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Amor, virtud y muerte en la poesía egipcia
Hyalmar Blixen

Signo de madurez de los pueblos antiguos, de las viejas culturas que, desenterradas de las arenas, hoy nos asombran, es el situarse ante los problemas de la vida y la muerte con una lucidez dolorosa, con una nostálgica sed de perdurar. Las preguntas son las mismas en todos los tiempos. ¿Cuál es la razón de nuestra finitud ineludible? ¿Corre verdaderamente el ser hacia una suerte futura? ¿Es la muerte un estado sin ensoñación de paisajes, donde ni seres queridos, ni dioses, ni demonios se nos aparecen?. Y la vida: ¿es placer, deber, amor, abnegación, solidaridad, egoísmo? ¿Es todas esas cosas juntas, alguna de ellas o ninguna? Todo ello, que aún se plantea el hombre de hoy, también se lo preguntó el antiguo: el de las culturas sumero-babilónica, la egipcia, la sánscrita, la persa, la griega o la azteca.

Si espigamos en los textos en prosa y en los cantares que se han salvado de la destrucción de la cultura del Egipto faraónico hallamos esa problemática esencial, esa polaridad del placer y del deber y aún esa conciencia de que -usando las palabras de Darío- la vida tienta con sus frescos racimos y la muerte aguarda con sus fúnebres ramos.

Tal intuición de lo dramático hallada en la misma raíz de lo hedonista no se halla, es claro, en la literatura oficial, contraloreada por los sacerdotes de Amón o de Ra o de Ptah o de Osiris; para esos dioses son los cantos afirmativos, las loas sonantes, el himno del miedo, la reverencia y el estupor de la pequeñez aplastada por la inmensidad desconocida.

Pero en el "Libro de los Muertos", en las "Lamentaciones de Isis y Neftis", en las "Máximas del escriba Ani", en el "Diálogo del cansado de la vida con su alma", en las "Quejas del fellah" y varios de los llamados "Textos de las pirámides" , podemos espigar, aquí y allá, el conflicto entre la necesidad de vivir, de gozar de la luz maravillosa, por un lado, y la realidad a la que los humanos no quieren resignarse y para la cual inventan escenarios fantásticos, brillantes, una ultratumba recompensadora y muchedumbre de dioses. Porque el hombre no es más que un niño; tiene miedo a la soledad sin orillas y al silencio infinito, en el que se hace más patente la realidad de su disolución.

De ahí nace el "Libro de los Muertos"; colección de plegarias extrañas, de exorcismos en los que la magia y la mística se prestan mutuamente sus esencias, fue compuesto en tiempo inmemorial y sufrió muchos avatares, refundiciones, agregados y quizá mutilaciones. Ese libro evolucionaba con el mismo pensamiento del pueblo; se transformaban las concepciones religiosas y estas modificaciones le daban nuevas coloraciones a la obra.

La necesidad de forjar un paraíso, un mundo más allá de la destrucción ineludible, marca la primera expresión de rebeldía del hombre hacia la muerte, rebeldía mental, nada más, pero que ha dado a la literatura un vasto campo de fantástica luminosidad: Homero, Valmiki, Dante y tantos otros han vestido el más allá con un brillo inusitado. El poder de la mente, el deseo de los vivos de participar en la resurrección de los muertos, base de la literatura egipcia, está patente en las famosas "Lamentaciones de Isis y Neftis" manuscrito hierático que se halla en el Museo de Berlín, proveniente de las ruinas de Tebas, descubierto por Passalacqua en el interior de una estatua de Osiris. Son invocaciones hechas por las dos diosas, Isis y Neftis, a su hermano Osiris, para lograr la resurrección de una señora llamada Tentrut.

En la creencia de un juicio, basaba el egipcio buena parte de su ética; de ahí las contínuas afirmaciones que se leen en los, "Preceptos de Ptah-hotep" o en los de "Amón- em- Opet", en las "Máximas de Kakimini" o en las de "Ani". Pero también a veces la ética se concibió sin sanción; muchas de las sentencias de estos mismos sabios se fundamentaban en sí mismas como en el caso: "No hables en forma distinta de la que quisiera tu corazón, porque entonces ninguno de tus proyectos tendrá éxito y serás inculpado de la opinión de la muchedumbre". Este es un consejo de Amón- em- opet y también es el que sigue: "Si ves que un pobre tiene que pagarte una deuda cuantiosa, repártela en tres partes, cancela dos y deja que subsista tan sólo una. Entonces te parecerá que encuentras los caminos de la vida. De noche podrás dormir tranquilo y al despertar en la mañana, el nuevo día te parecerá una buena noticia". Y aún ésta: "La alabanza tributada por el cariño de los hombres es más apreciable que la riqueza en el granero".

Algunas de las "Máximas de Ani", que están en un papiro de la XII dinastía conservado en el museo de El Cairo, traspasan, por su contenido humano, por su amor filial, todos los tiempos, todas las culturas, porque son un tesoro del hombre, como éstas: "Dobla los panes que das a tu madre, pórtate como ella se ha portado contigo. Cuando tu naciste durante varios meses te llevó todavía sobre su nuca y durante tres años su pecho estuvo en su boca. Nunca experimentó repugnancia por tus suciedades y nunca dijo: -¿por qué he de hacer esto? Te llevaba a la escuela para que aprendieras la escritura y todos los días iba allí con pan y cerveza de su casa. Cuando seas de más edad y tomes mujer y tengas tu casa, vuelve tus ojos a la época en que tu madre te dio a luz... Que jamás tenga ella que censurarte ni que levantar sus manos a las divinidades, ni que éstas oigan nunca su queja". O ésta otra tan llena de contenido práctico: "La ruina de un hombre está en su lengua; ten cuidado de no perjudicarte a ti mismo".

Se ha dicho que el egipcio vivía para la inmortalidad, y en parte esto es cierto, pero exagerado. El hombre del Nilo también sintió las apetencias carnales, la gloria del amor en todas sus formas, la presencia poderosa de la amada. Así, en las fiestas de la "Concepción de Isis" se producía un gran desborde de erotismo y en las de la "Entrada de Osiris en la Luna" (cuando el Sol y la Luna se encontraban en el ecuador) se suponía que se realizaba la conjunción carnal de esos dos dioses y se realizaban los famosos matrimonios sagrados con profusión de ritos, especialmente eróticos.

El erotismo impregna muchos cantos de gran belleza y de pasión fuerte y sana. Se conservan típicas muestras de la época de Sethos I (aproximadamente del 1300 a. J.C.) y resultan un antecedente valioso de lo que fue luego la lírica amatoria de Asia Occidental, especialmente la hebrea, india, persa y árabe. El amor se presenta sin convencionalismos, sin estar ensombrecido por la idea de pecado; los amantes se quieren en medio de la naturaleza, ardientes como sus mismos corazones. La muchacha, en uno de esos cantares afirma su fidelidad con estas palabras : "-¿No tiene mi corazón compasión para tu amor por mí? No dejaré tu amor aunque me peguen hasta Palestina con palos y porras, hasta Etiopía con varas de palmeras, hasta la colina con bastones y hasta la tierra de labor con zurriagos. No oiré sus consejos ni dejaré de amarte".

El muchacho está dispuesto a recurrir a Ptah, dios de Menfis, para vencer la oposición que según se adivina, se ejerce sobre la amada, por alguien que no se nombra, tema que recuerda vagamente al del "Cantar de los Cantares". El muchacho invocará a Ptah y también a Sechmet, diosa de la guerra (que era amante de Ptah) y a Neferteni (hija de ambos). Si los dioses tienen amores, ¿por qué no van a tenerlos los hombres? Así dice: "Voy a Menfis y le diré a Ptah (señor de la verdad): "Dame esta noche a mi hermana. El río se ha convertido en vino. Ptah es un junco, Sechmet es una flor de loto y Neferteni es su flor. El día alumbra su belleza; Menfis es una fuente de manzanas de amor colocada ante Ptah, el de hermoso rostro".

La muchacha sueña con su felicidad futura cuando los dos amantes puedan acariciarse sin trabas a orillas del Nilo, en la desembocadura del Mertiu, en armonía con la naturaleza ardiente y en paz con todas las cosas: "-Me retiraré contigo a los árboles del jardín. Colgaré en los árboles mi mosquitero. Veré lo que haces cuando contemples mi rostro. Mis brazos están llenos de ramos de presea y mi cabello, de ungüento perfumado. Cuando estoy en tus brazos soy una princesa del señor de ambos países".

Sin embargo, en contraste con estas líneas señaladas; la ética sencilla y buena, la primera y de erotismo ardiente la segunda, existe todavía otra corriente en la poesía egipcia, una corriente hedonista, si, ávida de carnalidad, de apetito vital, pero todo ello contrapesado con la conciencia de lo efímero del goce, de la rapidez con que el placer desaparece, algo así como la síntesis de todo lo que el egipcio de los momentos de alta conciencia existencial, pensó sobre el valor de la vida y de la muerte, escepticismo del hombre que ha pesado las posibilidades de ambas, ha hallado a lo terreno, lleno de frutos ciertos y al más allá borroso, de apariencias difusas, de vaguedades ilusorias.

Así, hay poemas en los que se incita a gozar de la vida breve, similares a los de otras literaturas antiguas. Es valiosa la canción grabada en jeroglíficos en una tumba de Tebas aproximadamente del 2500 a. J.C. en la que el autor reconoce el trabajo incesante de la muerte, compensado con el no menos sostenido de la vida:

"Desde el tiempo de los dioses los cuerpos se van

y en lugar de ellos vienen los jóvenes.

El Sol se muestra en la mañana:

en la tarde desaparece en el Poniente.

Los hombres procrean, las mujeres conciben.

Todos los nacidos respiran el aire,

pero todo lo que producen

al día siguiente ha desaparecido.

¡Festeja el alegre día!

¡Pon canto y música por delante!

Vuelve la espalda a los tristes

y piensa en la alegría

hasta que llegue el día en que se muere".

A su vez, el "Canto del arpista", grabado en la tumba de uno de los Antef, faraones de la XVII dinastía, marca bien el contraste entre el placer que busca el hombre y la conciencia de su inevitable destrucción. Es una edad escéptica, amarga en medio de su sed de goce, con cierto delicado cinismo, perfumado de tristeza, justificado por el desaliento:

"Los dioses que vivieron antiguamente descansan en sus pirámides; y también los muertos beatificados enterrados en sus pirámides, y los que construían casas. ¡Mira lo que se ha hecho de ellos! Hemos oído las palabras de Yem-hotep y de Herdedef, de cuyos discursos hablan tanto los hombres. Pero, ¿qué son ahora sus lugares?. Sus paredes están destruidas, sus lugares ya no existen, como si nunca hubieran sido".

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"Por consiguiente, deja que florezcan tus deseos para que tu corazón olvide las beatificaciones funerarias destinadas a ti y sigue tus deseos mientras vivas... Satisface tus necesidades en la tierra, según las exigencias de tu corazón. Los lamentos no libran del otro mundo al hombre. Haz fiesta y no te fatigues. Mira: no le es dado al hombre llevar consigo su propiedad. Mira: ninguno de los que se van regresa otra vez".

Estos y otros temas fueron objeto de cantares en aquel pueblo donde la civilización brilló por primera vez; tal era lo que se cantaba a orillas del Nilo, junto a las palmeras grásiles, a los palacios que ya entonces eran ruinosos y cuando a lo largo de los cinco océanos, casi toda la inteligencia humana estaba todavía en la oscuridad.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"

7 de Julio de 1970

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