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Confucio, el filósofo de la sencillez profunda
Hyalmar Blixen

 

CONFUCIO (Kung-fu-tsé) nació a mediados del siglo VI (a. J.C.) en una aldea del estado de Lu, perteneciente a una China semilegendaria, desangrada por luchas feudales. Muy atrás había quedado ya la Edad de Oro, iluminada por el prestigio de los cinco reyes santos, prototipos de gobernantes ideales, a quienes borrosas tradiciones confucianas iban a hacer -especialmente a dos de ellos, Yao y Chuen- los arquetipos de la más alta idealidad humana. Tras ellos, con menos fulgor, sin embargo, resplandecían aún las dos dinastías fabulosas, la de los Hia y la de los Chang-Yin, cuyas culturas empiezan ahora a ser conocidas por las excavaciones arqueológicas. Era, en cambio, la China de Confucio, una tierra agitada por guerras y golpes de mano, bajo el imperio

nominal de la tercera dinastía, la de los Cheu (1027 a 247 a. J.C.) monarcas éstos que, desde la opulenta Loyang, la capital sagrada, resultaban, a pesar de su título de "Hijos del Cielo", expresiones de un trono vacilante.

Confucio perdió a su padre cuando todavía era niño; la madre educó al que iba a ser uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos y esa presencia tiernamante sublime le inspiró su teoría de la piedad filial, una de las bases de su doctrina. Así, se narra que cuando un día le preguntaron : "Maestro: en el concepto de los sabios antiguos ¿existió algo más grande que la piedad filial?"; replicó: "Hay tres mil ofensas contra las cuales los "cinco castigos" se aplican: ninguna es tan grave como la de ser un mal hijo". Y en otra ocasión afirmó: "Con aquel que ha asesinado a su padre no se puede vivir ni bajo el mismo cielo".

No fue feliz, sin embargo, en su vida familiar; casado a los diecinueve años con una mujer que no le comprendió y que le abandonó para volverse con sus padres, tuvo de ella un hijo de escasas luces, desesperantemente mediocre. El nieto del maestro, sin embargo, llamado Kung-Chi, fue, a modo de compensación, uno de los intérpretes más notables de la escuela confuciana.

Estudió todo lo que se podía aprender en su época y muy particuarmente la música, con el maestro Siang. Creía que ésta es el puente más hermoso que puede tenderse entre dos almas, pensaba que ella era capaz de curar los males y que el Universo, en su esencia, es música. Al terminar sus estudios recibió, según la costumbre china, el bonete y obtuvo el derecho de usar el nombre público, que se agregaba al familiar; el filósofo escogió el de Chong-ni.

Abrió una escuela desde muy joven y en ella empezó a impartir sus enseñanzas. Pensaba firmemente que el hombre debe realizar primero su educación moral y sólo después aplicarse a la ciencia. Pero, ¿qué era esto para Confucio? El maestro dijo un día a su discípulo, Yeu: "¿Sabes lo qué es la ciencia? Saber que se sabe lo que se sabe y saber que no se sabe lo que no se sabe; he aquí la verdadera ciencia". Filósofo positivo y práctico, no se perdía en especulaciones metafísicas y rehusaba modestamente hablar de lo que no comprendía. No construía un mundo con la tela de los sueños, no pintaba de colores alegres, paisajes de fantasía; así, cuando un día Ki-Lu, otro discípulo, le preguntó de qué manera era preciso servir a los espíritus y a los genios, contestó benévolamente: "Cuando no se está en estado de servir a los hombres, ¿cómo podría servirse a los genios?" Tras meditar, volvió a inquirir el discípulo: "Permíteme, sin embargo, que ose preguntarte ¿Qué es la muerte?" Confucio contestó: "Cuando no se sabe aún que es la vida ¿cómo se podría conocer la muerte?". Así, para él, sólo la investigación de las cosas podía llevar al conocimiento, ayudada por la sinceridad del pensamiento y la rectificación de propósitos. Lo primero, pues, debe ser el cultivarse a sí mismo y sobre esta base: organizar la familia, soporte, a su vez de la constitución del estado. Sólo un estado que funciona bien puede asegurar la tranquilidad y prosperidad de los ciudadanos. De este modo, pues, la piedra fundamental de su política es la ética, pero una ética sustentada por el conocimiento de las cosas.

Para él, todo lo que existe en el mundo nos está dando una lección: basta sólo tener la buena disposición de escucharla; hasta los espectáculos de la fealdad y del crimen, al revelarnos el desprecio y abyección en quien los comete, nos ilustran. Confucio decía: "Si somos tres que viajamos juntos encontraré necesariamente dos maestros en mis compañeros de viaje; elegiré al hombre de bien para imitarle y la hombre perverso para corregirme".

En ese momento, el horizonte cultural de China estaba constelado por una serie de escuelas y doctrinas tales como la de los Brujos, la de los Analistas, la de los Números, la del Yi-King, la de los Astrónomos, la del Tao-Tö, para citar algunas. Lao-tsé, contemporáneo, pero mayor en edad que Confucio, había surgido como una de las personalidades más recias de todos los tiempos y pocos años después iba a aparecer Mo-Ti, con su teoría del amor universal, que puede sintetizarse en esto: "todo el bien que hacemos a otro de alguna manera nos es devuelto". Confucio, en cambio, colocaba al hombre en el centro de todas las cosas y al principio de Lao-tsé: "La medida del hombre es el Universo", oponía otro "La medida del hombre es el hombre".

Ser de profundas claridades, ejercía su enseñanza serenamente y sus sentencias brotaban del río interior como un chorro de luz. Pero despreciaba la mera palabra; la virtud es activa, y el amor y la justicia, fuerzas dinámicas. Así, señalaba: Si se ve una cosa buena y no se la practica, se comete una cobardía". Pero esta acción implica estar moral e intelectualmente preparado para actuar; a los que por mera ambición buscaban los cargos de jerarquía, medrando la infuencia de los poderosos en perjuicio de los hombres de verdadero valor, acosejaba: "No te inquietes por ocupar empleos públicos, pero inquiétate de adquirir el talento necesario para ocupar esos empleos". Y a los que querían ser conocidos y valorados por la gente y adquirir un lugar en la consideración de la sociedad, adivinándoles en esto su inmadurez, les oponía otra sentencia: "No es preciso afligirse de que los hombres no nos conozcan, sino, por el contrario, de no conocerlos a ellos nosotros mismos."

La personalidad del filósofo había ido cobrando caracteres profundos e impresionaba fuertemente a quienes le veían alguna vez. Considerado ya una de las luces más altas del pensamiento chino, un hombre de ideas exactas y puras como diamantes, fue tentado por sus amigos, para que solicitara cargos públicos. Ya había, sin embargo, desempeñado algunos, como el de intendente de graneros del estado de Lu, donde su equidad se había manifestado plenamente, pero tras la derrota y el exilio del príncipe de esa comarca, Confucio, fiel a la desgracia del gobernante, le había acompañado durante quince años en el destierro. Y como un día le preguntaran: "Por qué no ejerces una función en la administración pública?"; contestó: "Los que practican la virtudes realizan ya con ello funciones públicas de orden y de administración. ¿Por qué considerar solamente a los que ocupan empleos públicos como realizando funciones públicas?"

No obstante, al llamársele al gobierno volvió a aplicar a él sus energías y llegó a ser, en el 497(a.J.C.) viceministro de Justicia en Lu. Su preocupación se centraba en la educación de los gobernantes, porque los pueblos se fijan en ellos y estadistas corrompidos contagian su corrupción a las masas. Su espíritu práctico le hacía pensar que lo fundamental es volver principalmente justo a aquel que detenta el poder de realizar mayor número de cosas. Esa teoría de la enseñanza por el ejemplo le hacía decir: "Gobernar su país con la virtud y capacidad necesarias, es parecerse a la estrella polar, que permanece inmóvil en su sitio mientras que las demás estrellas circulan en torno suyo y la toman de guía". Todo esto le llevaba a detestar la fuerza como método de gobierno y a creer que los pueblos jamás se sublevan cuando las leyes y los estadistas son buenos. Basta rodearse de colaboradores honestos e inteligentes para hacer innecesarias las prisiones políticas, la fiscalización policíaca y la coacción deprimente. Así, un día en que Ngai-Kung, príncipe de Lu, preocupado por las inquietudes populares, le consultó acerca de los medios para asegurar la sumisión de las masas, el sabio le respondió sencillamente: "Eleva a los hombres rectos e íntegros; rebaja, destituye a los corrompidos y perversos y el pueblo te obedecerá. Honrra a los hombres corrompidos y perversos; rebaja, destituye a los rectos e íntegros y el pueblo te desobedecerá".

La administración de Confucio y los consejos dados al príncipe fortalecieron a ese estado y causaron disgusto entre los gobernantes de los estados rivales; por eso, el príncipe de Tche regaló al de Lu ochenta bailarinas; éste, ganado por las delicias del harem, descuidó cada vez más los asuntos públicos; el filósofo, entonces, desdeñando colaborar en una administración indigna, abandonó la brillante posición que ocupaba y se desterró a sí mismo, en busca de otro gobernante que entendiera mejor sus deberes para con el pueblo. Esto estaba muy de acuerdo con sus ideas; así, una vez dijo: "Los que se llaman buenos ministros sirven a su príncipe sugún los principios de la recta razón y no según los deseos del príncipe; si no pueden, entonces se retiran". Tras esta lección de dignidad empezó su peregrinaje, seguido de sus discípulos, por los estados de Wei, de Chi, de Tsin y de Tsu, infructuosa búsqueda de un estadista probo, que deseara poner en práctica sus doctrinas del "Jen", la "virtud social" y del "chung-yun", que unos traducen por "justo medio" y otros por "armonía y equilibrio".

Desarrolló también Confucio la teoría de la fraternidad universal y eso en una época en que era casi imposible concebirla: así, en uno de sus libros afirma: "Todos los hombres, a lo ancho de los cuatro océanos son hermanos". Su regla de oro para medir esa fraternidad, lo que él llamaba la "virtud de humanidad" estaba así fomulada: "Tener bastante imperio sobre sí mismo para juzgar a los demás por comparación con nosotros y obrar hacia ellos como quisiésemos que se obrara con nosotros mismos". Era, también, respetuoso para con el adversario; pensaba que la opinión ajena no debe llevar a vanas querellas. ¿No buscan todos los hombres de bien la misma verdad? Por eso señala que la persona honrada que discute "dice las cosas como son, pero cede la plaza a su antagonista vencido, sube a otra estancia y enseguida desciende para tomar con él una taza de té, en señal de paz".

Así vivió Confucio una vida luminosa, pero empañada por la melancolía de no hallar, salvo el número de sus discípulos, personas que quisieran comprenderlo. Sólo veía a su paso, gobernantes indignos y pueblos atrapados en los cepos de la violencia y la injusticia. Una esperanza le quedaba: el estado de Ching, pero al llegar al Yang-Tzsé-Kiang (el río Amarillo) supo que dos discípulos suyos habían sido muertos por orden del príncipe de ese país. Se quedó contemplando cómo corrían las aguas del gran río, fugitivas como sus esperanzas. Se sentó allí, entonces y compuso un poema lleno de la nostalgia del río Amarillo, al cual nunca le iba a ser dado pasar. Volvió tras esto a Lu, para que la tierra que fue su cuna le tuviera por siempre y murió en ella unos años después. Pero su doctrina creció como un árbol frondoso, se encarnó en el alma china y llegó este filósofo, por el imperio progresivo de sus ideas, a ser, como luego se dijo de él, un "rey sin corona". Nunca pensó, sin duda, que un día los chinos le levantarían templos y que harían una religión, de su filosofía humana y profunda. Hoy esa patria está azotada por una tempestad violenta. ¿Resistirá el austero árbol milenario? La tempestad es terrible, pero el árbol es recio, de buenas raíces y de sombra generosa.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"
5 de Agosto de 1962

 

 

 

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