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El cantar de Ramsés II de Pentatur
Hyalmar Blixen

La poesía en el valle del Nilo, escrita en esmerados jeroglíficos, en armoniosos esquemas de dibujos, fue, bajo los faraones, notable en algunos de sus diversos aspectos. Conocido es por muchos el "Himno a Atón" de Amenhotep IV, aquel monarca de la dinastía XVIII que soñó utópica, pero humanitariamente, un mundo feliz, de paz, de amor, de virtud, bajo el reinado de un dios que quiso imponer a los egipcios, un dios de poco arraigo y que murió con el propio faraón. Menos difundidos, pero exponentes acabados de aquella lírica son el gran "Himno a Amón", que se conserva en El Cairo, sobre papiro, compuesto en tiempos de Amenhotep II, los "Exorcismos mágicos de Set" o "Lamentaciones de Isis y Neftis" (estos dos últimos son textos del Ciclo Lírico de Osiris) y desde luego las plegarias misteriosas e inquietantes del "Libro de los Muertos".

Existió también una lírica más profunda, una poesía pesimista y ligera a la vez, hedonista y amarga, de la que es muestra el célebre "Canto del arpista", hallado en la tumba del faraón Iniatef... Y mismo hubo aún otra poesía, erótica y ardiente, de la que se conservan algunas muestras en los papiros. Pero casi siempre las manifestaciones poéticas que estamos acostumbrados a leer y que son monumentos de aquella cultura, se refieren a la lírica, y prácticamente nunca a la poesía narrativa. Por eso creo interesante agregar, a la serie de artículos que sobre literaturas orientales escribí para este Suplemento en años anteriores, uno sobre el género épico, bastante menos conocido; se trata, en este caso, del "Cantar de Ramsés II", cantar que narra la victoria que este faraón logró contra los hititas (o knetti) y que fue compuesto por un poeta de la corte de Tebas, llamado Pentatur o Pentaur. Según De Rougé, la época de Ramsés II se señaló por un gran desarrollo literario y existió un colegio de sabios y escritores junto al faraón, quizá con la misión de consignar todos los hechos salientes de su reinado y se cree que Pentatur sería uno de los poetas de ese grupo, aunque algunos opinan que fue un simple copista, caso que nunca podrá resolverse.

El Cantar de Ramsés II fue grabado en jeroglíficos sobre las paredes de varios templos, entre ellos el de Luksor (El-Uksur) y el de Karnak. El de Luksor, a orillas del Nilo, en la ribera opuesta de la antigua Tebas, en una hermosa región de palmeras y tierras sembradas, fue edificado por Amenhotep III en honor a Amón, a su esposa, la diosa Mut y al hijo de este matrimonio divino, es decir, a Kons. Pero Ramsés II le agregó entre otras cosas, un edificio donde hizo colocar seis estatuas monumentales: dos sentadas y cuatro de pie. Además le colocó dos obeliscos de granito; uno de ellos está hoy en París, en la plaza de la Concordia. Este edificio se halla ornado con las inscripciones jeroglíficas del poema de Pentatur, junto con escenas que ilustran hechos de la vida del faraón.

El templo de Karnak, próximo al de Luksor, muy antiguo también y en cuya edificación influyeron varios monarcas, incluso Ramsés II, tiene asimismo grabada una versión del cantar épico de Pentatur. Pero no sólo se conserva el poema en inscripciones epigráficas, sino que se ha hallado también en uno de los papiros: en el Sallier III (el hallazgo más antiguo). Todos estos textos, sin embargo, presentan lagunas y mutilaciones.

El poema de Ramsés II se limita a cantar un hecho de armas de este faraón, hecho que tuvo lugar en una de sus campañas contra los Khetti, que así se llama en los textos egipcios a los hititas. Este faraón, perteneciente a la dinastía XIX, sucedió a su padre, Seti I, cuando apenas tenía dieciocho años. Es el mismo que los griegos conocieron con el nombre de Sesostris y cuya vida doraron con leyendas y exageraciones. A los cinco años de su reinado, Ramsés II (o Ramsés- Meri- Amón, como se le llama en el Cantar) decidió renovar las guerras que su padre había sostenido contra los hititas y levantó un poderoso ejército dividido en legiones cuyos nombres eran los de los dioses del valle del Nilo; sin duda acompañaban al faraón muchos súbditos de pueblos vasallos. La intención parece que era la de reconquistar las comarcas del antiguo imperio hasta los límites que tenían en los tiempos de Tutmés III y que se habían perdido durante el pacífico reinado de Amenhotep IV, en razón de las conquistas del rey hitita Shubbiluliuma, gran organizador de ese imperio. Los hititas, desde su capital, Hattusas (BoghazKoi), en la actual Turquía asiática, habían lanzado primeramente sus guerreros sobre los Mitani y asolado dos veces a Babilonia. Luego disputaron a los egipcios el domino de Siria.

Pero nada de esto se dice en el Cantar, porque para los hombres de aquella época eran hechos perfectamente conocidos. El Cantar de Pentatur comienza con una alabanza al faraón, exagerada para la sensibilidad del lector de hoy, pero no mayor que las que se tributaban a otros monarcas orientales antiguos. Luego pasa a la narración:

"El faraón había preparado sus arqueros y sus carros... las órdenes de la guerra habían sido dadas; partió, descendiendo el río; los arqueros y los carros comenzaron una marcha feliz. El año V, en el noveno día del segundo mes de las siegas, el faraón franqueó el vallado de Tsar... Semejante a Month en su aparición, la tierra entera tembló; todos los sublevados vinieron, ganados por el espanto, a curvarse delante de los espíritus del faraón".

El poeta lo compara a Month, divinidad antropológica, pero con cabeza de gavilán, sobre la que se ponían los signos de Amón: un disco y plumas. Era una deidad esencialmente guerrera; de ahí esa comparación, desde luego hiperbólica. Así comienza la campaña, según el poema: primero remontando el Nilo y luego atemorizando a los pueblos que se habían levantado, instigados por los hititas. Al principio da la impresión de que el ejército egipcio es una máquina invulnerable y de que todo está organizado de una manera maravillosamente precisa. Transcurren de ese modo los días hasta que Ramsés- Meri- Amón llega a la región de Kadesh. Atraviesa el valle de Arunta (el Orontes) río de unos 500 Kms. que muere en el Mediterráneo y que en su curso limitaba los principados de Aleppo y Beirut. No es un río navegable, pero su valle, surcado de importantes caminos, permitía el tránsito desde Egipto al norte de Siria por allí pasaban los ejércitos y las caravanas de mercaderes. En la parte superior del curso estaba Kadesh, ciudad citada en la Biblia, ya que fue un lugar en el que los israelitas se detuvieron antes de entrar en Palestina. Tanto esta tierra como Siria fueron el campo de batalla donde los dos grandes imperios de aquella época, egipcio e hitita, dirimieron supremacías. Continúa narrando Pentatur:

"Cuando el faraón se acercó a la ciudad, el vil y perverso jefe de Khet había ya reunido cerca suyo a todas las naciones, desde los confines del mar. El pueblo Khet (hitita) había venido todo, como el Naharain, el Aratu (Dárdanos), el Masu, el Pidasa, el Iliuna (Ilión, o sea la antigua Troya, aliada a los demás arios), el Karkisha..."

Y sigue el catálogo de los pueblos vasallos del enemigo. Es de notar que al rey hitita sólo se le llama "el vil y perverso jefe de Khet" se trataba, en realidad, del rey Mursil, monarca aguerrido, que logró culminar felizmente una emboscada en la que cayó el ejército egipcio, emboscada muy hábil aunque quizá poco caballeresca; por ello Pentatur lo llama "vil y perverso". La verdad es que Mursil envió falsos espías, con orden de dejarse capturar por los egipcios y de dar noticias erróneas acerca de la posición de los hititas; debido a ello Ramsés II pasó tranquilamente delante de la ciudad de Kadesh al frente de sólo sus servidores de palacio; luego venían, de modo bastante descuidado, por su orden, la legión de Amón, la de Phra, la de Ptah, la de Sutekh, y así sucesivamente, con regular distancia entre una y otra.

De improviso Mursil atacó con sus carros (en cada uno de los cuales llevaba tres guerreros) a la legión de Phra, legión que cedió ante la violencia del choque. Así Ramsés quedó separado del grueso de sus ejércitos y tuvo que luchar como un simple guerrero por su propia vida.

Narra Pentatur: "El faraón se había detenido al norte de la ciudad de Kadesh, sobre la ribera occidental de Arunta. Cuando se le hubo comunicado el ataque se levantó como su padre Month, asió sus armas y se revistió de una coraza, semejante a Baar en su hora." (Uno de los nombres del dios Set).

Aquí el poeta ha magnificado la acción para darle un contenido más heroico; es verdad que el faraón luchó junto a pocos súbditos , pero no totalmente solo, como se dice en el Cantar, por razones poéticas y mismo de alabanza al propio Ramsés. Ahora leamos la oración que el propio faraón, convertido en héroe legendario, dirige a su dios, a Amón:

"-¿Dónde estás, oh Amón, padre mío? ¿Es que un padre olvida a su hijo? ¿He realizado alguna acción sin ti? ¿No he caminado, no me he detenido según tu palabra? Jamás he violado tus órdenes. ¿Qué son, pues, al lado tuyo esos Aamus? Amón enerva a los impíos. ¿No te he consagrado ofrendas innumerables? He llenado tu sagrada morada con mis prisioneros, te he elevado un templo para millones de años, te he dado todos mis bienes, para tus almacenes. He hecho sacrificar para ti treinta mil bueyes con todas las maderas de perfumes deliciosos"... "Te invoco, ¡oh Amón mío! Heme en medio de pueblos numerosos y desconocidos para mi; mis numerosos guerreros me han abandonado, ninguno de mis combatientes de carros ha mirado hacia mí, y cuando los llamaba ni uno solo ha escuchado mi voz. Mas pienso que Amón vale para mí más que un millón de guerreros, que cien mil aurigas y que una miríada de hermanos o de jóvenes hijos, aunque estuvieran todos juntos reunidos. La obra de hombres numerosos nada es; Amón la arrastrará a lo lejos".

El poema, como en Homero, da entrada al elemento maravilloso. Amón mismo habla al faraón, le promete ayuda y se lanza al la lucha; hay momentos en que la identificación es tal, que se ignora si el que lucha es el dios o el faraón. Es interesante también el contraste que ofrecen Ramsés II y su escudero Mena, que está presa de pánico. Tras este combate se produce el reencuentro del faraón con sus legiones, a las que recrimina por el descuido culpable y por la negligencia en luchar. Se vuelve a la batalla, la cual es cantada con algunos detalles de sumo color, que en esta síntesis apretada debemos omitir.

Continúa el canto: "A la mañana del día siguiente dispuso el ataque y se lanzó al combate como un toro bien armado. Iba semejante al Month, preparado para la batalla y entró en la pelea como el gavilán que se abate sobre las ratas. Cada uno decía a su compañero ¡Guardáos! ¡No caigáis! pues la gran diosa Sekhet, que está con él y lo acompaña sobre un carro, le presta su brazo y a aquel que cae una llama ardiente le devora sus huesos".

Se alude aquí a un león que se hacía combatir cerca del faraón, sobre un carro la evocación de Sekhet radica en que esta deidad tenía cabeza de leona: de ahí la idea de que esta diosa luchaba al lado del faraón. Todo este poema presenta semejanzas, en el aire, aunque no en el estilo, a aquellas "aristeias" que son núcleos en la acción guerrera de "La Ilíada" y de la parte final del "Ramayana" y de batalla Kurukshetra (Cantos VI a X del Mahabhárata).

Al final, Mursil (el vil y perverso jefe de Khet) tiene que ceder y envía parlamentarios a Ramsés. En el Cantar de Pentatur el país hitita queda sometido al faraón, el cual, victorioso, retorna, se dice "a una vida serena, como su padre Month en su hora".

Pocos versos más y termina el Cantar. Pero, ¿qué ocurrió luego en la realidad? Es cierto que Mursil perdió territorios y se retiró a Hattusas sin intención de una nueva acción contra Ramsés. Pero el hijo de Mursil, llamado Mutallu, reinició la guerra y Ramsés tuvo que volver al teatro de las operaciones. Esto sucedió hasta la muerte del rey hitita, a quien sucede su hermano, Khattusil, que prudentemente propuso un arreglo pacífico a Ramsés, proposición que, aceptada, zanjó para siempre esa cuestión de límites.

El texto del tratado, muy minucioso, se conserva tanto en versión egipcia escrito en jeroglíficos, como en versión hitita grabado en cuneiformes sobre tablillas de barro halladas en Hattusas. De este tratado surgió también un casamiento entre Ramsés y una hija de Khattusil. La paz, interrumpida sólo por pequeñas campañas para sofocar sublevaciones, permitió a Ramsés II dedicarse a la realización de obras monumentales o a concluir algunas ya empezadas por faraones anteriores.

Todo esto parece un cuento de imaginación y sin embargo ahí están las muestras de que la base de estos hechos fue real y no fantástica y entre esos testimonios, el poema de Pentatur surge de entre la maraña de signos jeroglíficos, para presentar, al fin de cuentas, un contraste entre lo que fue y lo que es, o quizá más aún, para decirnos que lo que para nosotros hoy es, tal vez un día, sea materia de arqueólogos, historiadores, y amigos de desenterrar antigüedades.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

1 de Noviembre de 1969

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