¡Silencio! Hombre pensando

 
Nunca creyó que llegaría ese momento.
A lo largo de toda su vida un sinfín de inventos habían salido de aquella cabeza siempre despeinada, donde su cerebro había conseguido discurrir y plasmar en la realidad las más innovadoras creaciones... y la mayoría de ellas habían logrado tener un uso efectivo y práctico. Sin embargo, ahora todo parecía cosa del pasado. Desde hacía un tiempo, sus neuronas no lograban funcionar como solían hacerlo, y un desierto de ideas comenzaba a agigantarse en su mente alucinada. 
Su febril existencia dentro del desordenado taller le había conducido a través de un también caótico matrimonio. Las horas que por años dedicó a su afán innovador, mimetizado en medio de planos, herramientas y prototipos, fueron compartidas por una esposa solitaria que le reclamaba en forma constante acerca de aquello. Cuando, hastiada, le dijo que le abandonaría, él casi no la oyó. Inmerso en un nuevo proyecto que le ocupaba todo su interés, apenas hizo un gesto como que iba a dirigirle una mirada; pero sin levantar la vista de sus papeles, le respondió: "Después hablamos", y continuó en lo que estaba.
Como era lo habitual, esa noche terminó de trabajar muy tarde. Cansado se dirigió al dormitorio donde esperaba verla dormida, y apenas entrar, se detuvo sobresaltado. No estaba allí, en cambio, sobre su almohada había una hoja de papel. Leyó la razón de su partida. No podía continuar viviendo de esta manera y, por ello, había decidido marcharse para no regresar.
-Ya se le pasará- se dijo, sin prestar mucho interés al asunto; y después de acostarse, se durmió pensando en las posibles soluciones a los problemas que le presentaba el nuevo invento que estaba tratando de desarrollar. 
Mas, ella no regresó. Y pasaron los días primero y los meses después. Y coincidente con el momento en que por fin se dio cuenta de que ya no volvería, fue que se le ocurrió la mayor de sus obras. En ella trabajó tan duro como siempre... y tuvo éxito. 
Enseguida, se vio acompañado por una nueva pareja. 
Era una mujer muy atenta y solícita, y le dispensaba todos los cuidados que él necesitaba; además, no le importunaba yendo a cada rato a su laboratorio para pedirle que se acostara de una vez por todas o que dejara para mañana su trabajo. Ella lo dejaba hacer, y eso era lo único que él quería: tranquilidad para expresar toda su fuerza interior en la forma de nuevos aparatos. 
De pronto, así como su creatividad había surgido, esta cesó, tan abruptamente como antes apareció... y continuó pasando el tiempo. Luego, su carácter se tornó de nuevo hosco e irascible. Nada podía frustrarlo más que el hecho de permanecer días y meses sin que se le ocurriera algo. Su vida se basaba en ello y no la concebía más allá de esos parámetros.
Cierta vez, cuando se retiraba a descansar después de otra estéril y agotadora jornada, su nueva compañera tuvo un desliz. Mencionó algo acerca de lo tarde que era. Él la miró, entre extrañado y perplejo.
-¿Puedes reiterar lo que dijiste?- le preguntó, casi increpándola.
-Es que cada día subes más a deshora- respondió ella con aire distraído y sin darle demasiada importancia a sus palabras.
Un súbito recuerdo vino a la mente del científico. Si bien el tono en que ella lo había dicho distaba mucho de aquél con que solía recriminarlo la que se había marchado, no estaba dispuesto a permitir que se repitiera tal situación.
-Creo que cortaré por lo sano antes de que este asunto se transforme en lo que ya debí padecer con la otra- sentenció para sí.
Esa noche, mientras su pareja dormía, le quitó el chip que operaba el don del habla. 

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