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En el segundo centenario de la expedicion Malaspina (1789 –1989)
Hyalmar Blixen

Una de las expediciones náuticas, notable por su importancia, especialmente para el Uruguay, fue la que estuvo a cargo de Alejandro Malaspina (1754 –1809). Aunque siciliano (nació en Palermo) y podía quizá haber vivido holgadamente en su patria, pues pertenecía a una familia de abolengo, decidió, apasionado por los viajes del mar, y dotado para el mando, ponerse al servicio de España. Escaló posiciones en la marina y desde humilde cargo llegó a ser Capitán de Navío. Nombrado Caballero de la Orden de San Juan, combatió, con suerte varia (pues cayó prisionero y debió ser canjeado) siempre con valentía y sentido del honor. Tras navegar en el Mediterráneo, realizó en 1792, un largo viaje oceánico en la “Asunción “, por el pacífico y el Indico, a fin de vigilar intereses de España en esas regiones. Poco después, en la fragata “Astuca” dio la vuelta al mundo, partiendo de Cádiz y tras pasar por el estrecho de Magallanes y recorrer en nueva aventura el Sur de Asia, dobló el cabo de Buena Esperanza y retornó a España. Su pericia bien demostrada hizo que se le confiara el mando de la expedición científica que hace dos siglos tuvo por escenario la colonial ciudad de Montevideo. La expedición traía especialmente una misión científica, si bien detrás de ella era inevitable que hubieran intereses económico. Fue integrada por dos fragatas: la “Descubierta”, al mando directo del propio Malaspina, y la “Atrevida”, cuyo Capitán era don José de Bustamante y Guerra, que fue más tarde el quinto gobernador de Montevideo, desde 1797 –1804

LOS SABIOS DE LA EXPEDICIÓN MALASPINA

En esas dos fragatas venían botánicos, zoólogos, dibujantes, médicos, disecadores, geógrafos, astrónomos, hidrógrafos y también muy distinguidos marinos, pues a su pericia estaba confiada, no sólo la vida de esos hombres de ciencia, sino un instrumental delicado, por lo menos para aquella época. Se trataba, de modo particular, de estudiar el pasaje del planeta Mercurio delante del Sol, fenómeno que ocurriría el 5 de noviembre de 1789; por lo tanto, dada la precisión de dicha medición y el montaje previo de un observatorio astronómico en Montevideo, la expedición salió de España rumbo a nuestra ciudad el 1º de julio de 1789 a fin de disponer del tiempo suficiente. España ya se había interesado por hacer otras mediciones astronómicas, y al respecto cabe recordar la que en 1769 efectuaron los astrónomos hispanos Vicente de Doz y S. De Medina junto con el francés Jean Chappe d’Auteroche, en California, a efectos de hacer estudios del pasaje de Venus delante del Sol.

Doz fue autor de una obra: “Observaciones hechas en las Californias sobre el paso de Venus”. Respecto de Chappe podemos agregar que ya había realizado mediciones en la anterior conjunción de Venus con el Sol, en 1761, desde la ciudad siberiana de Tobolsk. Dentro del número de esos hombres ilustres que navegaban en las dos fragatas que se dirigían a Montevideo deberían ser mencionados Dionisio Alcalá Galiana, Juan José Vernacci, Felipe Bauzá, José Espinosa y Tello eran astrónomos, Juan Gutiérrez de la Concha era especialista en la confección de mapas hidrográficos, como también lo era Ciriaco Cevallos Neto, que asimismo se ocupaba de etnografía. El estudio de la flora indígena estaba a cargo de Antonio Pineda, Tadeo Hainke y Luis Nes. No eran los únicos sabios, pues habría que citar a Antonio Tova Arredondo y merece recordarse que en esa expedición los dibujantes y grabadores de la talla de Fernando Brambila y Juan Ravenet, hicieron una colección que enriqueció la iconografía respecto de lugares de América y que cita José Torres Revello en su obra “Los artistas pintores de la expedición Malaspina”. La presencia de especialistas de tanta importancia debe haber sido considerado, por lo menos en algunos sectores más cultos de nuestra población, un hecho realmente inusitado y motivo de mucho interés.

EL EMPLAZAMIENTO DEL OBSERVATORIO

En un muy documentado libro, publicado por el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay en 1955 y que contiene un prólogo de Ariosto D. González y sendos estudios de Carlos A. Etchecopar y Carlos Pérez Montero, y que lleva por título “El primer Observatorio de Montevideo” se hace un estudio exhaustivo del tema, con amplia documentación. De acuerdo con ello, el emplazamiento del Observatorio se efectuó en una casa que pertenecía a Doña Manuela Ruiz, en esa época viuda ya de Don Felipe Pérez de Sosa, que había desempeñado distintos cargos en el Cabildo de Montevideo. Dicha casa, que al principio tenía techo de tejas, había sufrido modificaciones al construirse  una azotea e incluso un mirador. Estaba ubicada en la manzana comprendida entre las calles actualmente llamadas Cerrito, Pérez Castellano, 25 de Mayo y Maciel, y por lo tanto muy próxima a las murallas que rodeaban totalmente a Montevideo y cerca del Fuerte San José. La ciudad tenía casi veinte fortines y en la época de las invasiones inglesas aproximadamente unos noventa cañones en ellos, sin contar los obuses y morteros.

EL PASAJE DE MERCURIO DELANTE DEL SOL

Se esperaba con ansiedad, por parte de los astrónomos, el día 5 de noviembre e incluso hubo un inconveniente inicial debido a una molesta celajería, pero casi enseguida pudo divisarse al planeta y Alcalá Galiano lo observó con el cuarto de círculo y Juan José Varnacci utilizó el heliómetro, instrumento que sirve para medir distancias angulares entre dos astros y así mismo su diámetro aparente. “En algunas conjunciones inferiores se ve a Mercurio pasar por delante del Sol en forma de pequeño disco negro, fenómeno que no se observa frecuentemente ya que el plano de la órbita no coincide con el de la eclíptica.

Lo interesante del caso es que el distinguido astrónomo francés, Urbano Le Verrier (1811 –1877) utilizó los cálculos realizados por Alcalá Galiano y sus compañeros, y comparándolos con otros efectuados por él, logró descubrir las variaciones que se producen en la órbita de Mercurio y en 1839, al cotejar estos trabajos, publicó su obra “Les variations séculaires des orbites des planètes” y en 1845 su “Théorie du mouvemente de Mercure”. Su aporte más destacado fue la corrección, tras una revisión completa, de las tablas de los movimientos planetarios. Incluso, basándose en la astrometría, calculó que ciertas perturbaciones que se producían en planetas, se debía sin duda la existencia de otro, aun no conocido, y que ocuparía, en una fecha que calculó con casi total exactitud, cierto lugar en el cielo. Ese astro es el que hoy conocemos como Neptuno. Fundamentalmente fue su “Mémoire sur les variations séculaires des élements des orbites pour les sept planètes principales” publicada en 1847.

No deja de ser interesante recordar que en tales trabajos del astrónomo francés, haya sido utilizado el material que hace justamente doscientos años realizó un grupo de sabios que vinieron hasta nuestra ciudad en su afán de descubrimientos científicos.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

12 de junio de 1989

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