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Máscara suelta
por Andersen Banchero

Amanece ya. El día húmedo de mar avanza a tientas calle arriba. Tranvías inciertos ruedan en la ciudad que despierta. En el café sólo queda la pareja de gauchos, el viejo pianista y un negro que "duerme la mona" echado de bruces sobre la mesa.

La claridad recién nacida es cruelmente virginal sobre la calle abandonada, ante todos esos seres abandonados frente al día.

Hace rato se han ido los músicos de "la milonga" y las mujeres con una sonrisa carmín dibujada en los rostros cansados.

Los dedos del pianista vagan unos segundos, casi ingrávidamente, sobre el teclado, marcando unas notas de "Saint Louis Blue".

Unas notas lánguidas, cansadas, que se diluyen sin alcanzar la puerta, llena de esa claridad cenicienta que aún no se ha decidido a entrar, de modo que el café está sumido en una semipenumbra.

El viejo sonríe indefinidamente, y su perfil aguileño adquiere una expresión de ternura. Una ternura vacía. El sentimiento de sobrevivir esa hora en que otros hombres están despertando. Sobrevivir lánguidamente, sin motivo, como esas notas que vagan en el café penumbroso. De pronto la tapa del piano cae con un ruido seco, definitivo, sobre el teclado. Entonces en la puerta se hace más cruel aún la desnudez del día.

El negro despierta, pasea por el café semidesierto una mirada ausente, murmura algo y vuelve a dormirse entre gruñidos. La pareja de gauchos bebe en un rincón, junto a la ventana. La mujer está empeñada en convencer a su compañero ebrio:

—Armando, vámonos ya...

El hombre la mira irritado. Se ha echado hacia la nuca el chambergo de su disfraz, dejando al descubierto su demacrado rostro de mulato, y unos rizos de su melena negra aplastados sobre la frente. Sus grandes ojos de enfermo están extraviados por la embriaguez.

La mujer, pequeña y fea, es bastante mayor al parecer que su compañero. Los cabellos de un color indefinido, que no se decide a ser rubio, orlan vagamente su rostro ajado. Su boca, demasiado grande, demasiado sensual, se contradice con el resto de su persona.

—Vamos, —insiste—.

Pero ya el hombre no la mira, ni la siente. Con la mirada fija hacia adelante, balbucea algo. Parecería alucinado por cuanto le rodea en el alba húmeda, abandonada en las calles que bajan hacia el mar entre viejos edificios.

En Carnaval la pareja recorre los tablados de los barrios, cantando canciones indefectiblemente dedicadas "a la dina comisión del tinglado y al público en general". Lucía vende la letra de las canciones:

—"A medio los versos"...  "lo que canta Armando Vega"...

Un acceso de tos sacude al hombre y Lucía tomándolo de las manos se queda mirándolo con una mirada dulce y ansiosa a la vez.

Por fin, Armando accede a marcharse. Al incorporarse se hace ostensible su embriaguez. La guitarra que lleva casi arrastrando golpea contra una silla.

—Dámela, dice la mujer estirando una mano.

—No...  la guitarra...  no..., tartamudea el compañero.

—La vas a romper...

La guitarra no, repite el hombre con obstinación. Se separa violentamente de ella y el impulso le hace trastabillar; recupera  dificultosamente el equilibrio.

—La guitarra... Va a decir algo, pero el pensamiento se le queda perdido entre las brumas de la borrachera.

Se van calle arriba, ridículos con sus trajes carnavalescos en medio de la mañana.

Lucía camina unos pasos atrás, enredándose en la larga pollera de organdí de su disfraz. Entre sus cabellos desteñidos, lamentables, atados con un una gran moña celeste, se ven algunos papelitos verdes y rosados.

Siempre que se embriaga, Armando siente rencor hacia su compañera. Se ha quedado mirándola con sus ojos de alucinado. Ese rostro prematuramente envejecido, tiene, no obstante, algo de infantil, de esos ojos que a su vez le miran con ternura. Como rechazándola de sí, aparta la mirada hacia la ventana.

La calle está plena de ruidos matinales, bajo el cielo casi incoloro de la ciudad.

Vacío ante esas cosas. Vacío como su disfraz de gaucho que cuelga del respaldo de la cama, como su guitarra olvidada en un rincón... Ha gemido. Lucía extiende la mano hacia su frente en un gesto tierno.

—No...  Salí, déjame...  Se da vuelta en la cama.

—¿Pero qué te pasa? Decí...

El hombre cierra los ojos y hunde la cabeza en la almohada.

—Armando...

—¿Querés callarte, por dios...?

La mujer vacila, se da vuelta a su vez. Al rato Armando la oye ahogar sus sollozos en la almohada.

Tiene ganas de gritarle que la odia, que odia su llanto, su voz, su ternura.

Por fin se queda dormido.

Cuando despertó, Lucía no estaba en la pieza. Le había dejado comida sobre la mesa. Miró los alimentos con desagrado.

Serían las seis de la tarde. El sol entrando por la ventana, estiraba sobre las tablas del piso un largo cuadrilátero.

Encendió un cigarrillo, comenzó a toser y lo arrojó con una mueca de asco.

Un dolor tenaz le martillaba las sienes. Respiraba agitadamente, con dificultad. Se sentía débil para incorporarse y permanecía tendido sobre la cama, con la mirada fija en las manchas de humedad del techo.

Una aguda voz femenina llegó del patio del conventillo, aumentando su malestar.

Se llevó ambas manos a la cabeza, oprimiéndose fuertemente las sienes con las palmas. Luego, con un quejido, las dejó caer sobre el pecho, desalentado.

A través de su sopor comenzó a recordar.

Unas notas del jazz vagando en el café semidesierto. El alba. El alba escurriendo su hondo olor marino, como un náufrago ante los umbrales donde aún sobrevivía la noche. El rostro del negro borracho mirando estúpidamente las cosas... Y Lucía con su ternura que él había rechazado...

El recuerdo de la compañera se le hizo de pronto increíblemente doloroso.

Había comenzado a oscurecer en la ventana, y la sombra llenaba los rincones del cuarto.

La mujer ya no vendría. Quizás había "conseguido algún viaje".

A veces pasaba hasta dos o tres días "por ahí", y una noche al volver con su guitarra, la encontraba dormida con ese aire de soledad inocente que tienen las mujeres cuando duermen.

Todo esto que quería pensar con indiferencia, le resultaba doloroso ahora. Como todo lo que rodeaba su soledad. Como aquel latido tenaz en las sienes. Como todo su cuerpo que palpitaba en las sombras.

Se decidió a encender la lamparita eléctrica que colgaba de un cordón ennegrecido en medio de la pieza. Una luz amarillenta manchó las paredes recubiertas de una pintura a la cal, descascarada y de un azul desvanecido. Sobre la cabecera de la cama un pequeño crucifijo patentizaba la soledad de la pieza, amoblada por una mesa coja, cubierta por un mantel de hule, el ropero barato y las sillas conmovedoramente solitarias.

Más allá de la ventana, la noche se había cerrado sobre la calle. Alguien pasó silbando un silbo feliz, despreocupado.

Estaba enfermo desde hacía mucho tiempo, desde que trabajaba de panadero. Los médicos del Municipio le habían retirado el Carnet de Salud: "Sombras en los pulmones". Tuvo que dejar el oficio. Sin embargo, nunca había sentido su enfermedad hasta después de aquélla riña, que él mismo, ebrio, había provocado.

Lo habían golpeado hasta dejarlo sin sentido aquélla madrugada.

En el suelo sintió un fuerte dolor en la espalda. Un puntapié. Después se desmayó.

Cuando volvió en sí, su cuerpo atravesado de dolores punzantes, se negaba a obedecerlo. Casi arrastrándose, llorando de furia impotente, volvió a la pieza.

Recordaba una voz: "Vas a aprender borracho e'mi...".

Había un odio intenso en su tono, parecía como si se la hubiesen escupido encima. Sin embargo era algo impersonal, anónimo, como las tres sombras que le rodeaban en el callejón, que se inclinaban para golpear su cuerpo caído.

Había escupido sangre.

Aquello le había revelado de pronto el rencor que guardaba a la vida.

Siguió vagando por los boliches con su guitarra. Y bebía, bebía para aturdirse. Cuando regresaba vaciaba sobre su compañera sus sentimientos.

Arrojaba sobre ella el desprecio hacia una vida que la mujer misma le recordaba.

Habían transcurrido muchas horas. El matrimonio de la pieza vecina había regresado del tablado hacía rato ya. La mujer había reñido a los hijos que reían fuerte. Los ruidos del Carnaval, difusos en la noche se habían apagado también, y ahora otra clase de ruidos, indefinibles, casi fantasmales, llenaban el caserón, como si las cosas se hubiesen animado de una vida secreta. Se le había ocurrido que quizás Lucía estuviese por llegar, y ese pensamiento le hacía permanecer en acecho, azuzando sus sentidos hacia la noche hostil e inmensa que vagaba por el mundo. Nada. Crujidos de viejos maderos apenas. Ruidos más bien insinuados. Quizás la canilla del patio que goteaba. El viento...

Cuando niño imaginaba que seres misteriosos le acechaban. Otra vez los recuerdos llenaban su tensa vigilia, la distraían de su impaciencia.

Invierno en su pueblo. El cielo gris rodando sobre días que la lluvia desmoronaba. Lavanderas en un arroyo... El rostro oscuro de su madre inclinado sobre la corriente que arrastraba una sucia espuma de jabón. Un cachorro blanco ladraba en la orilla a su propio reflejo, o acurrucado a su lado, en los atardeceres, cuando en la puerta del boliche se pasaba horas mirando a los jugadores de truco, a los cantores o a los borrachos...

Los recuerdos llegaban sin fuerza, como sueños, correspondiéndose por una ternura desolada que hasta entonces había ignorado.

Y otra vez el rostro de Lucía.

De nuevo se sentía clavado en esa soledad que atestiguaban las cuatro paredes de la pieza, y las cosas erguidas en torno a él con una extraña personalidad.

La enorme soledad de esa vida que arrastraba noche a noche, por los boliches, "tirando la manga" humildemente.

Y Lucía que tal vez en ese momento estuviese acostada con otro hombre...

Ah! Tenerla a su lado para volcar en ella esos sentimientos, como nunca había sabido hacerlo...

Afuera, pegada a los muros y a las ventanas, la noche vacía... Unos pasos indecisos sonaron en la calle solitaria. La tos, cuatro golpes secos, absurdamente humanos. Luego el silencio infinito.

Por fin los pasos inconfundibles de Lucía sonaron en medio de la desolación del patio.

Siempre caminaba así, con pasos breves, tímidos, como un pájaro.

Una loca alegría se agolpó en el pecho del hombre. Giró la cabeza hacia la puerta. Unos instantes más y ella estaría allí.

El corazón golpeaba salvajemente, como si quisiera saltársele. Cerró los ojos intentando dominarse.

Por fin se decidió a mirar. La noche de afuera, leve y azulada, recortaba en el umbral la figura de la compañera. Permanecía allí, inmóvil, sin decidirse a entrar.

Desde más allá de la estática figura de la mujer, la noche empujó hacia la pieza un vago olor a inmensidad.

El nombre de ella se le quebró en un sollozo.

—Lucía!...

Estiró sus brazos hacia, la visión que permanecía con una inmovilidad inhumana.

—Lucía!...

Dio dos pasos con los brazos extendidos, trastabilló y cayó de bruces sobre el piso.

Alrededor de ese reflejo de noche que iluminaba débilmente la figura del hombre caído, se apretaban las sombras del cuarto, como acorraladas.

El viento que se había levantado hacía algunos instantes, aproximaba gallos increíbles y los ruidos madrugadores, perdidos en el mundo.

La canilla del patio goteaba con breves intermitencias, con un sonido hueco, como pasos indecisos.

Anderssen Banchero
Asir Nº32/33
Montevideo, mayo/junio 1953

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