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Consideraciones a propósito de Montesquieu


por Hyalmar Blixen

Ese riquísimo siglo XVII tiene algo de terremoto, aun desde sus orígenes, pues los filósofos sociales comenzaron, cierto que poco a poco, a hacer cimbrar los cimientos de un antiguo orden de cosas que en Francia parecía inconmovible. Siempre, ciertamente, se había polemizado en aquella nación a través del tiempo, sobre muchos y diversos problemas, más bien de forma que de fondo. Por ejemplo, se había discutido si debía aceptarse o no la llamada ley sálica y si por lo tanto podía reinar o no una mujer, como lo sostenía la tesis inglesa. Mucho se discutió a propósito de los poderes del Parlamento, o de cuestiones de fueros, o si debía tolerarse o no la religión calvinista, o si la verdad de la interpretación católica la tenían los jesuitas o los jansenistas, y muchas otras cuestiones por el estilo.

Lo que no se discutía era la idea de un rey absoluto, que había culminado, a partir del esfuerzo de Luis XI, pero especialmente durante los ministerios bastante ulteriores de Richelieu y de Mazzarino, en la autocracia de un Luis XIV y un Luis XV. La gente se dolía de abusos, de la existencia de las “lettres a cacher” (órdenes de prisión en blanco que esos reyes daban a sus favoritos para que las llenaran arbitrariamente con el nombre de sus enemigos, o simplemente de personas que estorbaban sus intereses) pero se acataban de los impuestos exorbitantes que no pagan generalmente los privilegiados, pero sí el campesino, a pesar de su insolvencia. Se admitía que se pudiera asesinar a un rey (Enrique III de Valois y Enrique IV de Borbón) pero no se discutía el derecho absoluto de la monarquía.

Cuando apareció Charles Secondat, barón de Montesquieu en el escenario político –social de Francia, comenzó a agitarse más activamente el campo de las ideas en pro de una reforma de situación totalmente injusta. Si se lee su obra, se observa que en ella hay contradicciones, puntos no claros, ideas que parecen haber quedado a medio decir, y sin embargo, el total de sus ensayos provoca un gran impacto. El aprendizaje de Montesquieu se inicia con el desempeño de una magistratura durante unos diez años, que le sirvió para ejercitar su espíritu, que era serio, sagaz, afecto al estudio de normas, e incluso a considerar, bien que con prudencia, su reforma eventual de las leyes. Había leído a los pensadores ingleses y considerado la sabiduría de esa monarquía no absoluta, sino frenada por un Parlamento y un cuerpo de magistrados judiciales. Y en cambio observaba desorden, privilegios exagerados, libertinaje en el período de la Regencia, cuando, tras la muerte de Luis XIV, el nieto de éste, Luis XV, era todavía menor de edad. Y esa visión de París, unida a la aparición de traducciones de literaturas de Oriente, con un enfoque muy diferente de la vida, le sugirió a Montesquieu sus famosas “Cartas persas”. Dos iraníes, Usbek y Rica, viajan a París y establecen una correspondencia con sus amigos del extranjero. A estos viajeros les llama la atención muchas costumbres que les parecen extrañas. Uno de ellos tiene un humor más serio y el otro se chancea, de modo que el clima de la sátira se equilibra, y además, en ésta, Montesquieu hace retratos de personajes representativos de diversas actividades y clases sociales y plantea problemas de derecho, religión y costumbres en general.

Es cierto que el público francés tenía una amplia experiencia de lecturas satíricas, desde “Le Roman du Rénart” pasando por Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), Brantôme (“Las damas galantes”), “El Heptamerón” de Margarita de Navarra, las “Cartas Provinciales” de Pascal, las comedias de Molière, “Los caracteres” de La Bruyère, los “Amusemente sérieux et comiques” de Du Fresny, y otros. Sin embargo, las “Cartas persas” de Montesquieu causaron gracia, sí, pero también hicieron abrir los ojos a los parisienses a propósito de muchos problemas que comenzaban a ser expuestos aunque de manera ágil y desenfadada. 

Grandeza y decadencia de los romanos

Este libro, publicado en 1734, le llevó a un arduo, aunque placentero trabajo y ocupó muchos años de su vida. Montesquieu coincidía, en espíritu con las ideas de la Roma antigua, y antecedente de este esfuerzo había sido una memoria dirigida a la Academia de Burdeos, titulada “La política de los romanos en religión”. Se basó, ciertamente, en historiadores: en Plutarco y Tito Livio especialmente, pero en menor grado en Salustio y Suetonio, y en lo que pudo leer a propósito del derecho romano, que al fin y al cabo, a través del Código de Napoleón, incidió en el Derecho moderno. Superior a los trabajos de Saint-Evremont y el mismo de Bossuet (Discurso sobre la Historia Universal) Montesquieu dio una visión amplia en incluso detallista de la ciudad que rigió al mundo europeo durante siglos. Pero sostuvo que las mismas características que hicieron la grandeza de Roma fueron las que provocaron su decadencia; por ejemplo, Roma engrandeció por su poderío militar, pues conquistó la Italia entera, venció a Cartago en las guerras púnicas, a Grecia, a Hispania, Asia Menor, Galia, Egipto, pero las luchas entre sus generales victoriosos (César y Pompeyo) y luego del asesinato de ambos, las guerras entre Octavio (Augusto) y Marco Antonio comenzaron a liquidar a la República, sin contar con los levantamientos continuos tras la decadencia de los Césares, los Flavios y los Antoninos, cuando cada ejército levantaba un emperador y si este no cumplía con el pago de la suma que le prometía, lo degollaban. 

El espíritu de las Leyes 

Es su obra capital, no demasiado orgánica, pues el tema por su complejidad se le escapa a veces al autor. Pero si se reduce a algunos conceptos esenciales, puede lograrse una serie de afirmaciones interesantes. Creyó en una monarquía constitucional, de modo que un Poder Ejecutivo fuera frenado por un Parlamento, y al fin, la función jurisdiccional estuviese a cargo de magistrados independientes de los otros dos poderes. Montesquieu creía en una separación absoluta de los tres poderes; hoy no se admite tal rigidez, sino más bien la colaboración entre los mismos. Supone también, que el Derecho, en abstracto, es anterior y superior al Derecho positivo. En sus elaboraciones, a veces se apoya más en lo que debería ser, que en lo que era considerado Derecho en el siglo XVIII. Cree que el gobierno democrático debe basarse en la virtud, virtud cívica especialmente, en el amor por la patria, en el sentido de la igualdad y en la necesidad de cierta frugalidad de los ciudadanos, visión que había recogido de su estudio sobre Esparta y la antigua Roma. Preconiza la tolerancia religiosa, la aplicación de penas menos dolorosas, pero más educativas, el aminoramiento de los ejércitos, el rechazo de la esclavitud. Nada de despotismos, nada de privilegios. Educación para todos. Todo eso se pudo hacer por las buenas, pero una clase intransigente se oponía, en su ceguera, orgullo y egoísmo a tales ideas. La Revolución Francesa era entonces, una cuestión de tiempo.

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

20 de febrero de 1989

 

Montesquieu, un clásico políticamente incorrecto

 

Charles Louis De Secondat Baron de Montesquieu, el espiritu de las leyes.

Actualizado el 7 abr. 2011

La idea esencial es este vínculo establecido entre la forma de gobierno, el tipo de régimen por un lado y el tipo de relaciones interpersonales por el otro. En realidad lo que es decisivo a los ojos de Montesquieu, no es tanto que el poder soberano pertenezca a varios o a uno sólo, sino que la autoridad esté ejercida según las leyes y la mesura, o al contrario, según la arbitrariedad y la violencia. La vida social cambia según el modo de gobierno.

 

 

 

 

 

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