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Los robinsones eran cinco: Sören hablaba danés; Gertrude, alemán; Paola, italiano; Flavio, portugués, y Louise, francés. Como lengua marginal pero abarcadora, adoptaron el inglés. Provenían de dos naufragios distintos, acaecidos en una sola noche de alucinante borrasca. Extrañamente, los cinco cuerpos, sobrevivientes pero derrengados, aparecieron, a pocos metros unos de otros, en un extremo del pequeño islote. Los primeros en recuperar el aliento fueron Sören y Louise. Juntando sus pocas fuerzas, arrastraron a los otros tres hasta un lugar más o menos protegido, bajo unos árboles que se doblaban hasta casi quebrarse.
Por fortuna, amaneció con el cielo despejado y un sol que les pareció maravilloso, sobre todo porque les secó la piel y les dio calor. La visibilidad era perfecta, pero no había ningún barco a la vista, ni hundido ni navegante. De pronto se miraron y tomaron conciencia de sus desnudeces. Flacio fue el primero en hablar: "Tendremos que acostumbrarnos". Todos asintieron, pero no fue fácil. Durante los primeros días se hablaban sin mirarse. Las tres mujeres trataron de encontrar hojas que les permitiera construirse por lo menos unos toscos taparrabos, pero fue inútil. Les importaba más cubrirse el pubis que taparse los senos. Los dos hombres en cambio no se preocupaban de sus propias desnudeces. Además, el clima no era un factor de riesgo, ya que por lo visto aquella zona era descaradamente tropical y sólo a la noche se levantaba una suave y bienvenida brisa.
La alimentación fue sin duda un problema, pero de a poco lo fueron solucionando. Las ramas que arrancaron de los árboles se convirtieron en instrumentos de caza, ante los cuales fueron sucumbiendo ratas, liebres, cangrejos, monos, jutías, algún pez que traían las olas. También se hicieron expertos en la construcción de trampas. Por otra parte Sören, el danés, cuya movida existencia incluía una etapa de explorador, sabía encender fuego con dos piedras, y esa habilidad fue un elemento básico en el primitivo arte culinario de aquellos robinsones.
Al cumplirse aproximadamente un mes de su llegada (no tenían la noción exacta de los días transcurridos), ya habían logrado construir, con ramas y hojas, una choza rudimentaria. Las hojas grandes eran descubrimiento reciente y podían haber servido para crear un modelo inédito de taparrabo, pero a esa altura el pudor había quedado atrás. Ya estaban tan habituados a sus respectivas desnudeces, que a nadie se le ocurrió resguardar sus vergüenzas.
Durante el día se dedicaban, todos juntos, o en grupos de a dos, a las tareas de supervivencia. Pero en los atardeceres se reunían junto a la choza y empezaron a contarse sus vidas. El mayor era Sören, 40 años, y la menor era Paola, 22. Flacio, 37 años, casado, con dos hijos, nacido en Oporto, era arquitecto y tenía en Lisboa, con otro colega, un estudio que había ganado buena fama y trabajaba bien. Gertrude, soltera, 29 años, era traductora simultánea (en inglés, alemán y francés). Paola, italiana, 22 años, soltera, modelo, se divertía enumerándoles sus pasarelas completas y sus destapes profesionales, que habían sido un involuntario entrenamiento para la desnudez actual. Louise, suiza, nacida en Ginebra, casada aunque en trámite de divorcio, sin hijos, cajera de un shopping center, había dejado, cuando se casó, sus estudios de Humanidades, pero seguía siendo una lectora obsesiva ("aquí lo que más echo de menos es mi biblioteca"). En aquel hato de jóvenes, Sören era casi un patriarca; danés, 40 años bien llevados, barba tupida y semicanosa, carecía de vínculo sentimental permanente, pero siempre le había ido muy bien con las mujeres; aparte de sus cinco años dedicados a la exploración y la investigación ecológica, ejercía el periodismo en uno de los principales diarios de Copenhague.
El hecho de que los cinco depositaran sobre las piedras (unos con soberbia y otros con timidez) aquellos breves compendios de sus biografías, sirvió en cierto sentido para cambiar la atmósfera algo neutra de sus relaciones. Ya no se veían como objetos sino como personas, y también como cuerpos; se miraban con prevención, con asombro y también con simpatía, mas o menos como acontece en la mayoría de las familias. Con una diferencia: aquí y ahora las desnudeces volvieron por sus fueros, y en consecuencia hubo vistazos de indagación y hubo rubores.
El islote era pequeño y lo recorrieron de costa a costa. No detectaron presencia humana, aunque sí algún indicio de que tal vez la había habido. Por ejemplo un cuchillo con hoja de acero inoxidable, que les fue muy útil en las tareas de caza, cocina y construcción. Había dos zonas boscosas y el resto eran tierras llanas, praderas de altos pastizales. Sólo existía una elevación, que concluía en un precipicio o despeñadero que daba al mar y provocaba un vértigo casi incontrolable. La única vez que ascendieron hasta allí y miraron hacia abajo, Paola dijo: "Qué incitación para el suicidio", y Sören agregó: "No es descartable que el dueño del cuchillo haya venido aquí y sucumbiera al vértigo". Nadie festejó la ocurrencia y todos volvieron callados al campamento.
De vez en cuando hacían giras de inspección. Una mañana se repartieron en dos grupos: Flavio, Gertrude y Paola fueron hacia el norte, los otros dos hacia el sur. Después de una larga caminata, Sören y Louise entraron en el bosquecito número dos. Se echaron en un lecho de hojas. De pronto él notó un brillo extraño en los ojos de la suiza, tan extraño que él advirtió en su miembro una repentina y firme erección. También Louise detectó esa incitante novedad. Entonces cerró los ojos, pero en los párpados le quedó un temblor.
El estiró un brazo hasta alcanzar su mano y ella fue abriendo lentamente sus piernas. El acto de amor fue intenso y singular, ya que las palabras que acompañaron las caricias primarias y las profundas, no se entendieron tan hondamente como los cuerpos: las de Sören eran en danés y las de Louise en francés. El orgasmo no admite traducciones.
Cuando regresaron al campamento, los otros ya habían vuelto. No fue necesario dar ninguna explicación, ningún boletín de noticias. La nueva situación era evidente. "Enhorabuena", dijo Gertrude, y todos sonrieron. Sin embargo, a la noche Louise y Sören, por respeto a los demás, no durmieron juntos.
La segunda unión, de Flavio y Gertrude, no fue tan espontánea. Habían quedado solos en el campamento y lo discutieron largamente. Esta vez no hubo enamoramiento ni atracción irresistible. Más bien el resultado de un plan. El tema que Flavio depositó sobre las piedras, cada vez más lisas y gastadas, fue el de la exigencia de los cuerpos. "Tú y yo somos jóvenes y el cuerpo nos pide sexo. Por lo menos a mí. A ti no?" "También a mí, pero no es tan fácil. Por ti puedo sentir una atracción física, provocada quizá por la prolongada abstinencia, pero no amor" "Quién habla de amor? Se trata de necesidades". "Y por qué me lo planteas a mí y no a Paola, que es más linda y más joven?" "Porque tú eres una persona mentalmente adulta, capaz de comprender de qué se trata, y Paola en cambio es mucho más inocente (y hasta diría pacata) de lo que parece. Un día lo hablé con ella, sin entrar en mayores precisiones, y me dio a entender que para ella el sexo sin amor no es erotismo sino pornografía". "No está mal". "Concretando: cuál es tu respuesta?" "Te confieso que todo este intercambio de opiniones me ha ido, no diría calentando, sino entibiando el cuerpo. Así que cuando quieras". "Hurra por el pragmatismo germánico".
Se tendieron entre unos matorrales y allí fue donde los vio Paola. Ellos ni se dieron cuenta de su presencia, tan concentrados estaban en su nudo corporal. La italiana tuvo tiempo de ver y de asombrarse. Por lo común, una pareja, en la privada instancia de practicar su coito, suele vivir una instancia de prodigio; en cambio, para el que ve desde fuera, puede ser un motivo de excitación pero también de aversión, de repulsa. Así lo fue para Paola, que se retiró lentamente y se tendió en la choza, con un llanto amargo para el que no hallaba explicación. Cuando volvieron los otros cuatro, ella no quiso comer, dijo que le dolía la cabeza y quería descansar. En el largo insomnio se vio sola, aislada, excluida de los que se unían, y allí, mientras los demás dormían, tomó la decisión.
En una tabla que les servía de mesa, grabó con el cuchillo, en su escueto inglés para que todos entendieran: "Thanks. Good bye for ever. Paola". Después, extraviándose a veces en lo oscuro, caminó hasta el despeñadero. Era una noche de luna, así que pudo ver el mar, allá abajo, con olas gigantescas. Murmuró para sí misma una brevísima oración, se cruzó de brazos, y así, se arrojó al vacío.
A la mañana siguiente, el primero que vio la leyenda de despedida fue Flavio. En seguida despertó a los otros. "Se ha matado", dijo Gertrude. "Recuerdan lo que dijo aquella vez que fuimos al despeñadero?", preguntó Sören. "Vamos allá". Y hacia allá fueron, siguiendo algunas de sus débiles huellas. Abajo, bien abajo, entre rocas asquerosamente puntiagudas, estaba el cadáver de la modelo. Ni siquiera las olas habían querido llevársela.
En las dos semanas que siguieron reinó el silencio. Se cumplían las tareas imprescindibles. No hubo más uniones de los cuerpos. Sólo cuando apareció el barco inglés recobraron el ánimo y empezaron a hacer frenéticas señales. Por fin fueron vistos y una lancha vino a recogerlos. En el viaje hasta La Coruña hablaron entre sí sólo lo indispensable. Los del barco les dieron ropas y la tripulación hizo una colecta para que tuvieran algo de dinero cuando desembarcaran. El barco no entró en el puerto; no estaba en su ruta. Avisó que traía cuatro náufragos y vinieron a recogerlos. Ya en tierra, cumplieron los trámites de rigor. Les permitieron que desde allí telefonearan a sus familias. Luego atravesaron el Paseo Marítimo y caminaron hasta la Plaza de Santa María del Campo. Fue allí que decidieron separarse. Por primera vez tras el suicidio de Paola, la tensión bajó, se abrazaron, intercambiaron direcciones y teléfonos. Luego Gertrude se fue sola; también Flavio se fue solo, pero en otra dirección. Sören y Louise, en cambio, se quedaron allí, indecisos pero abrazados.
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