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Besnes e Irigoyen: un vasco de corazón sensible
Hyalmar Blixen

Montevideo antiguo fue pintado por cronistas viajeros, dibujantes, acuarelistas, grabadores, que al pasar ocasionalmente por nuestro puerto recogieron testimonios visuales de lo que les ofrecía a los ojos esta ciudad naciente. Fueron Brambila, Ravent, Earle, Fisquet, Lauvergne, Martens, Robinson Wiegeland y desde luego D´Hastrel. Las circunstancias de sus viajes y sus mismas obras plásticas mereceríamos un mejor conocimiento por parte de todos nosotros. Tampoco podemos dejar de mencionar al francés Amadeo Gras, músico y acuarelista que introdujo la técnica del daguerrotipo; al italiano Cayetano Gallino; a los alemanes Johann Mortiz Rugendas (aunque la mayoría de su obra está inspirada en Brasil) y a Otto Grashof.

Pero a quien queremos recordar en este artículo es a Juan Manuel Besnes e Irigoyen, ya que se cumple el bicentenario de su nacimiento. Su lugar de origen fue San Sebastián y vino al mundo el 12 de julio de 1788, pero como otros, dejó su tierra y a los veintiún años llegó a Montevideo. Había aprendido la caligrafía, y como era un excelente pendolista ocupó un cargo en la administración pública. Gobernaba por entonces don Francisco Xavier de Elío y la situación de la Banda Oriental se tornaba políticamente cada vez más compleja. A principios de 1809, el mismo año de la llegada de Besnes e Irigoyen a Montevideo, arribaba a Buenos Aires, en calidad de Virrey, don Baltasar Hidalgo de Cisneros, en sustitución de Liniers, acusado éste último de inclinarse a Francia. Un año antes, el 21 de setiembre de 1808, Montevideo había creado la primera Junta de Gobierno en Hispanoamérica, semilla de un movimiento autonomista, no precisamente anti español, pero sí reivindicador de los derechos de los habitantes de la ciudad a cierta forma de autogobierno. El movimiento juntista surgió poco después en Chuquisaca, Cuzco, La Paz, a imitación del de Montevideo, cuya Junta fue luego dispuesta por la Central de Sevilla. La definitiva y revolucionaria fue la de Buenos Aires de 1810.

Pendolista y docente

Entre tanto, Besnes e Irigoyen trabajaba en las viejas oficinas de la bien amurallada ciudad y, enamorado de la misma, comenzaba a hacer sus primeros croquis, perfiles, esbozos de aspectos arquitectónicos y tipos humanos... Poco a poco ilustraba la vida de la plaza; era un testigo que autenticaba, por medio de dibujos y acuarelas, ese pequeño mundo naciente: objetos, hechos, retratos. Poco después se levantaba la campaña; Artigas, al frente de la revolución oriental, vencía en Las Piedras la batalla más importante de las luchas por la independencia en el Río de la Plata, no tanto por el número de combatientes de ambos bandos como por su valor psicológico: era la primera vez que los españoles resultaban vencidos en esta parte de América del Sur. Desde Montevideo, dos veces sitiado, tomado por las fuerzas bonaerenses, luego por las de Artigas, después por las portuguesas, Besnes e Irigoyen seguía su labor con gran sentido de responsabilidad, pues se preocupaba por enseñar a los niños en distintas escuelas que se abrían, y especialmente en la "Lancasteriana", fundada en Montevideo a fines de 1821 por iniciativa de Larrañaga y que funcionaba en el Fuerte. John Lancaster (1778-1838) fallecido, pues, justamente hace ciento cincuenta años, fue quien ideó un método de enseñanza que contribuyó en forma significativa a aminorar el analfabetismo. Consiste en lo siguiente: algunos maestros hacían que un grupo de niños aprendiera a escribir y lograra nociones elementales de aritmética. Luego se seleccionaba a los diez discípulos más aprovechados, y éstos, a otros diez, y así sucesivamente. Este método fue traído a América por James Thompson, quien recorrió varios países para divulgarlo.

Larrañaga respondió aquí, quizá el primero de todos, y lo propuso, pero en dicha actividad docente colaboró también con generosidad Besnes e Irigoyen.

El litógrafo

Hacia 1838 llegó al país el belga José Gielis, quien comenzó trabajando en una imprenta litográfica ya existente, y luego abrió un taller propio de litografía, es decir, de técnica del grabado en piedra, inventado por el grabador de música Aloysius Senefeder, nacido en Praga en 1771 y fallecido en Munich en 1834. En el taller de Gielis aprendió dicho arte Besnes e Irigoyen y en varias litografías captó el Montevideo de aquella época, con escenas de la Guerra Grande y especialmente de la ciudad que sería llamada "la nueva Troya", aunque más feliz que la homérica, porque no fue tomada. En 1843 Besnes e Irigoyen, nombrado Litógrafo del Estado, prosiguió esa actividad de dibujante, perito calígrafo, acuarelista, grabador y sus aportes, especialmente en el plano de la documentación histórica, han sido considerables.

Su obra no quedó sólo en Montevideo sino que algunas están en museos de otros países, como el "Descendimiento de la Cruz", trabajo a pluma que obtuvo el primer premio en la Exposición Universal de Londres de 1851 y que la colectividad española regaló a la Reina Isabel II; por lo que quedó en Madrid. En cuanto a su "Retrato ecuestre de Napoleón III", donado a éste, fue incorporado a un museo francés. Las demás permanecen en pinacotecas públicas y privadas. Tanto Fernández Saldaña como Arredondo, han hecho sobre Besnes e Irigoyen estudios importantes. En otro campo de su múltiple actividad, cabe señalar la de escultor y autor de estatuas funerarias, algunas de las cuales se hallan en el Cementerio Central.

El hombre de corazón sensible

Era Besnes e Irigoyen, como puede verse, un hombre de gran sentido humanitario; donde aparecía una idea noble, allí estaba ese generoso vasco para arrimarle el hombro.

Ya en 1824 ingresó a la Hermandad de caridad, institución de carácter laico que provenía del Montevideo colonial y que tuvo en Francisco A. Maciel a uno de sus más destacados colaboradores. Esa hermandad intervenía en toda obra que estuviese a su alcance; Isidoro de María hace referencia a ella; se pedía limosna para los pobres, para los presos y hasta se descolgaba a los ahorcados por la justicia. Dicha Hermandad abrió una escuela para huérfanos, y en 1826 cupo a Besnes e Irigoyen ser su director.

También dirigió la Escuela de Niñas organizada por la Sociedad de Beneficencia. En ninguna de estas actividades cobraba sueldo. Recibió, sí, una medalla de oro, otorgada por dicha Sociedad, como reconocimiento a su labor.

El gobierno de Brasil, terminada la Guerra Grande, le confirió el hábito de Caballero de la Orden del Cristo, por disposición misma del emperador. En 1849 Besnes e Irigoyen, sensible a la necesidad de una enseñanza superior, actuó con eficacia en la creación de la Universidad de la República, por cuya labor le fue conferida otra medalla de oro.

Pero aun los de corazón afectuoso se encuentran en el tremendo dilema de ser justos. Como perito calígrafo debió intervenir en el juicio seguido a un hombre, acusado durante la Guerra Grande de connivencia con el enemigo. Tuvo que reconocer que los papeles incautados eran de letra del acusado, de resultas de lo cual se lo fusiló. Y esta crisis de conciencia lo llevó a una enfermedad. Pero triunfó su espíritu de labor e integró el Consejo de Notables, hasta que un día de invierno contrajo una pleuresía y falleció el 21 de agosto de 1865. Hoy, a dos siglos de su nacimiento, le debíamos unas líneas de recordación. ¿No es lo justo?

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

7 de octubre de 1988

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