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¡Oh Mayo! ¡Oh, Asencio! Rebeldes algazaras,
en el Plata, erizaron recias lanzas tacuaras;
hirvió el gran hormiguero de la raza bravía;
el llanero y el gaucho, ebrios de rebeldía,
locos de libertades, de fraternal hazaña,
a ponchazos, ahogaban los cañones de España.
Mil ochocientos veintiséis: Panamá y bolívar...
¡tanta visión del héroe disuelta en tanto acíbar!
La gloria, enamorada, le dio el supremo abrazo
al oírlo en Angostura, Jamaica y el Chimborazo,
hasta que traicionado, obligado a abdicar
de su acción murmuró: - “He arado sobre el mar...”
Y Sucre el de Ayacucho, hijo de la Victoria
vilmente asesinado, diamante es de la historia.
Soñando en Chacabuco, San Martín disolvía
la perla misteriosa de su melancolía;
Martí, dando su sangre al odio y la malicia,
caía, como lirio puro de la justicia;
y anduvo el Padre Artigas, con corona de espinas,
su oscura vía crucis de agonías divinas.
A la virtud, la Muerte, le hizo su blanca ofensa...
Y se fueron los héroes de aquella edad inmensa.
Hoy, dime, Hispanoamérica: después de verte libre
y grande ¿Es posible que tu alma no vibre
y a los imperialismos, monstruos de paso ciego,
no te alces, crepitante, como un gran mar de fuego?
Te sueño federada en un inmenso hogar:
que el prisma de colores vuelva a ser luz solar.
Te veo sin mendigos, sin razas humilladas,
sin hombres oprimidos por espuelas o espadas,
sin dictadores ogros, de colmillos de tigres;
Te sueño en la gran fragua de un pueblo de hombres libres
e iguales. Si esto hiciera tu alto genio potente,
yo, cual Fausto en su sueño final, diría – “Deténte,
al tiempo; eres bello” Y a la Vida diría: - “Eres buena.”
Y al Verbo misterioso: - “Tu amor vale tu pena”.
Y en tanto, disolvamos la sombra de esta hora
sin norte, en tal himno, que haga salir la aurora.
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