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En torno a un dilema literario permanente: 
¿Universalidad o Localismo?
Hyalmar Blixen

América Latina, que por influencia de España había sido clásica durante el coloniaje, y romántica desde el momento de la independencia, bajo la doble tutela intelectual de España y Francia, encontró su oportunidad literaria a fines del siglo XIX, en el movimiento que se llamó "modernismo". Un ansia de espíritu nuevo, de modificación de tonos y temas, un soplo de gracia ligera, joven, alada, hizo que la poesía sonara, en nuestra lengua, de pronto, de un modo inusitado, maravillosamente rico, variado y frondoso.

A pesar de sus valores indudables, la escuela romántica quedaba atrás; sus moldes resultaban arcaicos y su métrica demasiado convencional y hasta dura. En cuanto al léxico, no tenía los matices y delicadezas que requería la nueva sensibilidad. Hacia fines del siglo XIX, el hombre americano se había lanzado a leer ávidamente la literatura europea aún en sus más profundos autores, y esto le lleva a la convicción de que la influencia española debía ser reducida a sus justos límites, ante el torrente de obras de Nietzsche, Stendhal, Tolstoi, Leconte de Lisle, Verlaine, Wilde, Sudermann, D´Annunzio y tantos otros; el arte se renovaba y traía concepciones raras para los hombres de este continente, que, sin orden, leían y más que leían, devoraban la literatura del viejo mundo

El modernismo no fue una escuela. Las escuelas son demasiado dogmáticas, y sus cánones, estrechos, limitados por el gusto de una época, que encasilla, separa y sistematiza; escuelas fueron el clasicismo, el romanticismo, el parnasianismo, el realismo, el naturalismo, el simbolismo. Pero en cambio, el modernismo resultó un movimiento literario, una ruptura de moldes demasiado estrechos, una quiebra en el encasillamiento de las doctrinas literarias, y por lo menos para América, "El crepúsculo de los dioses" de las escuelas. Pero sobre las ruinas de las mismas, por medio de síntesis admirables, ese movimiento afirmó nuevos valores, y concilió aspectos estéticos que parecían inconciliables. Cada uno de sus grandes poetas tomó, del gran arsenal de las escuelas derrumbadas, aquello que consideró hermoso, fuerte y verdadero, a fin de armonizar todo en una síntesis audaz para la época, con búsqueda del efecto nuevo, y hasta raro, de resonancia rica, ya en la sugestión brumosa de Verlaine y su tendencia, ya en la timidez escultural de los continuadores de Leconte de Lisle. Las escuelas francesas que se sucedieron durante el siglo pasado tuvieron características antinómicas y chocaron entre sí; el modernismo absorbió y reconcilió elementos tan dispares.

Otra nota saliente en la poesía hispanoamericana a partir de Darío fue el individualismo. Ya este poeta aconsejaba: "No imitar a nadie, y especialmente no imitarme a mí". Cada creador debería elaborar su propia manera artística. El individualismo, que alcanzó para la época ribetes de anarquismo literario, liberó en mucho al "yo". Y al manifestarse en poetas de gusto exquisito, dió obras sorprendentes por su belleza y originalidad, de tal modo que Unamuno pensó que entre los poetas hispanoamericanos no había nada de común, lo que desde luego era también una exageración.

Se buscó, en fin, una universalidad que dio en el exotismo, es decir en la alusión a temas alejados en el espacio y en el tiempo. ¿Necesitaba en ese momento Hispanoamérica esa apertura hacia nuevas sensiblidades, hacia otras temáticas? Indudablemente. Era una forma de enriquecimiento, de rebelión a moldes establecidos. Cada poeta soñó su mundo, alejado de su propia realidad y lo buscó despersonalizándose en cierta manera, para vivir un ambiente distinto del que su época y nación le mostraban. Darío levantó algunas veces, en su imaginación, los telones de Versalles, pobló sus versos de seres delicados y sutiles, irónicos o fantaseosos. En "Su Castalia bárbara", Ricardo Jaimes Freye, vivió el mundo medioeval escandinavo, el de la Edda y las sagas, el de Odín y Lok, el de Sigurd y el Walhala. Recordemos unos versos iniciales de su canto al malvado Dios que busca la destrucción de todas las cosas:

"Canta Lok en la oscura región desolada,

Y hay vapores de sangre en el canto de Lok.

El pastor apaciente su enorme rebaño de hielo,

que obedece -gigantes que tiemblan- la voz del pastor.

Canta Lok a los vientos helados que pasan

y hay vapores de sangre en el canto de Lok..."

Guillermo Valencia se refugió, en cambio en los paisajes semitas y los expresó en los versos del poema "Job" o en "San Antonio y el Centauro" hecho en alejandrinos pareados, donde ambos personajes, enfrentados, hacen la apología de sus respectivas doctrinas, o en "Judith y Holofernes" o en "Los camellos", poema en el que Valencia trató de imitar en sus rítmicos versos, el paso de esas bestias:

"Dos lánguidos camellos de elásticas cervices,

de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,

los cuellos recogidos, hinchadas las narices,

a grandes pasos miden un arenal de Nubia..."

 

El pre modernista Julián del Casal era un joven tímido, nostálgico y enfermo y tenía clara conciencia de su mal espirtual, hecho de soledad e incomunicación. Su tremenda fuga de todas las cosas, está bellamente cantada en "Nostalgias"; allí, el poeta sueña viajes, ya por las regiones nevadas, donde vuelan los alciones, ya por las llanuras africanas, las islas paradisíacas del Pacífico, o la lejana China de los mandarines y las pagodas.

Reclinado en su alcoba, ornada de kakemonos y lakas, y vestido él mismo de un kimono, soñaba esos mundos exóticos, aunque en su insatisfacción por todo, sabía que jamás se decidiría a visitarlos:

"Más no parto. Si partiera,

al instante yo quisiera

retornar.

¡Ah! ¿Cuándo querrá el destino

que yo pueda en mi camino

reposar?".

 

El caso de Amado Nervo era distinto, porque su evasión no se hacía en los planos de un decorativismo manifestado en imágenes visuales, sino en aspectos más profundos, frutos de meditaciones respecto del dolor universal y de la necesidad de matar al anhelo, que lo acercaba a las concepciones metafísicas de la India.

 

"Oh, Siddharta Gautama, tú tenías razón!

Las angustias nos vienen del deseo; el edén

consiste en no anhelar, en la renunciación

completa, irrebocable, de toda posesión.

Quien no desea nada, dondequiera está bien"

 

Estos y otros ejemplos que me vienen a la memoria revelan una necesidad de fuga de la realidad americana de ese momento. ¿Son criticables? Sí y no. Lo son en cuanto a que la poesía se vuelve descastada, desarraigada, fuera de su mismo centro de interés, que es, naturalmente, la vida del continente. No lo es, en cambio, porque lleva a un enriquecimiento de motivaciones estéticas y filosóficas que permiten la visión de más amplios panoramas líricos. Darío mismo, al lado de sus poemas de evasión, que le hicieron expresar a Rodó que el gran nicaraguense no era el poeta de América, tiene algunos, no muchos, de raigambre telúrica, como "A Roosevelt", "Salutación del optimista", "Los cisnes", "Tutecotzimí", "A Colón", "Monotombo", "Salutación al Aguila", "Desde la pampa"... sin olvidar el soneto, de ocasión, que dedicara a Montevideo.

Inferior a Darío y a nuestra cima poética del modernismo, que fue Herrera y Reissig, tiene, sin embargo, mucha más raigambre en lo telúrico, José Santos Chocambo. "Fiat lux", "Alma América" y "Oro de Indias" están llenos de temas líricos en los que la vida del continente late con mucha fuerza. "Visión de pesadilla", por ejemplo, desarrolla, a la manera de los parnasianos, es cierto, el ataque y muerte que un jaguar hace a un corcel. Las selvas, las vicuñas, las magnolias, la fauna y flora de América, las culturas prehispánicas, los conquistadores, dan a la poesía de este lírico peruano una mayor vigencia temática. Cuando este poeta recitó en el Ateneo de Madrid "Los caballos de los conquistadores" recibió una muy calurosa acogida. Nadie había cantado con tanto brío a esas bestias que, sin embargo, habían llevado a los españoles por las montañas y las sabanas, para vadear ríos, sufrir sed y al fin participar en las tremendas empresas de la conquista:

"¡No! No han sido los guerreros solamente,

de corazas y penachos, tizonas y estandartes,

los que hicieron la conquista

de las selvas y los Andes:

los caballos andaluces, cuyos nervios

tienen las chispas de la raza voladora de los árabes,

estamparon sus gloriosas herraduras

en los secos pedregales,

en los húmedos pantanos,

en los ríos resonantes,

en las nieves silenciosas,

en las pampas, en las sierras,

en los bosques, en los valles.

¡Los caballos eran fuertes! ¡Los caballos eran ágiles!".

 

En la narrativa, quien se adentró verdaderamente en el mundo americano fue el más grande creador de cuentos, Horacio Quiroga; el centenario de su nacimiento se cumple este año y este hecho merece todos los actos de recordación posibles. Tampoco debemos olvidar que el inglés Hudson pintó con fuerza y verismo nuestras cosas, en "El ombú" y en "La tierra purpúrea". Sólo que para la literatura inglesa Hudson fue un exótico.

Hoy se ha vuelto a lo americano con una fuerza incontenible. La poesía lírica, y más aún, la novela, - ese género invasor- como expresa Vargas Llosa, han descubierto el mundo nuestro, que ya había empezado a manifestarse en muchas y notables páginas del "Facundo", en el "Martín Fierro", en "Os sertoes" de Euclydes Da Cunha, y en el Uruguay con las novelas de Acevedo Díaz, riquísimas en la pintura de la naturaleza y de los tipos criollos así como en la narración de las gestas patrias.

Los modernistas relegaron momentáneamente esa búsqueda de raigambre americana. Y de pronto se produjo el retorno. "Don Segundo Sombra" de Guiraldes, "La vorágine" de José Eustacio Rivera, "Doña Bárbara" y "Canaima" de Rómulo Gallegos, "Huasipungo" de Icaza, "Borrachera verde" de Botelho Gonçalvez, "El infierno azul y blanco" de Juan Marín. Y Arzuela, Alegría, Argüedas... todos ellos y otros más auscultaron la problemática del hombre americano con un fuerte realismo, a veces de extrema dureza. Luego el río caudaloso de la novela continental se ensanchó más aún, hasta llegar a esta época, en la que el realismo está más escondido por una técnica compleja y sutil: aperturas, relato no lineal, cuentos y episodios encerrados en historias-marcos, paisajes que se proyectan entre los límites del sueño y la realidad, y vuelta a la imaginación, a veces realmente portentosa. Y muy especialmente poesía y dominio de la magia. "Hombres de maíz" de Miguel Angel Asturias, tiene una aleación de fuerza ruda y clima poético de singular atractivo, avalado por un cabal intento de acercamiento a las expresiones y frases auténticamente indígenas, que vienen de tan profundas vertientes como son las del "Popol Vuh" y del "Libro de Chilán Balam de Chumayel". Especialmente relacionado con el esoterismo del último de los dos libros mayas precitados está el siguiente pasaje de la novela de Asturias:

"Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:

-Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos..."

"La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarle las orejas de tuza a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y nada pudo la llama solar de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo convertidos en estrellas y se dispararon en el agua como reflejos con orejas. Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre sembrador de maíz".

Este fragmento, oscuro a primera vista, pero lleno de alusiones a antiguos mitos mayas, es un buen ejemplo de cómo este autor, que fue laureado con el Premio Nobel, supo hermanar la entraña de la tierra con la más alucinante poesía.

En fin: en la literatura hispanoamericana del siglo XX hay un doble movimiento: primero un alejarse en busca de la conquista de otros temas y expresiones ajenas al sentir íntimo del continente, y luego, tras esas experiencias, una vuelta a la esencialidad nativa, iluminada frecuentemente de luz de poesía, especialmente en los más auténticos creadores. Pero tanto la universalidad como la búsqueda de la vida local, con su rica problemática, han dado y darán, a no dudarlo, valores destacables. Y el dilema seguirá en pie y el movimiento de vaivén nos llevará a ensanchamientos de horizontes, ya extremos, ya internos. Lo sustancial es que tanto en unos como en otros triunfe siempre el arte. Y la vida, con toda su infinidad de variedades.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

 

 

 

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