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Armonía Somers y el carácter obsceno del mundo
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"No
hay nada más obsesionante para ti hombre que eso que ha convenido en
llamar el paraíso. No tanto porque lo imagine hermoso e interminable.
Aunque se persista en decir lo contrario, nadie piensa que pueda existir
algo que supere a la tierra, aun en la precariedad del tránsito”. La
cita pertenece a un antiguo cuento de Armonía Somers
(1)
,
y su sentido sigue planeando sobre los relatos de La calle del viento
norte (1963), obra con la que esta narradora reanuda su labor de creación,
después de un silencio que duró diez años. "Nadie piensa que pueda
existir algo que supere a la tierra”; acaso esta frase represente una
clave para entender, apreciar, y también sufrir, las implicaciones metafísicas
de esta extraña literatura. Porque esa exclusividad, ese precario
monopolio que Armonía Somera reclama para la vida terrenal, paradójicamente
no sirve para prestigiar esta residencia sino para comprobar su definitiva
condición miserable.
Los
horrores de este mundo podrían ser dignificados y hasta sublimados por la
presencia de Dios, pero Somers parece descartar aquella presencia, para
admitir en todo caso la existencia de un destino ciego que deja al hombre
absolutamente a la intemperie, a solas consigo mismo. Es entonces, sólo
entonces, que los horrores del mundo se convierten en un perverso absurdo,
en una crueldad sin justificación. Ya que Somers define la vida como
"un juego olvidado de la muerte” este libro vendría a ser,
Armonía
Somers es sólo un seudónimo tras el que se oculta una investigadora,
ampliamente conocida en el plano del magisterio.
Su
obra narrativa se inicia con La mujer desnuda
(2)
, largo
relato que, a pesar de sus rengueras literarias, mostraba una confusa
fuerza dionisíaca. Tres años más tarde, en El derrumbamiento (1953), la
autora reúne cinco cuentos, en los que ya se anuncia cierta pesadillesca
visión del mundo, cierta oscura, visceral asunción de un caótico y
protervo azar. En esos relatos comparecían, en abierta pugna, virtudes y
defectos. Por una parte, Somera se mostraba como una artista cabal,
poseedora del difícil don de contar; por otro, la estructura de los
cuentos era a veces tan débil y confusa que su sentido esencial se
desdibujaba; el caos. el delirio de temas y personajes, llegaban a afectar
el estilo y a quitarle al lector los asideros mínimos de la atención. En
aquel momento, ese desajuste pudo parecer una
pose
del narrador,
una mala digestión de lecturas riesgosas y seductoras, y así lo señalé
(3)
.
El
nuevo volumen de cuentos tiene un doble efecto: no sólo representa un
logro en sí mismo, sino que además significa, con respecto a El
derrumbamiento, una retroactiva justificación. Ahora, frente a un
narrador que ha adquirido un claro dominio de su instrumento literario;
que ha madurado en la concepción de su propio laberinto; que construye
sus cuentos sobre estructuras mejor armadas y sobre diseños menos
deteriorados por el caos; ahora sí es posible comprobar que los cuentos
de aquel libro de 1953, aunque no totalmente
realizados
como la
literatura que pretendían ser, no se inscribían en una pose literaria
sino en una auténtica angustia metafísica. Justo es reconocerlo, aunque
sea a diez años de distancia.
Si
fuera obligatorio invocar algún nombre para señalar una afinidad con los
extraños cuentos de La calle del viento norte, habría que salir de la
literatura y acordarse de Ingmar Bergman: especialmente, de los filmes de
su última trilogía. Al igual que el notable realizador sueco, Somers
experimenta simultáneamente rechazo y fascinación ante lo demoníaco,
ante el horror y las perversiones de lo humano. Su mundo es infernal y está
poblado de seres crueles e incomunicados, que reservan la palabra
solidaridad para el puntual ejercicio del odio. Pero donde Somers está más
cerca de Bergman es en su relevamiento de la ausencia y el silencio de
Dios ("Dios, yo nunca te tuve", dice la protagonista de "El
hombre del túnel", "al menos en esa forma de cómoda argolla de
donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación
provisoria del miedo"). Toda su concepción de lo demoníaco, de la
horrible atracción de lo abyecto, de las misteriosas segregaciones del
Mal, parecen apuntar a una más oscura y profunda convicción: el carácter
obsceno del mundo todo.
En
el cuento que da título al volumen, el viento empieza "a retorcerse
puerta adentro, como si lo que a él le ocurría no tuviese nada que ver
con los entredichos de aquellos pigmeos sostenidos por milagro en sus dos
patas. Él era parte de algo demasiado enorme que se había gestado mundo
arriba, una preñez de cielo grande desvinculado por completo de los
vientres mortales, apenas receptivos de su inmundo lastre". Aquí el
viento es casi un sucedáneo de Dios; o sea que, aun en el caso de que
Dios existiera, habría en Él una actitud tan ajena, tan poderosa, tan
egoísta, tan sola, que automáticamente la vida humana como miserable
excrecencia de Dios, se convertiría en algo obsceno, en "inmundo
lastre". Pero si Dios además, no existe, o por lo
Tal
vez a esta altura el lector saque sus propias cuentas y deduzca que los de
Armonía Somers no son cuentos agradables. Estará en lo cierto. Un loco
que cierra un portal para que no pase el viento; dos niños celosos de su
hermano muerto, que llegan improvisada pero conscientemente al crimen; un
alacrán que oficia de azaroso verdugo; la insólita subasta de un
sepulcro; cierta muchacha que persigue afanosamente la imagen de un
violador. Estos son los temas de los cinco cuentos. Uno de ellos,
"Muerte por alacrán", administra su dosis de terror con un
ritmo y una precisión notables: es un título que no podrá faltar en
ninguna antología del cuento uruguayo. Pero, con excepción de "La
subasta" (pobre de lenguaje y, además, sostenido por una fantasmagoría
demasiado obvia), los otros cuentos también consiguen, en su envase de
violencia o de espanto, desarrollar una imagen de la crueldad que unas
veces es absorbente y otras es sólo intimidatoria, pero que siempre
impresiona por su fuerza innegable, por su capacidad de invención, por su
tensión y su misterio, A un relato como "El hombre del túnel"
("cuento para confesar y morir" es el subtitulo) se le podrían
acoplar numerosas interpretaciones, pero no es por ellas que va
seguramente a sobrevivir sino por su declarada, vibrante obsesión, por la
doble corriente de ternura y de asco que lo recorre y justifica.
Para
asombrar con su propio asombro, Armonía Somers ha encontrado ahora un
estilo severo, áspero, que a menudo incluye repentinos hallazgos verbales
y una adjetivación particularmente imaginativa; un estilo que se
corresponde como nunca con su visión desgarrada y distante, y que
contribuye poderosamente a brindar una oprimente sensación de pesadilla.
Frente a este libro insólito, singular, el lector (al igual que la autora
frente a las diversas formas del Mal) podrá sentir rechazo o fascinación:
pero es seguro que no ha de permanecer indiferente. Es cierto que La calle
del viento norte es una obra sin optimismo y probablemente sin mensaje;
pero también es el testimonio de una estupefacción, a partir de los
grandes ojos abiertos con que alguien ve (o imagina, que es un modo
doloroso de ver) los horrores de este mundo y la desesperanzada muerte de
ese horror.
Referencias:
(1)
"La
puerta violentada" incluido en El derrumbamiento. (1963).
(2)
Apareció
por primera vez en la revista Clima, No. 2-3, 1950, y en 1951 como
apartado de la misma revista. En 1967 fue reeditada por Arca. (3) En una reseña publicada en la revista Número, año 5. No. 22, 1953 |
Mario
Benedetti.
Literatura uruguaya Siglo XX
Ediciones La República - Diciembre 1991
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