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El día de Reyes Magos
Hyalmar Blixen

En Mago del Collar de Sueños escribió este cuento para que los niños lo soñaran, dormidos o despiertos porque ese detalle no lo concideró importante pero debe aclararme que inspiró a los tres estudiantes.

Cuando Juan, Perico y Mariela se despertaron el día 6 de enero no hallaron ningún regalo en los zapatitos. Eso los preocupó y fueron a preguntarle a su madre, que barría la pensión donde se alojaba a estudiantes, por qué los Reyes Magos no habían pasado por esa casa.

Ella les acarició los cabellos, sonriente, y les preguntó si verdaderamente creían en los Reyes Magos. Perico y Mariela, como que eran los dos menores, respondieron que estaban seguros de su existencia, pero Juan miró a su madre con cierto aire de complicidad y dio su parecer.

-Lo importante no es tanto si vienen o no a cada casa Reyes Magos, sino que en los zapatitos, el día de Reyes, haya regalos.

La madre, con un dejo de lástima, les aconsejó que fueran a preguntar eso a los tres estudiantes, que ya estaban levantados.

-Son muchachos del interior, que leen todo el día, quieren progresar y se sacrifican para llegar a algo. Ellos son muy buenos y les darán una explicación. Entre tanto, seguiré barriendo este patio.

Los tres estudiantes estaban muy contentos porque al fin de año acababan de aprobar todos los exámenes. Cuando oyeron la pregunta de los niños al principio sonrieron, pero de pronto Alberto, que estudiaba medicina, poniéndose entre serio y jocoso, les preguntó:

-Sin duda no se portaron bien este año. A ver, Juan ¿hiciste muchas travesuras?

-Bueno...pocas. Pero...les tiro con honda a los pájaros del barrio. A veces les acierto.

-Los pájaros tenían derecho a vivir y desde luego a no ser lastimados. ¿Qué pensarías si tú fueras el pájaro y un niño te golpeara con la honda?

-Que ese niño era muy malo. Está bien: no les tiraré nunca más con honda.

-Y que tampoco les tire piedras, porque a veces lo hace -exclamó Mariela. Y Juan también rompe vidrios...

-Bueno, lorito. Lo que pasa es que juego a la pelota y de pronto ella se va contra la ventana y el vidrio se rompe sin que yo lo quiera.

-Lo que ocurre, -interrumpió Alberto- es que no te das cuenta que en este barrio la gente es pobre y un vidrio cuesta caro. ¿Te gustaría que te dijeran que tenías que pagar un vidrio, cuando seas grande, porque desde afuera alguien lo rompió?

-¡Claro que no! Pero juego...y...

-Y tu, Perico ¿hiciste algo malo para que los Reyes no te trajeran ningún regalo?

-¿Yo? Nada. No hago nada malo.

-¿Vas a la escuela?

-No me gusta estudiar. Me aburre. Mientras la maestra explica las lecciones miro para la puerta del patio. Y cuando la vieja...

-Decí tu madre.

-Bueno, mi madre me pide que la ayude, no le hago caso. Total a Mariela le gusta ir a comprar las cosas al puesto. Pero no hago nada malo.

-Es decir, simplemente no haces nada bueno, -le dijeron los tres estudiantes riendo-. ¿Y tú, Mariela?

-¿Yo? Bueno...la verdad es que me da un poco de vergüenza decirlo. Pero nunca me baño, aunque a veces me lavo la cara.

-Es verdad. Estás toda sudorosa y si fuera de tanto trabajar, podría disculparse eso por un rato. Es muy necesario que la gente huela bien a limpio. Me parece que los Reyes Magos, al pasar por aquí olieron a travesuras, a haraganería y a suciedad y habrán dicho: -"El año que viene veremos si estos chicos se portan mejor."

La madre del estudiante de Medicina, que era muy pobre, le compró al hijo tres jabones de los más finos, aunque lo hizo con sacrificio económico. Eran los tres jabones más delicadamente perfumados que había en la farmacia. Alberto los quería usar, pero como era generoso, pensó que más utilidad les proporcionaría a los niños.

-Lo primero que deben hacer, chicos, es irse a lavar muy bien todo el cuerpo con estos jabones...que son mágicos, porque producen un perfume delicioso, que quedarán asombrados al sentir cómo éste sale de la piel refrescada.

Y cuando los chicos se fueron, los tres estudiantes, compadecidos de los jovencitos, decidieron proporcionarles una mañana de fiesta, pero que fuese también instructiva. Planearon todo con cuidado porque tenían buen corazón, y como estaban alegres de haber aprobado los cursos, quisieron que los pequeños pasaran también un rato agradable.

Cuando retornaron los tres niños olían verdaderamente bien, y estaban asombrados de lo maravillosos que eran esos jabones tan finos.

-¿Son mágicos, dijiste? -preguntó Mariela.

-Y bien...Todas las cosas, si las miramos de cierto modo, son un poco mágicas. En este caso, por lo menos, los ha transformado; han venido con trajes limpios y están peinados. Este perfume, además, halaga nuestro sentido del olfato, y si todo el mundo estuviera limpio viviría mucho mejor. Pero vamos a contarles la historia de estos jabones.

-Sí, pero que sean jabones mágicos -insistió Mariela.

-Lo haremos mágicos. Resulta que una vez...

-¡Cuenta! ¡Cuenta!

-La Reina de las Flores resolvió, en el día de su cumpleaños, inventar los perfumes más agradables del mundo entero. Llamó en su ayuda a las hadas de las flores y entre todas lograron hacer un perfume tan exquisito, que todas querían luego, al bañarse en el estanque, enjabonarse con ellos. Las plantas estaban muy contentas porque habían colaborado para hacer ese perfume regalando para eso las más aromáticas de sus flores.

-Vamos a ponerle un nombre: se llamará "Jabón de las Hadas" y será sólo para uso de nosotros -dijeron algunas hadas.

-Mejor resolvamos así, -expresó la Reina- será también un premio para aquellos niños que demuestren mayor aseo de entre todos. De cuando en cuando se otorgará al que merezca ese regalo maravilloso, porque lamentablemente a no todos les corresponde el "Jabón de las Hadas".

-Cuéntanos qué le sucedió a alguien al que le dieron ese jabón.

-Una jovencita llamda Adela estaba enamorada de un muchacho que pasaba cerca de ella todas las mañanas para ir al liceo, pero que como quería llegar a la hora no se detenía a mirar a nadie. Un día, como Adela era hacendosa, pues ayudaba a lavar la casa, a hacer la comida para la mamá, y el papá, que estaban empleados, y para sus hermanitos menores, e iba también al liceo, fue premiada con un "Jabón de las Hadas". Se maravilló de su aroma y decidió bañarse con él; al tercer día de hacerlo se quedó, como indiferente, a la espera del paso del muchacho, el cual, al sentir tan maravillosa, fragancia, se detuvo a hablar con ella. Le preguntó al rato qué perfume usaba y ella le explicó:

-Un perfume de las Hadas, según parece. No creía en ellas, pero una noche soñé que me lo dejaban al lado de mi cama y cuando me desperté efectivamente estaba allí.

Y de ahí resultó que el muchacho empezó a salir con la chica.

-Y se casaron, supongo -concluyó Mariela-. No tendría gracia que ese jabón mágico no ayudara a Adela a casarse con el que quería...si no, no sería un jabón mágico.

-Por supuesto que se casaron. Y tu Mariela, deberías hacer méritos para que las Hadas te regalaran un día ese jabón maravilloso. Pero vayamos a otra historia.

Cuento de una zanahoria hallada en la calle

El estudiante de arquitectura le preguntó a Perico:

-Es casi seguro que los Reyes Magos te pueden haber dejado un regalo, pero como eres muy perezoso no te lo pusieron en los zapatos; lo que quieren es que lo busques por ahí.

Perico no encontró nada en la casa y salió al fin a la calle. Esta se hallaba sucia y eso decepcionó más al chico. Pensó que el barrendero se habría olvidado de pasar por allí, pero esa no era la cuestión. Al fin, algo avergonzado por lo poco que traía, regresó y puso una zanahoria fresca que sin duda se había caído de un carrito de verdura o de la bolsa de una dueña de casa. Juan y Mariela se rieron de él:

-¡Una zanahoria! ¡Que regalo de Reyes más apropiado para ti! Era lo único que merecías.

Pero el estudiante de arquitectura no fue de la misma opinión.

-¡Magnífico! -exclamó- Te han regalado nada menos que el Príncipe del Color Naranja. ¡Caramba que tienes suerte!

-Yo no veo sino una zanahoria -rezongó Perico fastidiado.

-Porque no usas la imaginación. Todas las cosas son primero, lo que ven tus ojos, y luego, lo que juegas o imaginas que sean. Lo que ocurre es que el pensar te da trabajo, pero si inventas un cuento a partir de una zanahoria encontrada en la calle te entretienes un rato.

-Al vecinito de la esquina le regalaron un caballito de madera, se hamaca en él y dice que es un general.

-¿Y qué hace ese general? ¿Gana guerras¿ ¿Defiende a su país?

-¡Ah, no sé! El dice solamente que es un general porque le regalaron también un sombrero con un penacho.

-Pero no le regalaron imaginación y ahí quedó hamacándose sin saber qué hacer con ese grado. Al fin y al cabo está sentado sobre un pedazo de maderas encoladas, talladas y pintadas. Esta zanahoria...Vamos a pintarle unos ojos de color negro con el lápiz de esta caja de pinturas. ¡Oh! pero ¡qué lindos ojos! ¡Qué bien lucen! Y con unos hacecitos de paja sacados de esta escoba vieja, atados, le clavamos unos brazos y unas piernas, que pintamos de naranja. Sacamos unas cuantas hojas de arriba y se las ponemos en la cintura, como las usaban los indios. ¡Ya está! Ahora griten ¡Viva el Príncipe del Color Naranja! ¡Más fuerte, a grito pelado! Bien, ahora esta bien. Pero te lo voy a dibujar en una de estas hojas de mi cuaderno de notas que ya no necesito.

Y el estudiante de arquitectura hizo un dibujo coloreado que maravilló al chico. Era un príncipe fuerte, arrogante, hermoso y tenía expresión de gran bondad.

-¿Y qué hace el Príncipe del Color Naranja?

-¡Ah, caramba! ¿Qué hace? -murmuró un poco perplejo el estudiante. Pues reina sobre todo lo que tiene color naranja ¿te parece poco? Bueno, en fin...Pues, había una vez...

-Pero que no sea un cuento de magia.

-Si lo quieres, será, sí, de fantasía, pero ¿por qué no lo inventas tú?

-Porque no se inventar cuentos -confesó Perico. ¡Vamo, dale!

-Bien. Pero te era fácil. Sólo tenías que usar la imaginación. Había una vez una zanahoria que crecía muy hermosamente en un plantío. Vino un pillete a robarla, la arrancó, pero el perro de la quinta le ladró desde lejos; asustado, el ladronzuelo trepó a un árbol y saltó la pared. Al atardecer vino el quintero, regó los almácigos y todas las plantas se refrescaron porque necesitaban agua, ya que la tierra estaba bastante seca. Pero como oscurecía, sin querer pisó a la zanahoria y ésta sintió el dolor y pensó:

-¡Qué injusticia! Un chico perverso me arrancó cuando estaba creciendo, y ahora el quintero, en vez de plantarme de nuevo, en su apresuramiento me ha pisoteado. ¿Habrá mala suerte como la mía?

Ahora bien, por la noche pasó por ahí un mago viejo, muy bondadoso, que era dueño de esa casa y llegaba a leer unos libros antiguos que tenía atesorados en su rara biblioteca.

-¿Estás dibujando también al mago? -le preguntó el chico al estudiante.

-Dibujo todo lo que te cuento, como ves. Pensó, pues, este mago que llevaba un bonete alto, con estrellas plateadas...

-¡Ah, lo conozco! Lo vi trabajar en el cine con el Ratón Mickey -dijo Mariela.

-Pero éste que te digo es el hermano del que viniste; se parecen. Y el mago pensó:

-A esta zanahoria tan linda la han tratado mal. Y mi tarea consiste en reparar todas las injusticias que encuentro en mi cammino sin determinar si quienes las sufren son seres importantes o no. Así que a esta bella zanahoria la convertiré en....

-¡El Príncipe del Color Naranja! -exclamaron los tres chicos-. Ya nos los dijiste. Pero ¿qué le pasó?

-El mago le dio inteligencia, le abrió una boca para que hablara, y oídos para que escucharse cuanto se le dijese, y ojos, piernas y brazos, como el que está aquí dibujado. El Príncipe del Color Naranja agradeció al mago lo que había hecho por él y le preguntó cómo podía pagarle su buena acción.

-Nada más que de esta manera. Te pondré alas, como a los pájaros y subirás a mezclarte entre todos los Príncipes de los Colores que acompañan luminosamente al Sol. Desde allí, con señales brillantes, me avisas si ves que un malvado abusa de su fuerza, si un ladrón roba, si alguien quiere tender una trampa a otro. Y entonces yo voy en un vuelo hasta allí, donde me indicas, y restablezco el orden de la justicia.

Al príncipe que al comienzo había sido solamente una simple zanahoria, le tocó desempeñar un papel importante, porque es costumbre, en el mundo, que los de origen humilde se eleven y los que se inflaron de soberbia caigan desde lo alto.

-¿Y nada más que eso es mi cuento? -preguntó Perico.

-¡Ah, y tú, que nada haces ¿quieres que el Príncipe del Color Naranja se afane para complacerte? Lo mejor es que, si te gusta, el cuento lo sigas ahora tú.

-Es que yo no sé...

-Todos saben, si quieren. Siempre he oído decir que querer es poder. Conclúyelo tú.

-Bueno, -asintió con voz algo insegura Perico- pero que nadie se ría de lo que voy a decir. Ocurrió que un día el Príncipe del Color Naranja se retrasó un poco cuando se hundía el Sol en el horizonte y una luz azulada cubría ya todo el cielo. Y también, había una Princesa del Color Azul que era hija de la Reina de la Noche. Al verla le dijo él:

-Tú tienes la sombra que a mí me falta y yo tengo la luz naranja que necesitas.

Ella le respondió:

-Sí , me gustas mucho, Príncipe de Color Naranja, porque me das alegría.

-Y a mí me atrae el azulado frescor de la Noche, que hace que se asomen las estrellas. Así es que todos los atardeceres tú te adelantarás y yo me retrasaré un poco.

-Y se darán un beso todas las tardes, -resolvió Mariela.

-Pero, la Princesa del Color Azul ¿nació de una zanahoria azul?

-¿Has visto zanahorias azules? No. Nació de una pluma de pavo real. Era tan linda que la Reina de la Noche la levantó con sus manos y la puso junto a sí y la adoptó por hija.

-¿Quiere decir que todas las cosas tienen vida y sienten amor unas por otras sin que nosotros lo sepamos? -preguntó Mariela.

-Todas. Pero hay que imaginar que es así. Por ejemplo, inventamos que el Príncipe de Color Naranja tiene otras misiones importantes: baja a la tierra deslizándose en los rayos del Sol y madura a las plantas, a las naranjas sobre todo, y a las zanahorias y pinta de ese color las plumas del vientre del pájaro llamado naranjero, y con un simple beso en una flor de alhelí, que son de diversos colores, la deja naranja. Protege todo lo que es naranja y cuando una muchacha viste de ese color la hace más bonita.

-Y le consigue novio -agregó Mariela.

-Bueno; si tu quieres que el cuento diga eso lo ponemos aquí y lo dibujamos.

-Mañana teñiré de naranja mi viejo trajecito blanco -terminó Micaela-. A ver si dibujas al novio de la muchacha de la túnica color naranja.

-No hay inconveniente. Ya lo estaba dibujando.

-Pero ¿y no tiene auto?

-El auto lo dejó en la esquina de la otra calle; por eso no aparecen en el dibujo.

Pedro, algo mayor que sus hermanos, había salido a buscar su regalo y no encontraba nada. -¡Claro! -pensaba-, si mato pajaritos y rompo vidrios, aunque nunca más haré eso, los reyes se habrán ido, es decir, los reyes...bueno: los reyes. Al fin encontró la pluma de un papagayo que era propiedad del dueño de la casa de la esquina, el que regaló a su hijo Ignacio el caballito de madera. Medio avergonzado llevó la pluma.

-¡Vaya regalo de Reyes! -pensaba-. Pero no merezco más.

Todos se rieron, pero el estudiante de letras dijo:

-¡Maravilloso! ¡Es un regalo excelente! Con un poco de imaginación, de una pluma se puede sacar un mundo.

-¿Un mundo cabe en una pluma?

-Claro que sí. Las plumas visten a los pájaros y a otras aves, pero también cubrieron a los hombres cuando no habían inventado las ropas; después los adornaron al ponérselas en los sombreros. Y también sirvieron a los escribientes para redactar sobre papeles y otros materiales, historias, cuentos, poesías, tratados científicos. Vaya si han sido importantes las plumas. Pero de una de papagayo se puede deducir la existencia de un papagayo, y como éstos hablan, quizá, si se dibuja sobre el papel al ave de la cual cayó esta pluma, cuente una historia que sea instructiva, porque esos pájaros viven cantidad de años y por lo tanto han conocido muchos hechos olvidados.

-¿Así que los cuentos de papagayos no los vas a inventar tú?

-Y bien...un poco. Lo mejor sería que hablaran ellos y en todo caso, si es preciso, los ayudamos. Empiezo: había una vez un papagayo que andaba por los ochenta o noventa años y que sabía mucho, pues conocía partes bastante grandes de América.

-¿Era un papagayo mágico?

-Este no, pero muy sabio. Desde las ramas de los árboles de la selva contemplaba lo que ocurría en los poblados indígenas, cómo salían a cazar y a pescar cómo fabricaban sus vestimentas y chozas y a veces, también, de qué modo el hechicero hacía sus extraños ritos. Pero un día se le vino a comunicar que una asamblea de papagayos había resuelto que los más sabios de entre ellos contrataran cada uno, un cuento, y el que narrara la historia más instructiva sería nombrado cacique de todos los papagayos mil leguas a la redonda. Se representaron a disputar el título de caciques Brek-brek, Karak-krek, y el papagayo de nuestro cuento, que como vivía en la casa del maestro de la escuela para niños indígenas, había aprendido también historias.

Se nombró un tribunal formado por distintos pájaros, ninguno de los cuales era papagayo, para evitar que por un parentesco o amistad se decidiera por alguno de los tres contenedores. Además, el cuento debía alegrar a todo el mundo alado.

Cuento de brek-brek

Había en un lugar, cierta vez, un hombre que daba a los pobres todo lo que, teniéndolo, ellos precisaban. Y si lo que pedían no lo poseía, trataba de conseguirlo prestado. Aun si él se quedaba casi sin alimento, no dejaba a un menesteroso sin ayuda. La fama de ese hombre era grande, y eso molestaba a un vecino muy avaro porque le avergonzaba que todos los elogios fuesen dirigidos al buen hombre, y así, de envidia, se reía de él, e inventaba hechos falsos que lo dejaban en ridículo. Lo que más acostumbraba a decir era que ese filántropo regalaba tantas cosas movido por una finalidad en el fondo egoísta: quería que le dieran un cargo de importancia en el lugarejo, cosa en la que para nada había pensado el hombre bueno. Un día, más despechado aún, fue el avaro a ver al dadivoso.

-¿Por qué das tanto a los que te piden y te quedas a veces casi sin nada?

-Siempre guardo algo para mí, pero no todo consiste en dar cosas materiales; a veces los ayudo en su campo, cuido sus animales, si está enfermo o es muy viejo, le arreglo el quincho de su rancho, acompaño a los niños a la escuela, y si no entendieron una lección y yo la sé, se las explico...Aun un pobre puede dar mucho, si quiere.

-Pero ¿qué bebeficio sacas para ti con todo eso que haces...si lo haces?

-Me lleno de alegría por el hecho de haber obrado bien.

-Pero con la alegría no se come.

-Sí; se come un pan que es del alma.

-Yo no creo en eso; la gente pide por pedir y abusa de los infelices como tú, porque las personas son haraganas y viven de los idiotas.

-En fin: no entiendo el motivo de tu visita. ¿Acaso te he pedido alguna vez limosna o favor siquiera?

-No, ni te los daría. Eres un mal ejemplo para los que ahorran después de haber trabajado.

-Cada uno es rico en lo que quiere ser. Así que si puedes no me interrumpas en mi labor. Quédate con tu riqueza, que, como no la gastas, no te sirve para nada, y déjame mi virtud, que me sirve de regocijo.

Los pájaros piaron muy contentos, porque pensaron que Brek-brek había contado una historia que si se pensaba bien en ella, podía hacer mejores a muchos.

Cuento de krack-kreck

Hubo una vez un rey de un pueblo que sorpresivamente fue conquistado por sus enemigos. Este pueblo había sido rico, y al verse derrotado, el monarca mandó esconder el tesoro, constituido por una cuantiosa cantidad de objetos de oro labrado y multitud de piedras preciosas.

Trajeron a varios personajes importantes de esa nación, a los cuales preguntaban los vencedores dónde estaba el enorme tesoro escondido. Algunos sabían el paradero y otros no, pero todos, para salvar su pellejo, contestaban que el único que conocía el secreto lugar era el rey, quien lo había enterrado ayudado por unos cuantos de sus amigos que luego escaparon lejos.

El jefe de los vencedores trajo al rey y le preguntó dónde estaba el tesoro.

-Se halla escondido tan bien que nadie lo encontrará nunca, aunque pase cien años o más, buscándolo.

-¿Y quiénes conocen el camino que lleva hasta él?

-Solamente yo, -respondió el rey, porque observó a algunos de sus amigos, muy asustados en el temor de ser delatados.

-Entonces nos dirás dónde se encuentra, porque somos los vencedores y queremos repartirlo.

-En primer término, sois vencedores porque entrasteis a traición, y luego, cuando os creímos huéspedes, nos habéis conquistado con malas artes. Aun así, si fuese mío ese inmenso tesoro, gustoso te llevaría a ese lugar, para que te hartaras ante la vista de tantas riquezas pero no me pertenecen; son de mi pueblo, que ese sí, puede precisarlas un día.

Entonces empezaron a golpear al rey, que sin lanzar un quejido, se mantenía indiferente, en apariencia, al sufrimiento.

Todos los pájaros gorjearon, que era la forma de aplaudir la acción heroica del rey, pero Pedro le dijo al estudiante:

-No me gusta ese final y voy a contarlo de otra manera.

-¡Magnífico! Están aprendiendo a hacer cuentos por ustedes mismos. Vean lo que vale la imaginación. Quien la tiene nunca puede estar hastiado, pues le basta una birome y papel.

-Me voy dando cuenta de eso. Y mi terminación es ésta: Aunque ese rey era valiente, pensó que su pueblo lo necesitaba, y que sin revelar el secreto, tampoco debía dejarse matar tontamente. Cuando la justicia carece de fuerza tiene que recurrir a la astucia. Así es que se puso a gritar diciendo que le dolía mucho todo lo que le hacían y que los llevaría al lugar del tesoro. Lo soltaron y lo pusieron adelante a tiro de las flechas y armas de fuego. Y el rey se metió en la selva, atravesó muchos lugares y tras cuatro días de marcha llegó a un pantano, trampa mortal que tenía unos lugares pequeños por donde se podía pasar de un lado al otro.

-Aquí está el tesoro. Yo iré adelante y el que llegue primero se llevará la parte más grande. Y se lanzó a correr por entre los escasos lugares donde podía apoyar el pie. -Rápido, más rápido, el que quiera la mayor parte del tesoro que llegue más velozmente. Y todos se lanzaron al pantano ganados por la locura del oro y cuando el rey lo hubo atravesado ya no quedaba uno solo de esos asesinos y ladrones.

-¿Les gusta la variante de Pedro?

-Nos gusta. Le quitó heroismo al final, pero nos daba lástima que mataran esos malditos a tan buen gobernante.

-En todo caso -dijo el estudiante de letras- lo importante no es quedarse con un final u otro, sino que van ejercitando la imaginación y están aprendido a hacer cuentos o modificar lo que no les gusta de ellos.

Cuento del papagayo Krac-Koo

Erase una vez un hombre que había estudiado mucho durante gran parte de su vida; eso le proporcionó riquezas y consideración pública. Daba conferencias en su país y en el extranjero, escribía libros, desempeñaba cargos en el estado y era útil a sus amigos y no rencoroso con sus enemigos. Era un poco suficiente y vanidoso, pero ¿quién no tiene algún defecto?

Cierto día iba muy apurado a la reunión de una Comisión del Senado, pues se deseaba escuchar su opinión sobre cierta ley para decidir si debía o no ser aprobada.

En el camino se encontró con un viejecito de pelo muy blanco y bastante escaso, rostro arrugado y manos temblorosas, que lo quiso saludar. El alto e importante funcionario intentó pasar de largo, pero el viejecito lo detuvo asiéndose a la manga de su sobretodo.

Lo miró extrañado y lo increpó con impaciencia.

-¿Qué quiere? ¿No ve que voy de prisa?

-¿Y a dónde va, señor?

-Al Senado. No tengo tiempo para hablar con cualquiera que se interponga en mi camino. Si necesita una limosna, aquí la tiene. Tómela y déjeme.

-No necesito limosna y sólo quise saludarlo, y testimoniarle alegría por ver de qué manera ha llegado a ser un hombre de provecho. Pero cuando usted me detenía a mí, para preguntarme uno u otro problema, yo también tenía que hacer mis diligencias, sin embargo le aclaraba, en lo que podía, sus dudas.

-¿Y quién es usted?

-Su maestro, -dijo el viejecito-. Sólo quería felicitarlo. Y darle mi última lección. Sea cortés con quien lo detiene en el camino, porque esto que le explico no tuve oportunidad de enseñárselo en aquel momento.

-¡Oh, perdone, maestro! ¡Cuántas veces me he acordado de usted! ¿Puedo servirle en algo que le sea útil?

-Por supuesto. Puede convencer a los legisladores que esa ley que se discute y para la que ha sido llamado en consulta, si bien tiene algunas pequeñas fallas de redacción, excusables en quienes no saben bien la gramática, posee, en cambio, gran carga de humanidad y será de beneficio para todos.

Los pájaros gorjearon muy alegremente en honor del viejo y sabio maestro pero no supieron discernir cuál de los tres papagayos había contado una narración más útil. Así es que tú, Pedro, tú, Perico y tú Mariela le serán los que mediten y resuelvan. Pero no hay apuro para eso y por hoy basta.

Los tres chicos salieron a la calle, llegaron a la esquina y encontraron sentado en el cordón de la vereda al niño al que se le había regalado el magnífico caballo de madera. Se sonrió al verlos y les dijo:

-¡Miren qué estupendo caballo me regalaron los Reyes! Jugué con él hasta fatigarme. Ahora descanso un poco y después volveré a jinetear. Y a ustedes ¿les regalaron algo los Reyes?

-¡Cómo no! Muchos juguetes y mágicos. Nada menos que "Jabones que sólo usan las Hadas"; son tan olorosos que si se juntaran, se podría perfumar el mundo entero. Además, una zanahoria que un mago muy sabio transformó en el "Príncipe del Color Naranja"; tiene alas y está enamorado de la Princesa azulada del anochecer, y por último una pluma de papagayo encantado, que cuenta historias que nunca olvidaremos.

-¡Ah! ¡Qué injusticia hay en todas las cosas! A mí me regalaron este caballo de madera que sólo me sirvió para fatigarme.

-La culpa es tuya. No pusiste imaginación en tu juguete y sólo viste en él un simple caballo de madera.

El Mago del Collar de Sueños vió un día, asombrado el sufrimiento de los animalitos cazados por diversión de gente, ya nada, ya incapaz de comprender el dolor ajeno, que tanto puede tenerlo un humano como un animalito y decidió como protesta, escribir esta narración independiente de la edad de quien soñara o leyera, porque justamente, era un día 4 de octubre y recordó como Francisco de Asis, no importa que se tenga o no una religión, ayudaba a los pobres animalitos indefensos. El que se crea demasiado mayor de edad -pensó- también, si tiene imaginación, podrá comprender a su modo esta historia pues no sólo los hombres piden justicia sino los animales la sienten...de cualquier manera que sean. Suéñalo o leelo -dijo:

-Claro, porque hay animales mejores de muchos hombres, Señor Mago.

Hyalmar Blixen

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