los hechos, que debía ser plástica, visual, de modo que el público se representara el acontecimiento controvertido; a esta sucedía la refutación de lo dicho por el contrincante y la confirmación, es decir, el aporte de pruebas y, en fin, la peroración, cuya finalidad era conmover, es decir, desarrollar el clima patético para reforzar el aporte de ideas. A través de los tiempos, esa rígida estructura clásica se modificó, pero las anáforas, las prosopopeyas, las hipérboles, las exclamaciones y las interrogaciones como efectos retóricos se mantuvieron, más o menos según el temperamento de los oradores, el público al que se dirigían e incluso el tema, porque, por ejemplo, una oración fúnebre de Bossuet no requería entusiasmo sino calma y entero resplandor de grandeza.

La oratoria en Hispanoamérica

Desde los tiempos prehispánicos la oratoria fue un género muy apreciado y en el mundo náhuatl eran notables las "huehuetlatollin" (palabras de los ancianos) que los estudiantes aztecas aprendían de memoria en los Calmécac, especie de Universidades. Y en la América hispánica los hay admirables: el de Liniers antes de atacar a los ingleses, los de Bolívar en el Congreso de Panamá y aquel memorable ante el Congreso de Angostura. Fogoso orador fue Mariano Moreno. ¿Y a cuántos habría que citar? Pero adentrándonos en nuestro país, recordemos la "Oración inaugural de la Biblioteca Pública" de Larrañaga, "Las Proclamas" de Artigas y su "Oración inaugural del Congreso de Tres Cruces". Durante la Guerra Grande floreció, junto al periodismo, la oratoria.

Y desde luego, en la segunda mitad del siglo pasado brillaron Juan Carlos Blanco, Carlos María Ramírez, Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, Manuel Herrera y Espinosa, quien pronunció un magnífico discurso en Buenos Aires en el entierro de Juan Carlos Gómez. En fin, las controversias de los ciudadanos del Ateneo sostuvieron con los del "Club Católico" promovieron discursos, conferencias y artículos periodísticos.

Asimismo ha habido oradores de gran calidad en el parlamento, y los hay también ahora, representantes de todos los partidos. Pero debe hacerse una pequeña precisión que no va contra persona ni colectividad alguna de aquí o cualquier país: hablar bien no significa necesariamente pensar bien, o tener infaliblemente la razón.

La oratoria de José Batlle y Ordóñez

Para apreciar en lo profundo lo medular de los discursos de Batlle y su trascendencia actual es conveniente quizá, despojarlos de la ocasión y personas que dieron motivo a ellos para que brille la actualidad de su pensamiento y su lección cívica y moral permanente.

Batlle renunció a los discursos ornamentales; sus frases estaban dirigidas al pueblo, y entonces lo que buscó fue la claridad más absoluta, el estilo directo, que permitiera la comprensión de la idea por todos, renunciando al empleo de términos difíciles o demasiado técnicos, defecto que aún perdura a veces, especialmente en materia de economía, con discursos y explicaciones que parecen dirigidos a una minoría especializada y no a la masa de los ciudadanos.

Batlle hablaba con acento de profunda convicción; a veces sus ataques son duros, con una carga de apasionamiento debido a la convicción de sus ideales y a la violencia de sus adversarios. Pero estos aspectos, corresponden a la historia o a la biografía.

Serán seleccionados aquí fragmentos ejemplares de sus discursos en lo que tienen de lecciones de moral y de civismo, que sirven de motivo de meditación para cualquier ciudadano de aquí o de cualquier país del mundo.

Léase, por ejemplo el párrafo siguiente: "Me esforzaré por servir a la armonía que sobre la base del respeto a los principios fundamentales de nuestra organización política debe reinar entre los tres Poderes del Estado; pondré al servicio de la independencia y dignidad de cada uno de ellos todas las fuerzas que hoy se confían a mi dirección"... "Trazada así la norma general de mis procederes de gobernante, no quiero abandonar este recinto en el que he colegislado durante cuatro años, sin hacer, invocando antes a todas las fuerzas sanas de la República y a los futuros destinos, un voto ferviente porque la acción de los hombres y la sucesión de los acontecimientos nos permita guiarla al porvenir, sin altos extravíos, por la hermosa ruta del orden y la libertad"

En este breve párrafo ¡cuánta densidad de ideales que podrían ser desarrollados uno a uno! Respecto a la Constitución, o sea a la ley fundamental, colaboración y apoyo a los demás poderes del Estado, exhortación a todas las personas de buena voluntad para una acción común, necesidad del orden imprescindible para gobernar, libertad de cada individuo a fin de manifestarse sin coacción alguna.

De otro discurso puede extraerse el principio de la autoridad moral y la obligación que tiene un gobernante de no rendirse al cansancio ante la necesidad que tiene de trabajar por el bien de sus conciudadanos: "No he aspirado al gobierno para entregarme al descanso, sino para continuar luchando por mis ideales en campo más amplio, con mejores armas y con mayores probabilidades de triunfo, ni me explico que pueda concebirse honestamente de otra manera, sino como una lucha legal, y abnegada en todas las situaciones y en todos los momentos"... "Para que mi conducta de gobernante sea la continuación natural de mi conducta de ciudadano". Y un poco antes había expresado: "Necesita más aún la autoridad moral que la fuerza material para realizar mi cometido".

En otro discurso reconoce la importancia de distintos partidos políticos y de la controversia de ideas, porque afirma que todos ellos, incluso sus adversarios, quieren el bien de la patria, pero difieren en los medios de concretar ese ideal: "No debe ser considerada como un mal la existencia de partidos políticos que se disputen, con más o menos acaloramiento, el predominio de la dirección de la República. Dentro de la natural imperfección que nos impide percibir la verdad bajo todas sus formas y nos induce con frecuencia al error llevándonos así a la anarquía del pensamiento y de la acción, es un bien que se constituyan grandes agrupaciones de hombres, armonicen sus ideas y sentimientos y determinen su programa de conducta".

Esas agrupaciones proclaman un fin y se lo proponen realmente: "El bien de la asociación superior que las comprende: la patria. Disienten sobre los medios que conviene aplicar, sobre los procedimientos que es necesario seguir; pero son idénticas la dirección del esfuerzo, la aspiración que la guía y al emulación que la acalora"... "Y no concibo que pueda ser de otra manera, pues no puede haber dentro del país un interés superior al del país mismo ni un deber más imperativo para el ciudadano que el de realizar ese interés. Tampoco veo enemigos irreconciliables entre los partidos que se dividen la opinión de la República. Sus luchas más o menos apasionadas deben resolverse en una armonía superior".

Ante tal altura de pensamiento parece que se oyera a Arístides (llamado el Justo) discutir en Atenas contra su adversario político Temístocles, al plantearle este desafío: "lucharemos para ver quien hace más bien a su patria". En incluso la idea de que la controversia es una forma de colaboración para hallar, entre dos adversarios, una superior verdad, inspiró, antes que a nadie, a Sócrates: a través de los "Diálogos Platónicos", sus ocasionales adversarios dialécticos son dos socios, que colaboran para hallar la verdad.

Batlle hace en otro discurso una relación entre instrucción y democracia. Cuanta gente podría servir al país y procurarse mejor destino si la enseñanza fuera gratuita. "Yo me he encontrado muchas veces –expresa con modestia pero con maravilloso amor por los desamparados- con hombres de quienes he pensado en mi interior"... "Estos valen más que yo. Más de una vez, hablando con obreros, hablando con hombres humildes de trabajo, sin preparación alguna, he podido apreciar en ellos fuerza de voluntad, rectitud, inteligencia, resignación dolorosa pero resistente, apreciación de la vida sin esperanzas y yo me he dicho frente a más de uno: "si este hombre hubiera tenido la poca preparación que yo he tenido, si este hombre empleara el lenguaje galano, pero en fin, superior al de la generalidad, que yo empleo, en razón de que mis padres pudieron hacerme ir a la Universidad y recibir estudios que otros no han podido, si ese hombre tuviera la preparación que yo he alcanzado – que confieso no es mucha- este hombre sería s
uperior a mí"."Con toda la admiración por esta reflexión, habría que considerar que muchos han estudiado más que Batlle, pero tuvieron menos empuje y corazón que él. Esa misma modestia aflora de manera digna de ejemplo cuando, al terminar su mandato y ser ovacionado por sus correligionarios, expresa: "Si algo he hecho se debe a los hombres que me han acompañado, ya en las tareas de la paz, ya en las de la guerra.

En la administración, la obra es de todos, es una obra de conjunto"... "Y reflexionando sobre los sucesos que se han desarrollado en el tiempo en que he ejercido el gobierno llego a la conclusión de que lo mejor que he sabido hacer ha sido elegir mis colaboradores; que he tenido el instinto de escoger los hombres, que los he llamado a desempeñar conmigo las tareas públicas y han superado mis esperanzas".

Exhortación a practicar las virtudes cívicas

Cuando se le quiere nombrar jefe del Partido, reprende suavemente a sus entusiastas correligionarios y explica que el Partido en el que milita "no tiene jefe alguno; es jefe de sí mismo, se dirige a sí mismo, hace su propia voluntad y tributa sus aplausos a quienes mejor realicen sus aspiraciones y censura a quienes se oponen a ellas.

Si yo, llevado por el azar de los acontecimientos y la voluntad de mi Partido, he tenido mejor que otros la ocasión de alzar en alto su bandera y he obtenido y cuento por esto con la simpatía de mis correligionarios, estoy seguro de que el día que me aparte un ápice de la línea de conducta que ellos quieren que siga, estas manifestaciones de aplausos se convertirán en manifestaciones de ardiente censura. No soy, pues, un jefe..."

Contra el absolutismo de un Presidente ávido de prepotencia, como que vio Batlle a varios – y de ahí que buscara un sistema de un Poder Ejecutivo pluripersonal – expresa en otro discurso: "Si un hombre debe ser dueño de su destino ¡cuánto más dueño del suyo propio debe ser un pueblo entero! Las más terribles desgracias de la humanidad se debieron al despotismo individual".De otro discurso a favor de la institución de los plebiscitos, refutando a un diario argentino que los consideraba una negación del sistema representativo, dice Batlle que, por el contrario, el plebiscito es la perfección de ese sistema: "Si las asambleas legislativas tienen la obligación de representar al pueblo, interpretar su voluntad y hacer las leyes en su nombre, se requiere un instrumento que determine cuándo una asamblea legislativa cumple con su misión y cuándo no. Ese instrumento es el plebiscito".

Sostuvo el derecho de huelga, pero no la coacción de un grupo a menoscabar la libertad de trabajo. Defendió el derecho de fundar asociaciones gremiales, los movimientos obreros, la necesidad de reparar injusticias, pero afirmó que existiendo el voto secreto, toda violencia es cosa detestable: "Cabe el deshonor a esta actualidad política de que, después de un cuarto siglo de paz, de progreso institucional, de cumplimiento honrado de las leyes, de hermosos actos comiciales, de bulliciosa vitalidad creciente, de grandes mejoras materiales, de prestigio nacional cada día mayor en la consideración mundial, se hable corrientemente del motín como medio de resolver en definitiva los conflictos partidarios que las leyes preven y de dar a la República la dirección más acertada".

Su crítica a la violencia se dirige también a la de carácter social y de lucha de clases: "Está bueno ese método para los gobiernos absolutos que niegan todas las libertades: hay que odiar a esos gobiernos. Pero en las Repúblicas, el obrero tiene el voto, que es mucho más eficaz que el grito, la pedrada, o el tiro en la calle. El bien de los obreros no se logrará sino por la unión de los hombres de todas las clases que sinceramente la deseen, y esa unión es posible dentro del régimen republicano y de sufragio universal. Es el voto lo que puede unir a todos los hombres bien intencionados respecto del obrero. Y es el voto la fuerza que fácilmente puede realizar, sin una gota de sangre y sin una lágrima, las más justas aspiraciones proletarias".

Asegura que ningún gobernante debe conducir el Estado ni en su beneficio particular ni en el de su partido; de ahí su fórmula: "Nuestra obra es de justicia para todos, para nosotros y nuestros adversarios, para nuestros hijos y los hijos de nuestros adversarios". De intención han sido omitidas las veinte o treinta leyes sociales que Batlle defendió; se ha escogido en función de una alta lección de moralidad y civismo para los ciudadanos, cualquiera sea su militancia política porque debe dejar de respetar estos conceptos de ejemplarizante grandeza de alma.

Todos los textos relacionados están tomados del libro "Batlle y el batllismo" de Roberto Giúdice y Efraín Gónzales Conzi. Ed. Medina 2º vol; 1959

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

21 de noviembre de 1989

 

 

 

 

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