El mirlo y la misa de Trinidad
poema de Washington Benavídes

(Un mirlo aporta lo suyo en el Concierto del Coro de Niños de Itaipú en las Ruinas Jesuíticas de Trinidad
-Paraguay-- ejecutando la Misa de Domenico Zípoli -Prato, Italia, 1688-Córdoba, Argentina, 1726- el miércoles 23 de noviembre de 1994).

 

La tropa de poetas, periodistas, fotógrafos, 
bajó del bus, a las 5 de la tarde, y rápidamente, 
estirando las piernas (y cada uno según su condición 
física), enderezó hacia aquellas columnas rojizas, 
aquellos edificios marrones, con su musgo 
dorado o gris; hacia las celdas conventuales 
descarnadas; trepanados sus muros
de arenisca por higuerones o yerbas del pajarito; 
hacia los templos (el viejo y el más nuevo), 
hacia el campanario, recio como un templete maya; 
hacia la sacristía o el depósito de agua. 
Mientras alguien informaba, historiando la labor 
de los jesuitas, fotógrafos
ajusticiaban cada piedra, cada columna. 
Ángeles con rostros indios y alas florentinas, 
altorrelieves de músicos, de santos, 
y Dios sobrevolando sus fábricas derruidas; 
los grandes reflectores y la comparsa de micrófonos, 
amplificadores y consolas.
Y cuando el sol pujaba todavía en el cielo, 
y el Coro de los Niños en la Misa de Zípoli 
filtraba por las piedras llegando hasta los huesos
             centenarios;
penetraba en lo hondo de los viajeros,
             calibraba nostalgias,
un mirlo paraguayo (no el mirlo de Wallace Stevens), 
a los saltitos, coronó las ruinas de la nave mayor, 
entre paredes sostenidas por el aire, 
y, ajustando en el tono de Doménico, 
cantó la gloria de la vida in excelsis deo. 
Alzábanse las voces infantiles cruzadas de murciélagos,
y el mirlo, el "javiá", el sinsonte, el espíritu santo 
ordenaba el canon de la Tierra
              con el Cielo.
Precisaba que todo era necesario, que nada era desdeñable. 
Si la justicia estaba en todas las acciones, 
presidiéndolas, 
no hacían a la cosa de este o el otro mundo; 
no habrían condenados por desconfiados 
ni perdones tan sólo por haber vivido 
"a la buena de Dios" o "como Dios manda". 
La nochecita era llegada en una brisa 
que humedecía pastos y corazones. 
Nido de luz blanquidorada 
desde el Altar mayor el Coro sostenía 
la nota final. Ite missa est. 
Miradas humildísimas escapaban de hombres
                altaneros
piedades despuntaban en orgullosos 
y soberbios, 
fraternidades en bastardos,
                amores
en estériles,
almas en desalmados,
                ánimos
                en contritos;
mientras el pajarito de plumas negras
       declaraba
             fidelis
                   su confianza
en los perecederos músculos de su garganta 
en sus huesitos efímeros
en sus plumas intocadas por indios o turistas. 
Un testigo de todo aquello
se derrumbó entre piedras con inscripciones latinas 
que denunciaban a sus creadores indios 
(johannes guará me fecit
                    &
                    petrus guazú requiescat
annus 1743)
y sólo pudo pensar en su mujer lejana
en sus hijos lejanos y sus cercanísimas
                    nietas.
El mirlo trabajaba, mucho más importante
       que el torbellino de las estrellas
                    zodiacales.


                II

El testigo de la Misa de Zípoli 
y el canto del mirlo 
en la nave central del templo 
de la Misión S.J. de La Trinidad 
no solamente pensó en su familia lejana 
porque una parte grande de su ser 
estaba entregada a recoger las palabras 
correctas que edificaran su testimonio 
con una entrega igual a la de los pequeños 
hombres oscuros que dejaron sus uñas 
y sus dedos
rompiendo piedras y quemando adobes 
para alzar las paredes de dormitorios y almacenes 
sacristías y naves
de la Misión Jesuita de La Trinidad. 
Y movido (tal vez) por el mismo secreto 
perturbador
llamado.

poema de Washington Benavides
El mirlo y la misa
Washington Benavides
Ediciones de la Banda Oriental
Montevideo - Agosto de 2000

Ver, además:

                

            Washington Benavídes en Letras Uruguay          

 

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