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Reglas
de geometría. |
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Aquella tarde habíamos ido a ver la momia del museo de Historia Natural ,
en el costado del teatro Solís. El museo era vetusto, pero olía a cera,
y los animales no estaban apolillados. Antes de llegar a la momia nos habían
interceptado el paso un par de cabezas reducidas. Yo ya las había mirado
con detenimiento , entonces le hice algunos
comentarios acerca de la decapitación.
En realidad, era un tema que
siempre me había intrigado, pues no podía dejar de pensar que durante un
instante, la cabeza aún continuara pensando, con conciencia de haber sido
separada de su cuerpo.
El frío era intenso, y en
aquellas calles soplaba un viento infatigable.
Ella insistió en mostrarme el edificio con forma de barco que, a tres
cuadras de allí, se erigía frente al horizonte.
Nos sentamos en una plaza
donde correteaban los niños. Desde nuestro banco de piedra se distinguía
perfectamente el edificio, con sus ventanas oxidadas y sus asimétricas
aristas como si estuviera siendo sometido al desasosiego de la tempestad y
del viento. Los barcos reales colgados en el horizonte se mantenían allí,
esperando para entrar al puerto.
Yo le dije que Montevideo era
una ciudad espantosa, donde la basura abundaba por todas partes y donde el
frío se te colaba hasta en los calzoncillos. Ella me habló de la
posibilidad de ver el mar, de los amplios espacios donde se adivinaba el
infinito. Yo le hablaba del tono marrón del agua inmensa: si no hubiese
tenido olas, habría sido perdonable, le decía, porque todavía podía
confundirse con un río. Aquel mar con aspecto de chocolate quitaba el
deseo de ensimismarse en él. Ella respondía que a ciertas horas el mar
absorbía el color del cielo y tenías el espejismo de que te encontrabas
casi en el Egeo, en el Adriático.
Estuvimos largo rato sentados
allí, algunos de los niñitos que se hamacaban tenían la cabeza rapada
para que no se ensañaran en ella los piojos. Los borrachos, la noche
anterior, habían dejado la plaza alfombrada de vidrios rotos y todos los
niños corrían riesgo por allí. De todas formas no dejaban de correr, de
todas formas nosotros continuábamos allí, ante el frío.
Frente al edificio en forma de
barco había unas palmeras ralas que se inclinaban con el viento. Eran
raquíticas y obstinadas, debían haber soportado decenas de tempestades y
aún estaban allí, en el aire helado.
Yo le dije que tal vez sería
bueno comprar una botella de vino, para calentarnos, pero era obvio que el
vino lo que iba a hacer era calentarnos la lengua. Ella y yo, cada vez que
nos encontrábamos, hablábamos hasta por los codos. Hablábamos de todo:
de comida, de la infancia, del sexo, de los viajes, de las abuelas, de películas,
de música, de historia, nos contábamos cuentos.
Muchas veces habíamos
terminado al alba hablando así, de un tema a otro, sin parar. Lo nuestro
era hablar por la calle, jamás nos habíamos aposentado en el sofá de
alguna casa junto a una estufa, habíamos preferido siempre deambular y
detenernos a observar las puertas, los zaguanes, el rostro de la gente. A
ella le encantaba descubrir qué tipo de baldosa adornaba el zaguán en
cuestión, si pas de calais , si baldosa inglesa, era experta en
esos temas y podía pasarse un buen rato explicándote por qué uno era un
azulejo raro y otro no, por qué uno era digno de campanario y otro de
letrina. Como los seres humanos, le decía yo, unos hemos nacido para ver
el cielo y otros las heces.
Ella era rubia y bajita y
siempre aparecía por el mundo despeinada y despintada. Era inconcebible
pensarla haciendo faenas de secretaria, como si en lugar de sus botines
chatos hubiese tenido tacos altos, como si en lugar de sus buzos tejidos a
mano llenos de bolitas , hubiera tenido
un sweter de algodón ajustado a los senos. Alguna vez me había
confesado que estaba casi harta de aparecer por el mundo sin una pizca de
sexo, droga y rock
and roll, tan desabrida, tal vez si hubiese tenido dinero se habría ido a
un shopping y se habría convertido en otra, así, por fuera , como
sacarse una cáscara y descubrir que abajo hay un cuerpo ajeno , de un
color insólito, de un tacto insospechado.
Me gustaba que fuera mi amiga
y no mi amante, y me sentía orgulloso de que ello fuera así, porque
siempre había tenido en mi frente grabada a fuego la obligación de
penetrar a las mujeres con
las que se comparte una confesión y un vino, pero ella era demasiado
bajita y para besarla tal vez me debía agachar demasiado. Nunca he tenido
hermanas y me agradaba conjeturar que tal vez una hermana fuese una mujer
así, distraída y cercana. Mi
carencia de hermana me hizo ver las mujeres siempre como seres de otra
raza. Estaba mi madre, claro, pero trabajaba muchísimo y por las noches
se quedaba corrigiendo exámenes. No tenía tiempo de ponerse
delicadamente delineador en los ojos, ni de hacer pasteles. Mi madre
estaba divorciada, y ello era un estatuto peculiar, de niño siempre me
sentí culpable por tener una madre que había sido de un hombre y lo había
perdido, seguramente por su causa, ahora andaba por el mundo sin hombre al
costado y eso me resultaba
extrañísimo. Mi padre, en cambio, se había vuelto a casar, y tenía más
hijos, dos varones, como yo, así
que la carencia de hermanas y de niñas se extendía por todas partes.
De niño añoraba el perfume
dulzón de la colonia de las niñas, las observaba en el patio de la
escuela jugar al elástico, a la cuerda, al pata-pata, daba cualquier cosa
por espiarles un trocito de bombacha bajando la escalera de la escuela.
Las maestras las hacían ir en pleno invierno en pollera, prohibiéndoles
los pantalones y por lo tanto generando en sus muslos piel
de gallina por doquier. Las niñas se sostenían el pelo con unas vinchas
anchas y era un placer tirarles sutilmente de un mechón en plena clase
por atrás y generarles enojos y protestas. Después pasó el tiempo y
comencé a acostarme con muchas chicas, pero dentro de aquellos
cuerpos calientes y repetidos no encontraba las niñas de antaño, las que
se peleaban con los varones y nos sacaban la lengua y a quienes hacíamos
llorar tirándoles chumbitos.
Las mujeres se habían
convertido en animales húmedos siempre sedientas de amor y angustiadas
por la posibilidad del sida y del embarazo.
Ella era una amiga, solamente,
y su cuerpo menudo y envuelto en un montgomery escocés no me producía el
sentimiento obligatorio de seducirla.
Esa tarde pronto se convirtió
en noche, y a pesar del viento pesado e insistente nosotros continuamos
caminando por allí, teníamos hambre y nos pusimos a pensar en qué podríamos
comer. Estaba agobiado de los carritos apestosos que impartían choripanes
grasientos, las pizzas del barrio serían obviamente recalentadas, al
final optamos por meternos en el Mercado: era viernes y ya estaban por
cerrar. El Mercado olía a orines de gato,
yo me quejé, por supuesto, siempre he sido un individuo quisquilloso e
intolerante, lo cual me ha gustado mucho, pero ella que tenía un espíritu
conciliatorio admirable me
explicó con serenidad que gracias a la presencia de ese par de gatos de
pelajes inverosímiles las ratas no circulaban libremente bajo nuestros
pies.
Decidimos comprar un gran
salamín en una tienda donde estaban mirando el informativo -yo siempre
llevaba conmigo una pequeña navaja y podía cortarlo-
un pedazo de queso, pan de bolsa y obviamente más vino tinto. Ella
me comentó que una vez había dialogado con el dueño de la verdulería
del fondo y que éste le había contado que tenía cuatro hijos propios y
cuatro hijos adoptivos. Al salir del mercado nuevamente al frío intenso
le confesé que
siempre había tenido temor de ser un niño adoptivo, temor de no recordar
el terrible momento en que una madre anónima me hubiese dejado en un
orfanato; quizás mi madre adoptiva habría demorado en comprarme y yo tal
vez habría pasado días, semanas, tal vez meses esperando el calor de un
regazo, con un agujero enorme en el cerebro, yo bebé, ya perdido para
siempre, aunque finalmente adoptado. Ella me aseveró que toda la gente
tiene esos temores, o cuando menos la atroz fantasía de no ser hijo
verdadero del padre en cuestión, como si todas las madres del mundo
hubiesen sido casquivanas y hubiesen frecuentado los bajos fondos antes de
quedar preñadas.
Nos comimos el salamín y el
queso en la Plaza Matriz, ya vacía a aquellas horas. La Plaza
Independencia sea la hora que fuese siempre tenía su gente, estaban los
coreanos de los barcos y también los bichicomes que dormían con sus
perros bajo el ceibo, pero la Matriz pasadas ciertas horas no era un hogar
sino un extraño monumento.
Luego caminamos hasta la Plaza
Zabala, allí apuramos el vino que nos quedaba y seguimos por la calle
Washington, hasta el Hospital Maciel, hasta su pequeña capilla, cada día
más bonita, especialmente en aquella oscuridad helada.
A pesar del frío y del
entumecimiento nunca nos había dado por abrazarnos, lo nuestro era
caminar por las calles y hablar, era tan bueno hablar, nos sentaba bien,
resultaba armonioso, ninguno se oponía con fervor al otro.
Fue al doblar nuevamente la
esquina de la calle Washington donde nos cruzamos con el poeta.
Yo lo conocía de antes, de
noches de anfetaminas, de esas que parecen no finalizar jamás; en una
oportunidad habíamos compartido juntos un cumpleaños de homosexuales que
se desnudaron y corrieron por el pallier del edificio. En aquel
apartamento los dueños de casa tenían una habitación donde dejaban
escribir las paredes con lápices
de punta fina. El poeta allí grabó un autorretrato verbal y luego se
emborrachó e insultó a todo
el mundo. Cuando nos fuimos de la fiesta el poeta no cabía en el taxi y
mientras nos alejábamos nos maldecía hasta hacerse cada vez más pequeño.
El poeta estaba por regresar a
Inglaterra, en donde vivía seis meses al año. Escapaba del lluvioso
invierno, de la brumosa oscuridad, y se venía aquí, a rodar por las
calles hasta la madrugada. Luego dormía.
Aquella noche ella y el poeta
se presentaron cordialmente, él siempre parecía estar muy interesado en
las nuevas personas que
irrumpían por su andar en la calle, preguntaba con perspicacia los
detalles fundamentales de la persona, sonreía enigmáticamente. El poeta
ya había pasado los cuarenta años pero siempre estaba igual, atractivo y
repugnante, con su armazón de anteojos renovado cada tanto según las
leyes internacionales del diseño. Yo
quedé un poco titubeante porque se rompía ya sin remedio el dulce
devenir de la conversación, la compañía fraterna anhelada que ella me
producía en el espíritu, el rondar por las calles del costado del puerto
mientras el viento nos levantaba el pelo caóticamente.
El poeta nos instó a ir al
Fun-Fun , a escuchar tango. Ella aceptó encantada, yo asentí. Como era
viernes, el Fun-Fun estaba desbordante de gente. Las mesas estaban
ocupadas desde hacía horas, había una gran cantidad de mujeres de más
de cincuenta años con abrigo de piel y labios carmín. Había hombres de
cutis violeta apoyando el codo en la barra. El
humo era espeso y el poeta al aspirarlo sonreía . Yo sabía que el poeta
se acostaba con todo tipo de ser humano, cualquiera fuera su sexo o edad.
Era verosímil que practicara el sexo oral con aquellas mujeres de
peinados oxigenados, el sexo anal con el borracho último de la barra,
sadomasoquismo con los adolescentes heavy metal que en aquel momento
pasaban delante del Fun-Fun, y masturbación con el espejo. Ella tal vez
lo presentía, pero prefería preguntarle acerca de su obra o de la
depresión del norte de Europa en
los tiempos en que no se veía el sol.
Estábamos allí los tres en
el Fun-Fun, de pie, con las manos metidas en los bolsillos, viendo a toda
aquella gente apiñada y sumergida en la noche y el deleite; los cantantes
de tango se deshacían al cantar, dejaban el alma a merced de todos
nosotros, escupían sin quererlo, sudaban y cerraban los ojos. Un
sentimiento de ajenidad y de pertenencia muy fuerte me embargaba, no sabía
si ese oscilar era yo mismo o el vino que había pasado a resolver por mí.
El poeta le hablaba y parecía
muy dulce en esos momentos , nadie hubiera dicho que era un hombre capaz
de armar camorras en los bares, de arruinar las fiestas y los cumpleaños, de amenazar con picos rotos de botella a
cualquier inocente que se topara con sus crisis.
Recordé los triángulos isósceles,
aquellos tan bonitos que nos hacían calcular en la escuela, muy
diferentes del equilátero, por donde se los mirara, porque lejos de ser
democráticos como éstos, eran irremediablemente injustos;
había dos lados iguales, homogéneos , solidarios entre sí y
luego un lado distinto, solitario. Cuando nos encontramos con el poeta así
de improviso en la calle Maciel y Washington nosotros dos éramos los
lados gemelos del triángulo,
y el poeta el otro, pero ahora en el Fun-Fun, en medio del humo y de todos
aquellos que eran felices en el tango , yo era el lado no correspondido,
la parte aislada del isósceles.
Y como
triángulo isósceles continuamos aquella noche, yo situado en un
andamio con un vértigo espantoso y ellos en cambio encaramados a un
trapecio de circo sin un ápice de miedo ante el vacío.
Los tres bebimos mucho. Cuando
los tangos se acabaron y la gente comenzó a ponerse los pesados abrigos,
cuando las ojeras en los ojos cansados comenzaron a advertirse nítidamente
pese al maquillaje, cuando los mozos comenzaron ensimismados
a barrer y a correr las sillas, el poeta continuaba detrás del
humo del cigarrillo y el armazón de moderno diseño,
detrás de su sonrisa en
donde se mezclaba la adulación y la ironía.
Nosotros fuimos los últimos
en abandonar el Fun-Fun, habíamos mezclado uvita y medio y medio, habíamos
continuado con el vino, habíamos pedido nuevamente salamín picado con
pan, el poeta bebía whiskey, nosotros vino y el mozo
solicitó que nos retiráramos.
Yo le propuse acompañarla
hasta su casa, aunque no tomábamos los mismos ómnibus , de todas formas
luego yo podía seguir caminando. Estaba francamente borracho, pero no en
el estado patético aquel de rodar por el suelo; la borrachera hacía que
tan sólo viera al poeta adornado de fauces de cocodrilo; quería advertírselo,
incluso en alguna oportunidad
lo intenté, pero ella parecía haberse convertido en un pajarito
posado en la cabeza del enorme
lagarto.
El poeta había consumido
mucho alcohol pero daba la
impresión de estar sosegado
: nos propuso cruzar a la parrillada de enfrente, a Los Montañeses, a
comer . Nos dijo que allí hacían en la parrilla unos chinchulines
estupendos. Yo odiaba los chinchulines, me habían hecho vomitar una vez
de niño, había visto en un video cómo unos performancistas atosigaban
al público revoleando por los aires chinchulines y y cómo los
espectadores huían
hacia los costados del escenario, aterrados.
Los Montañeses era una
parrillada que de día permanecía casi vacía, a veces se veían
canillitas del barrio que iban allí
a comer un trozo de asado y un vaso de vino tinto y a ensimismarse
en la modorra mientras dejaban el fardo de papel en el piso. Pero de noche
todo era diferente, muy diferente.
A las dos de la madrugada era
posible encontrar numerosos marineros rusos, polacos, noruegos, mezclados
con prostitutas. Aquella noche, sin embargo, los marineros eran de Asia.
Ella dijo que a su entender eran chinos, el poeta se empecinó en que eran
coreanos, yo barajé la hipótesis de que allí hubiese un poco de todo,
todo el Océano Pacífico con sus genes mezclados allí, en aquellos
biotipos horrorosos, hombres carcomidos
por el mar y la violencia.
Las prostitutas eran básicamente
jóvenes: sentadas en la falda de aquellos hombres con camperas oscuras y
pieles cobrizas, parecían lechosas, desteñidas, todo rastro chaná o
guaná o guaraní había intentado ser borrado de aquellos rostros: pelo
teñido de amarillo rojizo, ojos con párpados verdosos agrandados por el
rimmel, boca fucsia. No había allí negras. Ninguna estaba embarazada.
Los hombres les daban de
comer. Ellas tenían frío, las minifaldas eran totales, devastadoras,
mostraban aquellos muslos aplastados contra sí, contra el
muslo compañero y la falda de cuero, qué frío resultaba el
invierno en la calle, cuando había que mostrar inexorablemente la piel,
la carne.
El poeta las observaba con
detenimiento, yo presentía que podía haber camorra aquella noche, pero
después de todo, quizás la histeria del poeta contra el mundo me
salvara, me llevara lejos de allí con ella del brazo, huyendo nosotros
dos de la bilis y de los
gritos, de la noche sin luna en la que el encuentro en la calle Maciel nos
había embarcado.
Pero las prostitutas ignoraron
al poeta y prosiguieron comiendo sus trozos de asado, su pan. La comida
les hacía bien, les hacía bien el fuego de la parrilla y que
los marineros les acariciasen las rodillas.
Me desagradaba que el poeta se
hubiese inmiscuido allí, en Los Montañeses, queriendo fisgonear la vida
de las prostitutas, anhelando ser un coreano, un lumpen; en realidad, no
se lo merecía, no valía ni la décima parte de aquellas vidas, en aquel
momento yo lo odiaba. El poeta estaba ya tan borracho que era inevitable
que algo sucediese, tal vez vomitara, tal vez
amenazara a algún marinero con el cuchillo que le habían traído, tal
vez comenzara a tirar los platos al suelo hasta que se hicieran trizas
mezclados con los chinchulines. Yo quería irme, pero no podía dejarla
bajo ningún concepto allí, con aquel hombre todopoderoso, con el alcohol
, las prostitutas y los marineros.
En un momento me descuidé y
cuando volví a mirar vi que el poeta y ella se estaban besando; aquello
era terrible, vertiginoso: yo le dije, esperá un momento, no sigas, han
tomado mucho vino.
Pero ella lloraba y recostaba
la cabeza en el hombro del poeta, que en aquel momento le contaba cómo su
padrastro lo sometía a castigos en la infancia, porque él había sido un
pequeño huérfano , de sólo cuatro años, con una madre lasciva vuelta a
casar con un espantoso sádico que lo desnudaba para azotarlo, le daba
latigazos con la correa de ir a pasear su setter irlandés, se sacaba el
cinturón y le clavaba la hebilla en donde fuese, luego lo
encerraba durante horas en una alacena donde se guardaban las escobas y
los insecticidas; el padrastro a veces abría la puerta súbitamente y
entonces le echaba un balde de agua fría encima, volvía a cerrar la
puerta y a veces hasta avanzada la madrugada lo dejaba allí, hecho un
ovillo, aquellas noches de cucarachas y escalofríos el poeta había
llamado a los gritos a su madre pero su madre no venía y el poeta,
pequeño y niño, la presentía haciendo el sexo con el hombre que
lo había llenado de moretones y tajos en la espalda.
Tembloroso, hinchado, el poeta esperaba a que lo sacaran de allí, al otro
día debía ir a la escuela y explicar
a los curiosos que los moretones y chichones habían sido el
resultado de un partido de fútbol.
Ella escuchaba al poeta y
lloraba, le caía agua por las narinas , le tomaba la mano, le acariciaba
la frente.
En aquel momento el triángulo
isósceles se había hecho definitivo, inamovible, pensé en los triángulos
que utilizaban los barquilleros para anunciar en los parques su mercadería,
triángulos equiláteros de hierro brillante que sonaban alegremente tan
tin tin tan para anunciar la dulzura y el sabor de los barquillos. El
barquillero lo hacía sonar y se detenía el griterío
de los niños, se detenía la subida al árbol cuando apenas faltaban un
par de ramas, se detenía la charla de las madres con las faldas llenas de
abrigos y bufandas de los niños. Era un triángulo equilátero poderoso,
igual a sí, era perfecto.
Pero aquello ya era un triángulo
isósceles para siempre. El poeta se la había ganado y la tenía apretada
contra su corazón, había contado su historia, la que nunca aparecía en
los poemas, la que no confesaba en las entrevistas de las revistas
literarias, le había explicado incluso que cuando su padrastro le pegaba
aquellas terribles palizas él se meaba siempre, no
había forma de controlar los esfínteres a pesar de que se lo prometía a
sí mismo para la próxima
vez.
A las cuatro menos cuarto de
la mañana abandoné Los Montañeses, ya casi no quedaban marineros ni
prostitutas, sólo ella y el poeta continuaban sollozando y riendo y
hablando en un susurro caliente.
Yo caminé unas cuadras hasta
Dieciocho y allí, absolutamente helado, a merced del viento del Salvo,
tomé un ómnibus.
Una semana más tarde ella me
llamó por teléfono para decirme que
se iba a casar con el poeta y que se iría a vivir con él a
Londres. Sólo faltaba terminar con
unos papeleos. No volví a verla. La semana pasada , un ex - compañero de clase que había ido a Inglaterra a visitar un pariente, me contó que se había cruzado con ella en el metro de Londres . Estaba pidiendo dinero, sola, con un sombrero en la mano. Su rostro estaba embrutecido. Temía que le viniese el mono. Se lo explicaba a la gente. Era una yonqui, necesitaba como fuese inyectarse heroína. |
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