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Todo poesía y bondad
Don Emilio C. Tacconi falleció el pasado sábado 26
Hyalmar Blixen

                   MANOS ÁSPERAS

Tengo las manos ásperas, pero hay pan en mi mesa

Tengo las manos ásperas pero hay luz en la casa

Tengo las manos ásperas; me honra su aspereza

porque así fueron todas las gentes de mi raza.

 

No me avergonzó nunca mi heredada pobreza

ni me achicó tampoco la humildad de mi traza:

tengo las manos ásperas pero hay vino en la mesa,

tengo las manos ásperas pero hay paz en la casa.

 

Mientras los ricos guantes tú las tuyas enfundas

yo, por llenarme todo de asperezas fecundas,

quisiera veinte manos en lugar de estas dos...

 

pues si pulir un rumbo me dejó tales huellas,

después de haber pulido la luz de las estrellas

qué ásperas las manos le habrán quedado a Dios.

Rodríguez Mallarini destacó en Tacconi su “nobleza de inspiración, el señorío de sus medios expresivos y su sensata preocupación social”.

Poeta de un espíritu selecto en su sencillez, prestó desinteresadamente al país intensa colaboración; se hizo desde una humilde posición social, tanto que no pudo, por razones económicas, estudiar en liceo, y sólo cumplió el ciclo de enseñanza en la escuela de Peñarol, dirigida admirablemente por la inolvidable María Víttori. La cultura de Tacconi aunque vasta, fue de formación autodidacta. Trabajó al principio con sus manos, creó su huerto. Como muy pocos, ha señalado en sus versos la alegría del trabajo, la paz de la conciencia basada en saber que lo que se ha ganado, poco o mucho, es resultado merecido del esfuerzo hecho con dignidad.

Se inició, pues, desde humildes actividades, sin dejar de cultivar su huerta –como aconsejaba Voltaire en la parte final del “Cándido”- y a los doce años debió dejar la escuela para ganarse el sustento y el de su hogar. A los dieciséis años consiguió un empleo, casi una “changa”; se le pagaba cinco centésimos viejos por hora; eso era en el Ferrocarril inglés y durante siete años actuó con tesón, tratando de aprender y entrenándose en el sentido de responsabilidad, que es la más alta enseñanza que pueda tener un ser humano. En 1917, cuando cumplía veintidós años, se convocó a concurso para obtener un empleo de dactilógrafo en las entonces llamadas Usinas Eléctricas del Estado. Frente a sesenta y siete aspirantes, Tacconi obtuvo el cargo. Así empezó su carrera de funcionario público y lentamente logró ascender por su antigüedad calificada hasta llegar a ser Secretario General de ese organismo. Pero paralelamente a su actividad ejemplar de servidor del Estado leía, se instruía, él era a la vez su propio maestro y su propio discípulo; un libro le llevaba a leer otro. 

LOS COMIENZOS DEL ESCRITOR 

Desde niño empezó a escribir, primero para sí mismo en forma de tanteos, de prueba de fuerzas; luego dio a la prensa algunos poemas en la revista “Minerva” y también en “Artigas”, publicaciones periódicas que se editaban en Colón. Su primera experiencia intelectual de envergadura fue en el género teatral, pues en Mayo de 1920 estrenó, en el entonces llamado “Teatro Urquiza”, su pieza, “El pecado ajeno”. Tuvo juicios favorables de la prensa y del público, pero quizá no era lo que Tacconi buscaba; además había pocas compañías de actores, y aunque también se representó la obra en Argentina, al fin el escritor se decidió por la poesía y la prosa.

A esta tarea comenzó a sumar otras y relativamente diversas: trabajó en comisiones de índole cultural, en la Sociedad de Escritores, en AGADU, en la Junta Honorable Forestal, en Jurados para otorgamiento de premios literarios a las mejores obras, en el periodismo, pues colaboró en “El Bien Público”, del cual fue periodista policial, y parlamentario, y asimismo gacetillero, todo por un sueldo de treinta pesos mensuales. También trabajó en “El Imparcial”. Prestó también su concurso a la Comisión de Nomenclatura de la Intendencia Municipal, de la cual fue Presidente de gran laboriosidad, puntual en los horarios, poseedor de la sensibilidad y los conocimientos necesarios para una tarea tan delicada, que requiere un equilibrio especial para su desempeño. Pero retornando a su obra literaria, recordemos que en 1947 publicó una en prosa, llena de ternura, impregnada por los recuerdos escolares: “La señorita María” es decir, María Víttori; hoy, en Peñarol, una Biblioteca Municipal lleva el nombre de esa directora ejemplar.

Ese libro ha sido comparado por Vicente Salaverri con “Corazón” de D´Amicis, que ha logrado cincuenta o más ediciones. Pero el que nace en Uruguay no tiene más que una, y costeada casi siempre por su propio bolsillo.

Señala Salaverri: “La señorita María”, como obra lírica y sentida y por añadidura bien escrita, es todo poesía. Y por moral, logra la más pura y máxima belleza. Moral es eso. “Siempre –según Clemente Estable, del que tuve el altísimo honor de ser su discípulo en su Curso de Filosofía de las Ciencias- hacer mal uso de la inteligencia no sólo es diabólico, sino que resulta una imbecilidad”. ¿Y por qué? La respuesta habría que encontrarla en la “Apología de Sócrates”, escrita por Platón, y nos llevaría muy lejos el desarrollar ese tema.

EN CUANTO AL POETA

Si nos retrotraemos en el tiempo, su primer poemario, “Rocío”, lo dio a conocer en 1927. Tres años después, en 1930, “Pan y estrellas”, con el que obtuvo su primer triunfo literario. En 1950 editó “Bordón”. Libro de finos poemas también premiado en los concursos anuales del Ministerio de Educación y Cultura y dedicado a su esposa Celia Lena, que fue para él una compañera admirable, que nunca se separaba de su lado porque sentía que todos los valores que pueden ser dignos de aprecio en el mundo, representaban para ella menos que su esposo. Así daba ella a Tacconi la tranquilidad, la paz necesaria para crear una poesía y una prosa donde resalta la bondad del alma ¿y por qué no? la nota de felicidad. En 1951, en un concurso organizado por el Ministerio de Ganadería y Agricultura, obtuvo el primer premio con su poema “Alabanza al vino”, luego traducido al italiano; sus versos dan ahí una nota alegre e incluso fueron recitados en Fiestas de la Vendimia en Italia. En 1977 su “Canto a la paz” ganó el gran premio William Choung. Luego publicó sucesivamente “Con delantal blanco”, “La voz del ciprés y otras voces” y “Momentos de un andar”, éste, de 1985.

EL HOMBRE DEL GRAN CORAZON

Su amor a Peñarol, barrio en el que nació y al que vio crecer, se traduce en “Personajes de mi pueblo”, libro premiado doblemente, no sólo en el concurso del Ministerio, sino en el de la Intendencia Municipal de Montevideo. Y así, para las nuevas callecitas de Peñarol, especialmente de los llamados Jardines de ese lugar, en las sesiones de la Comisión de Nomenclatura pedía los nombres de escritores uruguayos dignos de recordación; rasgo de ternura para ese barrio donde abrió los ojos.

Elizabeth Durand resume  así la personalidad de Tacconi: “¡Qué fácil y qué bello sería vivir si la gente fuese como ese hombre!”. Es que en medio de la cultura que adquirió, nunca se olvidó de su difícil momento inicial y siempre trabajó, no sólo con la inteligencia, sino con las manos, tanto en su hogar como en su casita de La Floresta (balneario que mucho le debe) y que se llama “Monteimar”. Sintió siempre algo que no es usual: la alegría de trabajar, que hace descansada la labor, porque aquel a quien disgusta lo que debe realizar se fatiga doblemente. Por eso, en sus versos alienta a experimentar la maravilla de hacer algo, aunque sea  poner un ladrillo sobre otro para formar un hogar, propio o ajeno. Y de ahí el poema “Trabaja cantando” y más aún “Tengo las manos ásperas, pero hay pan en mi mesa” que empieza por alabar su trabajo individual y se remonta a considerar la actividad infinitamente inteligente que construye el Cosmos. Juana de Ibarbourou caracterizó a este poeta con dos palabras que valen por muchas: “sencillo y humanísimo”. ¿Qué más habría que decir?

      A DELMIRA AGUSTINI

 

Tú del Amor para el Amor naciste;

toda al Amor la vida consagraste;

y en tal modo el amor jerarquizaste

que es sólo Amor cuanto de ti subsiste.

 

Tanto dolor por el Amor sufriste.

Con tanto Amor la cruz sobrellevaste

Que en el dolor tu amor santificaste,

y, toda Amor, sobre el dolor te erguiste.

 

Eres, Delmira, Amor; Amor que canta,

Amor que siembra estrellas y claveles

Amor, que en el martirio se agiganta.

 

No hay pues, Amor, como tu amor, que en mieles

convierte los acíbares en hieles

si alguna vez los hubo en tu garganta.

Emilio Carlos Tacconi (“La voz del ciprés y otras voces”, 1980)

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

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