No es falta de cariño
Roberto Bennett

Ayer penaba por verte
y hoy peno porque te vi...

Alfredo Zitarrosa

El arquitecto Jaime Sainz de Gerona observó por la ventana la lluvia madrileña que golpeteaba y caía, deslizándose perezosamente por el cristal del amplio ventanal de su estudio, que daba a la calle Agustín de Foxá. Desde su privilegiado mirador podía ver la Plaza Castilla y la salida del túnel lateral de la Castellana.   

-- ¡Coño, qué mala suerte!-- exclamó en voz baja.

 

Era una típica mañana fría y gris de diciembre en Madrid. El arquitecto contempló el mal tiempo y maldijo a los cielos cubiertos  por su inoportunidad. Por arruinarle el tan ansiado paseo a la sierra. Desde hacía una semana tenía programado disfrutar de esa tarde en compañía de Susana, su joven amante. Habían planeado irse juntos a merendar café a la Posada Real, en camino al puerto de Navacerrada. Allí gozarían del paisaje serrano, de la tranquilidad, del silencio y la discreción del entorno. Luego descenderían hacia Colmenar Viejo, donde él alquilaba un apartamento que había convertido en su discreto nido de amor. Sin embargo, debido a la climatología adversa, tendrían que planear otra cosa, de prisa y a último momento. Obrar así le disgustaba mucho, quizá por deformación profesional. A Sainz de Gerona le gustaban las cosas bien ordenadas y organizadas, tanto en su trabajo como en su vida particular.

 

Ya había dejado un recado en su casa con Fátima, la asistenta de origen marroquí (como era costumbre entre su círculo de amistades, aunque había algunos que las preferían dominicanas o filipinas). Fátima debía informar a su esposa, doña María de las Mercedes López-Iriondo de Sainz de Gerona, que el señor no iría  a almorzar  y que además, por la noche tenía una importante cena de negocios con unos clientes franceses. Por ese motivo, seguramente volvería muy tarde.

 

María de las Mercedes recibió el mensaje sin mayor sorpresa. Estaba acostumbrada a sus largos horarios y a sus múltiples ocupaciones profesionales. Eran parte del precio que debía pagar por estar casada con un arquitecto célebre. Sin embargo, ésta tarde no deseaba estar sola. Almorzó una tortilla a la francesa, acompañada por un par de tostadas y dos lonchas de jamón de Jabugo que preparó la siempre servicial Fátima. Mientras tanto ella, sentada en un mullido sillón del amplio salón de estar, cubría sus largas y esbeltas piernas con una cálida manta escocesa que había comprado en su último viaje a Londres. Observó sin demasiado interés las noticias de las tres en la Primera Cadena de televisión. Según ella, la más seria y formal. Mercedes se sentía cómoda rodeada de las tradiciones cristianas con las que había sido criada. Le gustaba la religiosidad en la familia, el respeto absoluto de los hijos hacia los padres y abuelos, los buenos modales y el saber conservar la distancia debida con el personal de servicio. Ella opinaba que cada uno debe ocupar el sitio que le corresponde en la sociedad. A Mercedes le habían enseñado a ser una dama de rango y posición, y ella se esforzaba cada día por parecerlo. Muy preocupada por lo qué podía decir la gente, deseaba predicar con el ejemplo, aunque en realidad, pocas veces ponía en práctica lo que sostenía con tanto énfasis. Sobretodo en lo referente a la educación de sus hijos. Le interesaba proyectar hacia el exterior una imagen de mujer decidida, de fuertes convicciones y talante luchador, pero la verdad era bastante diferente. A Mercedes los problemas le agobiaban con facilidad y muy a menudo se refugiaba en la penumbra y soledad de su dormitorio, donde permanecía acostada todo el día. Eludiendo enfrentarse con los eventos que le aturdían y acorralaban. Atrapada en sus propias redes mentales como un simple animalito del bosque.  Aguardando la llegada de Jaime para que le mimase y rescatase de su intrincado laberinto emocional.

 

Sus dos hijos adolescentes estaban aún en el colegio. Mercedes era agente de seguros free lance, y trabajaba desde un pequeño pero coqueto despacho ubicado en la buhardilla de su chalet familiar. Hogar diseñado y construido por su marido, en la prestigiosa urbanización de La Moraleja. Sus clientes ya habían sido debidamente atendidos durante las horas de la mañana y ahora ella podía gozar de toda la tarde libre.

 

Aquel día lunes, lluvioso y frío, Mercedes observó con desinterés a través del gran ventanal de salón, los troncos grises y pelados de los chopos en el jardín y las hojas secas cayendo sobre el agua verdosa de la piscina. De repente, se sintió profundamente sola e infeliz. Antes, en días así, a menudo salían de compras con su marido, él le regalaba un ramo de rosas y se escapaban de paseo a la sierra. Cuando Jaime se alejaba del despacho, era otra persona. Afable, cariñoso, paciente y tierno. Tanto trabajo y tantas preocupaciones le han convertido en un ser bastante irascible,  pensó Mercedes. Años atrás, juntos subían hasta algún puerto de montaña, caminaban por el bosque húmedo, contemplaban las maravillosas vistas de las sierras y casi siempre, a la vuelta de la excursión, se detenían en alguna posada a merendar o cenar. Hubo una época en que Jaime se escapaba con ella en horas de trabajo. Parecía como si súbitamente le entrasen unos deseos irrefrenables de fugarse y juntos partían a la hora de la siesta, como dos cómplices enamorados. Esas salidas intempestivas habían sido siempre eventos inolvidables y habían hecho mucho bien a ambos, reforzando su relación de pareja. Por lo general, aquellas escapadas, una vez concluidas y ya de vuelta al calor del hogar, traían consigo hermosas noches de amor, que ella ahora añoraba y recordaba con resignada nostalgia.

 

Se conocieron cuando ambos asistían a clase en la Facultad de Arquitectura. Jaime había sido su primer y único novio formal. Desde los diecinueve años. A los veinticuatro, siendo ella aún virgen, contrajeron matrimonio y pronto formaron familia. Debido a las obligaciones inherentes a la maternidad, Mercedes debió abandonar sus estudios pero poco pareció importarle entonces. Ahora se arrepentía de ello. Como también lamentaba no salir más a menudo con su marido los viernes por la noche, a bailar sevillanas a un tablao flamenco o simplemente sentarse en las terrazas de la Castellana, para escuchar buena música y beber juntos unas copas de burbujeante cava.

 

La tarde transcurrió monótona y lluviosa. Las telenovelas y los programas de la prensa rosa ya no le interesaban como antes. Pensó en llamar a Fernando, su psicólogo y amigo de la infancia, que le ayudaba bastante cuando le asaltaban estos estados de depresión existencial. Pero hoy no era uno de esos días. Prefería otra salida más audaz a su problema actual. Sus hijos llegaron, saludaron, se cambiaron de ropa, merendaron y se marcharon a sus respectivas clases de judo y ballet.

 

Llegadas las siete y media, Mercedes tomó una decisión que para ella era casi trascendental. Subió a su dormitorio, cepilló cuidadosamente su cabello largo, sedoso y cobrizo, resaltó meticulosamente con el lápiz perfilador sus hermosos ojos verdes, se maquilló el rostro con esmero, escogió su mejor traje (comprado en una boutique de la calle Serrano ese otoño, para lucir en alguna ocasión especial que nunca se había materializado) y subiendo a su Audi A4 azul metalizado, partió rumbo a los multicines ubicados en un cercano centro comercial. Por primera vez en su vida, asistiría al cine sola. No sabía qué película iba a ver. Le daba igual, lo importante era salir de casa y mezclarse con otra gente.

 

Escogió “El Jaguar”, con Jean Reno. No sabía de qué trataba pero daba lo mismo. Parecía un tema ecológico. Confiaba en que al ser francesa, no le ofenderían con una orgía de sexo explícito, como ocurría en muchas películas españolas. Ni le bombardearían con violencia y avalanchas de explosiones y efectos especiales, al mejor estilo de Hollywood. Ansiaba ver algo ameno, sano y divertido. Se sentía aburrida y deprimida. Compró su localidad y entró en la Sala 3, que estaba prácticamente vacía. En la penumbra, contó siete u ocho parejas y dos amigas que no paraban de charlar, mientras comían ruidosamente sus palomitas de maíz. Casi delante suyo pero tres filas más cerca de la pantalla, se sentó un hombre de unos cincuenta años, alto, delgado, rubio y  elegante.

“No soy la única solitaria”, pensó Mercedes aliviada.

 

Al oscurecerse la sala y dar comienzo la función, de repente asaltó su memoria el recuerdo de una tarde lejana en San Sebastián,  durante un veraneo familiar, cuando con quince años recién cumplidos, por primera vez consiguió permiso de sus padres (siempre tan estrictos) para asistir al cine en compañía de un escolta masculino.

 

Sus queridos progenitores, años más tarde le habían provocado a Mercedes un gran disgusto, al decidir divorciarse a pesar de ser bastante mayores. Para Mercedes, ese fue un golpe tremendo. Ella sufrió mucho por ello, más que sus tres hermanos varones (quizá por ser ella la hija menor, la más mimada) y se juró a sí misma que nunca haría algo semejante a sus hijos. ¡Jamás se divorciaría! 

 

Pero esta noche decidió que era mejor enterrar esas reminiscencias dolorosas y evocar en cambio algo más agradable. Volver a los recuerdos de aquella velada en la capital donostiarra, cuando le acompañaba como escolta  su primo Borja y también su prima Luján con su noviecito,  Pepo Urruticoechea (“un chico muy majo y de buena familia”, como decía la tía Concha). Pepo cortejaba a su prima por aquel entonces,  para luego convertirse en su primer marido y también en un ser alcohólico, violento y desagradable.

 

Habían  ido a ver “Dr. Zhivago,” no sin antes obtener el visto bueno de su confesor, el padre Anselmo, debido a que el argumento incluía escenas de amor y triángulos amorosos. Y Mercedes recordó como aquella fue la primera vez que notó que se le humedecían las braguitas, al sentir sobre su falda el suave tacto de las manos juveniles, pequeñas e inquietas de su primo Borja.

 

Esa súbita evocación le hizo revivir nuevamente un agradable cosquilleo entre las piernas que no le disgustó en absoluto. Es más, esbozó una leve sonrisa traviesa, porque se sentía segura en la oscuridad protectora de aquella sala de cine. Aunque todos los domingos, incluso durante el verano, cuando la familia descansaba en Marbella, ella acostumbraba a confesar puntualmente, antes de la misa, todos sus actos o pensamientos pecaminosos. Y siempre cumplía a rajatabla los castigos impuestos por el párroco. Costumbre recibida de su señora madre y que Mercedes transmitió, sin demasiado éxito, a su única hija, Leticia. Buenos hábitos morales, decía ella, como por ejemplo, la necesidad de dormir con ropa interior bajo el camisón, para evitar la tentación de impúdicos tocamientos nocturnos.

 

Durante el transcurso de la película, Mercedes notó como aquel hombre solitario se giraba un par de veces y le observaba en la penumbra. Incluso creyó (pese a la negrura reinante en la sala)  que éste le sonreía. Pero ella estaba mucho más interesada en la historia del jaguar que en iniciar una conquista fugaz. Mercedes era muy consciente de su posición social, producto de la estricta educación recibida y temerosa ante la terrible posibilidad de que alguien le reconociese.

 

Una vez acabada la proyección, se levantó presurosa de su butaca y pasando delante del hombre, notó como éste se acomodaba con elegancia su gabardina sobre los hombros. Ella salió con paso ligero de la sala. Él le siguió a una distancia prudencial hasta que hubieron pasado las taquillas y entonces, una vez fuera del recinto,  se acercó y le preguntó en voz baja, como al pasar,  de forma muy casual:

--¿Qué te pareció la película?

 

Mercedes sintió como sus piernas dejaban de obedecerle y automáticamente acortaban el paso. Se giró y fingiendo sorpresa, contestó que le había resultado entretenida, bastante original. Una sonrisa temerosa escapó de sus labios y se dibujó de forma indiscreta en su bello rostro de mujer madura. Él agregó algunos comentarios bastante triviales e intrascendentes y finalmente se presentó:

--Me llamo Diego.

--Yo Mercedes.

--¿Te gustaría tomar una copa o un café conmigo?

Ella se detuvo, le miró con gesto interrogante y sorprendiéndose a sí misma, respondió:

--Bueno...-- y se le iluminaron sus ojazos verdes con un brillo de juvenil picardía.

Los dos sonrieron al mismo tiempo y juntos dirigieron sus pasos hacia la única cafetería que permanecía abierta a esa hora. Sin embargo, se sentaron cautamente detrás de una columna, que les ofrecía un sutil escudo visual del resto de los escasos paseantes que todavía deambulaban por el centro comercial. Ella pidió un té y él solicitó un descafeinado con leche. Entonces Mercedes, ya más relajada, disfrutó observando el buen gusto de Diego al vestir. Para ella eso era muy  importante en un hombre. Su circunstancial compañero vestía camisa celeste con puños y cuello blancos, inmaculados. Corbata de seda color granate, traje gris claro, gabardina Burburry´s  y zapatos mocasines, seguramente marca Yanko o Lottuse. Todo impecable. Mercedes suspiró bajito y notó que el leve cosquilleo de la entrepierna volvía para producirle más placer.

 

Mientras tanto, Diego anotaba mentalmente la belleza de aquella dama solitaria, alta y esbelta. De ojos verdes y hermosos. Cuerpo bien conservado por la gimnasia diaria y rostro sensual. Calculó que rondaría los cuarenta y cinco años de edad. Reparó en su espectacular Rolex de oro y abundante joyería fina, y supuso que podría haber sido azafata en sus años mozos, hasta que pescó a su comandante favorito. También se aventuró a pensar que quizá ahora su marido compartía el tiempo libre con otra azafata más joven, mientras ella competía sin demasiado éxito con alguna hija adolescente. Rivalizando tontamente, en un vano afán por atraer la atención y las miradas masculinas, en los refinados lugares públicos donde concurrían juntas.

 

Charlaron de la película, de la cinematografía actual y hablaron de esa extraña casualidad que les había traído de forma totalmente inesperada a la misma sala de cine aquella noche de lluvia. Ninguno de los dos confesó que se sentía un poco deprimido y avergonzado de su soledad. En cambio, ambos reafirmaron enfáticamente que ésta era, sin lugar a dudas, la primera vez que conocían a alguien de ésta forma.

 

Él habló más que ella. Mercedes escuchó  entretenida el relato de Diego sobre su reciente visita a las cataratas del Iguazú y la profunda e imborrable impresión que le habían causado. Finalmente, mencionó que ésta era su primera estancia prolongada en España, provocada por motivos laborales. Diego era argentino, nacido en la ciudad de Rosario. Luego, habló de su trabajo como ingeniero informático. Ella se relajó un poco más y relató algo de su vida como agente de seguros, pero cuando comenzaron a bajar las persianas de la cafetería, Mercedes se negó a facilitarle a Diego ni siquiera el número de su teléfono celular. Él le ofreció el suyo pero ella tampoco quiso saberlo. Diego quedó perplejo y confesó abiertamente que deseaba volver a verla. Entonces Mercedes sugirió otra cita cinematográfica, extraña e intrigante, como si fuese el guión de un film de Cary Grant y Grace Kelly. Sería para el lunes siguiente. El punto de encuentro podía ser la puerta del cine Benlliure, ubicado en la calle de Alcalá, en pleno centro de Madrid.

--Podríamos ir a ver “Sol de Otoño”. Dicen que está muy bien y además es de tu tierra.

--Me parece buena idea. ¿Cómo quedamos?

--Creo que empieza a las siete y cuarto. ¿Nos vemos en la puerta a las siete?

--¿El lunes que viene?

--Exacto.

--Allí estaré-- dijo él.

Los dos se observaron detenidamente a los ojos, intentando descubrir algún signo de felicidad encubierta o mala intención, pero en el fondo ambos deseaban creer en la sinceridad del otro.

 

Durante esa semana, Mercedes notó cómo renacía y florecía en ella el interés por su aspecto personal. Su rostro no podía evitar que la ansiedad y creciente expectativa se escapasen por todos sus poros. Y sonreía mucho más a menudo que de costumbre. Por las noches, no podía dejar de soñar e imaginar complejas historias eróticas. Desde su interior brotaban con renovados bríos deseos carnales largamente postergados y reprimidos. Sus fantasías juveniles, la excitación ante la conquista por venir, todo ese juego amoroso y mágico que desde tiempo inmemorial atrapa al hombre y a la mujer, retornaba para enredarle una vez más entre sus redes invisibles. Diego, ese apuesto argentino, le había perturbado más de la cuenta. Era curioso, porque ella a los argentinos les tenía bastante manía, por considerarles vanidosos y egocéntricos. Pero él argumentó que era rosarino y que los fanfarrones insoportables eran algunos bonaerenses, los llamados “porteños”.

Mercedes se arrepintió varias veces de no haber anotado el número de teléfono de Diego y atribuyó el error a su falta de experiencia en estas aventuras.

--¿Qué haré si surge algún contratiempo imprevisto y no puedo asistir a la cita?-- se preguntó angustiada. ¿Y qué hará él? ¿Cuáles serían los pasos lógicos a seguir? ¿Volver al cine de La Moraleja, a la misma función pero del lunes siguiente a la cita frustrada? ¿O por lo contrario, acudir al Benlliure durante varios lunes y esperar? Mercedes se decidió por la primera opción, la que le pareció más razonable en un caso de emergencia.

Sin embargo, llegado el tan esperado día lunes, ni ella ni él faltaron a la cita. Se sentaron juntos en medio de la sala semivacía y aprovechando la complicidad de la oscuridad, Diego muy formalmente le tomó de la mano y la acarició con dulzura. Ella se dejó tocar y vieron la película sin más. Salvo alguna risita contenida o explicación breve y en voz baja por parte de Diego, ante un giro del argumento o alguna espectacular vista de la ciudad de Buenos Aires. Después del cine, aprovechando la excusa de la pertinaz llovizna invernal, él la invitó a una copita para matar el frío. Ella aceptó y gozó de su compañía y también del anonimato que le proporcionaba aquel discreto “pub,” ubicado en una parte de la ciudad por donde su familia apenas frecuentaba. Mercedes bebió un Bailey´s  y Diego un whisky Chivas Regal con tres cubitos de hielo. Al ir entrando en calor, también comenzaron a aflorar las confidencias. En un principio temerosas y recatadas, más tarde a corazón abierto y descarnadas. Una cosa llevó a la otra y Diego finalmente se atrevió a sugerir una última copa en su piso del apart-hotel Clarión, que quedaba relativamente cerca de allí.

 

Mercedes aceptó casi sin dudar y esa noche, por primera vez en su vida, se encontró tumbada de espaldas, completamente desnuda,  sobre una cama de matrimonio que no era la suya, enredada entre los brazos y las piernas de otro hombre que no era su marido. Gimiendo, suspirando, gozando mientras él le untaba todo el cuerpo con aceite tropical. Danzando en un remolino pasional desenfrenado. Sus finas prendas de ropa interior esparcidas por el suelo del dormitorio. Ellos dos haciendo el amor sobre una mesa, en la cama, entre una maraña de sábanas y almohadas, rodando por la alfombra y hasta bajo la ducha. Con pasión y desespero. Como si fuese la última noche de amor en sus vidas. Él también gemía, mientras la penetraba con suavidad y ternura o con fiereza, según las circunstancias. Y Mercedes se dejaba querer, en una dulce y total  entrega.

 

Finalmente, exhaustos pero delirantes de felicidad, la nueva pareja de amantes se duchó. Entre besos y abrazos se peinaron mutuamente, se vistieron y sonrientes se despidieron en el portal. Fijando una nueva cita cinematográfica para la próxima semana. Pero esta vez sí quedó claramente establecido el lugar y la hora. Y con sus respectivos números de teléfonos cuidadosamente anotados en sus agendas personales,  para poder mantenerse en contacto.

 

Todo pasó casi en un santiamén pero esta cita en realidad había sido una triste farsa. Mientras conducía velozmente su Audi por la M-30, rumbo a la seguridad de su hogar en La Moraleja, Mercedes sonreía y tarareaba una canción romántica, inundada de íntima satisfacción. Pero su sonrisa reflejaba una imaginaria y tragicómica felicidad. Porque todo aquello había sido una cruel y calenturienta maquinación suya. Un súbito desvarío. Un acto cobarde de reafirmación e inmadurez emocional. Un perverso e infantil auto-masaje de su maltrecho y reprimido ego. Aquella noche,  ella no había estado con Diego.

 

Mercedes respiraba tranquila, porque podría seguir mirando a su marido y a sus hijos a los ojos, sin sentir un ápice de culpa ni remordimiento. Simplemente debía confesar este mínimo incidente al padre Cosme y asumir su castigo con cristiana humildad.

 

Diego sí había acudido puntualmente a la cita, como estaba pre-establecido. Sin embargo, ella se había quedado oculta, refugiándose temerosa entre las sombras del zaguán de una farmacia situada casi frente al cine. Imaginando todos los detalles que naturalmente hubiesen sucedido de haber tenido el coraje necesario para cruzar la calle. Le había observado mientras él se paseaba ansioso y expectante, caminando bajo el arco que forman las columnas de entrada al Benlliure,  protegiéndose de las frías gotas de lluvia que caían de forma persistente. Más de media hora estuvo Diego allí. Comprobando repetidas veces, con fugaces ojeadas a su reloj de pulsera, la extensión de la demora de su misteriosa y tan deseada dama. Hasta que finalmente, resignado, quizá algo molesto, seguramente muy decepcionado, se abotonó la gabardina, abrió su paraguas y se perdió para siempre en la oscuridad de la noche madrileña y su llovizna.    

Roberto Bennett

Cuento publicado por Editorial Nuevo Ser, de la Rep. Argentina, 2004.

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