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Esther de Cáceres, una presencia imborrable
Hyalmar Blixen

Un día de 1903 resultó luminoso para la poesía; nació Esther de Cáceres, una de las personas de más belleza espiritual y de más altura de sentimientos. En ella se proyectó una presencia humana, rica en amor al prójimo y en la solidaridad de darse plenamente, a veces en desgarramientos, como el del célebre pelícano de "La nuit de Mai", de Musset, poeta que allí expresa: "Rien ne nous rend si grands qu`une grande douleur". La otra Esther remontaba, hacia elevaciones celestiales, trascendentes nimbos de poesía, difíciles de atrapar por medio de una exégesis lúcida de conceptos, y si sólo por la vía de interiorizaciones sutiles, en esa aparente desnudez formal, bajo la cual hay multiplicidad de sentidos inimaginables que admiten todos los caminos desde lo humano a lo divino.

Esta mujer excepcional, que fue bellísima en su juventud, con sus maravillosos ojos claros que se abrían en las mil tonalidades del cielo y del mar, estudió en la entonces Universidad de Mujeres, luego instituto José Batlle y Ordóñez, y tuvo predilección por las clases de María Eugenia Vaz Ferreira, cuyo magisterio siempre consideró inolvidable, tras lo cual eligió el camino de la ciencia e hizo los siempre duros, arduos, ásperos estudios de Medicina hasta graduarse de Doctora en 1929, aproximadamente a los 26 años. Eso habla de un esfuerzo disciplinado, de autodominio, de sentido de lo útil y de solidaridad humana porque si ejercía su profesión, prácticamente no cobraba a quienes solicitaban sus servicios. Desempeñó por varios años el cargo de médica en la Intendencia Municipal de Montevideo. Contrajo enlace con el Doctor Alfredo Cáceres y formaron un matrimonio ejemplar; ella era comunicativa, abierta, a menudo extrovertida; cuando estaba entre sus amistades alegremente se expandía su ser; su palabra era amena, su gracia inagotable. De pronto la conversación subía hacia un tema trascendente y entonces el rostro de Esther cambiaba, se hacía más grave, meditativo y aparecía la pensadora a quien interesaba la filosofía y se enamoraba de la mística y de la ética. Y lo mismo si hablaba de literatura, plástica o música. Su marido era un hombre más grave, de gran bondad y comprensión humana, de hablar pausado. Lo que decía era fruto de una maduración, y casi siempre irrebatible, porque dominaba en él la lógica y el tan difícil de hallar sentido común. Alfredo Cáceres se había especializado en psiquiatría y su conocimiento y claridad atraían a muchos pacientes que asiduamente se asistían con él. Tenía gran consideración por los trabajos del psicólogo polaco Radesnki, sobre el que escribió un libro muy serio que injustamente no ha sido reeditado.

 

LA PROFESORA DE LITERATURA

 

Pero junto a la Medicina, y mucho más ésta, Esther cultivó las Letras. ¿Cómo se abrió la flor de la poesía en su alma dedicada a la ciencia? Tal vez estuvo siempre en un florecimiento interior y no manifestado; el caso es que desde que la conocí, a mediados de la década del 30 y tal vez un poco antes, ya era ayudante de clase en la Cátedra de Osvaldo Crispo Acosta (Lauxar). Durante dos años tuve la suerte de escuchar las clases de ambos, tan diferentes en técnica, gusto estético y espíritu, tan personales los dos, tan ricos en cantidad de elevados conceptos; las de Crispo, eruditas, contundentes, llenas de notable claridad y de concisión; las de Esther se manifestaban en algo así como un fino estado brumosamente musical dado al tema a tratar, un delicado manantial sugeridor de bellezas e intuiciones. Yo, como estudiante de Derecho, asistía a las clases de literatura de José Pedro Segundo, profesor de gran claridad y orden, y de mucho conocimiento para la época, pero como daba la casualidad de la existencia de unas horas puentes que coincidían con las que dictaban Crispo Acosta y Esther para Preparatorios de Medicina, asistía también a ellas, y aprendía Literatura por partida doble. Fue muy importante para mí esa triple experiencia que me inducía al mundo de las letras; así, también en horas puentes iba a la biblioteca del Vásquez Acevedo y allí empecé a escribir mi primera novela, "Los Iporas". Esther de Cáceres ocupó luego, en la Enseñanza Superior, un lugar de mayor destaque, pues tuvo a su cargo la "Cátedra de Estética y Composición Literaria" en la Facultad de Humanidades. También se desempeñó en el Instituto Normal y asimismo ingresó a la Academia de Letras. Me parece estar viendo el discurso de bienvenida de Juana de Ibarbourou a la nueva colega y la respuesta de ésta, en el Palacio Taranco.

LA POESÍA DE ESTHER DE CACERES

Esther fue ante todo, dentro de la literatura, una poetisa. En 1929 editó "Las Insulas extrañas", luego, sucesivamente, "Canción de Esther de Cáceres", "Libro de la Soledad", "Los Cielos", "Cruz y éxtasis de la pasión", "El alma y el ángel", "Espejo sin muerte", "Concierto de amor y otros poemas", "Paso de la noche", "Los cantos del destierro", "Tiempo y abismo". Una antología de sus poemas, editada por "Correo Literario" de Buenos Aires, en 1945, constituye una buena representación de su lírica. Su poesía es musical, diáfana, sugeridora de estados imprecisos del subconsciente, quizá con cierta presencia de Juan Ramón Jiménez en algunos aspectos. Parece sencilla y es difícil. Parece que tiene pocos temas y no es así, son muchos, pero la atmósfera poética los envuelve en una bruma que podría explicarse mejor si viéramos ciertos cuadros impresionistas. Explicar un poema de Esther de Cáceres sería profanarlo, pues a los poetas ricos en floraciones de vaga música interior no se llega sino aceptando penetrar en la atmósfera misteriosa que ellos crearon y aspiraría como ensueño o como perfume.

SU PROSA

Esther de Cáceres dio cantidad grande de conferencias en distintas salas y son ellas las que la hicieron más conocida del público en general. Por de pronto no hay idea de la manera maravillosa que Esther tenía de decir las cosas, de las modulaciones de su voz, con riqueza inaudita de matices de musicalidad inexplicable; a modo de ejemplo, su cursillo sobre "Así hablaba Zarathustra" de Nietzsche. Fue prologuista de varios libros en los que el autor fue tratado, no de modo erudito, sino con el mismo sentido de penetración psicológica y poética que era peculiar en ella. Así es el clima que da a los premios sobre Carlos Vaz Ferreira, Juan Parra del Riego, Joaquín Torres García, Eduardo Dieste, Francisco Espínola, Enrique Casaravilla Lemos. Por lo demás, era una excelente amiga. En mi familia se cultivó el trato de ese matrimonio por muchos y felices años. Se conversaba casi a diario. Y a veces, después de cenar jugábamos todos a acertar, tras la lectura de unos versos tomados al azar de nuestra Biblioteca, cual era el autor de los mismos.

A mi madre le enviaba muchísimas flores, con tarjetas iluminadas de ternura, pero lo hacía con todas sus amistades. Autores favoritos eran Unamuno, D´Ors, Juan Ramón Jiménez, Maritain... Gustaba mucho de la música e iba a los famosos jueves de Vaz Ferreira. Pero discrepaba a veces con el Maestro respecto de algunos músicos. Ella adoraba a Debussy, a Ravel, a los simbolistas franceses y también a los rusos, especialmente a Stravinsky. Una tarde, al entrar a la sala, me dijo: "Hyalmar: no vayas a pedir Beethoven, porque Vaz Ferreira lo va a poner enseguida". Está bien. No lo solicité. ¡Pero Beethoven sonaba tan maravillosamente luminoso, a la luz del atardecer en el jardín de Vaz Ferreira entrevisto por los ventanales!

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

12 de marzo de 1989

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