Más o menos hipócritas

 

- No, Sánchez, no está mal informado. Hace ocho años que no publico nada. Y algo más grave aún: hace ocho años que no escribo. Sergio Govoni pronuncia la última frase como si estuviera leyendo una pancarta; con un tono levantado pero uniforme, hecho más de rutina que de convicciones. El periodista esboza una sonrisa escéptica.
- Con todos los respetos: me consta que lo primero es cierto, pero lo segundo no puedo creerlo. Después de publicar cinco libros de poemas y siete novelas, de haber obtenido premios internacionales nada despreciables y excelentes críticas en todas partes, resulta difícil admitir que usted decida en un santiamén borrarse de la literatura.
- En un santiamén? Cuánto hacía que no escuchaba esa palabrita! Tiene su encanto no?
- No se me escabulla, don Sergio.
- Borrarme de la literatura? Eso no. Ahí están mis libros. Buenos o malos, ahí están y nadie puede borrarlos. Lo que he decidido borrar son mis futuros libros.
- Y le parece justo?
- Qué tiene que ver esto con la justicia?. Se trata de una decisión personal, nada más. Por qué se sorprende tanto? Acaso mis sesenta años le parecen una edad prematura para jubilarme? Fui precoz, pero en otros rubros. Nadie es precoz para jubilarse.
- Sesenta tiene ahora. Cuando publicó Alientos y desalientos tenía cincuenta y dos.
- Tiene razón. Después de todo, cualquier edad es buena para dejar un oficio. Fíjense en Salinger: hace más de veinte años que no publica. Y qué me cuenta del poeta Enrique Banchs? En 1911 publicó La urna, y se acabó, y eso fue cincuenta y siete años antes de su muerte. Y Rulfo? Pedro Páramo, su último libro, es de 1955, y murió treinta años después.
- Son excepciones. Quiere que le diga una cosa? Durante muchos años pensé que usted, por su estilo, por su actitud vital, por la coherencia de su obra, era hombre de reglas y no de excepciones.
- No me joda, Sánchez. Nadie quiere ser excepción. Ni siquiera el más ambicioso. Para llegar bien alto, hay que seguir el caminito de las reglas. Las excepciones siempre se quedan en la ruta. Usted me dirá que luego pueden ser reconocidas y ensalzadas por la posteridad.
- Claro que se lo digo.
- Pero a quién le importa la posteridad? Ni siquiera le importó a Kafka, y era un genio. Kafka se hizo ca(f)ca en la posteridad.
- Menos mal que el bueno de Max Brod estuvo ahí para salvaguardar las venerables heces. La posteridad, agradecida.
- Estamos de humor negro, no?
- Olvídese de Kafka. Puedo hacerle la primera pregunta?
- Ya era hora. Puede. También puede poner, como en las encuestas: "no sabe, no contesta".
- Sergio Govoni: Por qué dejó de escribir?
- No sabe, no contesta.
- Por favor, don Sergio, no me tome el pelo.
- Al pan pan?
- Al pan pan.
- Dejé de escribir porque me quedé sin temas, así de sencillo.
- No tan sencillo.
- Dígame Sánchez, usted quiere publicar las respuestas mías o las respuestas que imagina que son mías?
- No es forzoso que no coincidan. Pero no. Quiero las suyas, claro.
- Déjeme pensar. Déjeme pensar. No me gusta que me empujen.
- Le cuesta tanto recomponer el motivo de una decisión tan importante?
- No es que me cueste. Lo que sucede es que ustedes a veces simplifican. Quieren una respuesta única, compacta, y por añadidura que sirva para el título del reportaje. Qué provocó la crisis del Golfo? Y responden la invasión de Kuwait. Y no. Es mucho más complejo.
- Qué provocó la crisis del Golfo?
- Se imaginará que hay más de un motivo. Por una sola razón no habría dejado de escribir. Son varias. Govoni abandona la mecedora y se acerca a un mueblecito de roble, de aquellos clásicos, con cortina y cajoncitos. Mientras él hurga en las gavetas inferiores, Sánchez puede echarle una ojeada a aquel ambiente un poco sofocante. No logra distinguir si las paredes repletas de libros, lo protegen o lo amenazan. En tres o cuatro huecos aparentes, oprimidos por diccionarios y enciclopedias, hay un dibujo de Barradas y otro de María del Carmen Portela, un gauchito de Blanes (será una copia?), un óleo maravilloso de Alfredo de Simone. Nadie de los actuales, anota mentalmente Sánchez, pero el De Simone lo llena de saludable envidia. Ni fax ni computadora. Para qué, si ya no escribe? Sólo una vieja Remington, de teclas desniveladas y con ictericia, aparece como testigo de un pasado profesional. Mientras el escritor le da la espalda, inclinado sobre unas carpetas en las que busca y rebusca, Sánchez se fija en cierta meseta de calvicie que no era perceptible cuando estaba erguido y de frente. Su aspecto general no revela un cuidado particular, ni siquiera esa coquetería de corredor de fondo en que suelen caer algunos veteranos, pero se le ve confortablemente instalado en la tercera edad. No obstante, cuando se endereza, con la (por fin) hallada carpeta en la mano, no puede evitar una breve mueca, como si alguna de sus bisagras hubiera rechinado. Le alcanza a Sánchez una fotografía. Se reserva otras.
- Esta es Amparo, mi primera mujer. La foto es en colores, pero algo desvaídos. Una muchacha posa con naturalidad, los brazos apoyados en una baranda de hierro, dedicándole al fotógrafo ocasional, una sonrisa franca, cautivante. Sin embargo, lo que más atrae de esa presencia inmóvil son los ojos, penetrantes y oscuros.
- Es Amparo Serrano, verdad? Alcancé a verla en Casa de muñecas. Yo era un botija y me pareció maravillosa. Govoni vuelve a la mecedora. Ahora parece menos tenso, pero también más desvalido.
- En realidad, su apellido no era Serrano sino Morente. Decía que le sonaba a muriente, y por eso se lo cambió para el teatro. Tiene usted razón: Era maravillosa.
- Quiere hablarme de ella?
- Nunca hablo de ella. Sabía usted que se suicidó?
- No. No sabía.
- Casi nadie lo sabe. Creo que sólo su madre y yo. Y el médico de la familia, claro. En esos años, el suicidio era una gran vergüenza. Más o menos como el sida hoy. La prensa montevideana jamás mencionaba un suicidio doméstico, solo los del exterior. De modo que lo ocultamos. Oficialmente fue un infarto. Vamos, Sánchez, no se conmueva así. Esto sucedió hace mucho.
- También usted se conmueve.
- Puede ser. Viví con ella siete años intensos. Y además su muerte fue algo inesperado. Nunca supe por qué lo hizo. Ni siquiera habíamos tenido una discusión.
- Quiere que apague el grabador y me lo cuenta?
- Apáguelo si quiere, pero qué quiere que le cuente si no sé nada? Sólo puedo contarle mi desconcierto.
- Y la madre?
- Me echó la culpa. como todas las madres. Nunca creyó en mi perplejidad. Ni mucho menos en mi congoja.
- Supongo que usted habrá barajado posibilidades.
- Todas. Infidelidad de mi parte? Mi lema siempre ha sido: fiel, pero no fanático. No se ría. Pero justamente entonces llevaba tres años de fidelidad ininterrumpida. Y ella lo sabía. Las mujeres siempre saben esas cosas. Por intuición femenina, o por chisme de una amiga, pero lo saben.
- Usted perdone. Pero no pudo haber infidelidad de parte de ella? O quizá un indicio de infidelidad? No pudo acaso enamorarse de otro hombre y haberse sentido insoportablemente culpable?
- Cómo cambian los tiempos! O dicho de otro modo: cómo me he vuelto viejo. Si hace diez años, alguien me hubiera hecho esa pregunta insolente, sencillamente le habría roto la cara.
- Perdone, don Sergio. No pensé que... Además le avisé que había detenido la grabación. Creí que hablábamos amigablemente, confidencialmente. Perdone. 
- Está bien, está bien. No crea que no comprendo que en el periodismo actual la insolencia es una virtud. Y tal vez tengan razón. La intromisión en la vida privada tiene gancho, vende más. Por eso voy a responderle. No creo que Amparo tuviera otro hombre, o pensara siquiera en tenerlo. Estábamos muy unidos, sabe? Éramos jóvenes. El sexo funcionaba admirablemente, los cuerpos se necesitaban, se echaban de menos. También hay que reconocer que los hombres no somos desconfiados y a veces nos pasan. Pero si somos confiados es por exceso de vanidad. Cómo una mujer va a preferir a otro si me tiene a mí, que soy y estoy bárbaro? Usted sabe aquello que del dicho al hecho hay un gran trecho? Bien, pero del machista al cornudo, ese trecho es menudo. Mal chiste, ya sé. No me haga caso, Sánchez. Hablo por hablar. Estoy totalmente seguro de que Amparo me era fiel. Govoni se mece parsimoniosamente. Pero está en otra parte. Sánchez respeta aquel ensimismamiento. En realidad, no está muy seguro de cómo continuar el diálogo. Por fin Govoni vuelve a tierra, lo mira como extrañado de su presencia y advierte que tiene más fotos en la mano. Elige una y se la alcanza.
- Es Julia, mi segunda mujer. Segunda y última. En la foto, Julia y Sergio, abrazados, no miran hacia la cámara. Se miran ellos. Tienen aspecto de felices. Con reticencias, pero felices.
- No elegía mal usted, eh? Tiene un atractivo distinto al de su primera mujer, pero es hermosa.
- Esta si me dejó por otro.
- Otro intelectual?
- No. Un jugador de básquetbol. Otra forma de suicidio.
- Lo cree realmente así?
- No, no lo creo. Pero es una buena cita de mí mismo. La usaba un personaje de mi tercera novela. Pero él decía eso, porque su mujer lo dejaba por un obrero de la construcción. De todas maneras, es menos humillante. Un obrero de la construcción es algo, alguien. Pero un basquetbolista...No es absurdo?
- No veo por qué.
- Lo que pasa es que usted piensa en un deportista culto, que también los hay por qué no? Este en cambio era un bruto. Musculoso y un metro ochenta y ocho de altura!. Lo sé porque él siempre lo estaba proclamando, como si exhibiera un doctorado de La Sorbonne.
- Todavía le guarda un poquito de rencor no?
- Nunca fui rencoroso. Más bien suelo aburrirme de mis rencores. Me pareció una idiotez de parte de Julia, sólo eso. si bien admito que ella me gustaba (le aseguro que en la cama hacía portentos) nunca estuve francamente enamorado. Julia no es Amparo. Nunca la pudo reemplazar. De modo que en algún sentido su partida fue una liberación. A los seis meses se cansó de su musculoso e intentó volver. Pero no quise. No por orgullo entiende?. Más bien por cierta estética de dignidad. Lo cierto es que nunca más encontró acomodo. De vez en cuando me llegan noticias. Anduvo con un arquitecto, después con un fotógrafo, luego con un secretario de embajada. Del Este, claro. Lo último que supe de ella es que se había vuelto feminista.
- Dígame, Govoni. La suspensión de su escritura arranca del suicidio de Amparo o del abandono de Julia?
- Cuando se mató Amparo escribí un largo poema, bastante desgarrado por cierto, que más tarde rompí. No podía soportarlo. Fue el último. Sin embargo, seguí escribiendo prosa y publicándola. Después que concluyó lo de Julia, ya no sólo no publiqué sino que tampoco escribí nada. Quiere saber cuál es la diferencia? Cuando Amparo se mató, quedé vacío; cuando se fue Julia, me sentí libre. Ante aquella muerte, me encontré sin fuerzas; frente a este abandono, las recuperé. O sea que, al parecer, al menos en mi caso, ni la ausencia ni la libertad fueron motivo de inspiración.
- Pero usted dice que recuperó fuerzas.
- Para vivir, pero no para escribir. Por eso hoy puedo mirar mis libros como si hubieran sido escritos por otro. Dejé de ser un autor mediocre para convertirme en un lector inteligente. Y le confieso que disfruto bastante en mi nueva condición.
- Ese párrafo podría haber figurado en su novela La falsa modestia. Honestamente, usted cree que esa obra fue escrita por un autor mediocre?
- Es el caso, poco menos que milagroso, de una excelente novela, escrita por un novelista, no diría mediocre, pero sí mediano. Qué le parece este autodiagnóstico?
- Un autoengaño. O quizá una simulación.
- Usted no me quiere demasiado, eh?
- Hombre. Soy uno de sus lectores más fieles, y en consecuencia me siento frustrado por su silencio literario.
- Espero que comprenda que salvarlo de su frustración no es para mí incentivo suficiente para volver a escribir.
- Usted tampoco me quiere demasiado, eh? 
- No. Y sabe por qué? Porque usted y yo somos dos hipócritas, pero yo le llevo la ventaja de mi madurez. La hipocresía inmadura me resulta insoportable.
- Y por qué carajo accedió entonces a concederme la entrevista?
- No se sulfure, mi amigo. No se sulfure. Le concedí la entrevista, es cierto, pero como me considero un hombre libre, ahora le retiro la concesión.
- Ya es tarde, Govoni. Todo está grabado.
- Lo sé, lo sé. Ahí fue cuando reconocí que usted era un hipócrita inmaduro: cuando me dijo que no estaba grabando y sin embargo seguía encendida la lucecita roja. Usted trataba de ocultarla, pero igual lo pesqué. Un hipócrita inmaduro.
- Ante todo soy un periodista. en el diario no me pidieron una entrevista de indagación literaria, sino que le hiciera una sola pregunta: por qué dejó de escribir?
- Y usted cree que le respondí?
- Está grabado, Govoni.
- Si, está grabado. Pero usted, muchacho, va a abrir ahora su aparatito, va a extraer la casete y la va a depositar tranquilamente sobre esta mesa. Usted y yo somos dos hipócritas, pero ambos sabemos que la casete va a quedar aquí, no es cierto?
Sánchez aprieta los labios, sin pestañear. Luego adelanta dos dedos y oprime la tecla eject.

Mario Benedetti en "Buzón de tiempo".

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