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El difícil oficio de juzgar libros
Hyalmar Blixen

Arturo Schopenhauer, ese filósofo negador y por momentos sombrío, aseguraba que aquello que le causaba más angustia "era la profusión de libros que no valía la pena leer, y que se incrementaba de manera pavorosa. De ese modo -pensaba- "el arte de no leer" era tan importante como el "arte de leer". "Para leer lo bueno -agregaba- se requiere una condición esencial, y es la de no leer lo malo, pues la vida es breve, y el tiempo y la energía limitados". De ahí la necesidad de hallar medios de selección, formas por las cuales, una entidad más o menos rectora, llámese jurado literario, institución cultural, cátedras universitarias o de enseñanza media, conferencias, crítica del periodismo oral, televisivo o escrito, señale de algún modo méritos, afirme calidades y convenza sobre la necesidad de leer ciertos libros.

Ortega y Gasset, en su "Misión del bibliotecario" enseñó que una de las funciones de éste es la de hacer cierto filtro entre el torrente indiscriminado de los que se dicta y al lector que a veces está desorientado ante los miles de volúmenes de las estanterías.

Ya en la antigua Grecia y en el sur de Italia, desde el siglo V a. J.C., se originaron certámenes para seleccionar la producción teatral. En Atenas, Frínico, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Agatón, Aristófanes, Eupolis, Cratinos, y Leucón, dirimían tras el fallo primario del arconte epónimo, la supremacía en el arte teatral, en la tragedia y en la comedia.

La antigüedad ya comprendió que de algún modo había que señalar ante las multitudes reunidas, lo excelso de las virtudes literarias y también el magisterio moral de un arte rector de conductas humanas, pues Atenas, así lo afirma Couat, era "teatrocracia". Las ideas surgidas desde el escenario dominaban y orientaban al público, e imponían, usando las palabras de Werner Jaeger, una "paideia".

En "Las ranas" de Aristófanes, uno de los personajes al ser juzgado en el Hades, pregunta:

"¿Qué es lo que más se aprecia en un poeta?"

Y se le responde:

"- Los buenos consejos que hacen mejores a los ciudadanos. Si no es así, merecen el olvido".

 

LOS CONSISTORIOS DEL GAY SABER

 

Pero las tragedias griegas premiadas, ¿serían incuestionablemente las mejores? Porque Eurípides triunfó verdaderamente en cinco oportunidades, mientras Sófocles obtuvo siempre el primer premio o en todo caso el segundo, pero jamás el tercero. ¿Sería tanta la diferencia entre ambos? Hoy no nos parece así.

En cuanto a los árabes, hacían desde tiempos anteriores a Mahoma, concursos en las célebres fiestas de Ocaz y colgaban en el templo de la Caaba, en la Meca, las "kásidas" premiadas.

En cuanto a los trovadores medioevales, rivalizaban en los juegos florales que desde 1323 organizó la Academia de Toulouse. Los poetas que inicialmente patrocinaron este juego crearon un "Consistorio" que ofrecía Grados en el llamado "Gay Saber", es decir, en la poesía.

Estos certámenes cobraron prestigio en el sur de Francia y, posteriormente, Juan I de Aragón los estableció en Barcelona hacia el 1363.

También en Alemania, para ser "Maestro Cantor" había que concursar; mientras no venciera el aspirante quedaba sólo en aprendiz.

Estos y otros concursos ayudaron y ayudan a la consagración de autores, pero cuando hoy uno piensa en los que no recibieron, por ejemplo, el Premio Nobel... Y en algunos a los que se les otorgó... Claro que a veces la culpa tal vez la tengan las instituciones de sus propios países, que no hicieron esfuerzo alguno por proponer a sus valores intelectuales.

En cuanto a la prensa escrita, oral y televisiva ha regido, desde, hace años, en todos los países cultos, la honrosa misión de señalar libros de alguna relevancia, a veces con los lógicos reparos que la obra juzgada pueda merecer en algún punto. La prensa, al cumplir esta función, no sólo hace un acto de justicia, sino que se dignifica a sí misma, al destacar el esfuerzo de escritores que luchan, de un modo a veces arduo, por dar forma a un libro que tenga valores científicos, artísticos o morales... Y a menudo costear gastos de impresión, y todavía tener que regalarlos o prestarlos, cosa que ya criticaba Larra en un artículo del "Pobrecito hablador".

Desde luego, siempre será difícil seleccionar y juzgar, porque la materia artística (no sólo la literaria) es de tal manera subjetiva, que obliga al crítico a cierto desdoblamiento, a abandonar parte de su gusto personal para ponerse en el ámbito de los legítimos valores personales de la obra ajena. Eso sucede también en la cátedra. ¿Cuántas veces un profesor debe explicar a sus alumnos un texto literario con el cual, por lo menos en ese momento, no está en la mejor disposición receptiva? Su clase resultará entonces más fría, menos elocuente. Es fatal que a un profesor, aun los más conceptuados clásicos (antiguos y modernos) no lleguen a su sensibilidad de igual manera. El propio alumno comprende que ese profesor, que tal vez dio previamente clases brillantes, ante otro autor está más opaco. ¿Tiene la culpa el docente? No. ¿La tiene el programa de estudios? No. ¿Será entonces del autor tratado? Tampoco. Resulta todo de cierta incompatibilidad entre el tema y quien lo trata, pero incompatibilidad que no tiene por qué ser permanente. A veces el libro que gustó poco en cierta época de la vida, en una relectura, a otra edad o con distintas experiencias o en estados psicológicos diferentes o tras emociones de otro tipo, ilumina sus páginas y arroja al lector nuevas resonancias. Por eso, especialmente en el caso de libros nuevos, a veces se torna arduo expresar un juicio definitivo. El tiempo dirá de la sagacidad de quien juzgó.

Bjoernsjerne Bjoernson, uno de los más grandes escritores noruegos, decía a propósito de un libro de un compatriota y contemporáneo: "No vale la pena seguir comentándolo. Dentro de quince días nadie se acordará de él". La obra a la que se refería Bjoernson era de Ibsen.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

23 de setiembre de 1988

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