El humorismo del montevideano

El humorismo siempre ha sido un género peligrosamente representativo. Por lo general, el publico está en condiciones de entender que un chiste puede constituir un símbolo pero no siempre acierta en el reconocimiento de qué cosa simboliza. En realidad un mismo chiste a costa del gobierno puede simbolizar tanto una actitud valiente como una prescindente o cobarde. En la Argentina, por ejemplo, no era lo mismo burlarse públicamente de Perón en la época en que, por mucho menos, cualquiera podía ir a parar a un calabozo, que desarrollar esa misma burla en los meses que siguieron a la Revolución frente a una sala adicta ansiosa de desquite.

En el Uruguay, el humorismo tiene un carácter bastante definido y autónomo.. Humoristas y publico parecen haberse puesto de acuerdo sobre qué debe escribirse (o dibujarse) para que los creadores tengan éxito y el publico se encuentre con su risa Eso, claro, da cierta coherencia a los diversos estilos y provoca en cierto modo una estandarización del chiste; pero también puede llegar a representar un estado de ánimo colectivo, una actitud que, con mayor o menor conciencia, la mayoría esté dispuesta a asumir.

No todo nuestro humorismo es político o tiene como meta tomarle el pelo al gobierno, a los gobernantes, a las instituciones oficiales, a los partidos políticos, al trámite burocrático. Sin embargo, el humorismo político tiene para el lector la ventaja de lo concreto, de que en ese terreno le resulta fácil individualizar a la víctima, identificar el resto original de la caricatura. Pero también le gusta al lector (y lo festeja) el chiste que maltrata algún tic de nuestras convenciones sociales, de nuestros prejuicios familiares, de nuestros biombos éticos o morales,(*). La que menos le llega es la broma universal, desarraigada.

Puede que no le haga reír un buen chiste intelectual sobre loros, suegras o judíos (para sólo mencionar tres rubros clásicos), pero si el loro habla lunfardo, o la suegra es quinielera, o el judío grita: "¡Peñarol vieja y peluda!", las posibilidades de éxito aumentan considerablemente. El lector montevideano quiere índices locales, puntos de referencia.

Esa es, por otra parte, la técnica más usada por nuestros mejores narradores orales, esas vedettes del chiste que suele haber en cada oficina, en cada familia, en cada "barra" Por lo general, su truco consiste en montevideanizar el ingenio importado, en agregar un sentido local a una broma que originariamente solo manejaba conceptos.

Ahora bien, si vigilamos esa orientación de nuestro humorismo ciudadano, quizá encontremos de paso la explicación de alguna de nuestras aparentes contradicciones. Por lo pronto, debemos admitir que existe contradicción entre estos dos elementos, fácilmente comprobables, de nuestra vida política y sus repercusiones mas populares El primero: durante cuatro anos el montevideano se queja sostenidamente del partido que gobierna. El segundo: cuando le llega la hora de ejercer su derecho de ciudadano; ese mismo quejoso y todos sus colegas, votan en abrumadora mayoría por el mismo partido que tan demoledoramente criticaran.

La contradicción existe, la explicación también. Necesariamente, ésta no puede ser muy elogiosa para el ciudadano. El empleo público es, ya se sabe, un poderoso argumento que todo principismo partidario lleva en sus entre líneas, y el electorado montevideano (el del Interior también, pero en un grado considerablemente menor) ha demostrado ser muy sensible a esa razón de pesos. No deben ser muchas las familias montevideanas en las que no milite algún empleado público; o por lo menos algún aspirante a serlo. Mal que bien, la burocracia representa para unos la seguridad, para otros la esperanza; y contribuye poderosamente a que no abunden quienes, en el fondo de su alma y de su presupuesto, deseen realmente que se opere un cambio

sustancial en ese status quo.

Pero ¿y el humorismo? En rigor, hace dos párrafos que está esperando el momento oportuno para introducirse en la argumentación. Porque la modesta teoría que aquí se quiere revelar, es que el humorismo resulta el gran nivelador psicológico del montevideano, el único factor que -tan inconscientemente como se quiera- le permite recuperar su equilibrio y también disculparse, siquiera en forma parcial, frente a su conciencia.

Es evidente que el montevideano opina que aquí se gobierna mal. Puede confirmarlo el lector interrogando al azar a un taximetrista o a su verdulero, a su tía política o al cobrador de impuestos, al compañero de oficina o al yerno del edil, o, sí se descuida, al edil en persona. Sin embargo, ese mismo montevideano incurre cada cuatro años en la antilogía de votar otra vez a los mismos hombres y a los mismos procedimientos (**).

Es ahí que aparece el humorismo y su misión reguladora. El ciudadano-promedio lee y escucha bromas a costa del gobierno, las festeja, claro, y, con nuevos adornos y variantes, las hace circular. Hay chistes, de rigurosa invención personal, que circulan como anécdotas, y también anécdotas que, convenientemente deformadas, infladas, condimentadas, ingresan para siempre en los anales del chiste metropolitano. El chiste pasa a ser una especie de desquite, una revancha, más que contra el gobernante, contra la propia debilidad del difusor, algo así como una afirmación -por otra parte, inocua- de sus convicciones, un cómodo testimonio retroactivo de que no ha caído en la trampa, de que aun es alguien.

En definitiva se contenta con bien poco ya que en este país, donde es posible hacer (oral o gráfica o editorialmente) la broma más certera acerca de un Ministro o de un Consejero sin que el futuro se pueble en seguida de campos de concentración o de fusilamientos, apelar al humorismo como única señal de inconformismo o de rebeldía no representa una increíble hazaña sino más bien una muy verosímil cobardía.

En los elementos que apuntó Macedonio Fernández para una teoría de la humorística, sostuvo con buenas razones el carácter hedonístico de lo cómico. La risa de quien festeja un rasgo de humor se basa, para ese humorista del absurdo en lo que él denomina el ingrediente grato. En el caso del humorismo montevideano habría dos ingredientes gratos; uno, el ya señalado de dejar medianamente a salvo la dignidad personal gracias a esa censura sin riesgo que significa la burla, y otro, la profunda convicción de que ese tipo de censura es una mera diversión y en definitiva no modificará una situación creada de la que él personalmente se beneficia. El puchero no corre peligro, la dignidad queda bien parada, todos disfrutan de la broma y el confortable orden no será alterado ¿Qué mas puede pedirse?

Desde el punto de vista del creador de humorismo (ya sea periodístico o literario) el problema sufre algunas variantes. En primer término, es evidente que existe mayor responsabilidad en escribir una broma que en trasmitirla oralmente. No importa que aparezca firmada con seudónimo. En nuestro ambiente casi pueblerino no hay seudónimo que esconda por mas de una quincena el verdadero nombre del autor. En el mejor de los casos el humorista sabe que sus chistes de hoy están estableciendo límites o por lo menos patrones para medir su actividad futura. Naturalmente, podrá burlarse ahora de un político y mañana enajenar su silencio por un cargo bien remunerado. Podrá incluso dirigir su lupa satírica hacia el opuesto sector político ya que en todas partes puede encontrarse algo ridículo, y, donde existe el ridículo el humorismo prende mejor que una ventosa.

Pero con esos virajes el humorista se juega algo más que su futuro: probablemente se juegue su capacidad de hacer reír. A otro tipo de periodista o de escritor, el público puede llegar a perdonarle una claudicación quizá porque le importe menos; al humorista, no. Quizá el lector reclame un fondo de seriedad moral en quien tiene la pretensión de ser gracioso. Arremeter contra las convenciones sociales, contra las jerarquías, contra los paquidermos sagrados de la democracia criolla, requiere una dosis de ingenuidad y hasta de quijotismo, que el lector reconoce y agradece, ya que el humorista viene a ser algo así como un medico sucedáneo de su afónica rebeldía. Pero cuando el humorista pierde alguno de sus sostenes morales, todos sus destellos pueden convertirse en una broma trágica acerca de sí mismo, cada uno de sus chistes puede transformarse en un implacable bumerang. El humorista no ignora jamás que en cada una de sus bromas esta jugando esa carta, y que esa carta es siempre decisiva.

Existe sin embargo otro tipo de industrialización de la gracia. La falta de eco que intimida en nuestro medio la mayor parte de las expresiones literarias y algunas de las periodísticas, parece estar compensada con la seguridad de un permanente y ávido auditorio para todo genero de sátira. El montevideano siente por lo general un inevitable rechazo hacia la literatura autóctona, pero en cambio es un voraz consumidor del humorismo nacional.

Difíicille est satiras non scribere. Es difícil no escribir sátiras, sostuvo Juvenal, precisamente en una sátira; en nuestro medio es a veces más difícil escribirlas, no precisamente debido a una falta de temas –que abundan- sino a la imposibilidad material de hacerlo. En la mayoría de nuestros diarios, que se temen mutuamente y poseen - unos mas que otros- sus históricas colas de paja, un código mas o menos antediluviano fija los límites y el tono del humorismo permitido, y lo convierte en algo que en la jerga de las redacciones se conoce como “baba fría".

En el elenco de los diarios figura siempre algún humorista, pero la consigna oscila siempre entre el “escribir suave” y el “escribir más suave”.

Dentro de los límites no siempre invariables de la Decencia, el humorismo, y especialmente e! humorismo político, debe tener espontaneidad y sobre todo puntería. Ahora bien, la suavidad es una declarada enemiga de esas cualidades, ya que lo humorístico es un arte esencialmente hedónico; y cuando el lector reconoce, en una nota que quiere ser graciosa y desenfadada, un fondo de pusilanimidad o cobardía pierde todo el brío que precisaba para festejarla y lo pierde no sólo (o no tanto) por razones morales sino porque él quiere y exige que no le retaceen la gracia que el creador de humorismo siempre, le esté brindando el máximo de su ingenio sin ninguna clase de reservas mentales o de recelo ante los clásicos tabúes.

Esta puede ser en cierto modo una explicación de por qué la mayoría de los humoristas montevideanos (que siempre los hubo y de excelente cuño) decaen paulatinamente en su eficacia. De todos los géneros escritos, el humorismo es el que cuenta en esta ciudad con mayor numero de adherentes; las secciones cómicas son las que primero busca la gente en todos los diarios, revistas o semanarios.

En la radio los programas que adquieren más rápida notoriedad, son aquellos que provocan carcajadas. No entremos ahora a investigar si eso es un rasgo promisorio o desalentador de nuestra sociedad: limitémonos a anotar el hecho.

Quizá esa misma voracidad del publico esté perjudicando y hasta destruyendo la dosis de gracia de cada humorista. Es de suponer que esa gracia no es ilimitada ni obedece siempre a las exigencias de un especio o de un tema ni ha de manar ininterrumpidamente con espontaneidad y pureza sostenidas. El plazo fijo, el espacio fijo, el tema fijo, han sido siempre los tres verdugos más famosos de lo humorístico, los que más eficazmente ayudan a decapitar el ingenio.

Cabe admitir además que cada humorista tiene una dosis personal de gracia, que si la concentra en una sola nota semanal o quincenal o mejor mensual puede ser eficaz y hasta brillante, pero si la desperdiga en una docena de burlas dianas habrá necesariamente de entrar en repeticiones, lugares comunes y groserías, que por lo general constituyen el fondo de reserva para cuando la auténtica comicidad no concurre a la cita.

Esta es pues, la primera tentación; como el publico reclama con tanta urgencia lo humorístico este es por lo general mejor remunerado que otros géneros. Es raro el humorista que no muerda el anzuelo y que a los seis meses de su primer éxito no se encuentre complicado en varias secciones reideras de la prensa y en no menos libretos cómicos para la radio. A pesar de todos los esfuerzos sobrehumanos que haga el humorista por conservar el nivel original, su eficacia irá sufriendo constantes depredaciones, y el mismo publico que antes lo levanto y le exigió una cuota superior a sus fuerzas, será el primero en colgarle el diagnóstico de absoluta e irrecuperable pérdida de gracia. En realidad; su dosis siempre ha sido, es y será la misma, pero veinte rasgos de ingenio concentrados en un solo frente, impresionarán siempre mucho mejor y serán más festejados que esos mismos veinte rasgos repartidos en veinte tentativas.

El otro gran peligro es la caída a lo pornográfico. Hay que reconocer que el montevideano es muy ''boca sucia”; mucho más que el bonaerense y casi tanto como el madrileño. La "mala palabra" integra su vocabulario cotidiano, pero lo integra sin violencia, con naturalidad. En el ambiente hay, incluso cierta sospecha de mariconería para todo aquel que no suelta regularmente sus ajos. Alguien dijo que en español las palabras de grueso calibre tienen un mero valor de interjecciones; y los montevideanos parecen hechos de medida para la aplicación de ese precepto.

Hay además una constante tendencia a la picardía, a encontrar un doble -o triple- sentido a toda broma que ande suelta por ahí. El doble sentido es probablemente la mayor garantía de popularidad en un chiste nuevecito, que empieza su carrera.

Para quien hace humorismo, es difícil resistir la tentación de emplear de vez en cuando ese doble sentido.

En realidad, hay una ración de picardía (que incluye, como es lógico, su ingrediente de obscenidad) -que no hace daño a nadie y que además permite, al autor lograr imprevistos efectos en su quehacer humorístico.

Sin embargo, el pasaporte de lo pecaminoso debería ser siempre la gracia. Cuando un chiste -de fondo o intención mas o menos indecente- tiene auténtica gracia, ésta sirve para redimirlo de su propia procacidad.

Sólo cuando el chiste se basa exclusivamente en la indecencia, ésta se vuelve chocante e injuriosa. En rueda de café, el lector siempre se ríe; quizás ruidosamente; porque de ese modo el subconciente o lo que sea, está afirmando su masculinidad; pero cuando lo lee sin público, a solas consigo mismo: quizá no se divierta y hasta se indigne un poco.

No hay que perder de vista el valor hedónico del humorismo. Ese valor es en realidad, el índice primario;  la condición ineludible. Una sátira que no divierte pasa a ser automáticamente un insulto; una frase picaresca que no causa agrado, es con toda seguridad una indecencia.

En Montevideo hay buenos humoristas; y existe además un vasto sector de público atento a cuanto producen, gente que desde lejos ya se viene riendo. Tal vez fuera beneficioso para todos que el creador no olvidará que en su oficio lo primero es divertir y lo segundo -sólo lo segundo- a cobrar. Tal vez fuera no menos beneficioso que el consumidor de ese humorismo, sin perjuicio de festejar y difundir la gracia ajena, se decidiera a recuperar, por otros medios mas comprometidos, el equilibrio frente a su propia conciencia; la aptitud resolutoria de sus convicciones.

Notas

(*) Hubo un humorista, Wimpi, que en vez de arremeter contra el lado ridículo de las cosas, trató, algunas veces de abaratar la auténtica grandeza. En un excelente estudio: "El humorismo de Wimpi” , publicado en el No.32-33 (Mayo-Junio 1953) de esta misma Revista, Washington Lockhart, aún reconociendo la notoria eficacia del autor, señaló acertadamente, el contrabandeo de toda una filosofía de la vida que estaba presente en esa obra. En realidad, y pese a su merecido prestigio, Wimpi no puede ser considerado como un paradigma del humorismo montevideano.

(**) Comprendo que, por mas objetivo que este planteo quiera ser, es inevitable que parezca comprometido y, cuando menos, antibatllista o antiherrerista. De todos modos, no importa que así lo parezca; toda exposición independiente, no partidaria, sobre nuestras estructuras políticas y sus alrededores, han de sonar siempre a dependientes y partidarias. Por otra parte, no sería totalmente decoroso que el temor a una previsible acusación frenara esta u otra anotación de un rasgo montevideano.

Mario Benedetti.
ASIR - Revista de literatura
Setiembre de 1958 - Uruguay

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