Un sabor ácido

 

Soledad. Es un sabor ácido del cual unos pocos se enamoran. (Angel Rama)

Querido don Matías:

Debe hacer un siglo que no sé de usted y que usted nada sabe de mí, pero usted fue y sigue siendo mi maestro, y en una situación como la que estoy viviendo, más solo que un anacoreta, usted ha pasado a ser mi único interlocutor válido.
La soledad es un estado de ánimo, pero puede convertirse en un vicio. Le confieso que, a lo largo de mis treinta y ocho años, las pocas veces que me he quedado sin soledad, la he echado de menos. Le advierto, sin embargo, que no es ése el caso actual. Esta vez la soledad me pesa, como suele pesarle el vicio (el alcohol, la droga) a cualquier adicto.
Al igual que todo lo que cuenta en la vida, también mi soledad arranca de mi infancia. Yo no tuve virtualmente madre, ya que la mía murió en el acto de darme a luz. Mi padre se vio enfrentado a la responsabilidad de ser simultáneamente padre y madre, y el pobre no lo hizo muy bien. No lo culpo. Por su trabajo debía viajar casi sin interrupción y me dejaba con mi tío, un hermano de mi madre que nunca nos tragó, ni a mi padre ni a mí. Él tenía cuatro hijos, todos varones, y yo era un agregado en esa nómina. Discutían y se peleaban entre ellos, pero en cambio se unían como una pandilla contra mí. Vivíamos en el campo, cerca del río y mi único refugio era escaparme a la orilla, esconderme entre los árboles y arbustos y allí establecer una suerte de natural convivencia con toda la fauna local (terrestre, acuática, aérea) que de a poco se iba habituando a mi presencia casi inmóvil. Después de todo, tanto los árboles como el agua se movían más que yo.
Aquella soledad era un deleite. Todavía hoy la recuerdo como una de las más estimulantes etapas de mi vida.
Concurrir desde allí a la escuelita rural era toda una hazaña. Quedaba a quince kilómetros. Nos llevaban y nos traían a los cinco en una forchela desvencijada, y cuando aquella cachila amanecía reumática o baldada, sencillamente faltábamos a clase. Tampoco allí hice amistades duraderas. Los alumnos, por lo común hijos de peones (los hijos de estancieros iban a colegios privados de Montevideo), eran tímidos, retraídos, huraños, cada uno con su modesta soledad, pero sin demasiada conciencia de que la padecían.
Usted hizo su aparición en mi temprana adolescencia. El viejo por fin se dio cuenta (pese a que nunca le presenté mis quejas) de que ni su cuñado ni mis primos iban a contribuir a mi formación, de modo que decidió enviarme a Montevideo, no precisamente a los liceos privados donde estudiaban los hijos de buena familia, sino a un liceo público. Yo disponía de una habitación, pequeña pero confortable, en la casa de una prima de mi padre, cincuentona, flaca y soltera, que vivía sola en el Paso Molino y que me acogió como a una llevadera compañía, sobre todo porque mi padre le pasaba una mensualidad para atender a mis necesidades, que no eran demasiadas. Admito que me dejaba tranquilo y si alguna noche yo llegaba tarde no me rezongaba. Pero también debo reconocer que su comida era insulsa y algo escasa; sólo los tallarines le quedaban bastante ricos.
En el liceo sí hice algunos amigos. A lo mejor usted todavía se acuerda de un gordito al que le decían Bochinche; o el flaco Araújo, que era hijo y nieto de milicos; o el petiso Valentín, también llamado el Ñomo, o el moreno Valbuena, que nunca se reía. Estos eran mi barra, para las grandes nimiedades y las pequeñas barbaridades. Después, con el tiempo, aquella piña se fue desmembrando. Bochinche se hizo músico y años después afincó en México; Valbuena emigró a Cuba, encandilado con la Revolución; el flaco siguió el rumbo castrense de sus antecesores. Sólo seguí en contacto con el Ñomo, y a veces nos juntábamos para una churrasqueada o para ir al Estadio.
Sin embargo, para mí lo más destacable de esa temporada fue conocerlo a usted, no sólo por sus inolvidables clases de Historia sino, y sobre todo, por su comprensión ante los exabruptos e ingenuidades de aquella muchachada tan inclemente como heterogénea. Concluido el liceo, se acabó el estudio. Mi viejo estaba empeñado en que siguiera Derecho ("en los tiempos que corren, y en los que correrán, siempre será bueno tener un abogado e la familia"), y cuando yo estaba por complacerlo, él murió, bastante joven aún, en un absurdo accidente de carretera. Ya sin nadie que me empujara, y asumiendo al fin mi primera soledad verdadera, decidí trabajar en cualquier cosa. Y esa cualquier cosa fue una papelería.
A usted lo veía muy de vez en cuando, especialmente cuando la soledad se me volvía insoportable. Le conocía bien sus recorridos y simulaba encuentros casuales para invitarlo a un café o una cerveza. Siempre me escuchó con una atención afectuosa, pero nunca me invitó a su casa. Eso me dolió y fui de a poco espaciando los "encuentros casuales".
Como decía mi viejo, los tiempos corrieron y un día me enamoré. Sabina era linda y simpática, teníamos gustos y disgustos compartidos.
No nos casamos, pero nos fuimos a vivir juntos, en un apartamentito en la Aguada. Me quedé sin soledad, claro. A veces la echaba de menos, pero no era nada grave, porque en términos generales, era bastante feliz. Sabina era buena en la cama y en la convivencia. El problema era que nuestros horarios laborales pocas veces coincidían y sólo teníamos una aceptable vida en común los fines de semana. Y allí hizo aparición mi nuevo vicio: los celos.
Al principio era sólo un malestar. Qué estará haciendo ahora en casa mientras yo trabajo? O, cuando a mi vez yo estaba en casa y ella en su horario laboral: estará realmente en la oficina o andará por ahí, moviéndose entre machos?. Entonces, con el menor pretexto, la llamaba por teléfono, pese a que me había dicho que a sus jefes no les gustaba que los empleados recibieran llamadas privadas. Cómo serían después de todo esos malditos jefes que, de lunes a viernes, pasaban seis horas junto a ella, mirándole las curvas?
Los celos se me fueron convirtiendo en una costumbre, pero también en una tortura. Nunca le hice una escena, ni le dejé entrever mis sospechas, pero nuestra convivencia empezó a deteriorarse, y hasta nuestras relaciones sexuales se fueron vaciando de amor.
Cuando esa tensión se me volvió insoportable, opté por una solución que tal vez a usted le parezca ridícula: contraté un detective privado. Qué le parece? No dependía de una agencia, pero, increíblemente, ese detalle me pareció una ventaja.
A los quince días de haberlo contratado, me esperó a la salida del trabajo, fuimos a un café y me dio su informe: "Tómelo con calma, pero lamento informarle que su esposa se encuentra a menudo con un hombre que la recoge en un BMW y se alejan en dirección a Pocitos". No le pedí más detalles, me preguntó si debía seguir la vigilancia y le dije que sí. Volvió a recomendarme que lo tomara con calma. "No vaya a cometer una barbaridad, eh?" Lo tranquilicé, le dije simplemente que su informe confirmaba mis sospechas y que le agradecía su gestión y su eficacia.
No demoré mucho en decidirme. Teniendo en cuenta los problemas de inseguridad que existen aquí y en todas partes, ya hacía tiempo que había adquirido un revólver. Lo tenía bien escondido, ni siquiera Sabina estaba enterada. Al día siguiente, metí el arma en mi portafolio, fui a la papelería y pedí el día libre, con el pretexto de una gestión municipal. Ese día Sabina tenía horario matutino y regresaba a casa a eso de la una y media. Me situé en un zaguán, desde donde podía verla acercarse. Cuando apareció, a las dos menos veinte, fui a su encuentro con el portafolio semiabierto. Sé que murió en el acto. En aquel pesado mediodía estival, no había nadie en las calles. Me alejé corriendo, dos cuadras después trepé a un ómnibus y me bajé al final del recorrido. Fui a refugiarme en lo del Ñomo, que por suerte estaba en casa. A él le conté toda la historia.
Allí estuve una semana. El Ñomo salía y hacía averiguaciones. Al cuarto día vino con una noticia que literalmente me destruyó. El detective me había mentido. Ningún hombre levantaba a Sabina en un BMW. Ñomo recogió de buena fuente la información de que el detective era un individuo con pocos escrúpulos, que explotaba la ansiedad de los maridos celosos, informándoles sobre infidelidades inexistentes a fin de que siguieran encomendándole pesquisas. Por eso trabajaba en forma independiente, ya que ninguna agencia quería desprestigiarse con sus trampas.
El Ñomo trató de conformarme, pero estuve llorando y gimoteando como dos horas. Porque yo a Sabina la quería. Fue entonces que decidí entregarme, porque con esta nueva, lastimosa soledad, no iba a andar huyendo por un mundo de mierda. Después de otros cuatro días, me despedí del Ñomo y salí a entregarme. Pero, eso sí, previamente cumplí un mero trámite: maté al detective. La verdad es que esa muerte no me pesa en la conciencia. Aunque a la hora de hacer justicia, me perjudicó bastante, claro, por aquello de la premeditación, y la jueza, implacable como son las mujeres, me encajó la máxima.
De todas mis soledades, ésta es la peor. Porque es una soledad con nostalgia. Nostalgia de Sabina, claro. La única visita que recibo, una vez al mes, es la del Ñomo. Sería tan lindo que en alguna ocasión, viniera usted con él. Ah, si se decide a venir, tráigame algún libro de historia, pero no de esclavos sino de libertos.
Don Matías, perdóneme esta tristeza. Espero que acepte el abrazo que aquí le mando. Entre reja y reja. EVARISTO.

Mario Benedetti en "Buzón de tiempo"

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