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El renacer del Gnosticismo |
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En
Paris, en los años ochenta del siglo XIX, mientras los Impresionistas ponían
en duda los clásicos criterios estéticos, y al tiempo que los poetas
Parnasianos se hacían notar (cuando Mallarmé era el centro de un cenáculo
tan misterioso para sus fieles como e templo de Delfos lo fuera en Grecia
por siglos). En esa babel, escenario de las aventuras de Rocambole y de
los personajes de la Comedia Humana de Balzac, un hombre extraño llamado Doinel —que
había sido sacerdote católico— abre en pleno Barrio Latino un templo
de la Iglesia Gnóstica. De
ese modo resurgía un antiguo paradigma espiritual, que tuvo su momento de
esplendor entre el siglo primero antes de Cristo y el cuarto de nuestra
era. Esto fue así hasta que “la cruz y la espada” se unieron en la
figura del emperador Constantino, dando comienzo una implacable lucha —a
veces dialéctica, y otras sangrienta— contra los vencidos y sus ideas.
Estos no habían sido los paganos, como lo ha contado la historia oficial;
a esa altura no los había en el Mediterráneo. Los enemigos del
Cristianismo institucional y dogmático eran los Neoplatónicos, los últimos
filósofos de la Escuela de Atenas, y los diferentes grupos gnósticos. Estos
cultivaban un sabio sincretismo, que armonizaba los nuevos paradigmas
cristianos con el antiquísimo panteón egipcio, con la sabiduría de
Zoroastro, con los misterios griegos. Todo esto les era útil en la medida
que condujera a la “gnosis”, es decir a la experiencia vivencial y
trascendental, al “despertar” por el propio esfuerzo a las realidades
espirituales. Para ello se apoyaban en estrategias diversas, que iban de
lo devocional al trance místico, pasando por el erotismo sagrado
(equivalente al tantrismo hindú). Tales
escuelas de sabiduría práctica y trascendental fueron perseguidas con saña,
sus textos quemados o destruidos, y su prédica denigrada. Los más
notorios de estos “vencidos” fueron Apolonio de Tyana, Basílides,
Carpócrates, Valentín (sin olvidar a la bella e inteligente Hypatía,
matemática y gnóstica de Alejandría, asesinada por la plebe en plena
calle por orden del obispo católico). Sus
escritos se olvidaron por siglos. Permanecieron los fragmentos utilizados
por los llamados Padres de la Iglesia para calumniarlos. Pero esos párrafos
bastaron para alimentar el resurgimiento de ese carisma profunda y auténticamente
esotérico en la Edad Media, a través de los Cátaros y los Templarios
por ejemplo (supliciados al igual que los Gnósticos). Y retornaron esos
aires en el Renacimiento italiano, con riesgo para algunos que osaron
adoptarlos (que lo diga, si no, Giordano Bruno). La
derrota del Papa de Roma frente al mundo moderno libre pensador y liberal,
permitió que a partir del siglo XIX —al reaparecer viejos códices gnósticos
en Alejandría y El Cairo— volviera a circular el añejo paradigma,
rescatando la memoria de un camino espiritual no basado en castas
sacerdotales ni en “representantes de Dios”, sino en la búsqueda de
la Divinidad dentro del individuo, a partir de una vivencia personal y
concreta. En tal contexto fue que Doinel pudo establecer en Paris la
Iglesia Gnóstica. Ya en el siglo XX, el doble acontecimiento del hallazgo en Palestina de los Rollos del Mar Muerto (conteniendo la sabiduría de la secta judía de los Esenios, de clara raíz gnostizante), y los evangelios concretamente gnósticos en la localidad egipcia de Nag Hammadi, cerró el ciclo y permitió que muchos buscadores contemporáneos se pudieran acercar nuevamente a las fuentes de una sabiduría que repugna a las religiones establecidas porque subvierte sus dogmas, especulaciones y tabúes, propugnando una mística sin tutores y promoviendo —con inspiración prometeica— la toma del Cielo por asalto. |
Hermógenes Bastarrica
Originalmente: fragmento de un capítulo del libro Secretos de la Astrología y el Esoterismo. El texto ha sido en gran medida reescrito y modificado.
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