Una boda inesperada

 
A pesar de lo imprevisto de la situación, la magnífica casona fue ornada como nunca antes; y los dueños de casa, enfundados en sus mejores galas, recibían serviciales a los primeros invitados.
Desde temprano la cocina bullía de actividad y los mozos recorrían los jardines ofreciendo las delicias que portaban en fuentes de plata.
En el salón una orquesta amenizaba con sus compases la ansiosa espera que se iba extendiendo más de lo debido, dado que, a través de una llamada telefónica de último momento, la recién casada había informado que se retrasaría, pues aún no se encontraba con su esposo en el sitio previsto a fin de arribar juntos, como correspondía. 
Mientras tanto, nada escapaba a la mirada atenta de la dueña de casa: la señora de Méndez - Larriguizabal, quien cuidaba que todo saliera a la perfección, y que percibió de inmediato cuando uno de los tantos desconocidos comensales bebía y comía de forma excesiva. 
Y puso el ojo sobre el inadaptado en el preciso momento en que con gran desfachatez, el individuo invitaba a bailar a la madura y obesa señora del gerente de la única sucursal bancaria de Chaquinta.
La dama no tuvo opción ante la insistencia del individuo, y muy a su pesar, debió sucumbir al tal asedio y aceptar sus danzarines requerimientos. Finalizada la pieza, Tululo Márquez prosiguió su selección de ocasionales compañeras de meneo nada menos que con la hermana cuarentona del comisario de policía. 
Creyendo que el festejo comenzaba, otros- tal vez del mismo modo encurtidos en los primeros efluvios etílicos tanto como él- los siguieron, inaugurando espontánea y unilateralmente, ahora sí, el tan esperado fandango. 
Tras profusas libaciones y múltiples zangoloteos al compás de la música pueblerina, la cosa tomaba color, aun con la no presencia de los principales homenajeados.
Y como no, fue también Tululo quien derribó a uno de los camareros y su bandeja atestada de copas al dar una voltereta demasiado exagerada y, además, apareció como el gestor de un conato de riña que se suscitó entre él mismo y el ofendido ejecutivo bancario. Para coronar su acto, a continuación derramó - "sin querer"- su dosis de champaña en la impecable sotana del padre cura.
Doña Matilde Méndez - Larriguizabal no pudo soportarlo más, y en su cerebro se fijó la idea de deshacerse del pesado de marras.
Tres corpulentos mozos- agradecidos por la oportunidad que se les brindaba- cumplieron con especial eficacia la tan agradable tarea que la dueña de casa les encomendara, de poner al ebrio incordio de patitas en la calle. Aunque esto sea un eufemismo, ya que Tululo, apenas hubo aterrizado en la acera, y por ordenes precisas del hermano uniformado de una sus víctimas, fue a dar con sus huesos a la residencia de la ley.
Así las cosas, toda la atención volvió a centrarse en la espera del arribo de quienes eran los destinatarios de los tan minuciosos dispuestos honores 
Los Méndez- Larriguizabal habían enviado a su única hija, Estela, a estudiar como interna al mejor colegio de monjas de la capital.
Era un hecho incuestionable que los vástagos de las familias linajudas del pequeño pueblo asistieran a terminar de formarse entre las guías morales y religiosas que la más estricta tradición imponía.
Para sus padres fueron años de sufrimiento. Padecieron su ausencia con resignación, y mitigaron su dolor sólo con la esperanza de ver a la niña- una vez finalizados sus estudios-convenientemente desposada por algún joven heredero de una de las varias fortunas de la región. Y se habían hecho grandes planes para cuando esto ocurriera. Invitarían a toda la alta sociedad de Chaquinta: al alcalde, al comisario, a todos los hacendados, etcétera; pero sin duda, el convidado de honor sería el cura párroco, quien había intervenido con sus buenos oficios para que la alumna fuera, no sólo admitida, sino que, tratada con suma deferencia por las autoridades y plana docente del colegio Santo Asilo de los Pobres. 
Por esta razón, fue como un bombazo en medio de la noche que se recibió la noticia- comunicada por la misma protagonista- que la muchacha se había casado unos días antes de obtener su diploma y que pronto llegaría al pueblo para presentar a su flamante marido.
Hubo tal caos en el núcleo familiar, que apenas pudieron contener su sorpresa y desesperación. Las opiniones y propuestas para una salida honorable a tremendo desaguisado iban y venían de parte de los pocos cercanos que tuvieron acceso a tan nefasto mensaje. 
Los Méndez - Larriguizabal serían el seguro comidillo de cuanta dama beata hubiera por los alrededores. ¿Qué dirían las chismosas pueblerinas? ¿Cómo asumiría el Padre Simón, guía espiritual de la comarca, y también padrino de la alocada Estelita, tremenda novedad? ¿Cómo la única hija de tan intachable, adinerada y poderosa familia había cometido tamaña imprudencia, dejándoles en ridículo mediante una decisión intempestiva e inconsulta? 
Mucho deliberaron buscando qué actitud tomar, hasta que luego de múltiples alternativas llegaron a la conclusión de que, ya con el hecho consumado, no había nada que pudieran hacer... excepto adornar lo mejor posible el suceso.
Entonces, decidieron darlo a conocer con bombos y platillos, y tramaron una historia para justificar y reducir el impacto de la onda expansiva que tamaña deflagración provocaría: La familia había mantenido en secreto el noviazgo de su unigénita hija con un honorable joven de la capital para que las seguras llamadas telefónicas y mensajes que recibiría felicitándola no interfirieran con sus estudios. 
Aunque la excusa no era del todo convincente, creyeron que así podrían- en forma efectiva- minimizar los efectos sociales de la buena nueva.
De todos modos, se realizaría la fiesta de matrimonio- y a la vez de bienvenida a la ahora novel consorte- tal cual se había planeado-aunque ahora fuera en otras circunstancias-.
A poco de haberse calmado la conmoción generada por el indigno lanzamiento de Tululo, y vuelto todo a la normalidad, se oyeron algunos aplausos. 
Enseguida, los concurrentes se arremolinaron en torno al vehículo que llegaba.
¡Por fin los recién casados hacían su aparición!
Se abrió la puerta trasera del vehículo, y vestida de novia, con su largo velo blanco y el ramo de azares en la mano, bajó Estelita Méndez - Larriguizabal.
-¿Mi esposo no ha llegado por aquí? - fue lo primero que preguntó ansiosa. 
En ese preciso momento, en una celda de la comisaría, el detenido clamaba:
"¡Déjenme salir! ¡Soy Tululo Márquez, el marido de Estelita!"

Walter Baliero C.
Junio / 2002

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