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La gatita rubia
Manuel Benavente

 
Rara vez puedo evadirme de mi pequeño mundo. Me sujetan los invisibles hilos del recuerdo.

La imaginación me lleva al pueblo de mí infancia y mi adolescencia, por cuyas calles suelo pasearme como una sombra forastera. Sombra que sueña lo vívido y se duele de no poder vivir lo que sueña.

-¿De dónde vienes tú? - le pregunto a veces a la evocación que me hiere.

Y siento como si ella se acercara, temblorosa de emoción, y me dijera:

-He dormido muchos años en ti. Déjame volver a la luz.

Entonces obedezco y me pongo a escribir.


Si, te recuerdo, niña alta, rubia y de ojos azules. Parlanchina. Burlona. Fresca como una flor y alegre como un pájaro. Blanda era tu voz de criatura mimada.

Tan joven eras, que la vida no te había hecho sino caricias. Las miradas cargadas de deseo que recogías al pasar te habían dado la medida de tu fuerza.

Gala de las fiestas, flor de las veladas, orgullo de las crónicas, sueño imposible de cuantos te conocían, a nadie extrañó tu triunfo en aquel concurso de belleza que realizó el milagro de sacudir la quietud pueblerina.

Pertenecías a una de las familias más encumbradas.

¿Cuántos hombres soñaban hacerte suyo? Tú los mirabas con la aparente inocencia de tus ojos azules, como si nada comprendieras. Feliz de la admiración que te seguía a todas partes. Más feliz aún de la envidia con que te rendían homenaje las otras mujeres.

Estabas llena de ti. El mundo eras tú. Si el sol y las estrellas brillaban, sí daban su perfume las flores, si reían las aguas y las aves cantaban, era porque tú existías. Nada hubo antes de ti. Nada habría después.


Te llamaban Tota. Mis amigos y yo (nunca lo supiste) te decíamos "Gatita Rubia".

Algo de felino había en tu manera de jugar con los corazones que se rendían a tu encanto.

Te complacías en alimentar esperanzas con miradas y sonrisas; cuando tendían las alas hacia ti, una frase cruel o una burla que se comentaba varios días en el pueblo, las mataba de golpe.

Con absoluta indiferencia. Tal vez sin darte cuenta de lo que hacías.

Si, estaba bien llamarte Gatita Rubia. Mis amigos y yo te veíamos pasear todas las noches por la plaza.

Hermosa y lejana. Como una estrella. Para nuestros puros corazones juveniles eras la gota de miel en la amargura del pueblo. Un rayo de poesía cayendo sobre la prosa gris que nos rodeaba.

¡Ay! También eras la hiel...

Porque tú no reparabas en nosotros. Eramos pobres, vestíamos mal, carecíamos de la distinción de los salones y, además, teníamos la "chifladura" de los versos.

¿Cómo ibas a mirarnos? Ni siquiera sabias que existíamos.

Despechados, hablábamos mal de ti. No perdíamos ocasión de señalar un defecto tuyo, de poner en relieve tu superficialidad de coqueta y las hondas lagunas de tu deficiente cultura.

Sin embargo, hubiera bastado una mirada tuya para postrarnos a tus pies.

Pero éramos tan poca cosa que ni para objeto de tus burlas servíamos. Nos desquitábamos soñando con el amor de imposibles princesas. Y los sueños se convertían en versos.

¡Qué sorpresa la tuya, muchachita orgullosa, si los hubieras leído!.

Habrías visto que todas nuestras princesas se te parecían.

Sin duda no perdonarías que alguna vez soñáramos que te compraba el oro de un vulgarote cualquiera. Te casabas con él, tenias hijos y bostezabas de felicidad burguesa. Hasta que un día, limpia el alma de vanidad y desnuda de ilusión, te acordabas de un muchacho poeta que conociste en tu juventud y ese recuerdo -sin que supiera porqué- te iluminaba de lágrimas 

Pero tú no leías versos. ¡Qué habías de leerlos!


No recuerdo el nombre del último de tus pretendientes. Era hijo de un hacendado. Morocho, de ojos negros y ademán nervioso.

Iniciaste con él uno de tus "flirts" acostumbrados. Tus miradas y sonrisas le prometían un cielo.

Y cuando quería acercarse a ti, siempre encontrabas la disculpa oportuna para no oírle, o la compañera aleccionada que evitaba con su presencia la declaración.

Dos meses duró aquel terrible juego.

Dos meses que enloquecieron al pobre enamorado. No tenía en los labios otro nombre que el tuyo. Llenabas su vida. Su dios eras tú.

Cuando al fin una noche alguien le reveló lo que decías de él a tus amigas y la proximidad de un viaje que no tenía otro objeto que el de librarte de su enojosa presencia, no podía creerlo, le pareció un mal sueño.

Ignoro lo que dijo o pensó de ti. Sólo sé que al día siguiente te mató y se mató.

Te vi por última vez en el féretro. Pálida. Con los ojos cerrados. Parecía dibujarse en tus labios el proyecto de una sonrisa.

Tenias al corazón partido por una bala. Aquel corazón que nadie había logrado conmover.

Estabas quieta y muda, acaso por primera vez. Hundida en un hondo lago de silencio.


Ya estás de nuevo en la luz, altiva y castigada criatura. La vida te hará notar cuánto has envejecido.

Todos, hasta tus amigos más íntimos, te habían olvidado.

Sólo yo, el muchacho a quien nunca miraste, guardaba amorosamente tu recuerdo.

Y no me importa saber que si yo hubiera sido el muerto, tú no habrías conservado la menor noción de mi existencia.

Manuel Benavente
Suplemento Dominical "El Día" S/f.

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