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Un viento, con la cara de los mejores días,
mueve la ropa blanca
que es el sol con tela fresca, amor tejido,
más que vestido o coberturas, alma.
Los álamos de bello movimiento
jánicas hojas, verdes y plateadas:
con una cara de verdores húmedos
y la otra sin nada (o con la nada),
los álamos saludan. Y marzo que conversa
con calidez paisana,
pone en las calles algo que no es propio
de este verano casi otoño: brasas.
Brasas del hojerío en verdes nuevos,
en las vinosas ramas
del ciruelo. . Y sin embargo, a veces,
qué sombrío! En los mejores días
y sin habla...
Como los lejos de apretados cerros,
como los paraísos: una tap¡a
oscura.... Y no hablo de alguien o de algo;
pensaba solamente o no pensaba...
o o o
La belleza nos mueve hasta este lecho,
-que el instinto no fuera suficiente-.
El enigma del ser inteligente
y el recuerdo dorado de tu pecho.
Nos hemos elegido entre la gente:
-¡cuantas oscuridades en tal hecho!-
va mi río caudal hacia tu fuente,
va mi semilla de hombre a tu barbecho.
Amor, belleza, miedo, en la impecable
simulación de eternidad que damos.
En esta fundición, que es inefable,
de hombre y mujer. En dos ajenidades,
que cruzan, como espadas, sus dos ramos
batidos por un viento en soledades.
o o o
Qué grave todo, grave hasta el poema,
si el bienvenido no era el que decían
los díceres del pueblo, y su zalema
a viento y sol, con furia, desteñían.
Qué fiasco su corona de luceros,
primos carnales del fugaz rocío!
Qué intenso su pastor y el buey sombrío
Su retablo de estiércol qué reidero!
Una burleta con milagro y todo
de panes y de peces, como un cuento
para asombrar la noche de un beodo...
Qué navidad, si el niño ya no fuera
el trino dios y su ejemplar invento.
Qué navidad si el niño era o no era!
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