Ustedes, por ejemplo

Acción en un acto

Personajes:
Ricardo Viale, 50 años, director de una revista literaria.
Ema, 39 años, su esposa.
Sánchez, 55 años, poeta y comentarista de su propia poesía.
Ures, 46 años, autor de canciones infantiles.
Ojeda, 52 años, español, con 30 años de residencia en el país; frecuenta varios géneros, especialmente el cuento y la solapa.
Mieres, 45 años, sonetista.
Rivas, 24 años, figura joven del círculo de Viale. .
Molfese, 25 años, novelista, encabeza un grupo independiente, al que también pertenecen Trelles y Ruiz.
Trelles, 23 años, dramaturgo y crítico teatral.
Ruiz, 21 años, crítico y ensayista.
Una criada.

La acción en Montevideo, época actual.

ACTO ÚNICO

Estudio biblioteca de Ricardo Viale. Todo revela un mal gusto contenido. A la derecha, primer término, un amplio sillón tapizado en cretona floreada. Más a foro, una mesa escritorio y una silla giratoria, ambas de roble. Sobre la mesa, varios libros y un teléfono. En la pared de ese mismo lado, un enorme cuadro que podría ser una precaria reproducción de un impresionista de segundo orden. A la izquierda, entre dos bibliotecas, una puerta que da al hall. En la pared del fondo, una puerta doble, de acceso al comedor, que se halla entornada y por la que penetra una franja de luz artificial. Repartidos en la habitación, un sofá, varias sillas, dos mesitas, otros cuadros.

Son aproximadamente las nueve de la noche. La habitación está en tinieblas, pero la franja de luz se va ensanchando hasta abrirse por completo la puerta del fondo. Entran primero Viale y luego Ema, que vienen de cenar, en aburrido silencio. El chupa con esmero un mondadientes, ella hojea una revista de modas.

Viale es un tipo más bien alto, de unos cincuenta años. Viste un saco de fumar un poco raído, un pantalón de franela gris y zapatos negros. Tiene una tez llena de pecas, una frente ampliada por la calvicie, labios un poco burlones y una mirada que revela ese tipo de inteligencia cobarde y comodona de los intelectuales que han fracasado pero mantienen un nombre.

Ema, bastante más joven, es de estatura mediana. Viste con pulcritud, pero sin coquetería. Tiene un carácter sensible, aunque propenso a la exasperación. No parece demasiado cortés, pero pudo haber sido bastante atractiva diez años antes. En general, todavía interesa al olfato masculino.

Ambos mantienen una relación forzosamente superficial, en la que se han dilapidado las convenciones de un afecto que ya no existe. Al entrar en escena, él se dirige al sillón y allí se queda, la mirada fija en una mancha húmeda de la pared. Ema se sienta en la silla giratoria y hojea mecánicamente la revista.

Viale.—Hoy vienen todos. ¿Te acordabas? (Ema no contesta.) Ema. (Silencio.) Vienen Sánchez y Ures. (Silencio.) También Ojeda. Creo que va a traer a los muchachos. (Amoscado.) Ema, te estoy hablando.

Ema.— (Sin mirarle.) Me lo dijiste anoche. Y esta mañana. Y hoy al mediodía, mientras comías el arroz.

Viale.— (Humilde.) No sabía si te acordabas.

Ema.— (Volviéndose hacia él.) De tus amigos es imposible olvidarse. Esos idiotas, segundones, inútiles...

Viale.— ¡Ema!

Ema.— . . . que vienen a adularte sólo por la Revista, porque les das la oportunidad de leerse a sí mismos en letras de molde, aunque en el fondo te desprecien casi tanto como los desprecias a ellos.

Viale.— (Con gravedad.) Pero, ¿es posible que creas la mitad, sólo la mitad de lo que dices?

Ema.— (con un gesto de fastidio.) Oh, demasiado que los aguanto.

Viale.— ¿Pero qué tienes contra ellos?

Ema.— (Impetuosamente.) Quince años que los aguanto. Siempre reuniéndose, siempre listos para decir sonseras, con su aire 

de angelitos y sus papadas de viejos inútiles. ¿Cuánto hace que vienen aquí, a recitarte sus versitos de gacelas, espumas y caracolas, mientras a mí me examinan las piernas? Siempre fuiste el crítico de sus engendros, el único que entendía sus metáforas, pero a mí me miraban las piernas hasta darme asco y ésa era la única metáfora que yo les entendía.

Viale.— (Un poco escandalizado.) Vamos, no seas ridícula. Tienes 39 años. Y tus piernas también.

Ema.—(Herida, afloja un poco la tensión.) Sí, yo y mis piernas. Yo y mis piernas tenemos várices y manchas.

Viale.— (Falluto.) Alguna venita azul que no te queda mal. Es la elegancia de la madurez.

Ema.— (Áspera.) Por favor, no vayas a escribir un poema acerca de mis venitas azules.

Viale.— (Con tristeza.) Hace quince años te gustaba que pusiera “A Ema” a la cabeza de mis poemas.

Ema.—Hace quince años escribías sobre mí, sobre cómo era yo, de carne y hueso. Ahora, cuando me leo en alguna de tus octavas reales, me parece que soy una de tus gacelas, una de esas gacelas que huyen para que no las pongas en  metáfora.

Viale.— ¿Será posible que no comprendas qué es una imagen?

Ema.—Pero si lo comprendo.

Viale.— ¿De veras?

Ema.— (Cautelosamente.) Ricardo Viale es una imagen.

Viale.— (Divertido.) Yo, ¿una imagen? ¿una imagen de qué?

Ema.— No sé bien. Un tacho de basura azul o un espantapájaros o una noche sin luna, de mala luz eléctrica. Lo que prefieras.

Viale.— (Sin perder la calma.) Siempre insultas. Es tu mala costumbre.

Ema.— Debe ser el último cartucho de mi vitalidad.

Viale.— (Después de una pausa.) Ema. Hace mucho que no hablamos seriamente. Es curioso que cada día nos alejemos más uno del otro. Tú estás incubando un odio que no me explico bien.

Ema.—Estoy a tus órdenes para explicártelo.

Viale.— Ema, hablemos en serio.

Ema.— (Cediendo un poco.) No creo que sea ésta la ocasión más propicia. Ellos vendrán de un momento a otro.

Viale.— Es cierto. Entonces...

Ema.— (Repentinamente interesada.) Acaso... Después de todo, no es tan largo de explicar. ¿Quieres que te diga la verdad?

Viale.— (Con temor.) No pretendo otra cosa.

Ema.— ¿De veras?

Viale.— (Igual que antes.) Sólo te. pido que no seas hiriente.

Ema.— Es que de todos modos debo serlo.

Viale.— (Después de una pausa.) ¿Te he desilusionado, verdad?

Ema.— (Apretándose las manos.) No es la palabra. En realidad, me has avergonzado.

Viale.— ¿Avergonzado? ¿Yo?   

Ema.— (Tiesa.) Sí, a veces siento la vergüenza que no te atreves a tener.

Viale.—Pero, por amor de Dios, ¿qué he hecho para que te avergüences por mí?

Ema.— O qué no has hecho. (Pausa.) Lo que has hecho son esas octavas insípidas, esas largas tiradas que sólo demuestran que estás en babia, o, por lo menos, que quisieras estar.

Viale.— (Inconmovible.) De todos modos, es sólo una opinión y no precisamente la que ofrece mayores garantías.

Ema.—Claro, para tus amigotes, para Sánchez, para Ures, Ojeda, para todos los vejestorios del café y para los nuevos pajaroncitos que empiezan a arrastrarte el ala, para todos ellos tus versos son obras maestras. Por lo menos, lo serán mientras les resultes de provecho.

Viale.—Así que tú crees que yo podría haber hecho algo mejor.

Ema.— (Irritada..) No vas a convencerme de que recién ahora lo descubres. Hace quince o veinte años sí tenías algo que decir. Lo empezabas a decir. Lo dijiste en aquellos artículos que publicaste en “La Noche”.

Viale.— ¿Y entonces?

Ema.—Eso es lo peor. Que no eres un idiota. Como los otros. Que pudiste hacer bien, influir sobre los jóvenes. No digo sobre estos cretinitos como Rivas, sino sobre los otros, los que ahora no pueden sufrirte.

Viale.—Quizá tengas razón.. (Con cierta tristeza.) ¿Me desprecian, verdad?

Ema.— ¿Ves como eres un horrible egoísta? (Con énfasis.) Claro que te desprecian. Es lo único que te preocupa: que te desprecien. No el que no puedas llegar a ellos.

Viale.— (Después de un silencio, como asiéndose al último refugio.) Mi hija no me desprecia.

Ema.—(Despectiva.) ¿Quién? ¿Marcela? Vamos, hombre. (Ríe.)

Viale.— No veo qué pueda ser motivo de risa.

Ema.— ¿Pero has leído lo que escribe tu hija?

Viale.— Lo he leído y me parece bien. Es joven y... (Hace un gesto ambiguo.)

Ema.—(Estallando.) Mira que no estás hablando con ellos sino conmigo. Y yo te conozco de memoria.

Viale.— Creo que si la han becado...

Ema.— ¿Será por su gran talento, verdad? ¿O porque es la hija de Ricardo Viale? ¿O tal vez porque el Ministro Ares y Ricardo Viale todavía se tutean y en otros tiempos se emborrachaban juntos? ¿Acaso si tú fueras el Ministro no hubieras becado al hijo de Ares?

Viale.— (Abriendo los brazos.) Vamos, a ese chico le falta mucho.

Ema.— (Implacable.) Pero lo hubieras becado. (Silencio.) Claro que sí. No importa que le falte mucho. Tampoco a Marcela le sobra nada, como’no sean pretensiones y poses. Todos ustedes son así. Se aplauden, se becan, se consuelan mutuamente cuando alguno que no es del clan les dice que no sirven. Y eso es lo que pasa, que no sirven. Eso es lo que habría que decir a gritos.

Viale.— (En tono de reproche.) De eso te encargas.

Ema.— Oh, lo digo sólo aquí. No tengas miedo. Cuando vengan ellos, seré la de siempre, una falluta yo también, preguntándole a Ures por la asquerosa de su mujer, a Sánchez por la estúpida de su hija, escuchando los sermones estéticos de Ojeda y —lo peor de todos— aguantando las corzas.

Viale.—Me parece que las metáforas te obsesionan. (Suena el teléfono. Viale queda inmóvil, a la espera de que su mujer atienda la llamada.)     

Ema.— Por si te interesa, te comunico que no pienso moverme. (El teléfono suena dos veces más.)

Viale.— Podría ser tu prima.

Ema.—Podría ser mi prima y puede ser Ojeda. De todos modos, prefiero no atender.

Viale.—(Poniéndose de pie.) Hoy estás particularmente empecinada. Contestaré yo. (Levanta el tubo.) Viale, ¿y yo?... ¿Cómo le va, poeta? No le reconocí la voz... Bien, aquí lo ve, haciendo vida de hogar, charlando amigablemente con mi musa... Cómo no, no faltaba más... Estuve corrigiendo pruebas ... Sí, ya tengo todo el material... Ah, pero tratándose de usted siempre queda un lugarcito... Vamos a ver, ¿qué tiene disponible en el momento?... Y bueno, mándeme un soneto, entonces, pero que sea breve, ¿eh?... Ah, si me lo trae usted, mejor que mejor... Claro, véngase ahora... Aquí lo esperamos, mi musa y yo. (Ema hace una mueca.) Hasta lueguito, poeta. Gracias. (Cuelga el tubo. A Ema, recuperando su voz neutra y normal.) Saludos de Mieres.

Ema.—(Riendo.) ¿Así que un soneto... breve?

Viale.— Le dije así, porque los hace siempre con estrambote. Además, descubrió un nuevo género: el sonetón, una especie de soneto con cinco estrambotes.

Ema.— Se comprende. (Mecánicamente.) No le cabrían todas las corzas. (Quedan un momento en silencio, luego ella se levanta y se dirige hacia la puerta del fondo.)

Viale.— ¿A dónde vas? 

Ema.— No sé. A mi cuarto. A cualquier parte. 

Viale.— (Con desánimo.) Me odias un poco, ¿verdad? 

Ema.— (Se da vuelta, lo contempla esta vez sin animosidad y habla sorpresivamente con alguna ternura.) No. Simplemente he dejado de estimarte. (Absorta en algún recuerdo.) Pero te quise. Eso es demasiado cierto. No sólo en los primeros tiempos. Entonces era una estúpida. Creía todo cuanto de-cías, cuanto prometías. Estabas por encima de Dios. Cuando rezaba por las noches en la cama, con mi pierna rozando la tuya, a veces con tu mano sobre mi vientre, no podía evitar que Dios se me apareciese con tu rostro. Sí, Dios tenía tus lunares, tus ojos grises, tus manos largas, creo que tu voz. En realidad, yo te imploraba a ti, me encomendaba a ti. 

Viale.— (Con estupor.) Pero, Ema, yo siempre... 

Ema.— (Mecánicamente.) Sí, ya sé, tú siempre fuiste el mismo. Sólo que ahora estás más viejo y los defectos se te marcan, como las arrugas. Sólo que ahora no tienes vergüenza y yo no tengo paciencia. (Con amargura.) Somos dos viejos cascarudos. 

Viale.— No obstante, podríamos reiniciarlo todo. Si quisieras... 

Ema.— (Sin convicción..) ¿Borrar y empezar de nuevo? Para eso nos falta ingenuidad.  

Viale.—En cambio, nos sobra experiencia.  

Ema.—No sirve. La experiencia no hace a nadie dichoso. Sólo la ignorancia permite una felicidad provisoria. Y ésa ya la tuvimos. 

Viale.— Sin embargo, yo creo que... 

Ema.— . . . ¿que podríamos probar? (Animada.) Quién sabe. (Con un suspiro.) Pero habría tantos requisitos previos. 

Viale.— (Confuso.) Sí, claro. 

Ema.— (Cautelosa.) Tendríamos que ser francos.

Viale.— (Más confuso.) Sí, sí.

Ema.—(Insistiendo.) Ser lo que somos. Nada más. 

Viale.— (Avergonzado.) Oh, te veo venir... Yo sé que crees que no debo escribir, que no tengo nada que decir.

Ema.— (Aliviada.) ¿Y tú?

Viale.— (Sonriendo ante su propia ambigüedad.) Y yo... no tengo nada que decir.

Ema.— (Baja por un instante los ojos; pero cuando, tras un corto silencio, lo mira otra vez de frente, la tensión de su rostro ha disminuido, parece más joven.) Gracias, Ricardo. Hace por lo menos diez años que no te oía algo así, que no te veía los ojos tan sinceros. (Pausa.) ¿Quieres hacerme un gusto? (Él no contesta.) Diles que no vengan.

Viale.—(Con azoramiento.) No puedo, Ema. (Ella hace un gesto de desaliento.) Quisiera, pero no puedo. No puedo cortar todo de golpe. (Pausa.) Quiero que comprendas. Sé que tienes razón. No tengo nada que decir, es cierto. Hace mucho que

es cierto. Pero no puedo. Tienes que entender que vivo en un mundo y que en ese mundo tengo un nombre (Ella levanta la cabeza, frunciendo el ceño), despreciado sí, pero ya no tengo fuerzas para actos de arrojo. Convéncete de que no soy un valiente. (Arrepentido de esta confesión.) Además, tú lo sabes tan bien como yo, tengo mi orgullo.

Ema.— (Lentamente.) Precisamente, si tuvieras orgullo, no los recibías.

Viale.— (Débilmente.) Pero, ¿por qué? ¿qué motivo les doy?

Ema.— (Recalcando las palabras.) Por ejemplo, que la Revista no sale más.

Viale.— (Herido.) Muy fácil decirlo... para ti.

Ema.— No creo que sea fácil... Pero debes hacerlo.

Viale.—Francamente, no sé si debo. (Suena el timbre de la puerta de calle. Los dos quedan inmóviles.)

Ema.— (Agria.) Son ellos.

Viale.—Claro. (Entra la criada.)

Criada.Criada.-Están los señores Sánchez y Ures.        

Viale.—(Se crea un pesado silencio. Ema está a la expectativa... Viale se pasa nerviosamente la mano por la frente. Luego hace un gesto de impotencia y, abriendo los brazos, se recuesta sin ánimo sobre el respaldo del sofá.) Ah. Bueno, dígales que pasen. (La criada sale.)

Ema.— (Recupera su actitud agresiva y dice en voz baja, para no ser oída por los visitantes, que ya entran:) ¿Orgullo? Miedo es lo que tienes. Un miedo atroz.

(Entran Sánchez y Ures. Sánchez es un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años. Hace ya treinta que conoció un relativo renombre, pero la antigua celebridad, duramente fijada en el rostro, se ve ahora acompañada de profundas arrugas, largas canas que caen sobre la nuca, y una robusta nariz de pasado sensual y presente alcohólico. Ures ha pasado largamente los cuarenta. Es de mediana estatura, de complexión débil, vencido prematuramente por el reumatismo y la diabetes. Tiene labios apretados y finos, como un breve tajo bajo una naricita copiosa de granos, y unos ojillos vivaces que no pierden el tiempo. Su exterior es humilde, pero a simple vista podría profetizarse que su orgullo tiene poco que ver con su exterior.)

Viale.— (Levantándose, con forzada cordialidad.) Mis amigos. ¿Qué tal, Ures? (A Sánchez.) ¿Qué es de su vida, poeta? Cuánto tiempo sin verle por aquí.

Ures.—(A Viale, mientras tiende la mano a Ema.) Esta visita de Sánchez me la debe a mí. (Se ha quedado con la mano de Ema entre las suyas.) Oh, perdón. ¿Cómo está, señora?

Sánchez.— (Tendiendo la mano a Ema, que se pone rígida.) Mucho gusto de verla, señora. (Afectadamente.) Para usted no pasan los años. (Lanza una mirada furtiva a las piernas de Ema.)

Ema.— (Con otra mirada furtiva a la melena canosa de Sánchez.) Para usted, sí.

Viale.—Pero Ema... (A Sánchez.) Una broma de mi mujer.

Sánchez.— (Sacando a relucir su proverbial experiencia.) Pero, querido amigo, si la señora ha dicho la pura verdad. Exactamente, han pasado los años para mí. Vea usted si no, qué me queda de aquel antiguo fervor, de aquella buena época

de mis primeros versos.                 

Ures.— (En tono exhumador.) Aquellos inolvidables “Lebreles del Ángel”. 

Sánchez.— (Cómodo.) Precisamente. Tuve la desgracia —otros dirían suerte— de acertar de primera con una obra maestra. 

Ures.— Esa es la palabra: una obra maestra. 

Sánchez.— “Lebreles del Ángel” es, lo digo sin vergüenza, un libro perfecto. Tiene el vigor de la juventud.. .

Ures.— (Colaborando.) ... la pureza de la ingenuidad... 

Sánchez.— (Con un gesto aprobatorio.) ... el atrevimiento de quien se descubre a sí mismo, y también la... (vacila)

Ures.— ... la vida, en fin.                            

Sánchez.— (Aprobando.) Claro. La vida. (Entusiasmándose con el término.) ¡La vida! Eso es. (Luego, con un gesto comprensivo.) Después, claro, los críticos se ponen exigentes y mal-humorados porque uno no alcanza en los libros posteriores el nivel de esa primera perfección. Peor para ellos. La crítica nunca me ha importado. Con perdón de la señora y como decía Apollinaire —en la intimidad, claro— “je m’en fiche de la critique”. La erudición hace que perdonemos la grosería (a Ures) como usted bien dijo no sé dónde a propósito de Menéndez y Pelayo. 

Ures.— No exactamente. Era a propósito de Ganivet. 

Sánchez.— (Condescendiente.) Eso es. Eso es. De Galimbert.

Viale.— (Queriendo intervenir.) Claro que ...

Sánchez.—(Olímpico.) No se disculpe, amigo Viale. Si la señora tiene razón. Los años pasan. Para mí, claro. Hablo de lo que conozco, sólo de lo que conozco. Los años pasan y dejan un rico sedimento: la experiencia. ¿Quiere usted creer que en 1920 yo no me daba cuenta de la perfección formal de mi modesto librito? Creía, sí, que era el primer paso hacia una obra mayor, verdaderamente importante. Recién ahora, en plena madurez, he comprobado que no era un primer paso, sino la Obra Mayor en sí. Y esta nueva visión, esta nueva comprensión, ¿a quién la debo?

Ures.— (Adulón.) A la experiencia.

Sánchez.— No. A la experiencia, no. (Pausa significativa.) Yo llamaría a eso: sabiduría. (Notando un gesto de Viale.) No se asuste de las palabras, amigo Viale.

Viale.— Si no es de las palabras que me asusto.

Sánchez.— Sí, usted se asusta de las palabras. Y sin razón. Usted cree que la sabiduría nos queda grande. Bueno, a usted no sé cómo le queda. Hablo por mí. O sea de lo que conozco, sólo de lo que conozco. Es la actitud más prudente, desde el punto de vista intelectual, y, por otra parte, siempre ha sido mi norma el...

Ema.— (Interrumpiéndolo, impaciente.) Sánchez, usted me perdona... 

Sánchez.— Señora, por favor, usted ha dicho la verdad y la verdad no se perdona; se enuncia. Simplemente se enuncia. 

Ema.— (Mas impaciente aún.) Me perdona si los dejo un momentito.  Creo que la criada me necesita.

Sánchez.— (Con otra mirada furtiva a las piernas de Ema.) Oh, la Venus doméstica.

Ema.— (Sin ganas de discutir.) Claro, la doméstica. (Escapando.) Con su permiso. (Sale, pero vuelve a entrar casi de inmediato, con un gesto resignado, acompañada de Ojeda y cuatro jóvenes.) (Ojeda es un gordo alegre y lisonjero; habla con algún acento español, probablemente andaluz, que no ha perdido pese a sus treinta años de residencia en el país. Todo su aspecto revela conformidad con el papel que desempeña ere el ambiente local, del que le llegan constantemente elogios que no importan a nadie y agrias críticas que no le importan a él. Escribe cuentos, poemas, cualquier cosa, pero su especialidad son las solapas en los libros que escriben sus amigos. Estos tampoco lo aprecian; en privado, suelen criticarlo y él lo sabe, pero está conforme. Los cuatro jóvenes que lo acompañan —Molfese, Trelles, Ruiz y Rivas, oscilan entre los veinte y veinticinco años. Con excepción de Rivas —que pertenece al círculo de Viale— son integrantes de un grupo independiente que con cierta periodicidad hace público su desprecio hacia la generación de Víale y de Sánchez. Rivas es delgado, un poco cargado de hombros; parece ingenuo, pero en realidad es estúpido. Su apariencia débil y servicial contrasta con la actitud vigorosa, agresiva y entusiasta de Ruiz y Trelles, que, aunque traídos por Ojeda, no han venido precisamente en son de paz, sino a decir verdades y acaso a divertirse. Molfese es uno de esos tipos mesurados, de un exterior deliberadamente inexpresivo, pero que mentalmente toman nota de cuanto les rodea.)

Ema.— (Resignada.) Ricardo, aquí está Ojeda, con Rivas y otros amigos.

Viale.— Bienvenidos. (Saluda a Ojeda, luego a Trelles.) Creo que nos conocemos.

Trelles.— Sí, nos hemos visto. (Se dan la mano.)

Ojeda.— (Haciendo las presentaciones.) Aquí le traigo los tres rebeldes que usted quería conocer, amigo Viale. Este es Américo Ruiz; crítico, ensayista, gran muchacho. (Ruiz se saluda, primero con Viale, luego con Sánchez y Ures.)

Viale.— Mucho gusto. 

Sánchez.— Encantado. 

Ures.—Encantadísimo. 

Ojeda.— Este es Ricardo Molfese; su tocayo, Viale. (Saludos de Molfese.) Creo que usted leyó “La pendiente”. 

Viale.— (Como si hablase de la Biblia.) Como no. Un libro importante.

Sánchez.— (Que no sabe de qué trata “La pendiente”.) ¿De modo que usted es el autor? (En tono indeciso.) ¡Caramba, caramba!  

Ojeda.— Este es Leo Trelles, autor teatral. Y crítico, creo.. . 

Trelles.—Sí, he comentado un drama en verso del señor Sánchez.

Sánchez.— (Incómodo por algún mal recuerdo.) Verdaderamente. (Muy fruncido.) Tanto gusto.

Ema.— (Tratando nuevamente de escapar.) Bueno, Ricardo los atiende. Ustedes me disculpan. Debo hablar con la criada... Con su permiso. (Sale.)

Ojeda.—A Rivas no necesito presentarlo. 

Sánchez.— (Con absoluta indiferencia.) Qué tal, Rivas.

Ures.— (Igual que Sánchez.) Hola. (Es notorio que el interés de todos los integrantes del grupo de Viale se dirige a los tres posibles neófitos.)

Viale.— (A Molfese, muy cordial.) Sabe, yo a usted me lo había imaginado así, como es.  

Molfese.— (Inexpresivo.) Yo a usted también. Así. .. como es. 

Viale.—Es un crimen que los de su generación y los de la mía sólo nos miremos de lejos. Así no es posible entenderse. 

Trelles.— (Interviniendo..) No es un crimen. Es una medida profiláctica.

Ruiz.—Es como si hablásemos idiomas diferentes. 

Viale.— Quien sabe. No se muestren ustedes tan seguros. No podemos conocernos si no nos comunicamos. 

Ruiz.— Sin embargo, saben lo que pensamos... De ustedes, por ejemplo.

Sánchez.—(Herido.) Sabemos lo que escriben de nosotros. 

Trelles.—En mi caso particular, lo que escribo coincide con lo que pienso. ¿En el suyo, no?  Sánchez.— (En actitud oratoria.) Amigo, eso nunca lo sabremos a ciencia cierta. Existe una frontera difícil de precisar, un límite sutil que. .. 

Trelles.— (Como quien cierra una, canilla.) Pero teniendo en cuenta que la sutileza no es su especialidad... 

Viale.— (A Trelles.) Aunque usted no quiera creerlo, me encanta verlo tan agresivo. Yo también fui combativo... 

Trelles.—Hace mucho tiempo.                                

Viale.—Hace mucho tiempo, verdaderamente. Pero siempre queda un recuerdo grato de esas luchas, inútiles acaso, pero... 

Sánchez.— (Soñador.) Los buenos tiempos de “Lebreles del Ángel” ... (A partir de este momento, se forman imperceptiblemente parejas de conversadores. Ures habla aparte con Ruiz, Ojeda con Rivas, Sánchez con Molfese. Alternadamente, llegan al público fragmentos de diálogo.)

Ures.— (Aparte, a Ruiz.) ¿Ud. ha leído “Lebreles del Ángel”? 

Ruiz.— Lo leo casi diariamente. Hasta la mitad. 

Ures.— (Con extrañeza.) ¿Hasta la mitad? 

Ruiz.—Sí, lo hago como ejercicio de la voluntad. Algo así como el sistema Yogi, ¿sabe? Pero, naturalmente, la lectura total representa un esfuerzo sobrehumano para el que aún no me hallo preparado. 

Ojeda.— (Aparte, a Rivas.) Y usted, ¿qué agradable sorpresa nos prepara?                            

Rivas.— (Con displicencia.) Tengo casi terminado un Romancero del Valle. 

Ojeda.— ¿Siempre desahogándose?                   

Rivas.— Siempre. Si no escribo me asfixio. ¿Usted no se asfixia? 

Ojeda.—Horriblemente. Soy asmático. (Pausa.) ¿Sabe que he leído su último libro?  

Rivas.— (Ansioso..) ¿Lo ha leído? Dígame su opinión, su opinión sincera. 

Ojeda.— Mi opinión sincera es que puede Ud. colocarlo muy bien. 

Rivas.— (Más ansioso aún.) ¿Usted cree? ¿Pero cómo? Por favor, aconséjeme. Conozco tan poco de esas cosas. 

Ojeda.— (Misterioso..) El secreto está en la dedicatoria. 

Rivas.— (Estúpido.) ¿En la dedicatoria?

Ojeda.— Debe enviar urgentemente un ejemplar, si es posible encuadernado ...

Rivas.—(Compungido.) Son todos en rústica... 

Ojeda.— (Tolerante.) Bueno, en rústica entonces. ¿No hizo algunos en papel pluma?  

Rivas.— Sólo veinte. 

Ojeda.—Magnífico. Mande uno de esos veinte ejemplares al presidente de la Comisión de Adquisiciones de la D. S. A. 

Rivas.— ¿D. S.A.? 

Ojeda.— Sí. Dirección de Servicios Agrícolas. Tiene un rubro para libros.

Rivas.—Pero será para libros de agricultura.

Ojeda.—Así era en su origen, desgraciadamente. Pero su director actual es un fino poeta .... muy comprensivo. Una monada. Le compra a cualquiera. A usted le comprará, seguramente. Todo depende de la dedicatoria.

Rivas.— Pero, ¿qué debo poner? 

Ojeda.— Oh, debe poner: (Rivas toma nota) “Al exquisito poeta Fulano de Tal, en retribución de los inefables momentos de solaz espiritual que me han proporcionado...” Rivas.— (Repitiendo, mientras toma nota.) ... que me han proporcionado ... 

Ojeda.— “... sus finos y categóricos poemas de “La luna primeriza”. 

Rivas.— ¿Por qué categóricos? 

Ojeda.—Porque son de categoría.

Rivas.—Pero si no los he leído.

Ojeda.— Razón de más. Así su opinión personal y subjetiva no contaminará la objetividad de su elogio.

Rivas.— (Estúpido.) ¡Quién tuviera su experiencia!

Ojeda.— (Bonachón.) Tiempo al tiempo, amiguito. Y si usted me permite un consejo, le diría que aprenda de Estévez.

Rivas.— ¿Quién? ¿Ese muchacho que escribe cuentos?

Ojeda.—El mismo. Un modelo de paciencia, y, por qué no decirlo, de habilidad. Estévez participó en los concursos de cuentos que organizaron hace unos meses las tres revistas literarias de la gente joven. ¡Y tome usted nota de esto! Presentó un cuento campero en el concurso organizado por “Fogón”; uno de problema proletario en el que organizó “El Progreso”, y uno de corte kafkiano en el que organizó “Existencia”. Ninguno de los cuentos valía mucho, pero logró el tercer premio en cada uno de los concursos. Notable, querido. Ese 

chico es de una ductilidad asombrosa. Escribe también poesías, odas a Stalin y a Truman, obtuvo el segundo premio en el Concurso anual de la Vendimia y va a recitarse un poema suyo en la inauguración del monumento al Virrey Sobremonte que auspicia la U. N. Con decirle que escribe simultáneamente en dos diarios de la tarde y ha sostenido (¡tome nota de esto!) una polémica consigo mismo.. . El artista debe ser dúctil, querido muchacho, sumamente dúctil.

Sánchez.— (Aparte, a Molfese.) ¿Así que usted es empleado público? 

Molfese.— Fui. 

Sánchez.— (Consternado.) ¿Fue? ¿Quiere decir que ya no es? 

Molfese.— Veo que usted me comprende. 

Sánchez.— No lo puedo creer.

Molfese.— ¿Qué no puede creer?

Sánchez.— No puedo creer que usted haya despreciado una canonjía del Estado... de este justo y generoso Estado que nos cobija. Pero, Molfese, ¿cómo ha podido usted cometer esa barbaridad? (Francamente apenado.) Acaso en un momento de decaimiento, alguna crisis nerviosa... 

Molfese.—Pasa simplemente que yo no aprecio tanto como usted esas canonjías.  

Sánchez.—Pero, ¿qué meta más elevada pueden proponerse nuestros hombres de arte, que desempeñar una función pública?  Honramos al Estado y el Estado nos honra. Fíjese en mí. ¿Qué diría usted si un espíritu fino como el mío tuviese que cumplir ocho horas diarias de trabajo brutal, algo así como escribir a máquina o llevar una contabilidad? (Silencio.) Ah, no dice nada. Me da usted la razón. En lugar de esa esclavitud, tengo camaradas comprensivos que fichan mi tarjeta y permiten que consagre mis horas a la meditación y al trato impagable de los espíritus refinados y puros de mis amigos (meloso) entre los que espero figure usted a corto plazo. 

Molfese.— (Sin responder a la última zalamería.) ¿Y cuántos libros ha publicado en estos años de canonjía? 

Sánchez.—Uno sólo... pero notable. “La gacela y el ánfora”. Podría ser mi obra maestra si no hubiese publicado en mi juventud esos dichosos “Lebreles del Ángel”. Por otra parte, tengo ocho libros publicados con anterioridad, de modo que no saldré perjudicado cuando se sancione la nueva ley, jubilatoria.

Molfese.—¿Otra más?

Sánchez.—Pero, ¿no sabe? Con algunos amigos estamos gestionando un beneficio especial. Para los escritores nacionales el cálculo jubilatorio se haría computando un año de servicios por cada libro publicado. 

Molfese.— De modo que usted... 

Sánchez.— En realidad, me faltarían tres años. Pero como tengo un Bestiario inédito, en tres partes, voy a publicar cada parte por separado. Por si sale la Ley, ¿entiende? Primer bestiario, segundo bestiario, tercer bestiario. 

Molfese.— Además, tiene la posibilidad de dividir cada Bestiario en dos volúmenes.

Sánchez.— (Paladeando la idea.) Sí, claro... (En un esfuerzo extraordinario.) Pero no. No me gusta abusar. 

Viale.— (Aparte, a Trelles.) De modo que han descubierto ustedes un nuevo Maestro.  

Trelles.— No tengo mucha confianza en las palabras con mayúscula, pero llámele así, si quiere. 

Viale.— ¿Y quién ha sido el exhumador? 

Trelles.— Molfese. 

Viale.— (A Molfese.) A ver, acérquese, cuéntenos algo de esa hazaña.

(Molfese y los otros se acercan a Viale.)

Trelles.— (A Molfese.) Se refiere a tu descubrimiento. 

Molfese.— En realidad, no es ninguna hazaña. Hace tiempo que sostengo una teoría muy personal. 

Trelles.— Es verdad. Molfese siempre tuvo esperanzas de que en su generación, la de ustedes (señala a Viale y Sánchez) hubiera existido algún intelectual íntegro, de real valor, de verdadera importancia para nosotros. 

Viale.— (Con sorna.) ¿Y ha hallado usted a ese ignorado profeta, amigo Molfese?  

Molfese.— Algo he hallado. Revisando las revistas y diarios de hace quince o veinte años, he encontrado una serie de artículos de un tal Diego Ramírez.

Viale.— (Sorprendido.) ¿Diego Ramírez?

Ruiz.— ¿Usted lo ha conocido?

Viale.— (Confuso.) No... no.

Molfese.—Diego Ramírez desarrolló por entonces un tema capital: la responsabilidad del escritor. Cualquiera de nosotros, con todos los escrúpulos que reclamamos del artista, podría haber firmado esos artículos sin desmentir a su conciencia. Sus conceptos son definidos, casi heroicos. Pide lo que nos

otros pedimos: que la literatura sea humana, testimonial, que sólo escriba aquél que tiene algo que trasmitir y que hagan el favor de callarse todos aquellos que escriben como un vicio o como una pose.

Viale.— (Sonriendo, comprensivo.) Nosotros, por ejemplo. 

Trelles.— (Igual que Viale.) Ustedes, por ejemplo

Molfese.—(Impasible.) En esa serie de artículos, que son algo así como su testamento literario, Ramírez reclama la existencia de una crítica firme, inteligente y constructiva.  Viale.—Ustedes, por ejemplo. 

Trelles.—Nosotros, por ejemplo. 

Molfese.— ... una crítica que juzgue y estimule con imparcialidad, que oriente verdaderamente al lector. Ramírez sostiene que una generación literaria existe en función de la crítica que provoca. No existe, en cambio, toda generación que limite sus funciones críticas a los elogios de las solapas y a las cartas agradeciendo el envío del estimado libro... 

Viale.—Nosotros, por ejemplo. 

Trelles.—Ustedes, por ejemplo.

(Entran Ema y la criada, con bandejas llenas de copas. Las acompaña Mieres. Este, que también integra el núcleo de Viale y es colaborador asiduo de su Revista, es exageradamente bajo, de unos cuarenta y cinco años, de aspecto muy cuidado, con un tieso peinado a la gomina, uñas pulidas, cuello duro y corbata con alfiler. Viste un traje azul con finas rayitas grises. Su aspecto es literalmente de gran empaque y se intuye que una poderosa faja comprime un vientre bien provisto, pero el abdomen en rebelión abulia de todos modos algunas zonas horizontales del elegante chaleco.)

Ema.— (Insidiosa, a Viale.) Mieres quería dejarme su soneto, pero le dije que estaban todos aquí y se animó a pasar. 

Viale.— (En tono neutro.) ¿Cómo va eso, Mieres? 

Ojeda.— ¿Qué tal, poeta? ¿Siempre desahogándose? 

Viale.- (Haciendo las presentaciones.) Este joven es Molfese, que ha descubierto un nuevo Maestro para su generación.

Mieres.— ¿Un nuevo Maestro?

Viale.—El Maestro Diego Ramírez.

Mieres.—Francamente, no sé quién puede ser.

Viale.—Oh, no se preocupe. Sólo estos buenos chicos saben quién es, o mejor dicho, no saben quién es. Parece que fue joven cuando usted y yo éramos jóvenes, pero con la sensible diferencia a su favor de que su obra ha conservado a tal punto su frescura que aún puede servir de norte a nuestros muchachos.

Mieres.— ¿Pero qué hizo, qué escribió? ¿Quién era? 

Molfese.— Prácticamente no sabemos nada. Quizá eso represente una ventaja. Sólo tenemos lo que escribió, y es admirable. Podría convertirse en nuestro credo. No sabemos quién fue ni qué hizo, ni qué rostro tuvo. Ignoramos si vive aún o si murió hace años. Y todo es un nuevo atractivo: parece como si se hubiera ocultado detrás de su obra, como si no le hubiera interesado conquistar un nombre. 

Viale.— (Sugerente.) Como si su nombre sólo fuese un seudónimo. 

Molfese.—(Sorprendido.) Podría ser... naturalmente. 

Viale.— (Misterioso.) Y, en ese caso, podría ser también que su verdadero nombre estuviera muy cerca.

Molfese.— (Comenzando a recelar.) Sí, claro.

Viale.—Y hasta podría corresponder (mirando intencionadamente a Trelles, que desvía los ojos) a alguno de nosotros, por ejemplo ... tan profundamente despreciados por ustedes, y en ese caso, creo que todo su mayorazgo intelectual se vendría abajo. ¿O me equivoco? 

Molfese.— (Ya exasperado.) ¿Pero a dónde diablos quiere usted llegar? 

Viale.— (Disfrutando intensamente.) Quiero llegar a que usted imagine el absurdo que representaría que Diego Ramírez fuese por ejemplo... yo.

Molfese.— (Desatentadamente.) ¿Usted?

Sánchez.— (Con tanto entusiasmo como envidia.) ¿Usted, Viale?

Viale.— (Radiante.) ¿Por qué no? ¿No puedo haber escrito en mis años jóvenes algunos artículos tontos e inexpertos, no destinados precisamente a servir de guía a ciertos tontos e inexpertos de hoy, sino a cobrar cuatro miserables pesos por semana?

Molfese.— (Sombrío.) Entonces. .. nada tiene importancia ni sentido.

Trelles.— (a Viale.) Si usted es, en realidad, Diego Ramírez, presiento que nos va a faltar un tremendo estímulo.

Molfese.— Diego Ramírez representaba la posibilidad de que alguien de su generación, Viale, de esa generación sin talento y sin ideales, sin convicción y sin mayor vergüenza, hubiera permanecido incorruptible y puro. El solo hecho de que no tuviésemos noticias de su corrupción, representaba para nosotros una esperanza. Por el contrario, si Diego Ramírez es usted... usted que dirige una Revista anodina e inútil, con menos lectores que colaboradores, y si todos sabemos, inclusive el poeta Ricardo Viale, que para usted el arte no es algo vital sino comercial, que usted es despreciado y vilipendiado, en público por los jóvenes y en privado por los viejos. . . entonces, si Diego Ramírez, que escribió algunas cosas que parecían trasmitir una honradez, una dignidad y un talento poco frecuentes, si ese Diego Ramírez es usted, significa lo peor, entiéndalo si puede, lo peor...

Ruiz.— (Tristemente sentencioso.) Significa que cualquiera de nosotros, que hoy queremos ser dignos, honrados y talentosos, podemos venir a parar en una pobre y ridícula cosa como usted.

Molfese.—Y eso es horrible, Viale, sencillamente horrible.

Sánchez.—(Escandalizado.) Joven, yo creo que...

Viale.— (Sin perder la calma.) Claro que es horrible. Molfese tiene razón. (A Sánchez.) ¿No le parece horrible que estos pobres muchachos, para mantenerse firmes en su condición de artistas, necesiten que uno de nosotros haya permanecido incorruptible y puro? ¿No le parece horrible esa desconfianza en las propias fuerzas?

Molfese.— (Sin mayor firmeza.) No es eso. Nosotros tenemos confianza en lo que estamos haciendo, pero ahora pensamos que ustedes también pudieron tenerla... que acaso ustedes también hayan querido hacer algo digno... y sin embargo... (Desconcertado.) Pero usted no comprende, no puede comprender.

Viale.— (Sonriendo.) Sin embargo... yo creo que el que no comprende es usted. (Pausa.) Yo le dije todo eso por bromear, para ver qué alcance tenían su cólera y su desilusión. Ya que soy tan despreciado por los suyos y, según usted, por los míos... y no creo que esté tan equivocado...

Ojeda, Ures y Sánchez.— Viale, por favor...

Viale.— ... ya que soy tan despreciado y nada tengo que perder, déjeme jugar un poco con mis enemigos. (Pausa.) No, yo no soy Diego Ramírez. (Molfese, Trelles y Ruiz no pueden evitar un suspiro de alivio.) No soy nada más que Ricardo Viale, director de una Revista anodina e inútil, con menos lectores que colaboradores.

Molfese.— (Tranquilizado y un poco arrepentido.) Bueno, le ruego que me disculpe. Claro que, después de lo que dije hace un momento, no va a resultarle agradable oírme decir que me alegro. Pero es la verdad. Me alegra que usted no sea Ramírez. Y para serle franco, sepa que le desprecio un poco menos.

Viale.— (Irónico.) Es usted demasiado amable. (Como dando vuelta la hoja.) Pero vamos a ver, Mieres, sáquenos de esta miseria. (Sonriendo, otra vez hipócrita.) Léanos su poemita.

Mieres.— No creo que el momento sea el más oportuno.

Sánchez.— (Hablando lentamente, como para que alguien tome nota.) La poesía tiene el don de reintegrarnos a la paz.

Mieres.— (A Viale.) Podría usted, leernos algún poema de su hija.

Viale.— Oh, ahora que conquistó la beca, Marcela ya no hace más poemas. A ver, Mieres, no se haga el interesante.

Mieres.— Bueno, ya que lo piden. (Muy tieso.)  

La corza herida, herida se sostiene,

a la muerte se arrima su quimera,

y a lo lejos recorren la pradera

una corza que va y otra que viene.

Ema.— (Estallando.)