Nube de verano

 

De pronto estalló el verano. A Alejo le gustaba pasarlo y repasarlo junto al mar. El vaivén apacible de las olas, siempre repetido y siempre diferente, le fascinaba en todos los febreros. Con las gaviotas de aquí cerca y las toninas de allá lejos, mantenía una provocativa y tierna relación. No así con el mar cuando las aguas se encrespaban y desde la cresta de su oleaje amenazaban la vida terrestre.
A sus quince años, el mar le atraía pero también le daba vértigo. Aún no tenía motivos para suicidarse, pero de todas maneras era un proyecto que no le espantaba. Cuando su hermana Estela decidió eliminarse (tiro en la sien), él sufrió bastante, no tanto por su desaparición sino porque no se lo había dicho, ni siquiera insinuado. En el fondo, durante el velatorio, cuando todos rodeaban acongojados aquel cuerpo joven, él había sentido un poco de envidia. Digamos, de envidia piadosa. No había muchos motivos para vivir con ganas, eso pensaba. Uno era sin duda el mar, pero éste era asimismo un motivo para morir con ganas.
Esta vez los padres, aún no repuestos de la pérdida de Estela (sólo habían pasado dos años), los habían dejado, a él y a su primo Jaime, 18 años, en la casita de la playa. Pero Jaime se iba todos los días al centrito del pueblo, y a veces, de noche, a las discotecas. A menudo intentaba arrastrarlo a esas movidas nocturnas, pero Alejo fue sólo una vez y su aburrimiento había sido colosal. Recordó haber leído, en un libro de Miguel Hernández que sustrajo de la biblioteca del tío Manolo, un poema que se refería a "la soledad de la costumbre". El había dado vuelta el verso y se sentía cómodo en "la costumbre de la soledad".
Alejo llevaba un diario, con anotaciones casi cotidianas. Cuando al fin se desprendió del panorama acuático, y tras comer un churrasco en la cafetería llamada ramplonamente Pepe's, se retiró a sus cuarteles de verano, abrió la libreta con su diario, y escribió: "Debo ser un poco raro. No me gusta divertirme. Si a los quince soy así, cómo seré a los treinta. Mamá me mira a menudo como buscando en mí algún rasgo que le recuerde a Estela. Creo que nos parecíamos en los ojos, aunque ella los tenía oscuros y yo verdes. Ah, pero la mirada era la misma. Sólo que ella miraba al Más allá y yo al Más acá".
"Para el viejo en cambio soy una incógnita. Siempre lo he desconcertado. Ya que él es ingeniero y ejerce como tal, habría querido que yo siguiera ese rumbo, y con el tiempo me convirtiera en su ayudante y más tarde en su sucesor. Pero yo no me llevo con las matemáticas. Me parecen difíciles y además inútiles. Hay que ver cuantas cosas construyeron los antiguos y hasta los antiquísimos, sin saber la regla de tres compuesta ni siquiera la tabla del nueve. Ya que dicen que uno vive varias vidas, yo debo haber sido secretario privado del hombre de Neanderthal. Para la próxima me postulo como guía turístico en Plutón, un planeta que por lo visto se las trae. Quién sabe cómo será allí la soledad de la costumbre.
"Pero volviendo a la Tierra, tengo la impresión de que a Jaime le atraen más los chicos que las chicas. Allá él. Cada uno es libre de hacer de su recto un chifle. A mí, en cambio, no me atraen ni los unos ni las otras. Bueno, tampoco soy un témpano. Incluso una vez estuve enamorado. Yo tenía 14 y ella 13. Me enamoré porque poseía una piel como de ébano (pero blanco, qué raro no?) y unos brazos como de árbol. Es probable que yo también le gustara.
Al menos me dijo una tardecita, a la hora del Angelus, que yo tenía los ojos de ascuas y pies de caricia. No estaba seguro del significado de ascua, y fui al diccionario: 'Ascua: pedazo de cualquier materia sólida y combustible que por la acción del fuego se pone incandescente y sin llama'. Que mis ojos pudieran ser combustibles, fue para mi una revelación. En cuanto a mis pies de caricia, o sea propensos a acariciar, lo cierto es que a ella no la pude acariciar, ni con los pies ni con nada. Cultivaba sus personales métodos de huida, pero éstos no eran corpóreos ni tangibles, sino verbales. Por ejemplo me decía: 'Alejo, tenés que comprenderlo, yo soy virgen'. Y a mí qué me importaba. Nunca figuró en mi programa despojarla de su maldita virginidad. 
La habría tocado, eso sí, y hasta besado, por qué no. Pero ella se ponía la virginidad como una armadura. Yo también era (lo soy aún) virgen, y sin embargo no la abofeteaba con esa tontería. Al final me aburrió, o me aburrí, no recuerdo bien. Después de esa experiencia, no me enamoré más. Cuando me atrae alguna piba, antes que nada averiguo (eso siempre se puede saber) si es virgen. Pero a los 13 o 14 casi todas lo son. Fue entonces que decidí inaugurar mi actual etapa de precoz anacoreta.
"Pese a que mi vida es notoriamente breve, debo reconocer que incluye algunos enigmas. No sólo para los demás sino también y sobre todo para mí mismo. Verbigracia: de dónde o de quién habré sacado mi indiferencia frente a los seres y frente a las cosas?. A veces me siento como una isla, pero aun así me falta el archipiélago. Veo el mundo como a través de una mampara, no esmerilada sino transparente. Es decir: me entero de todo, pero de nada participo.
"Otro enigma: Cómo se explica que, aun viviendo en esta atmósfera privada tan semejante a la tristeza, nunca apele al recurso o al desahogo del llanto? Creo que la última vez que lloré tenía diez años. Y no fue un dolor del alma sino del cuerpo: una moto enloquecida y gigante me aplastó el pie derecho y escapó zigzagueando en el tráfico. 
Todavía me queda un poquito de renguera. Luego llegarían más ocasiones para el llanto, pero yo me mantuve seco. La más notoria fue sin duda la muerte de Estela, pero esa noche mi desconsuelo era tan tremendo que me olvidé de llorar. Puede que tanta contención sea saludable, pero yo la veo como una carencia. Se habrá agotado el stock de mis humildes sentimientos? Será que mis emociones se arrugaron? Continuará en la próxima entrega."
Alejo depositó la libreta del diario en su cajoncito personal. De nuevo se situó en la realidad de su entorno. Detrás del televisor había una pared con azulejos. Hoy es una de esas noches de obligada juerga, pensó; así que Jaime volverá muy tarde.
Había poco para elegir, así que se sentó en su mecedora predilecta y encendió la tele. Expulsados por el agresivo rectángulo luminoso, los azulejos se sumergieron en la sombra.
Noticias. Zapping. Más noticias. Zapping. Mediocre programa de preguntas y respuestas. Se le pregunta a los participantes sobre los nombres de los planetas. El más sabio llegó a tres: Tierra, Marte y Júpiter. 
Otro, menos informado, dijo: Marte y la Luna. Zapping. De nuevo noticias. Pero ahora Alejo queda extrañamente enganchado. La pantalla documenta la situación en Sudán. El contraste tiene su gancho. Por un lado muestra las ruinas provocadas por el bombardeo norteamericano. Por otro, una multitud de negros, a punto de morirse de hambre y de sed. Todo en el mismo país. De pronto la cámara enfoca a un negrito esquelético, con brazos y piernas que son palitos y una mirada que no es inquisidora ni humillada ni penosa ni lacerante. Es tan solo una mirada, y ya es bastante. Entonces el negrito, haciendo un evidente esfuerzo, logra alzar un brazo y su dedo índice señala a la cámara, que se detiene intencionadamente en ese gesto. Al negrito no le quedan fuerzas ni para sonreír al extranjero.
Alejo entiende que aquel prójimo enclenque lo está señalando a él. Entonces comprueba, para su sorpresa, que sus ojos, tras cinco años de sequía, están ahora anegados en lágrimas. Alejo llora y llora, con sollozos y hasta con gemidos. Un llanto incontenible. Y cuando el negrito se va de la pantalla, él sigue llorando. Y tiene la sobrecogedora sensación de que no llora sólo por aquel niño famélico sino también por su hermana muerta y en última instancia por sí mismo. O quizá por el mundo.

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