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En el centenario de la muerte de Montalvo
Hyalmar Blixen

Juan Montalvo nació en 1833, poco después de constituirse en República libre el Ecuador, al separarse de la Gran Colombia, que había soñado Bolívar. Vio la luz en Ambato, pequeña ciudad ubicada en un valle de los Andes, donde altísimos volcanes, el Chimborazo, el Cotopaxi, el Tunguragua, el Antisana, por no citar sino algunos, se disputan la majestad de las alturas, lugar de placidez casi bucólica, bien que amenguada a veces por la amenaza de erupciones, como la de 1698 que destruyó a Ambato. ¡Y qué decir de otras ciudades: Quito, Riobamba, Latacunga, Imbabura, sacudidas tan violentamente en distintas oportunidades!

El padre del escritor era oriundo de una localidad cercana y la madre había nacido en Ambato. Montalvo estudió en Quito, la antigua capital llena de recuerdos de Atahualpa, pues fue de allí que salieron sus huestes para combatir a su medio hermano, Huáscar, el Inca legítimo, y tras vencerlo en la batalla de Quipaipán, hacerse a su vez rey de Tawantinsuyu hasta la llegada de Pizarro. Estudió Montalvo en el Colegio de San Fernando, de Quito, y desde muy joven sintió entusiasmo por las humanidades, especialmente por la literatura grecolatina y desde luego la española del Renacimiento, que dominó de tal modo, que difícilmente otros pudieran en su época conocerla mejor. Se interesó, como tantos escritores, por el Derecho, sin llegar a doctorarse, pero el conocimiento del mismo y en general de las ciencias sociales, de la filosofía y de la ética, le dieron una base sólida a lo que ya era natural en su espíritu.

Vio sin duda la vida angustiosa de los indígenas acostumbrados a un sometimiento bárbaro desde tiempos muy remotos. Como ocurrió con muchas Repúblicas de nuestra América, tras la independencia sucedió la lucha, generalmente cruenta, de caudillos que se disputaron el poder: Juan José Flores, Vicente Rocafuerte, Diego Novoa, José María Urbina, Jerónimo Carrión, unos progresistas, otros no, y en fin, Gabriel García Moreno, que fue asesinado en 1875, al cual combatió duramente la pluma de Montalvo. A los varios alzamientos militares sucedió también la guerra del Pacífico, pruebas duras, también, para un hombre de ideales liberales, de indudable republicanismo y singular cultura, como Montalvo.

EL ESCRITOR Y EL PERIODISTA

Tras una estadía en París, como Secretario de Legación, Montalvo entró de lleno en el periodismo. En "La democracia", de Quito, y en "El Regenerador", su pluma dio muestras de brillo y fuerza inusitadas, pero fue en "El Cosmopolita" donde desarrolló sus ideales cívicos en un combate titánico contra los gobiernos de facto de su tiempo. Y no sólo prestó su pluma al periodismo, sino que escribió dramas y poesías que, desde luego, están lejos de sus obras de gran aliento, algunas realmente interesantes, como sus "Doce Catilinarias" (título que tomó de los cuatro discursos políticos de Cicerón); "Geometría Moral"; "Mercurial eclesiástica"; "La dictadura perpetua", que sólo mencionamos, pues todo ese mundo de continuo y relampagueante estado polémico cede a dos obras cumbres de su producción: "Los siete tratados" y "Capítulos que se le olvidaron a Cervantes".

LOS SIETE TRATADOS

Sus títulos son: "De la nobleza", "De la belleza en el género humano", "Réplica a un sofista seudo católico", "Del genio", "De los héroes de la emancipación sudamericana", "Los banquetes de los filósofos" y "El buscapié". Es posible que nadie en nuestro continente, quizá sólo Rodó haya tenido un dominio del idioma como Montalvo. Cierto es que también se observa en él el abuso de la gramática, lo que hace difícil a veces la lectura, debido a cierta indudable cargazón barroca que le han achacado distintos comentaristas. Sus "ensayos", que él dice "tratados", tienen un tema central que es algo así como un pretexto para ejercitar su prosa y adornarla de cantidad de temas secundarios, anécdotas y eruditas citas, que hacen que el hilo inicial a menudo desaparezca –en talentoso desprecio de un plan orgánico- para volver luego a resurgir un momento y hundirse de nuevo en los continuos causes, disgresiones valiosas en sí, incluso primorosas, pero que no siempre resultan del agrado del lector desorientado.

Es la antípoda de Montaigne, el clásico dominador de ideas nítidas que siguen una progresión lógica y sencilla, ello sin mengua de los invalorables méritos del ecuatoriano. Rodó, en su estupendo estudio sobre Montalvo, al referirse al ensayo "De la nobleza", manifiesta: "Si se intenta reducirlo a sustancias y a orden dialéctico, el pensamiento fundamental comparece, flaco y escaso, de entre el follaje de las disgresiones. Sirva de ejemplo el tratado sobre la nobleza. Allí de una disertación acerca del origen del hombre, se pasa a discretear sobre las diferencias de razas y clases, y de esto a describir la naturaleza del polo y la del trópico, y la aurora boreal; luego a encarecer los extremos de que es capaz el amor a la ciencia; y en la siguiente página a pintar un insecto primoroso, etc., para volver después al tema original, que no tarda en desviarse hasta dar término el ensayo con un comentario de los crímenes de los comuneros de París..."

Es cierto, pero ¿importa tanto que el tema se vaya y retorne? Cada una de esas disgresiones es una joya en sí; si bien constituye dentro del todo una pieza aparte, ostenta una riqueza de léxico, un estilo impecable y un erudito rescate de arcaísmos que hace, a momentos, resucitar el habla del siglo de oro español para expresar ideas actuales. Desde luego, no es un procedimiento para imitar por los demás; basta que un solo escritor haya hecho ese prodigio.

CAPITULOS QUE SE LE OLVIDARON A CERVANTES

El "Manco de Lepanto" protestó contra la continuación que del Quijote hizo Avellaneda. ¿Qué hubiera dicho del libro de Montalvo

En el tratado "El buscapié", el ensayista que hoy recordamos admite que el lector puede llamarle sandio y mentecato al querer narrar hazañas de Don Quijote en obra que Montalvo no se decidió a publicar en vida. Vuelve a ser, en los "Capítulos", el estilista, pero el Caballero de la Triste Figura no encaja totalmente con la versión que de él hace Montalvo. Es que hay una diferencia de alma, de carácter entre ambos escritores y además el estilo literario de ambos es diferente, pues la lengua de Montalvo se acerca más bien a la de los conceptistas del siglo de oro. Nos llama la atención la forma a veces excesivamente ruda con que Don Quijote se dirige a Sancho, y que difiere del amable trato del héroe cervantino. Además, el de Montalvo le enseña demasiada gramática a su escudero para lo cual se ve en la necesidad de acentuar los yerros de Sancho. No puede sin embargo, dejar de reconocerse que Montalvo no repite ninguna aventura cervantina, salvo en una ocasión, lo que demuestra soltura en el manejo de la trama. El mismo llamó a su libro "ensayo de imitación de un libro inimitable". En el ecuatoriano, en fin, campea la fuerte personalidad, la fecundidad de ideas y recursos estéticos, y el encanto de los episodios.

En las últimas horas de su vida, Montalvo tuvo un rasgo de humor fúnebre: se vistió de frac, como si fuera a recibir a una ilustre dama (¡y vaya si la Muerte no es una dama de alcurnia!) y expresó más o menos esto: "A la Muerte hay que recibirla decentemente". De todos modos ella no venía sola; la acompañaba la Gloria.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

17 de abril de 1989

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