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El estallido del modernismo, a un siglo de
“Azul” |
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El
año 1888 es una fecha muy digna de ser destacada en las letras
hispanoamericanas, porque en Uruguay recuerda la aparición del “Tabaré”
de Zorrilla de San Martín, es decir, la culminación de la poesía romántica,
pero es asimismo la fecha en que se edita “Ismael”, la vigorosa obra
de Acevedo Díaz, de carácter predominantemente realista sobre un fondo
histórico nacional. Sin embargo, por rara coincidencia, en 1988 se cumple
un siglo de la fecha en que Rubén Darío iniciaba, en Valparaíso, el
Modernismo, con su raro libro en prosa y en verso titulado “Azul”,
digno de que no sea pasado por alto, pues sirve para evocar, medir y valorar un movimiento literario que durante cierto tiempo
floreció en todo el continente. Ya se sabe que varias son las
definiciones que de este fenómeno literario han sido dadas. Se conocen
sus raíces iniciales francesas, que molestaron bastante a Juan Varela, raíces
predominantemente románticas y parnasianas, aunque luego, ya formado el
modernismo, fue vertido sobre éste el rico caudal de la escuela
simbolista. Además, los lectores de fines de siglo pasado y principios de
éste ampliaron mucho más su inquietud literaria, pues leían a Poe,
Leopardi, Nietzsche, Renán, Ibsen, Tolstoy, Whitman, Wilde, y desde luego
todavía brillaba el polifacético Hugo junto a las nuevas revelaciones de
entonces: un Baudelaire, un Verlanine, y se atisbaba, bien que de modo
periférico, la existencia de literaturas y filosofías orientales,
especialmente de la India y de China, a través de retraducciones del
francés especialmente. Comienzo
de una revolución lírica Los
antecedentes de este movimiento en Hispanoamérica están en el
premodernismo, que tuvo figuras de destaque, como lo señaló expresamente
Dalreaux: José Martí, Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nágera, José
Asunción Silva, Salvador Díaz Mirón, bastante distintos entre sí, pero
figuras de relieve en la renovación de la poesía continental. En medio
de ese despertar surgió Rubén Darío. Y tras él llegó esa pléyade
notable: Julio Herrera y Reissig, José Santos Chocano, Leopoldo Lugones,
Amado Nervo, Guillermo Valencia, Ricardo Jaimes Freyre, Rufino Blanco
Fombona y otros más. La
poesía, aunque se lee hoy poco, tal vez porque es un arte vocal, que
llega mejor por el oído que por la vista, fue en aquel momento expresión
lírica dominante; los libros de esos autores se compraban y discutían;
las salas se llenaban para escuchar recitales de versos. El modernismo
provocó una ruptura de reglas poéticas demasiado rígidas, con
acrecentamiento de la variedad
rítmica, y asimismo la expresión de sensaciones y de sinestesias de gran
exquisitez. Constituyó un estallido en nuestras letras, muy necesario,
como elemento de transición desde el romanticismo de base hispana y
francesa hacia ulteriores manifestaciones libertarias de la futura
vanguardia: futurismo, dadaísmo, surrealismo, ultraísmo, expresionismo,
y tantas otras variantes, coincidentes en algunos aspectos y divergentes
en otros, pero provocados por el desencanto que en las generaciones nuevas
causó la primera guerra mundial. El
modernismo fue, en sustancia, fundamental en la transición señalada y
elemento preciosista, esteticista, refinado, renovador, inactual, evasivo,
en general, de la realidad americana por el desencadenamiento de una
fuerza centrífuga hacia temas exóticos, alejados de nuestro continente y
de su tiempo. La
principalía de Darío Esta
revolución poética tuvo en Rubén Darío un creador excepcional. El gran
poeta nicaragüense abordó multitud de temas a través de sus libros
fundamentales: “Azul”, “Prosas profanas” y “Cantos de vida y
esperanza”: a veces es el siglo XVIII francés el que parece atraerlo
decididamente, pero se ha exagerado esto, que se debió al gran éxito de
algunos de sus poemas, como aquel que comienza: “Era un aire suave...”
Lo
americano se podría hallar en algunos poemas, no muchos, como “Caupolicán”
“A Roosevelt”, “A Colón”, “Oda a Mitre”, “Canto a la
Argentina”, “Tutecotzime” y algún otro. No
obstante su indudable valor, Rubén Darío, que en su época resultó el más
célebre lírico del continente hispanohablante, no es, para Rodó, “El
poeta de América”. Efectivamente, pese a su valor literario, lo
americano fue abordado por Darío de modo bastante accidental. En mayores
oportunidades recordó temas españoles: “Cosas del Cid”, “Al
maestro Gonzalo de Berseo”, “Cyrano en España”, “Un soneto a
Cervantes”, “Letanía de nuestro señor Don Quijote”, “A
Goya”... Los
temas griegos, con alusión a mitos, están también presentes, salpicando
unos y otros poemas de gracia y profundidad helénicas, especialmente el
famoso “Coloquio de los centauros”, de honda belleza, porque Darío
bajaba a veces al fondo de su angustia, y entreveía entonces con tremenda
lucidez lo frágil de la materia humana, la fugacidad del placer, del
vivir, y la idea de la muerte
se le aparecía como una obsesión dolorosa en “Lo fatal”, o como una
imposibilidad acongojante de alcanzar un ideal humano de la bondad: tal el
tema de “Motivos del lobo”. En
conclusión... Muchos
han escrito sobre Rubén Darío, a propósito de la génesis de sus
creaciones, respecto de su
estilo, de su variedad temática, y su sensibilidad siempre a flor de
alma, sus grandezas y a veces sus debilidades. Pero
estamos en este año a un siglo que inició el modernismo en Hispanoamérica
y nos parece imposible que la obra del poeta nicaragüense no le
dediquemos hoy un espacio de recordación. Concluyamos,
pues, esta nota, con los dos versos finales que al enterarse de su muerte
le escribió Antonio Machado: |
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“Nadie su lira
pulse si no es el mismo Apolo, Nadie su flauta suene si no es el mismo Pan. |
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