Pacto entre caballeros
Roberto Bennett

Mario se asomó al balcón de su apartamento de la Rambla de Pocitos, un sexto piso con vista al mar que hace esquina con la calle Scosería. En la playa, a pesar de la brisa fresca que soplaba desde el sur, algunos bañistas tempraneros intentaban broncearse antes que los demás montevideanos. Una absurda competencia que parece ignorar los peligros provocados por el agujero en la capa de ozono. Estar bronceado en el Uruguay es casi un sello que garantiza el éxito social y sentimental de cara al verano siguiente. Aparentemente, nadie quiere ser visto como un ser pálido y lechoso. Así al menos lo advirtió el magnate griego Aristóteles Onassis hace muchos años, cuando explicaba que era importante aparecer bronceado, aunque fuese producto de una cama solar, para hacer creer al público que los individuos exitosos siempre están bajo el sol del verano. Un privilegio reservado para los ricos y famosos. Incluso el cantante Julio Iglesias lo ha practicado hasta la saciedad y la exageración.

Era el principio del mes de noviembre y los menos osados simplemente caminaban por la orilla, vestidos con ropa deportiva y de espaldas al viento. Una media docena de deportistas náuticos practicaban windsurf, arropados por trajes de neopreno y con pericia evidente volaban sobre las olas. Pero Mario observó con mayor atención a tres muchachos quinceañeros, tumbados bocabajo y en formación similar a una estrella de tres puntas, que conversaban animadamente. Sus espaldas y piernas, aún blanquecinas, expuestas al tibio sol de la mañana primaveral.

Por su mente cruzaron entonces recuerdos de su lejana adolescencia y situaciones similares, cuando junto a Pedro y Martín, se tumbaban en esa misma playa para conversar de sus aventuras, reales o imaginarias, de sus deseos y frustraciones, de ilusiones y juveniles desengaños. Y de todas las incógnitas que se cernían sobre sus vidas futuras. Aún eran liceales y el mundo se abría ante sus ojos de forma apasionada e intrigante, aunque a menudo también aparecía como amenazador. Soñaban con un futuro distinto, con un país inigualable, campeón en todo, democrático, justo y envidiado por las demás naciones del continente. Eran felices en su inocencia. Unidos por sus relaciones colegiales y pertenecientes a familias que compartían un mismo círculo social y económico. Con ese respaldo, los tres amigos se sentían casi invencibles. Hermanados por un mismo destino, nada parecía ser imposible de alcanzar. Incluso, para quién no les conociera, esa actitud de osadía, desafiante ante la vida, podía parecer hasta un poco soberbia y arrogante.

En un rapto de sincera amistad y como reafirmación de esa maravillosa comunión que les unía y protegía, uno de los muchachos, Mario no recordaba si había sido Martín o Pedro, pronunció unas palabras que sonaron a promesa bíblica. Un sagrado pacto secreto, celestial, inquebrantable, imposible de olvidar y no cumplir. Los tres juraron solemnemente sobre la arena dorada, juntando sus manos, una arriba de la otra. Así sellaron su unión mágica e infinita.

Mario rememoró aquel compromiso contraído entre los tres amigos y por eso decidió ir al velatorio. Hacía apenas una semana, acosado por un tumor cerebral fulminante, traicionero y feroz, Pedro había fallecido en la vecina Buenos Aires. Ciudad adonde había desarrollado gran parte de su vida laboral, cosechando triunfos y fracasos en el mundo de las finanzas. Por un desacuerdo y una garantía comercial incumplida, Mario se había distanciado de su amigo del alma y hacía ya muchos años que no se veían ni hablaban. 

Martín, que trabajaba de ingeniero químico en la refinería de ANCAP, era el único que había mantenido el nexo entre los tres. Primero epistolar, luego telefónico y últimamente por internet. 

Quizá por orgullo, por una enemistad silenciosa o celos a quién sabe qué, Mario y Pedro habían desarrollado una animosidad mutua que les había impedido volver a dirigirse la palabra. Un absurdo deterioro de una amistad adolescente. Quizá producto del alguna ofensa o dolor no expresado, o por esa intolerancia latina, más fuerte que la sensatez. 

Hoy Mario quería olvidar y enterrar aquel rencor tan destructivo. Había madurado a fuego lento, luego de dar tumbos por Montevideo, Salto y Paysandú. Con dos divorcios ruinosos, una carrera de ingeniero agrónomo inacabada y tres bancarrotas a cuestas, sabía que lo más genuino de su vida lo había poseído en aquellos años breves y míticos de su adolescencia. 

Perdonar, olvidar y quizá hasta arrepentirse de su insensible tozudez. Eso era lo que demandaba el momento. Se vistió rápidamente y tomando un taxi que justo pasaba por la puerta de su edificio, salió presuroso rumbo a la casa de los padres de Pedro, en Punta Carretas. Hogar que había sido casi suyo durante tantos años. Centro de fiestas, romances, tardes de estudios, juergas juveniles, sueños, canciones, ilusiones y muchas otras cosas más. 

Cansado ya de andar solo, volvía ahora a un rincón de Montevideo donde había sido feliz. En aquel jardín del fondo, bajo un limonero donde se reunían con los demás compañeros de clase, Mario había dado su primer beso a Laura. Él había vivido siempre en apartamentos (una manía de su difunto padre) y por lo tanto valoraba mucho más aquellas casas señoriales con jardines arbolados, patios interiores con claraboyas, techos altos y grandes salones. Recuerdos de otros tiempos, muy lejanos y por lo tanto, para él, más venturosos. 

Al llegar, en el mismo zaguán del viejo caserón de la calle Parva Domus, se encontró frente a frente con Martín. Este sonrió amigablemente cuando le vio. Martín siempre sonreía, con la boca, los ojos y hasta las cejas. Todo su rostro sonreía, en las buenas y en las malas y eso embelesaba a las mujeres y cautivaba a los hombres, que enseguida le consideraban un potencial amigo en quien confiar.

Se abrazaron efusivamente y Mario sintió ganas de llorar. Intercambiaron unas pocas palabras de saludo y aliento mutuo, y abrazados entraron al gran salón donde estaba reunida la gente, familiares y amigos del difunto. Este había pedido ser incinerado y por lo tanto así había llegado de vuelta a su patria. En una urna de metal, con forma de copa o florero, luciendo una plaquita dorada donde habían grabado el nombre completo del amigo fallecido, y sus fechas de nacimiento y muerte.

El saludo a los padres del compañero desaparecido fue doloroso y prolongado, como si todos intentaran recuperar el tiempo absurdamente perdido. Mario no pudo evitar que las lágrimas se deslizasen por su rostro, lleno de congoja, dolor y arrepentimiento. Tampoco pareció importarle demasiado este hecho.

Afligidos profundamente, los dos amigos de la adolescencia se sentaron en un rincón y permanecieron en silencio durante un largo rato, abstraídos en sus pensamientos y evocaciones. Ajenos a lo que sucedía a su alrededor.

Finalmente, fue Martín quien rompió el pesado silencio y pronunció las palabras que les marcarían para siempre.

--Deberíamos cumplir nuestro pacto secreto, ¿no te parece?

--Pensé que no te acordarías.

--Jamás me he olvidado.

--Yo tampoco.

--¿Pero cómo lo lograremos? Hay mucha gente.

--Habrá que esperar a que sea más tarde y se vayan todos.

--De acuerdo. ¿Y luego? 

--Buscaremos el momento preciso para acercarnos hasta la urna. 

--¿Pero después?

--Ya verás. Déjamelo a mi,-- dijo Mario.


Los parientes y amigos del difunto se fueron yendo del velatorio a medida que avanzaba la tarde. La urna había sido colocada en la biblioteca sobre una gran mesa de roble, tallada primorosamente por maestros ebanistas españoles del siglo IXX y ahora rodeada por media docena de coronas de flores. Martín y Mario se introdujeron en aquella habitación donde tantas veces habían estudiado y que hoy permanecía en penumbras. Entornando la puerta con sigilo, Mario se dirigió a una vitrina repleta de trofeos y eligió una copa de plata, ganada por el padre de Pedro en un torneo de golf del año 1947. Los dos amigos se acercaron al recipiente funerario y posando la copa junto al mismo, procedieron a destaparlo, no sin cierto esfuerzo. Dentro de una bolsa de plástico se encontraban las cenizas del compañero muerto. Martín vigilaba la puerta pero no se animaba a abrir la bolsa. Mario en cambio parecía totalmente decidido y en completo control de la situación. Abrió la bolsa y observó por un momento aquel abundante polvo gris. Cenizas que habían sido apenas unas horas antes, el cuerpo de su entrañable amigo de la juventud. Acercó la copa de plata y con sumo cuidado, recogió un poco de ceniza y la hizo deslizar suavemente hacia el fondo del recipiente. Acto seguido, volvió a cerrar la bolsa de plástico y le colocó la tapa a la urna.

--¡Ya está!-exclamó con gran excitación.

--¡Bravo!- replicó Martín, con voz angustiada.

--Ahora abre el mueble del bar y saca una botella de cognac.

Martín hizo lo que le mandaba su amigo y escogió una botella de Napoleón, que ya estaba abierta y a medio consumir. Se la entregó a Mario y este sin titubear, volcó bastante cognac en la copa, luego la sacudió e incluso introdujo su dedo índice derecho y revolvió, para asegurarse que las cenizas grises se mezclaran lo más posible con el dorado licor. 

--Así estará bien-dijo con seguridad.

--Me parece que estamos actuando mal,-- protestó Martín, que ahora era un manojo de nervios.

--¡Basta!-rebatió su amigo-- ¡Las promesas fueron hechas para cumplir!

Y sin dudarlo un instante, posó sus labios sobre el borde de la copa de plata y bebió el primer sorbo.

Martín le miraba espantado.

--¿Estás seguro que no es una barbaridad?

--Bebe un sorbo rápido, antes que llegue alguien. Las partículas de nuestro amigo pasarán a nosotros y así vivirá en ti y en mi durante todas nuestras vidas. Eso fue lo pactado.

Martín cerró los ojos y bebió con respeto y asco a la vez. De ese modo, una parte de Pedro permanecería siempre entre sus amigos de la adolescencia. Mario volvió a beber, esta vez un sorbo más largo, como deseoso por enjuagar sus culpas y abrazar al compañero muerto. Ofreció el fondo de la copa a Martín pero este declinó.

--No puedo más, es suficiente-fueron sus últimas palabras.

Los dos amigos secaron el interior de la copa con un pañuelo, la devolvieron a su lugar original en la vitrina, que exhibía orgullosa todos los trofeos familiares y salieron sigilosamente de la augusta biblioteca. Al pasar al salón de visitas, se encontraron de frente con el padre de Pedro, que les sonrió muy apenado y ellos le abrazaron de forma espontánea y cariñosa. Luego besaron afectuosamente a la madre, en las dos mejillas, como habían hecho tantas veces en el pasado. Y al llegar al zaguán, estrecharon con sincero pesar la mano de un tío del muerto, que les reconoció a pesar del tiempo transcurrido. 

Finalizada la ronda de despedidas, Martín y Mario traspasaron la puerta principal de aquella casa solariega, que antaño había sido un refugio de felicidad y afecto para ellos, y sin decirse palabra alguna, se alejaron para siempre.

Roberto Bennett

Revista literaria La Tertulia, Número 3 del 2006.
Uruguay
 

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